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Viajes y lecturas actúan como una ráfaga clarividente que en algunos casos desequilibran. Como sucedió cuando visité Israel o cuando leí el Evangelio según Jesucristo, de Saramago, un pequeño desequilibrio que se convirtió más tarde en una fe que traspasa la racionalidad para dejarme lo mejor, la presencia de un Dios humano en mi vida y en mi corazón.
Por Nancy Carrillo*
Viajar nació con el hombre, lo hizo desde su creación desde siempre, los motivos del incansable peregrinaje fueron múltiples.
Si pensamos en la creación del hombre desde la teoría Creacionista, la primera migración del ser humano empezó en el paraíso terrenal, cuando su desobediencia le obligó a salir de un lugar cómodo y feliz hacia un entorno abrupto y lleno de peligros, a enfrentar retos y a sobrevivir. Así, este hombre, que imagino desvalido y con mucha fe, después de asimilar el castigo, empezó su historia de eterno transeúnte hace miles y millones de años.
Los motivos de escapar, abandonar, elegir lugares debió tener múltiples razones. Al inicio, conservar la vida y la especie, buscar agua y alimentos, huir del peligro.
Pasaron muchos siglos para que los viajes sean placenteros, voluntarios, divertidos. El tiempo transcurría y con él la invención de maneras seguras y rápidas de movilizarse.
Hoy, cuando la ciencia y la tecnología nos llevan a cualquier parte del planeta y fuera de él, consideramos el viaje como algo vital en nuestras vidas. Aun cuando no sea lo mismo viajar de turista que de migrante, en el fondo todo viaje despierta la curiosidad para saber de otros mundos, otros tiempos, otros escenarios, otras experiencias.
La pasión por el viaje tiene además otros orígenes hasta podríamos adjudicar a la herencia, a lo que vimos y vivimos en la niñez; mis padres fueron aventureros innatos, amantes del arte, de las novedades, de las cosas buenas y sus hijos heredamos esta afición, desde muy pequeños y con cierta austeridad salíamos a visitar los sitios emblemáticos y hacernos las fotos de rigor. En aquella época no se podía hacer cualquiera toma, mi padre estudiaba cada detalle, el paisaje, la pose, la sonrisa, la luz. Autoaprendiz, como era en muchas cosas, nos dejó fotografías de cuando éramos chicos en la Plaza Grande, en El Quinche, en Baños. Los hermanos montados en el infaltable burro o caballo, con la tecnología de las recordadas fotos de manga.
La idea de viajar siempre estuvo presente en mi familia, cuando mi padre y mi hermano, los artistas de la familia, murieron con una diferencia de pocos meses, pero dejaron una huella en nuestras vidas y pensamos que la nostalgia de la pérdida solo se curaría con los viajes. Allí empezó el periplo constante.
Siempre agradezco a Dios y a la vida porque en cuestión de viajes soy muy afortunada, el tiempo me sonríe y pone a mi alcance el periplo de Ulises. Narrar lo que pasó en cada sitio y lo que cada uno de ellos aportó a mi vida, es otro cantar.
Mis caminos, mientras más lejanos mejor, tuvieron diferentes rutas, no solo para vivir el esplendor del viaje sino para aliviar ausencias, para despojarme, al menos por un tiempo, de la esencia y el color de mi Quito e ir por otros amaneceres, aunque pasado el primer impacto de la novedad, con las mismas ansias pensaba en el regreso, en el calor de lo conocido, en el abrazo de la ciudad que me quiere y en donde está todo lo que amo.
Los viajes son nuevos lentes para mirar un mundo diferente, Son espasmos que sacuden creencias, costumbres y conocimientos, son vendavales que mueven las certezas.
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Viajes y lecturas actúan como una ráfaga clarividente que en algunos casos desequilibran. Como sucedió cuando visité Israel o cuando leí el Evangelio según Jesucristo, de Saramago, un pequeño desequilibrio que se convirtió más tarde en una fe que traspasa la racionalidad para dejarme lo mejor, la presencia de un Dios humano en mi vida y en mi corazón.
