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«Antes de iniciar la caminata nos dieron a cada uno un bastón de madera de Khaya, además de algunas indicaciones como

caminar siempre atrás, no correr en ninguna circunstancia, elevar los brazos en caso de peligro y no dejar caer el bastón,

ya que los leones los reconocen como símbolos de autoridad».

Por Ivanni Salinas Bartoletti, desde Senegal*

Nunca hubiera pensado que era posible caminar al mismo paso con una pareja de leones sin correas y en plena libertad, pero

vivir en África abre nuestra mente y espíritu hacia posibilidades inimaginadas.

Así, sin mucha reflexión y ante la oportunidad de realizar un safari fuera de lo común, arreglamos nuestro equipaje sin olvidar

el repelente de mosquitos y partimos en un pequeño grupo rumbo al sur de Senegal.

Desde la pequeña costa de Saly, recorrer 183 kilómetros en una camioneta 4 x 4 nos parecía un trayecto corto, aunque en la

realidad nos demoramos cuatro horas, ya que no contábamos con los baches, rebaños de cabras y vacas, carretas tiradas por

burros o caballos, mercados repletos de gente y niños jugando sin miedo muy cerca de los caminos. Todos estos imprevistos

fueron el marco colorido y exótico hasta que finalmente llegamos a la reserva natural de Fathala.

La reserva está ubicada en la región de Fatik, a cinco kilómetros de la frontera con Gambia. Allí nos esperaban 6.000

hectáreas de sabana que acogen 400 especies de vegetales, mamíferos, pájaros y reptiles.

Durante dos días habitamos en tiendas a campo abierto, con el trinar de los pájaros y los monos circulando en libertad por

nuestras barandas.

Nos dirigimos a la recepción de la zona destinada a los leones, transitamos entre árboles cargados de nidos y pequeñas

piscinas habitadas por cocodrilos traídos del oeste de África.

Antes de iniciar la caminata nos dieron a cada uno un bastón de madera de Khaya, además de algunas indicaciones como

caminar siempre atrás, no correr en ninguna circunstancia, elevar los brazos en caso de peligro y no dejar caer el bastón, ya

que los leones los reconocen como símbolos de autoridad.

Equipados a las 8:30 de la mañana en punto, el guía abre un portal metálico hacia una amplia avenida de tierra seca y arena.

Entre los árboles de acacias escuchamos rugidos feroces que coinciden con el brusco cierre del portón.

En ese instante supimos que no había marcha atrás. La leona Sese es la primera en correr hacia el punto de encuentro. Detrás

el león Chris, que se deja acariciar por Amadú y Ousmane, cuidadores senegaleses que los acompañan desde su nacimiento.

Bajo un intenso sol, cierto escalofrío me recorre el cuerpo mientras asistimos al espectáculo de los toscos y a la vez tiernos

juegos de los dos corpulentos animales. En completa libertad, afanados en su recreo, dejan al descubierto su porte de casi tres

metros de cabeza a la cola y su peso aproximado de 250 kilos.

Amadú y Ousmane dan un tiempo de juego a nuestros bellos y elegantes anfitriones mientras el ambiente se destiende con

bromas que conducen a pensar: ¿quién regresará de la travesía?, ¿cuál de nuestras carnes de distintas nacionalidades será la

más apetitosa para los felinos?

Risas que recubren el temor inician la aventura prometida… Una hora de caminata con los leones. El ritmo del paso lo lleva

Chris con su melena dorada de bordes negros. Sese camina a su lado. Como una gata coqueta balancea su cuerpo de pelaje

beige claro, Amadú filma y toma fotos mientras nosotros caminamos con precaución detrás de los leones.

Chris tiene más interés en los movimientos de Sese que en los nuestros, las pocas veces que trata de mirarnos son los

cuidadores quienes le distraen. Mientras tanto, yo me abstengo de cualquier contacto visual con esos hermosos ojos de cristal

verdoso, tan seductores como vacíos.

