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«Un singular gabinete de curiosidades»

Fragmentos leídos en la presentación del libro Cuentos reunidos de Oswaldo Encalada Vásquez

 Por Guillermo Gomezjurado Q.*

La primera vez que fui al depósito de libros usados de don Faber dudé más de dos veces en subir. La precariedad de la casa, el descuido en que se encontraban sus paredes y escalones y una cierta pesadez o penumbra en el ambiente, hacían sentir que se irrumpía en un espacio de fantasmas. Parecerá una exageración, pero siempre creí que lo que vi esa vez debió haber sido fotografiado: como si el precario cielo raso del segundo piso se hubiera desfondado a causa de la lluvia o la podredumbre, abriendo un grotesco boquerón que dejaba ver el tejado, todo el piso estaba lleno, aunque no de escombros, como quizá habría sido lo lógico, sino de libros. Y, lo que era más curioso: los mismos libros guardaban entre sus páginas diminutos trozos de material de construcción, como si hubiesen formado alguna vez parte de una excrecencia o quiste maligno bajo el tejado.

Pese a cierto aire surrealista, la imagen tenía, sin embargo, una explicación sencilla: si los libros traían trozos de ladrillo o cemento o granos de arena entre sus páginas y se encontraban desperdigados por el piso, esto se debía a que habían llegado desde Quito en volqueta y habían sido conducidos hasta allá en carretillas, donde los cargadores los habían dejado en un solo alboroto, tras volcar una y otra vez sus cargas.

Ahí, en ese sitio, encontré algunos libros preciados, y si cuento esto ahora es porque entre aquellos hallazgos se encuentran las colecciones de cuentos de Oswaldo Encalada (1955), para entonces inhallables en librerías al uso, debido a que varias de ellas no se habían vuelto a editar desde su aparición, como ocurre con muchos clásicos de nuestra literatura.

Quién diría que unos meses después tendría la suerte de presentar el proyecto para publicar, en un solo volumen, alguna de esas colecciones de cuentos encontrados en la librería de viejo de don Faber y que, luego, apenas unas semanas después, se me confiara comentarlos. Quiero, en ese sentido, agradecer a Tamara Landívar, directora de Cultura, Recreación y Conocimiento del gad de Cuenca, por la apertura que dio al proyecto en sus inicios y vio con buenos ojos la publicación de estos cuentos y de los Ensayos reunidos de María Augusta Vintimilla, que será el siguiente libro de la colección Emblemáticos. Y quiero agradecer a Oswaldo, por su cordialidad —frontal y sincera— que tuvo desde un inicio para que empezáramos a trabajar con sus textos.

Así pues, tuve la enorme felicidad de preparar el volumen: de seleccionar los textos que lo componen —muchos de ellos desperdigados en revistas—, de realizar el estudio introductorio y de hacer una primera revisión de los textos que no se encontraban en formato digital y que fueron levantados gracias al esfuerzo de Jacinta Aguirre —a quien quiero agradecer por su trabajo—. Hasta aquí, digamos, llegó mi participación. Así que fue una sorpresa para mí encontrarme, hace unos pocos días, con el libro ya como objeto. La diagramación, la corrección de estilo, estuvieron a cargo de la Casa Editorial del GAD de Cuenca. Quiero, pues, agradecer el trabajo de Juan Carlos Astudillo y Elissa Borck, que hicieron las correcciones antes de que el libro ingresara a imprenta y felicitar el magnífico trabajo de Diego Lara, que estuvo a cargo de la diagramación y el diseño. Quiero también destacar el valioso trabajo de Jonathan Mosquera en la elaboración de los retratos de los autores de la colección. Creo no olvidar a nadie más.

Por todos esos esfuerzos, estos Cuentos reunidos que presentamos hoy es un libro bello, sí, pero sobre todo útil, pues permite salvar la dificultad de los lectores contemporáneos de acceder a una de las propuestas más singulares de la literatura ecuatoriana de la segunda mitad del siglo xx. Se reúnen aquí, íntegros, los volúmenes de cuentos La muerte por agua y Los juegos tardíos, de 1980; El día de las puertas cerradas, de 1988; Crisálida, del 2000; cuentarios todos estos con una única edición, ya fuera de circulación. También en este volumen se recogen Salamah (1998), que sí había conocido una reedición en el 2000, una obra inédita hasta ahora, Las revelaciones y una selección de los primeros cuentos que Oswaldo publicó en revistas y antologías de los años setenta. Del libro se excluye, únicamente, Bestiario razonado & Historia natural (2002), libro que forma parte del catálogo de la Editorial Radmandí, que está en circulación y se lo puede encontrar en librerías.

*****************************

Con el nombre de Oswaldo Encalada sólidamente asentado en la historia de la literatura ecuatoriana, se podría pensar que destacar su trabajo literario es subrayar una obra ya conocida. Pero no es verdad. En realidad, se trata, casi, de una restitución. En efecto, con este libro se ponen en circulación cuentos que no habían visto la luz desde hace cuarenta años, por lo menos.