Visité Israel en dos ocasiones, y si existiese la posibilidad de ir una tercera, no lo dudaría. La primera fue con una beca concedida por el Estado de Israel, se trató de un curso de Capacitación de Personal de Sistemas Educativos en el 2006. Mi jefe de entonces me dijo: oportunidades como estas son pocas, casi todo pagado para pasar 40 días en la tierra de Jesús es casi alcanzar una estrella, el sueño y la ilusión de todo cristiano, recorrer lugares en los que un hombre maravilloso y único dio un mensaje para la eternidad.
Sin más dilación preparé el viaje, creo que ni las horas de vuelo que fueron muchas, tranquilizaron mi corazón, cuando llegué al aeropuerto de Tel Aviv tuve la impresión de estar en otro mundo, casi todos los personajes que allí esperaban eran judíos vestidos de negro con el clásico kipa (el sombrero enorme), tirabuzones y largas barbas.
Enigmáticos y formados en una larga columna, muy pocos dejaban ver sus rostros barbudos. Continuamos a Jerusalén y allí me esperaba una hermosa mañana de mayo, sol resplandeciente, una blanca ciudad que parecía brillar, hasta el aire que respiraba me parecía diferente.
Nos alojamos en el hotel kibutz Ramal Rachel, la habitación la compartí con una profesora colombiana y desde un amplio ventanal podíamos divisar Belén.
El programa de estudios señalaba: conferencias, debates, visitas profesionales, turísticas y guiadas para conocer Israel. Los instructores eran en su mayoría judíos-argentinos, interesados no solo en compartir sus programas sino también en enseñarnos la historia de su país.
Ya en las primeras salidas los compañeros amantes de la fotografía retrasaban nuestros pasos porque querían captarlo todo. La instructora nos dijo que las fotografías son papel o archivos en el teléfono, que las escenas fantásticas que siempre queremos recordar deben verse con la mente y con el corazón. Esta lección ha permanecido en mí y en todas mis experiencias viajeras. La memoria es el link que acciona el recuerdo, allí las imágenes se enriquecen, cobran vida y renacen con los matices del tiempo vivido, son los retratos que mi corazón guarda, algunos llenos de nostalgia, otros perfumados de soledad, vivencias del ayer en mi mente y en mi corazón.
Éramos 27 profesores latinoamericanos. No estaban cubanos, nicaragüenses ni venezolanos. Los trabajos en grupo, los viajes conjuntos y las largas charlas en el comedor ayudaron a estrechar lazos de amistad, de encuentros ideológicos y experiencias compartidas. Casi todos éramos cristianos católicos, algunos se decían agnósticos y otros no creyentes. Sin embargo, en algunos momentos en que parecía que el ámbito había sido creado para mover pensamientos y sentimientos, el entorno de intenso fervor, la palabra que incita a la reflexión y el escenario maravilloso que inspira, la montaña, el mar en todo su esplendor fue cómplice de muchas lágrimas en ojos de creyentes y no creyentes.
Sucedió en el Lago Tiberíades, cuando nuestra instructora judía recordó el episodio de Jesús caminando sobre las aguas, la poca fe de Pedro, la poca fe de todos, el egoísmo que nos caracteriza y lo lejano que vemos la justicia y la paz, nos unió en un gesto comunitario de amor y perdón, entrelazamos nuestras manos, cantamos y oramos por la añorada paz. Todos estábamos estremecidos por un desconocido sentimiento que nos acercaba hacia lo divino, hacia lo infinito. Plenitud, paz éxtasis, todo en un momento en que sentimos el amor de Dios.
Los más fervorosos, como yo, sentíamos que éramos personas nuevas, sin penas ni arrepentimientos. Particularmente, lloré sintiendo que las lágrimas purificaban toda mi vida pasada. No sé si exista otro lugar en donde ese Dios de amor parece estar en la misma barca.
Una de las salidas memorables fue la visita a la ciudad Vieja de Jerusalén, el centro de los acontecimientos en donde se supone transcurrió la muerte de Jesús, impresionan la muralla y las siete puertas. Desilusiona la Vía Dolorosa porque uno espera encontrar un lugar de peregrinaje y no un mercado con vendedores que ofrecen sus productos y gritan nombres de mujeres para ver si alguno de ellos coincide con el tuyo. A lo largo de esa populosa vía hay pequeños recuerdos del paso de Jesús.
