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Cacerolas de nostalgia. Por Magaly Villacrés

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Por Magaly Villacrés, desde España*

Muchos creen que el universo nos guía y da señales cuando algo está por suceder. De ser cierto, hace varios días venía trayendo un nudo de recuerdos amarrado en la garganta que me empujaba a pensar en mi lejano terruño andino, en Ecuador. Se me presentaba en forma de sueños nocturnos, avisos publicitarios de manjares ecuatorianos, de seductor aroma a café recién preparado, de noticias en Google, en fin.
Todo servía para darme de martillazos en el botón de mi añoranza y hacerme “tilín” en la cabeza sobre la tierra que había dejado atrás, junto con mis afectos, mis amores familiares, amigos, platillos favoritos, olores, música, tumbas y un montón de etcéteras. Sin olvidar jamás esos cielos crepusculares de color naranja que se encienden con furia, marcando la silueta de los inigualables nevados Chimborazo, Carihuayrazo y El Altar, rodeados de la enorme cordillera que caprichosamente se viste de blanco entero como si se fuera a casar.
Aun así, yo intentaba ser indiferente a aquellas cruces que me advertían que estaba por desatarse dentro de mí un caudal arrollador de penas y que yo intentaba no prestarles atención. Como si de pronto uno pudiera ignorar, sin más, que estamos cosidos desde las mismísimas entrañas con estrellas fugaces de algún pueblo lejano, con viejas casitas pintadas en tonos de añoranza, de caricias de madre cubiertas por momentos sin olvido y de tardes frías con escaso sol, igual a los de la serranía ecuatorial.
Todas mis memorias tienen color sepia. Me alistaba a entregarme a mi rutina culinaria, entonces -por curiosa- husmeé unos instantes mi teléfono y, con tal puntería, miré el video de un joven que hablaba desde su experiencia y suplicaba entre lágrimas que, si aún contábamos con la suerte de tener una mamá, no perdamos más el tiempo y corramos a abrazarla: después será muy tarde. Esa fue la señal de la cual me estaba hablando el destino.
Justo ahí. En ese preciso instante, se me metió a fondo el recuerdo de mi madre y se me abrió un grifo indetenible de lágrimas saladas, tan saladas que podía haber adobado con ellas siete pescados y unos cuantos camarones (gambas, según diría mi esposo).
Intenté hacer de tripas corazón por contener el alud de mi congoja, pero todo fue inútil. Si picaba un par de cebollas se me derramaba un llanto universal, si cascaba un par de huevos se me escurría la melancolía y si los batía se me enredaban los suspiros.
Dicho así, ninguna sartén en el mundo es capaz de freír una tortilla tan quebrantada por la tristeza. Pretendí hacer un postre y ya estaba anunciado el fracaso. Apenas abrí la bolsa de azúcar me quedé pensando, no sé cuánto tiempo, en las nieves perpetuas de mis montañas gigantes. El dulce roce de su textura me arrastró hacia la cocina de mi mamá. Allí lo dulce es más dulce y no, no se debe a la virtud de la caña de azúcar, sino a la ternura materna con que se prepara cada plato. Bastó abrir la puerta del horno y la torta se desinfló a la par que mi entereza y juntas -la torta y yo-, volvimos a llorar por el desconsuelo. Hasta ahí llegaron mis evasivas nostálgicas y mis tareas de fogón.
Las manos maternas saben de pócimas secretas y particulares ingredientes, tan útiles para superar las angustias que nos reserva la vida; conocen de sustancias sanadoras y potajes milagrosos por si nos duele una ausencia. Con amoroso cuidado preparan alguna sopita de nada que, a los ojos de su cariño, nos da el valor para enfrentarlo todo.
Suavemente, y sin proponérselo siquiera, su sazón nos arrastra hacia el puente invisible que nos conduce al pasado, pero que da miedo cruzarlo, porque nadie en su sano juicio quiere abandonar ese breve regreso al nido de la niñez…
La nostalgia por la madre se parece a una lenta tarde de domingo, cuando el pensamiento se cuelga de esas vivencias inolvidables, conmovedoras y distantes, pero que el tiempo insiste en devolverlas al presente cuando más frágiles estamos. Quizás sea porque, aún en medio de un recuerdo feliz, también existe un poco de dolor.
Cuando emergen mis subterráneas memorias aún escucho el ligero murmullo de la vieja nevera Westinghouse, las humeantes cacerolas con guisos y arroces que me alimentaban el alma, el ronroneo de los gatos jugando con el filo del mantel que bordeaba el piso, y afuera el silbido del viento que sacudía la ropa aireada al sol. En mi tiempo, así se secaban las lágrimas, así se cocinaba la vida.
En la casa donde crecí, el pan tiene ese gustillo de hogar y su olor nos envuelve muy suavemente con su perfume de historia y clan familiar. Las frutas conservan el dulzor de una mañana entre hermanos, de juegos de infancia, de memoria feliz.
En medio de esta cascada de emociones, ninguna receta funciona y ningún condimento sazona. Había arruinado el almuerzo y mi esposo estaba por llegar a casa. Entró, me miró y yo tenía toda la melancolía impregnada en mi rostro, pero él tenía una respuesta en su sonrisa. Silencioso, y en cálida complicidad, me tomó de la mano y fuimos en busca de un café. Él siempre sabe cómo alimentarme el corazón y ahuyentarme la nostalgia.
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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Actualmente reside en España.

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