Asimismo, vale decir que, pese a ser reseñada en muchos de los estudios sobre narrativa ecuatoriana y recibir positivos comentarios de importantes críticos del país —como Efraín Jara, Juan Valdano, Jorge Dávila, María Augusta Vintimilla y otros, cuyas lecturas se recogen y reconocen en este volumen—, pese a ello, decía, la narrativa de Encalada hasta el día de hoy no ha sido objeto de estudios sostenidos, ni han sido muchos los que aborden su obra con detenimiento; tampoco se han realizado antologías amplias de su obra.

¿Por qué?

Obviamente, responder a una pregunta de este tipo requeriría del despliegue de varias razones, cuyo desarrollo y valoración exigirían más tiempo del que dispongo ahora. Pese a ello, quisiera enumerar unas pocas, tres, a manera de provocación.  

Una de estas razones tiene que ver con la singularidad misma de narrativa de Encalada. Curiosamente, en un espacio literario dispuesto a ser fascinado por el espejismo de la originalidad, es la singularidad de la obra de Oswaldo, plural y ajena a las modas del momento, la que ha pasado silenciosa y oblicua, como un alfil, por el tablero de la literatura ecuatoriana. Pongo un ejemplo: cuando nuestro autor publicó sus primeros libros en 1980, la literatura ecuatoriana —según Cecilia Ansaldo— intentaba recoger “el entusiasmo continental que vivía América Latina a partir del brote colectivo de una literatura [la del boom] que busca[ba] su identidad al mismo tiempo que busca[ba] su lenguaje” (1983, p. 52); eran asuntos, pues, relacionados con la identidad, la reescritura de escenas de la historia nacional, los personajes marginales y su vida en las ciudades, los que acaparaban —no sin razón— la atención crítica del momento.  

Nada hay en La muerte por agua y Los juegos tardíos que se relacionen con estos temas. Nuestro autor no va tras la búsqueda de claves identitarias, ni pierde el sueño con los intensos trabajos de experimentación verbal que entretuvieron a muchos de sus antecesores o contemporáneos. Tampoco demuestra mayor interés por aquello que algunos denominan presente literario. Perpendicular al horizonte de expectativas de finales de los años setenta, al que miran de frente algunos críticos del momento, la obra de Encalada siguió un curso silente, distinto, aunque decidido.

De forma significativa, esa singularidad se ha mantenido a lo largo de su trayectoria. De hecho, si se considera la narrativa de Encalada en conjunto se notará que esta generalmente abreva en otros repertorios, excéntricos a los temas, modos, géneros o estrategias considerados como novedosos o innovadores por sus contemporáneos. Lo demuestran sus primeros libros en donde trabaja con la imagen y lo grotesco, sus ejercicios con los cuentos orientales o con el bestiario, el permanente interés en esa especie de vanguardia discreta —vanguardia en puntillas, la llamo yo— que hicieron Tablada y Carrera a través del haiku y el micrograma: modos, todos estos, singulares y discretos con los que Encalada, más que entrar y salir de una supuesta modernidad literaria, orbita en su torno.

Para leer estos cuentos se hace necesario tomar distancia de uno de los prejuicios habituales del lector local, consistente en ver “las asincronías que caracterizan a muchas de las manifestaciones literarias de las regiones […] como un ‘atraso’ o como ‘excentricidades’ aisladas, de dudoso o escaso valor” (Perus, 1997, p. 39), para pasar a ver en estos “deslices” temporales un signo positivo.

Así pues, si es verdad que una primera mirada a varios de los libros de Encalada nos llevaría a verlos como manifestaciones literarias caprichosas, “tan independiente(s) [y distintas] en temática y ejecución de lo usual en su momento […], que acepta(n) gustosa(s) el callejón sin salida de una forma narrativa ya exhaustivamente explorada” (Savater, 1976, p. 107), no debería dejarse de destacar en estos libros las posibilidades de provocación que tienen en tanto propuestas que buscan para sí la marca del destiempo y que adquieren o demandan —con este gesto— cierta potencia del anacronismo.

Esto nos conduce a otro elemento que quisiera destacar en la obra de Encalada, y que podría dejar entrever, creo, una segunda causa de cierta falta de interés por la crítica del momento en esta narrativa. Tiene que ver con la diversidad de registros con los que juega el autor a lo largo de su trayectoria. A diferencia de otros escritores “fuertes” —en términos de Harold Bloom—, angustiados por definir una voz propia, inconfundible, que funcione por sí sola como una firma autoral, Encalada no se propone una voz, sino que prolifera en voces. Como un paradójico happy feet que escribe obstinadamente desde un rincón de los Andes, desplazándose sin embargo por distintas tradiciones literarias —no necesariamente occidentales—, sin temerle ni a las influencias, ni aceptar los temas sobre los que supuestamente se debe escribir para ser contemporáneo, Encalada experimenta, muta, se disemina.

