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Por Alex J. Chang*

«Mi pedazo de Sol, la niña de mis ojos
La que baila reguetón con tacones rojos»
(Sebastián Yatra, Tacones rojos)

Llegó a mi vida una nueva misión. Era una bomba. Me ordenaron seducir al líder del grupo terrorista Sangre Fría, y —luego de reducirlo y haber capturado a sus cómplices— acabar con su vida.

Nadie sabía que mi cuerpo, finalizado el día, se convertía en el de una mujer esbelta, que no tenía nada que envidiarle a una modelo de pasarela. Mi trabajo es nocturno. En el día soy una mujer con múltiples discapacidades; por las noches, al calzar mis tacones rojos, la metamorfosis sucede. Recuerdo que de niña lloraba por no poder lucir vestidos glamorosos, ni altos tacones; tan solo lloraba y «las chicas reinas» se mofaban de mí todo el tiempo.

La primera vez que llegaron a mi vida aquellos tacones fue antes de la fiesta de mi «príncipe». Esa noche mi madre me los regaló. Mientras ella me sostenía entre sus brazos para probármelos, yo pensaba: «¡Qué estupidez, me voy a caer!». Mi madre me susurró al oído: «No seas tonta, no tengas miedo y pruébate estos tacones rojos, ¡sorprenderás al mundo!». Yo la miraba incrédula. «¡Que chucha! Nada pierdo con ponérmelos», dije dándome ánimos. Al calzármelos, mi cuerpo empezó a esculpirse, mis ojos comenzaron a recobrar la visión y mis piernas se movían sin la necesidad de la silla de ruedas o apoyo alguno.

Según me contó mi madre, esos tacones rojos los consiguió de enigmáticos brujos ancestrales de la selva peruana.

«Mi niña, he viajado a Loreto. Ahí conocí a un brujo que escondía unos tacones rojos en un morral. Él me dijo que Dios les envió del cielo aquellos… Bueno, yo también me quedé incrédula, pero al mostrarme lo que sucedió con una abuelita ciega… ¡Por Dios! La abuelita rejuveneció… y sus ojos empezaron a ver la luz. Todo eso pasó al ponerse aquellos tacones rojos… Así que te he traído este regalo», ese fue el relato de mi madre. Me explicó que la magia solo sucedía cuando me los pusiera de noche.

Sobre mi nueva misión, el coronel de la División Secreta de Seguridad Nacional, Yabar, me presentó fotografías del cabecilla de Sangre Fría, de sus grandes cómplices y de su paradero actual. Un dato era relevante: este señor era amante de las grandes fiestas, con grandes banquetes, y le agradaba rodearse de amantes de la vida disipada y nocturna. A las siete de la noche, cuando la bohemia se impregnaba en el espíritu del pueblo, llegaba por fin la hora de calzarme los tacones rojos, ponerme un vestido con alto escote y que exhibiera mis exuberantes atributos; después, seduciría al líder de Sangre Fría. Para infiltrarme en la fiesta, fue necesario conseguir una invitación. Por ello, decidí robarme una de algún estúpido distraído.

Varones refinados, con ternos y chaquetas de marcas carísimas, entraban elegantemente al salón principal de la residencia. Junto a la mesa del banquete, señoras panzonas de gustos finos marchaban apresuradas, saludaban o disfrutaban del banquete. El anfitrión de la gala vestía un traje de azul marino, con una camisa de estilo barroco y unos pantalones apretados que ceñían su figura esbelta; además, calzaba unos zapatos de charol negro que brillaba como las estrellas. Los mozos danzaban de un lado a otro. Los cubiertos y las copas estaban servidas en una mesa elegante con flores y máscaras. Todo esto lo podía ver de cerca.

Un mocoso, de unos veinte años, estacionó su Lamborghini cerca de la residencia. Me acerqué a él revelando mis atributos femeninos: Un vestido negro ceñido a mis pechos, a mi cintura, y entrecortado por la mitad; desvelaba totalmente desnudas mis piernas; además, estrenaba mis relucientes tacones rojos.

—Este… —intentó decir algo, pero tartamudeó.

Y, de pronto, pensó con rabia: «Carajo, me he quedado como un idiota, como un tremendo baboso, solo por ella. ¡Vamos, mierda!».

—Vamos, querido, no tenemos todo el tiempo para juegos infantiles —respondí. El chico sudaba como un puerco—. ¿Me tienes miedo acaso? ¿O se te quema el arroz?

—Pero… es… te… —continuaba tartamudeando.

—¿Deseas saber un secreto, guapo? —acaricié sus mejillas sonrojadas.

—No sé qué decir —dijo el joven con los ojos saltones, con voz agitada y con las manos temblorosas.

