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La política ocupa toda la energía periodística: David Jiménez, periodista y escritor español

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La política ocupa toda la energía periodística: David Jiménez, periodista y escritor español
Periodismo
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  • Periodismo

Experimentado corresponsal y exdirector del diario El Mundo, de Madrid, el periodista y escritor español sostiene que el periodismo no debe olvidarse de vigilar el sistema y sus abusos, y que deberá adaptarse para combatir las mentiras que proliferan en la política tóxica. Nuestro portal loscronistas.net reproduce esta nota por la alta calidad de la entrevista y por las profundas reflexiones que hace David Jiménez sobre el manejo ético de los contenidos periodísticos.

*Por Adriana Amado, para diario La Nación de Argentina 

Las tensiones entre medios, empresa y política son teorizadas por académicos que nunca las vivieron, asumidas por quienes deben enfrentarlas como condición de supervivencia de esos mismos medios y padecidas por los periodistas, los eslabones más débiles de la cadena de la información. Pero pocas veces, alguien que las vivió recrea los detalles de esas tensiones en una crónica que desvela el entramado entre prensa y poder.

Para escribir El director, secretos e intrigas de la prensa, narrados por el exdirector de El Mundo, David Jiménez se valió de la cláusula de conciencia, con rango constitucional en España desde 1978, que ampara el derecho de los periodistas a rechazar procedimientos no éticos.

El libro, paradójicamente, está lleno de los dilemas éticos cotidianos que involucran la supervivencia de ese diario y las fuentes de trabajo, lo voluble de la credibilidad periodística o los límites de una profesión supuestamente poderosa, pero que se revela frágil cuando se conoce la historia de cada periodista, incluida la de quien alcanza el máximo escalafón, como fue el caso de Jiménez.

Como dicen las advertencias de las películas, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. O no, si se entiende que la literatura permite ahondar la complejidad de los conflictos humanos de una manera que no permite la perentoriedad de la noticia. Por eso, el libro da pie, en esta conversación mantenida con el autor durante uno de sus tantos viajes a Asia, para hablar de lo que pasa hoy en el periodismo.

Para Jiménez, en estos tiempos críticos, el periodismo tiene que vigilar el sistema y sus abusos. “Si nos convertimos en parte del sistema, ¿cómo vamos a vigilarlo?”, se pregunta.

Además de El director, publicó las crónicas Los hijos del monzón (2007),premiado como el Mejor Libro de Literatura de Viajes en España, y El lugar más feliz del mundo (2013). En su experiencia cubriendo conflictos se inspiraron las novelas El botones de Kabul (2010) y la reciente El corresponsal (Editorial Planeta), un homenaje a los reporteros de guerra.

–Si alguien no supiera que se trata de un diario, el cargo de “director de El Mundo” parece sacado de un superhéroe de las películas de Marvel.

–A mí me impresionó porque yo sabía que el director de un gran periódico tenía poder. En España siempre se trató a los directores como a ministros que van en sus coches con chofer, se ven con la gente importante, son tratados de manera especial. De hecho, el día que llegué me llamaron el Rey, el presidente del gobierno, los grandes empresarios del país. Todo el mundo me quería conocer porque había sido un llanero solitario que había cubierto guerras, revoluciones, desastres naturales al que, de repente, nombraron director. Hubo una gran curiosidad porque normalmente el director de un gran diario en España es alguien que ha ido engrasando su escalada con contactos, trabajando en la redacción. Mi caso no era así. De hecho, el día que llegué para ocuparme de la dirección el guardia de seguridad no me reconoció y me pidió el carnet de identidad, que me había olvidado en casa.

–La cláusula de conciencia no existe en la Argentina, pero sí en España, aunque el periodismo no haga ejercicio de ese derecho. ¿A qué puede atribuirse?

–La mayoría de los periodistas españoles desconocen la cláusula de conciencia que nos protege en la Constitución frente a algo que va en contra de la ética. Soy, de hecho, el primer director de un diario nacional en España que se acogió a esa cláusula, a pesar de que en los últimos años ha habido muchos despidos arbitrarios y mucha gente perdió su empleo, no por hacer mal su trabajo sino por lo contrario, por ejercerlo con dignidad y honestidad. Cuando yo salí, la empresa intentó desactivar esa cláusula haciéndome firmar un acuerdo de confidencialidad que, básicamente, decía que no podía mencionar nunca lo que había ocurrido en el año que fui director de El Mundo. Luché judicialmente para que no fuera así y durante un año, que fue más duro que el año al frente del diario, fui vetado prácticamente en todos los lugares. Me despidieron no solo de El Mundo. Me despidieron de Antena 3 Televisión, de Onda Cero. Hubo un intento de anulación de una persona que lo único que estaba haciendo era contar su historia. Si esa historia es incorrecta o calumnia a alguien, están los tribunales para poder defenderse.

–¿Cree que el periodista resigna más de lo que debería resignar?