Han transcurrido siglos de historia, de invasiones y destrucción y no se puede pedir que los pueblos y culturas permanezcan intactas. El tiempo dejó su huella y muchos vestigios dan testimonio de otras épocas, las continuas excavaciones con la ayuda de la tecnología dan fe de hechos bíblicos registrados y lugares en dónde acontecieron. Para los creyentes, el Monte de los Olivos no solo conserva la tradición de árboles centenarios sino el espacio conmovedor donde empezó la historia del tormento de Jesús, en el lugar está la Iglesia de las Naciones y hay imágenes alusivas al episodio bíblico e histórico. Judith, nuestra instructora, nos señalaba la casa de Caifás y veíamos que la distancia que caminó Jesús hasta llegar al patio en donde fue azotado no es muy largo, después empieza el camino hacia el Gólgota.
Me hubiese gustado que todo permaneciera más sencillo, con menos esplendor, sin tantas lámparas y cuadros, pero no es así.La abundancia de adornos y luces restan solemnidad a los lugares, seguramente quienes custodian el lugar no lo pensaron así, soy yo la que quiere ver en todo lado la sencillez y la humildad que enseñó el Maestro.
Todos los que visitan la Ciudad Vieja tienen diversas percepciones, distintas opiniones y sentires, incluso los creyentes llevan emociones personales que les permiten vivir el momento de manera individual, en eso radica el milagro, en que cada quién puede acercarse a la piedra en donde se dice que pusieron el cuerpo inerte de Cristo, el sepulcro en donde milagrosamente se prende cada año una vela con su propia carga de motivaciones.
Para mí fueron lugares de absoluto respeto y recogimiento, me sentí fuera de mí, la mente y el corazón en un puño, a punto de estallar, ante el misterio de Jesús. Esto me sucedió la primera y la segunda vez que estuve en estos lugares, personalmente creo que tienen un halo de misterio que solo me permite refugiarme en el amor de Dios.
En aquella salida visitamos el Muro de los Lamentos. Existen varias versiones sobre el origen del nombre, una de ellas se refiere a las lamentaciones que desde hace miles de años hacen los judíos a Dios Padre con la certeza de que serán escuchados. Allí, los judíos oran todo el tiempo absolutamente concentrados, vestidos con sus ornamentos religiosos, no parecen perturbarse por los miles y millones de gente de otras religiones que se acercan a seguir con la tradición de colocar entre las piedras del muro pequeños papeles con peticiones. La veneración hacia estos restos arqueológicos que corresponde a lo que queda del templo de Jerusalén es sobrecogedora.
Otros lugares históricos, que particularmente los viví en sana paz, confianza y alegría de repetir instantes que vivió Jesús, fueron, en el norte de Israel, la  visita a Nazaret y a Cessarea.
Jesús tuvo su hogar en la humilde ciudad de Nazaret y para recordarlo hay dos iglesias hermosas: La Basílica de la Anunciación y la iglesia de San José. No es difícil imaginar la vida sencilla y hogareña de Jesús en su niñez y en su adolescencia.
Cessarea fue construida en honor al César por orden de Herodes El Grande, gobernador de Galilea. La ciudad debió ser grandiosa, llena de riqueza y esplendor, las intenciones de Herodes no las cuenta la historia, pero es fácil imaginar que no fueron las de dejar una huella histórica imborrable sino las de lograr permanecer en el poder, sin obstáculos. Imagino a Herodes, personificando el adulo, la doble moral, las posiciones ambiguas, el jugar en dos frentes.
El río Jordán, en donde los cristianos pudimos bautizarnos nuevamente, esta vez manifestando nuestro deseo de hacerlo, sumergirnos en esas aguas poco profundas, de un río tranquilo y tibio durante el verano, es una experiencia única.
Impresiona la visita a Massada, lugar que fue construida por los judíos para huir del asedio romano. La historia cuenta que los habitantes de este lugar disponían incluso de agua para su subsistencia. Estaban dispuestos a todo, menos a entregarse a Roma, su determinación ante la insistencia del ejército romano que construyó empalizadas hasta llegar a la fortaleza les llevó a cometer tal vez el pecado qu,e según su religión no se perdona,del suicidio. Cuando los romanos alcanzaron el lugar lo encontraron desierto, todos habían sucumbido. Una pobre victoria para los romanos, un sublime y heroico acto para los israelitas.
