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«Teoría de las palabras». Un cuento del libro ´Las distancias olvidadas´, de Jeovanny Benavides

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«Teoría de las palabras». Un cuento del libro ´Las distancias olvidadas´, de Jeovanny Benavides
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Este portal digital presenta un relato del nuevo libro de cuentos del escritor manabita Jeovanny Benavides, «Las distancias olvidadas», publicada por la editorial Cuerpo de Voces. El texto ha sido cedido gentilmente por el autor para loscronistas.net y no se lo puede reproducir en ningún espacio sin autorización del escritor o de la editorial.

Por Jeovanny Benavides*

Nadie debería nunca ser castigado por decir unas palabras. Las palabras deberían tener en reciprocidad otras palabras o, en justo sentido de compensación, prolongados silencios marcados por el desdén. Quizás, y ante palabras ofensivas, se tendrían que admitir los reproches, insultos y toda clase de injurias, pero jamás las palabras tendrían que responderse con acciones. Por eso, el día en que Eva se marchó después de que tuvimos esa maldita y horrible discusión, la acusé de ser injusta por actuar así y no desahogar su furia igual que lo había hecho yo. Ella podía recriminarme cuanto quisiera, menospreciarme y ofenderme de todas las maneras posibles, pero jamás irse. Se lo dije mientras guardaba sus cosas en una maleta, en el momento en que salía por la puerta del departamento y cuando bajaba las escaleras del edificio donde vivíamos; sin embargo, ella parecía no escucharme, hizo lo que creyó que debía hacer y se largó.

Nunca la comprendí, seguro que piensa eso. Las mujeres siempre hablan de falta de comprensión. Las palabras son sonidos que se los lleva el viento, fue ella la que no lo entendió así. Yo solo quería que no actuara, sino que hablara. Fue mucho pedir, al parecer. Podía esperar unos días y llamarla, rogarle que volviera, suplicarle que recapacitara y retomáramos la relación, pero ya había desgastado las palabras, cualquier intento de reconciliación sería inútil. Eva se había cansado de mí y de lo poco que le di durante los ocho años que vivimos juntos. Eso lo dejó muy claro al irse y yo, a diferencia de ella, sí entiendo las palabras. No tuvimos hijos, gracias al cielo, solo un gato que al igual que Eva huyó del departamento hacía meses.

Durante los días que siguieron me preguntaba de forma obsesiva en qué había fallado durante todo ese tiempo y no paraba de hurgar en mis recuerdos las ocasiones en que la vi fastidiada por mis actos. ¿Qué hice para que se hartara de mí? La culpa me corroía por dentro. Me sentía tan triste, miserable y vacío que adelanté mis vacaciones en la oficina de recaudación tributaria donde trabajaba. Supuse que un mes sería suficiente para olvidarla; estaba equivocado. Debí marcharme a otro lado: perderme en las playas de Bahamas, recorrer el sur italiano en bicicleta, embriagarme en el corazón de Zimbabue, montar en camello por los alrededores de las pirámides egipcias, escalar el Himalaya, extraviarme en Machu Pichu o coger sin parar con todas las putas que se exhibían en las vitrinas de las calles de Ámsterdam. Pero no, en lugar de ello me quedé clavado, como un imbécil, en el departamento los treinta días con la idiota esperanza de que Eva tocara la puerta, anunciara su regreso y me pidiera perdón de rodillas.

Todas las mañanas, al despertar, veía el vacío que había en la cama y me ponía a llorar. No hay nada más frustrante en este mundo que saber que ese espacio estará allí para siempre. Quizás, con el tiempo, vendrá otra mujer, pero yo, que me mantuve fiel durante ocho años, no estaba para pensar aún en otra relación. A veces creía que todo era una maldita pesadilla y que ella entraba al cuarto recién duchada como hacía después de desayunar y haríamos  el amor, pero no era así.

Su ausencia no dejaba de dolerme. Para el que se marcha, en cambio, todo es fácil; incluso si decide irse así como así es porque ya sabe dónde y con quién estará al instante siguiente de su partida. La trama maquiavélica y ruin que ha urdido sólo aguarda un desliz cualquiera, una razón insignificante que le sirva de justificativo para actuar como un detonante de su cobarde deserción.

Durante mis vacaciones casi no comía, retomé con mucho ímpetu los hábitos masturbatorios de mi adolescencia y repasaba con detalles una y otra vez las razones que desembocaron en la ruptura. Pese a la inutilidad del mero planteamiento, gran parte del día se me iba en discernir sobre la siguiente pregunta: ¿Tendrá razón ella o yo?