–Yo hablo del periodismo que conozco y que he vivido, que es el español. Me parece que es un periodismo acobardado, sobre todo a raíz de la crisis del 2008-2009, cuando los medios vieron muy debilitados los números que los hacían sostenibles. Eso fue detectado por el poder tanto político como económico, que apretó las tuercas de los medios y, de repente, mucha gente fue despedida. Cuando yo era un joven reportero, en España el poder tenía miedo de la prensa y cuando volví, dos décadas después, era la prensa la que tenía miedo del poder. Hubo, por supuesto, gente que peleó contra esa situación, pero diría que, mayormente, el periodismo español se rindió al poder. Lo digo con mucha tristeza. Hubo gente que atacó mi libro El director diciendo que era una prueba de odio hacia el periodismo. Es todo lo contrario: una prueba de amor a una profesión que me lo dio todo, en la que he sido un privilegiado. Creía que le debía algo y que si había alguien que podía hablar y contar, con el objetivo de arreglar lo que iba mal, éramos los que nos había ido bien y podíamos soportar la presión. No escribirlo habría sido cobarde porque en mis veinte años como reportero vi a compañeros encarcelados en dictaduras. Vi cómo mataban a un compañero a escasos metros de mí en Birmania. Veo todos los días lo que pasa en tantos lugares donde los periodistas toman unos riesgos increíbles y admirables por contar la verdad. ¿Y vamos a callarnos porque a lo mejor no nos dan una promoción o nos pueden despedir?

–¿El corresponsal es también un acto de amor al periodismo?

–Sí, a una parte de la profesión que me dio mucho. Me hace gracia porque El director es un libro que me marcó. Eso tiene su parte buena, pero la mala es que no consigo quitármelo de encima. Fui director apenas un año, pero veinte años fui corresponsal. Siempre me consideré mucho más reportero que director, algo que considero un accidente en mi carrera. Pues tenía ganas de contar también cómo es de verdad la profesión de corresponsal, más allá del estereotipo: cómo es la vida de estos tipos que se la van a jugar a miles de kilómetros de distancia, cómo son sus amistades, cómo se traicionan, cómo se enamoran cuando puedes morir al día siguiente.

–¿Se pueden relacionar las tensiones que describe en el libro con el hecho de que los diarios empezaron a darle más espacio a la política?

–No sé si ocurre igual en la Argentina, pero en España es absurdamente desproporcionado el espacio que ocupa la política. Pero no la política de la propuesta o de la mejora de la situación de la gente, sino la política del enfrentamiento puro y duro, la de qué le dijo un político al otro, cómo lo insultó. La política tóxica ocupa todas las energías periodísticas. Y eso nos desvía de la educación, de la sanidad, del bullying, de las desigualdades que los últimos años han aumentado de una manera brutal. Creo que tiene que haber un equilibrio y que los periodistas tenemos que salir del gueto del establishment. El periodismo tiene que vigilar el sistema y sus abusos. Si nos convertimos en parte del sistema, ¿cómo vamos a vigilarlo?

–En el libro menciona también la dificultad de integrar lo digital, ¿por qué cree que esa transformación fue vista por la prensa como una amenaza antes que como una herramienta competitiva?

–Es curioso, ¿no?, porque el periodismo es en teoría una profesión que toma el pulso a la sociedad y a los cambios. Pero cuando esos cambios los iban a afectar, su reacción fue resistirse, y perdimos muchos años. Incluso hubo una época en que yo como corresponsal prefería que mis crónicas aparecieran en el papel. Veía la web como algo secundario. Me di cuenta en Birmania en 2007, en la Revolución del Azafrán, cuando un jefe me convenció de que iba a tener más impacto en la web. Y así fue. Pero cuando llegué al periódico a dirigirlo en 2015 gran parte de la redacción todavía estaba en modo resistencia. Nunca vamos a decirle al lector dónde consumir el periodismo. Lo único que podemos hacer es darle el mejor periodismo posible. Si lo quieren consumir en redes sociales, en el celular, ya no es asunto nuestro. Nosotros lo tenemos que distribuir en todas las plataformas para llegar al mayor número.

–Otra de sus medidas fue bajar a la mitad la cantidad de publicaciones y hacer menos de mejor calidad. Sin embargo, muchos medios todavía insisten en el volumen.

–Ahora todos estamos hablando de la Inteligencia Artificial (IA) como nueva amenaza para el periodismo. Si uno le pide a la IA que le escriba una noticia con la información económica del día, lo hace mejor que muchos periodistas. Dentro de tres años lo hará infinitamente mejor. Pero ninguna IA va a reemplazar al periodista que crea un contenido original, investiga, destapa la corrupción. No va a estar en la guerra en Ucrania y describir lo que está pasando igual que el que está ahí. Pero hay muchas otras cosas que las va a hacer una máquina. Y eso va a obligar a reorganizar las redacciones, a potenciar la formación de los periodistas en lo que sí se va a necesitar. Estamos ante una grandísima revolución de la que todavía no sabemos las consecuencias.

–Esa revolución también impacta en las corresponsalías. Por caso, la guerra de Ucrania, tan cercana a Europa, es una guerra que se cuenta por redes sociales.