En aquel viaje fue posible llegar a las excavaciones de Kumrán, donde se ven los últimos papiros encontrados, escritos en arameo antiguo. Nuestra inolvidable guía contó que un israelita que conozca el arame puede leerlos, aunque la precisión se vea afectada.
No dejamos de ir al Mar Muerto, todos queríamos rejuvenecer con el lodo mineralizado, flotar en las aguas espesas del mar y llevarnos algún recuerdo por si las pociones mágicas del mar pueden sanar algunos males.
En mi segundo viaje completé mi periplo en Israel con una excursión que no olvidaré: subí al monte Sinaí, llegué a la cima con los zapatos rotos, el alma encogida y el cuerpo apaleado. La excursión está planificada para salir a las dos de la mañana, llegar a las cinco para contemplar el amanecer y bajar para que el sol no se convierta en el verdugo que a cada paso castiga. A pesar del cansancio de la subida, ya en la cima los colores del amanecer me dejaron atónita. Un beduino de dos metros me ayudó en el ascenso, si no hubiese sido por él, que prácticamente me arrastró en los últimos tramos, no lo hubiese conseguido. En el camino pensé si la montaña sería tan dura para Moisés cuando subió para recibir las tablas de la Ley, como lo fue para mí, Recuperarme me costó un día, pero no podíamos parar y seguimos, camino a otro poblado. No dejamos de admirar el amarillo paisaje del desierto, salpicado de bordes verdes y de otros colores, qué hermoso me parecía todo.
Importantísimas fueron las visitas profesionales: las escuelas “Ort Rehovot, Mofet, Neve Oz.
Qué asombroso es Israel, toda la historia de Jesús en la ciudad vieja, amurallada y con siete puertas de extraordinarios nombres. A veces no nos dicen mucho, pero están llenas de historias: Jaffa, La Basura, Las Flores, De los leones, Dorada, De Herodes, Sion.
La ciudad moderna, si cabe el término, se llena de casas construidas con la piedra de Jerusalén, una piedra caliza de colores dorados, rosados, las casas brillan al amanecer, al atardecer y cuando las ligeras lluvias han humedecido las paredes.
El Museo del Holocausto, construido de tal manera que el sol se recrea en aspectos importantísimos para los turistas, es hermoso, a pesar de guardar en su interior recuerdos del crimen más horroroso de la humanidad.
El Museo de la Ciencia, sorprendente, la física puesta al alcance de todos, visitantes grandes y pequeños a quienes no asustaban los experimentos y probaban con todo.
El museo de Albert Einstein vi y admiré muchos recuerdos de su vida que los donó a la universidad de Israel, por ejemplo reportes de sus calificaciones, los puntajes señalaban que nunca fue un mal estudiante, qué impacto, se desvirtúan algunas anécdotas que contaban lo contrario y que algún profesor pidió a sus padres que le enviarán a una escuela menos exigente.
Y algo sobrecogedor: vi la teoría de la relatividad, escrita a mano, del puño y letra de Einstein, porque entonces no había computadores, sé que muchos profesores dedicados a la ciencia quisieran hacerlo, eso era como tener una reliquia al alcance de mi mano.
En mi segundo viaje he vuelto a recorrer estos sitios únicos, a regocijarme y buscar detalles en lo que vi, a sentir nuevamente la fe que no se perdió, la admiración por la ciencia y la cultura.
Las dos veces he vuelto muy emocionada de mi viaje de Israel, la primera vez conté mis experiencias con tanta pasión que a los pocos meses mi madre y mis hermanas viajaban a la Tierra Prometida, no sé si será esa u otra, yo diría que todos los lugares dónde está Dios o hay alguna huella de su presencia son prometidos.
Pero Jerusalén, Jerusalén… Ningún lugar de la tierra se compara a aquel que vivió nacer y morir a Jesús.
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*Nancy Carrillo es doctora en Lenguas y Literatura, docente universitaria. Colabora con sus crónicas e historias en loscronistas.net e integra el equipo de los talleres de escritura creativa de este portal digital.
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