Lo cierto es que una tarde, al llegar de la oficina, le dije a Eva que tendría que ir a un seminario de trabajo a una ciudad vecina y quedarme allá por cuatro días. En los ocho años que llevábamos juntos nunca nos habíamos separado por tanto tiempo. Le dije que llamara a mi oficina y lo comprobara por sí misma. Era verdad, ciento por ciento real, no tenía por qué mentirle. Pese a ello, Eva se puso histérica de un momento a otro y me conminó a no ir a la capacitación y, es más, me exhortó a dejar mi trabajo si insistía en acudir a ese curso. Yo le dije que era una disposición y que tenía que ir. Y fui.

Cuando regresé, Eva me esperaba para discutir por última vez y decirme adiós para siempre. Llegó al punto, ese punto absurdo del condicionamiento, de proponer: o es tu trabajo o soy yo. Yo la elegí a ella con la condición de que si era así, de ahora en adelante tendría que correr con el pago de la hipoteca, los servicios de agua, energía eléctrica, comida y todos los gastos que implicaba el mantenimiento del departamento. Eva dijo que eso no era posible. Entonces yo le recordé su condición de mantenida y cómo su profesión de cineasta, con sus absurdos guiones, ideas delirantes y fallidas filmaciones, la habían convertido en la fracasada mujer que era ahora. Ella se enojó tanto que por primera vez desde que vivíamos juntos me dio una cachetada.

Estoy seguro que hubiera terminado por comprender mi asistencia a la capacitación. No era una loca, por lo menos no una loca cualquiera, tenía remedio hasta donde yo creía. Sin embargo, le dolieron mis palabras; llamarla fracasada fue un golpe bajo y yo lo sabía.

Cuando la conocí recién había salido del colegio, luego cursó dos semestres de economía en la universidad antes de retirarse al argumentar que su verdadera vocación consistía en convertirse en directora de cine. Sus padres le negaron cualquier tipo de respaldo, solo yo la apoyé más porque estaba en esa brutal fase del enamoramiento en que uno le dice sí a todo que por cualquier otro motivo. Desde entonces se mudó a vivir conmigo y también desde entonces yo fingía interés en sus ideas de emprender una película que provocara una auténtica revolución en el cine, escuchaba sus guiones estrafalarios que empezaban un largometraje por el final y hasta financié su descabellado y demencial proyecto de graduación que consistía en recrear “Cien años de soledad” en una playa de Barcelona.

Después de todo lo que habíamos pasado juntos fueron mis palabras y no mis actos lo que a Eva le provocaron una tremenda desilusión. Debió comprender de golpe mi hipócrita interés en sus excéntricas iniciativas fílmicas. Al pedirle perdón le dije que yo también era un fracasado y que podía decirme todo cuanto quisiera, pero me di cuenta (tarde como siempre) que había hecho énfasis en la palabra “también” lo que provocó más su ira y le dio un nuevo impulso para marcharse. De nada sirvió que le volviera a explicar mi teoría de las palabras, pues el golpe bajo ya había causado su mortífero efecto. Y no deja de ser triste toda nuestra historia juntos porque fueron las palabras las que nos acercaron cuando le dije te amo por primera vez y también fueron las palabras las que nos alejaron luego de esa grotesca y maldita discusión. Su poder reside más allá del sonido que logramos escuchar cuando las pronunciamos. En todo caso, que no se las condene jamás, sean benditas por siempre, porque pese a su fuerza y trascendencia no hay razón para que sean traducidas en acciones ni tendrían que ser usadas como pretextos para generar conflictos o rupturas. Nadie debería nunca ser castigado por decir unas palabras.

______________________________________

*Jeovanny Benavides (Portoviejo) es Doctor (PhD) en Comunicación por la Universidad Nacional de La Plata y tiene un Posdoctorado en Historia por el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Freie Universität Berlín (Alemania). Ganó el Premio Nacional de Literatura de Ecuador «Miguel Riofrío» por su novela Pilares de la noche vana, en el 2019. Fue ganador del Concurso Internacional de Cuentos, convocado por la Revista Carátula, del escritor nicaragüense y Premio Cervantes, Sergio Ramírez, en el 2011. Fue finalista del Primer Concurso de Crónicas del Ecuador, convocado por el Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (CIESPAL), marzo de 2014. Y también finalista del certamen de periodismo narrativo “Las Nuevas Plumas 2011”.

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Comments (3)

  1. Richard Sánchez (Chone)

    24 Ene 2023

    Conecté con el relato expuesto. Felicitaciones a un grande de la literatura de Manabí. Mi admiración siempre. Richard Sánchez (Chone)

    • Los Cronistas

      24 Ene 2023

      Muchas gracias por tu lectura y tu comentario, Richard.

      Saludos,

      Rubén Darío Buitrón
      Director
      loscronistas.net

    • Elizabeth choez

      25 Ene 2023

      Excelente mi estimado me encanto espero leer el libro completo

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