Durante toda la ruta tengo la sensación de ser un obstáculo para las pretensiones amorosas de Chris. De repente da unos

cuantos pasos bruscos en mi dirección y mi reflejo es automático: me cubro detrás de la espalda de Ousmane, que sonríe.

A medida que avanzamos, Sese intenta cambiar el trayecto del grupo. Corriendo en dirección opuesta, Amadú logra traerla dos

veces para continuar la caminata. En algunos momentos Sese se muestra cariñosa con su compañero, rozando su cabeza

con la gran cabellera dorada de Chris, mientras agita graciosamente la cola. Chris devuelve el gesto y continúa hacia un

escenario destinado a las fotos.

Un gran árbol es el lugar elegido para que los leones monten a la rama más alta y exhiban su grandeza, mientras nosotros

debemos posar bajo la rama expuestos a su visión. Tal cual un trofeo, la foto será el gran premio a nuestra osadía.

¡Sorpresa! Sese, por tercera vez, intenta huir, corre a toda prisa hacia su manada y esta vez Amadú se da por vencido y la deja

ir. Chris brama descontento mostrando sus colmillos y negándose a montar a la rama.

Con la inteligencia que da la experiencia y en acuerdo tácito, nadie contradice a Chris, quien solo accede a tenderse bajo el

árbol sin dejar de emitir rugidos graves y ostentando su afilada y brillante dentadura. Amadú nos indica su espalda para que

hagamos camino en dirección del lomo de Chris.

En posición, casi tocando su cuerpo, de rodillas con una pierna levantada apoyada al bastón, en forma de dominadores de

aquella bestia, nos acomodamos para inmortalizar el momento.

Bajo el cielo despejado y a la sombra del árbol, los corazones laten acelerados. Nosotros, sintiéndonos atrapados entre el árbol

y el león, sin escapatoria, los cuidadores atentos a cada movimiento y Chris con la llamada del instinto.

Un poco más habituados los unos y los otros, continuamos la caminata. A pasos firmes, Chris se balancea de un lado a otro

con la seguridad de ser el rey de la sabana. En mitad del sendero y sin aviso se acuesta y da paso a un gran bostezo, Amadú

explica que los leones duermen veinte horas al día.

De repente, Chris da un salto y sacude su melena alborotada para correr decidido por la ruta arenosa que lo conduce a Sese y

poner fin a la excursión.

Nos despedimos de nuestros guías, no sin antes obtener a buen precio el bastón de madera como souvenir de la aventura.

Ya de regreso en el coche, tomamos conciencia que, aun siendo animales habituados al hombre, su instinto salvaje está latente

y que ante la presencia de una presa fácil como la nuestra su ataque podría ser mortal.

___________________________________________

* Ivanni Salinas Bartoletti (Santiago de Chile) emigró al Ecuador con su familia a los 10 años de edad. Se educó en el colegio La Asunción y se graduó como psicóloga clínica en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil. Obtuvo una maestría por la Universidad de Borgoña, en Francia, país donde residió hasta 2022. Hoy vive en Senegal (África). Publica sus cuentos y crónicas en loscronistas.net desde 2021. 

*Fotografía de Istok

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Comments (6)

  1. Sonia Kertznus

    26 May 2023

    Fascinante querida amiga mía, me encantan tus crónicas. ????

  2. Marcela Inda

    26 May 2023

    Un acuerdo tácito entre la inteligencia y el instinto…bravo

  3. Alexandra Paez

    27 May 2023

    Que bella experiencia. Totalmente única!

  4. Angelica Nasir

    27 May 2023

    Excelente relato de un inolvidable safari. Increíblemente descrito por la autora.

  5. Senard

    28 May 2023

    Me ha encantado el relato. Ivanny muestra una gran sensibilisad y sabe como describir sus sensaciones siempre con la palabra justa…. Tiene talento para escribir.

  6. waldo Ramirez

    28 May 2023

    Un buen relato se lee sin pausas. Desde el comienzo hasta el fin es intrigante.
    Felicitaciones a la autora

    Waldo

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