¿Qué nos dice, pues, este modo lúdico, discreto, aparentemente distraído con que Encalada se mueve por el espacio literario ecuatoriano? Nos advierte de una gran autonomía creativa y de una curiosa situación en tanto autor con respecto al campo literario. ¿Cómo ha hecho este escritor para intervenir activamente en el espacio literario sin ningún ánimo de notoriedad ni tentativa de participar ni en grupillos literarios, ni en la chismografía literaria local, ni de formar parte de las mafiecillas culturales de turno, manteniendo una posición estable y discreta en el campo literario local?, es una inquietud, creo, para los sociólogos de la literatura o quizá sea apenas una mera expresión de mi admiración por su ética o figura de autor que ha cobrado la forma de una pregunta.

Perdonen el leve desvío. Volviendo a su variedad de registros, lo que quería era señalar que una obra que hace uso de diversos marcos genéricos y de estilos, puede provocar una cierta dificultad de recepción en lectores y críticos que se propongan organizar su obra a través de líneas fijas y relacionarla con específicas categorías o temáticas. Yo prefiero ver en conjunto la obra de Encalada —su trabajo investigativo y literario— como un amplio gabinete de curiosidades.

Similar a aquellas colecciones en las que los sabios naturalistas del siglo xviii afanaban sus días reuniendo objetos, en la repisa que agruparía la obra de Encalada se suceden diccionarios de toponimias, inventarios humorísticos, trabajos sobre el folclor, la superstición y la mitología, estudios sobre la cultura popular, el regionalismo o la lengua, pero también —y esto es lo que más me interesa— trabajos críticos sobre las formas breves, colecciones de microcuentos, cuentos escritos a la manera de Las mil y una noches, o de los bestiarios medievales, y varios volúmenes de cuentos infantiles.

Sin embargo, no es sólo por la diversidad de materiales e intereses que su obra remite a los gabinetes de curiosidades. Lo es, sobre todo, por cierta voluntad arqueológica, por un pronunciado uso del seriado como método ordenador de la mayoría de sus libros —compuestos por una ingente cantidad de materiales (citas, definiciones, voces…)— y, también, por una notoria fascinación por formas del pensamiento alejadas de la razón occidental, que le hacen ir en busca de los ingenios del pensamiento analógico y que parecen constituir una apuesta por una personal ecología de saberes, algo que le permite salvar aquellas formas de conocimiento que fueron desautorizadas —invisibilizadas, deslegitimadas— por la modernidad (Moraña, 2017, p. 160).

No quisiera terminar esta intervención sin apuntar el nulo interés del autor para auto-promocionarse como tercera razón de la presencia silente de su literatura en el espacio de la literatura ecuatoriana. En una época en la que los escritores construyen su imagen en redes sociales, compartiendo frenéticamente cualquier post que les valide como escritores “importantes” a ojos de la comunidad, Encalada se muestra heredero de una larga línea de escritores-coleccionistas morlacos, y comparte con ellos algunas de sus virtudes; entre ellas: una presencia literaria voluntariamente discreta, una obra que se ramifica en variados intereses y una constante atención al entorno regional.

Miembro destacado de esta comunidad imaginada de solitarios morlacos, Encalada es también, una especie de monje laico en la era de la reproductibilidad técnica; un autor que, sin Facebook ni celular, por más de cuarenta años, día tras día, ha venido cumpliendo la metódica tarea de inaugurar la jornada escribiendo —a mano, y en cuadernos comunes— un microcuento mínimo, antes de verse envuelto por las ocupaciones y los días. 

Como en ese titán anti-moderno que fue Bachelard —haciendo las correspondientes distancias—, en Encalada se aúnan, pues, el trabajo investigativo, metódico, riguroso y la ensoñación escrita de imágenes. No conozco muchos escritores en que esta doble labor se haya dado productivamente. En Encalada se da, para nuestra suerte.

Muchas gracias.

Cuenca, 23 de marzo de 2023.

_________________________________________

Fuentes de consulta

 Ansaldo, C. (1983). “El cuento ecuatoriano en los últimos treinta años”. La literatura ecuatoriana en los últimos 30 años. Editorial El Conejo.

Encalada, O. (2022). Cuentos reunidos. Casa Editorial del GAD de Cuenca.

Moraña, M. (2017). “Transculturación y latinoamericanismo”. Cuadernos de literatura. Vol. xxi, n. 41., pp. 153-166.

Perus, F. (1997). “En torno al regionalismo literario. Escribir, leer e historiografiar desde las regiones”. Literatura: teoría, historia, crítica. N. 1., pp. 33-42.

Savater, F. (1976). La infancia recuperada. Documento epub.

 

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