–El periodismo también se despistó ahí porque, en realidad, esa guerra empezó en 2014 y la invasión de Crimea pasó absolutamente desapercibida. Y a los corresponsales o los habían despedido o los habían precarizado. En ese abandono hemos olvidado una cosa fundamental y es que lo que pasa a miles de kilómetros de donde estamos, sí nos afecta. Hemos tenido una crisis energética, nos han subido los precios y mucho de eso está relacionado con un conflicto que estaba sucediendo en otro país. Hoy en día es muy extraño que haya medios que apuesten por la información internacional. A los que lo hacen les está yendo muy bien, como The New York Times, que nunca tuvo más corresponsales en su historia.

–Muy pocos periodistas tienen ese privilegio de haber estado en la trinchera y también en la redacción. Según su experiencia, ¿hacia dónde va el periodismo?

–El futuro de los medios está, en efecto, en hacer menos de más calidad. Va a haber gente que con dos empleados podrá tener un diario con información deportiva, social, cultural, política y demás, gracias a la IA y las herramientas de internet. Lo que nos queda a los medios es ofrecer aquello que la tecnología no va a suplir. Veo claro que van a sobrevivir aquellos que sean capaces de generar ese contenido original. Para eso los medios van a tener que contratar a gente que tenga el talento suficiente para aportar ese contenido original que los diferencie del resto.

–¿Qué les diría a los jóvenes que insisten en dedicarse al periodismo, a pesar de todo?

–Voy mucho a las facultades de periodismo y los profesores antes de entrar siempre me dicen que los chicos están deprimidos, que creen que se han equivocado de profesión. Creo que los periodistas jóvenes también van a tener oportunidades. Hay un mundo nuevo que no tiene nada que ver con los medios generalistas y que cada vez está cobrando más importancia, con podcasts, con YouTube, con plataformas, con maneras de contar historias a través de redes. Creo que va a seguir siendo necesario ir a los lugares y que hay miles millones de historias por contarse en el mundo. Algunos medios tomarán el camino correcto y a otros les pasará como a Kodak, que cuando llegó la fotografía digital no supieron verlo y murieron. Adaptarse no quiere decir renunciar a los principios del periodismo del rigor, la credibilidad, la verdad. Es aliarse con la tecnología para que ganen fuerza, potencia y distribución. Estamos en un momento en el que tengo miedo de que gane la mentira porque estas herramientas en manos de manipuladores, propagandistas, desinformadores, odiadores y propagadores de intolerancia son peligrosísimas, y cada vez van a tener más capacidad de crear contenido. O lo contrarrestamos con buen periodismo o va a ganar la mentira. Yo quiero que gane la verdad.

–¿Por qué es tabú que el periodista critique el periodismo?

–Uno de los problemas que encontró El director fue la reacción de algunos compañeros contraria a que contara la historia del año en que ocupé el puesto, pero para mí es absurdo porque de la misma manera que los periodistas hablamos de los políticos, de los deportistas, criticamos a los restaurantes, ¿por qué no vamos a hablar de una manera honesta y abierta de nosotros y de lo que nos ha llevado a la crisis del periodismo?

–Más allá de ese repudio inicial que algunos miembros del establishment hicieron del libro, ¿cuál es el balance?

–Es curioso, porque el libro ha envejecido mejor que sus críticos. Con el paso de los años no solo ha mantenido actualidad, sino que incluso gente que lo vio de una manera negativa al principio, de repente dice, vaya, todo lo que contó este tipo ha demostrado ser cierto. Porque llevábamos décadas con ese secreto que contábamos en las redacciones, al lado de la máquina del café, sobre lo que iba mal en el oficio. Pero nadie rompía la ley del silencio y creo que hacía falta romperla para empezar a cambiar y mejorar las cosas.

–Si volviera a tener veinte años, ¿elegiría de nuevo el periodismo?

–Si existiera la opción lo elegiría otra vez, incluso en esta época en la que todo ha cambiado y hay dificultades. Creo que cuando te lo dejan ejercer en libertad y con dignidad, tanto en tus condiciones económicas como en el respeto a tu trabajo, es, como dice el cliché, una de las mejores profesiones del mundo.

_________________________________________________

*Entrevista de Adriana Amado.

Perfil de David Jiménez

■ David Jiménez desarrolló su carrera de periodista en el diario El Mundo, de España. Ingresó en 1994 y en 1998 propuso crear la corresponsalía en Asia, desde donde cubrió conflictos y catástrofes en más de treinta países.

■ Estaba en la Universidad de Harvard, gracias a la distinguida beca Nieman para periodistas, cuando recibió la invitación de asumir la dirección del diario, cargo que tomó en abril de 2015 hasta mayo de 2016. Ese año es el que relata en El director (2019), libro que va por su décima edición.

■ Ha colaborado con medios internacionales como The Guardian, Corriere della Sera, The Sunday Times, Esquire, CNN, BBC. Actualmente escribe en The New York Times.es

■ Su último libro es El corresponsal, publicada por Editorial Planeta. Es una novela centrada en su experiencia como reportero de guerra.

*La fotografía que aparece en esta nota es de Héctor Vila.

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