—Bueno, papacito, nos vemos en el baño —dije y, alejándome, le rosé con mis manos la parte alta de su muslo.

El chico vestía una camisa Versace, ya empapada de sudor. Sus ojos dilatados parecían huevos duros y sus manos ya puestas en los bolsillos le otorgaban un aire ridículo. Nos fuimos al baño. El chico me siguió con la espalda encorvada y húmeda de tanto transpirar.
Me dio lástima. Yo atusando mi cabello y él caminó con garbo. Y, ante los ojos impresionados del chibolo, se proyectaban como negro azabache. Al llegar, se desabotonó la camisa, se quitó los pantalones, me empezó a besar, acarició mi trasero; jadeó como un perro pulgoso mientras penetraba mi concha (ni sentía cosquillas con el manicito que se manejaba). De inmediato, cogí un cuchillo que guardaba debajo de mi falda. Con mi mano izquierda, le acaricié sus muslos mientras me besó la nuca. Y, en esos segundos tan eternos como la muerte, con la mano derecha, le corté la yugular con el arma.

—¡Estás cagado! No sabes lo que te espera —le increpé.

A los segundos, le corté sus míseras canicas.

—¡Besa mi culo, motherfucker! —grité eufórica en la cara del cabrón.

En el piso, el desgraciado sollozaba mientras se desangraba. Cogí la invitación del bolsillo de su pantalón. Ahí lo dejé agonizando, pataleando y llorando como una niña. «Por fin terminé con este engreído lameculos de su tío, el líder de Sangre Fría. Un huevón menos.Uno menos de la lista», me dije.

Dentro de la lista de cómplices, solo faltaban tres huevones por atrapar: Caracortada, Narco y Pendejo; todos ellos compinches del cabecilla de Sangre Fría. Aquellos estúpidos tomaban una botella de Vodka Belvedere Pure, mientras conversaban tonterías en un estacionamiento de los alrededores.
Me presenté de forma casual y provocadora. Como era de esperarse, los perros babearon al pasar cerca de ellos.
—Oye, muñecota —dijo Caracortada con una sonrisa diabólica.
—Vamos a jugar —dijo después Narco.
—No mordemos, amiga —dijo Pendejo, con una risa macabra.
—Bueno, chicos, ¿les parece si jugamos a las adivinanzas?
—Nos encantan las adivinanzas —todos repitieron en coro.
—¿Qué creen que les pasará esta noche conmigo?

Las miradas de los tres se tensaron:

—¡Esta perra se ha vuelto más loca que una cabra! —dijo Narco. Los demás chicos se unieron a la carcajada.
—Espero que les guste la siguiente broma que les voy atravesar…

Los huevones me rodearon. Sacaron navajas de sus pantorrillas. Narco me abrazó el cuello con el arma blanca. Pendejo y Caracortada se lanzaron al ataque. Pero me defendí con una patada frontal hacia los testículos de Narco. Le apliqué una llave a la mano de Pendejo y lo utilicé como escudo. Al intentar asesinarme, Caracortada acuchilló el estómago de Pendejo.

Al final, luego de librar y salir airosa de una intensa pelea contra estos hijos de perra, les pateé las jetas, desfiguré sus rostros y aplasté sus bolas. A los minutos, los entregué a la Policía. Los cabrones descubrieron qué bonito era jugar conmigo. Un final que ellos nunca olvidarán.

Después de lo sucedido, me voy al baño; aprovecho para retocarme, limpiar mi cara y, ante el espejo, veo la proyección de unos ojos azules, un rostro de tez blanca, mejillas sonrosadas y piel lozana. Me alejo unos metros del lavabo y observo mis piernas tan esbeltas como las de Marilyn Monroe, mis boobies tan enormes como los de Salma Hayek, mi curva de avispa tan fenomenal como la de Thalía.

Contorneando mis curvas, mostrando una amplia sonrisa y, a paso ligero, camino hacia el salón de la fiesta. Mis ojos proyectan un intenso fulgor en la mirada de los invitados. Ya estoy lista para ingresar a la party. Un hombre robusto, de terno negro y piel morena, me pide la invitación. Yo se la doy. Todo el cordón de seguridad tenía el mismo biotipo.

La noche llegó plagada de misterio y de luna llena. Mis tacones rojos brillaban en medio de la luz plateada. Mi vestido hacía relucir mis grandes atributos. Era las once de la noche, me lo dijo un invitado al ver su Rolex cuando le pregunté. En medio del fiestón estaba el líder del grupo terrorista, quien era aplaudido y aclamado por sus seguidores.

En plena celebración llegó el momento de revelarme de forma sensual. Debía brindar con el cabecilla de Sangre Fría y encandilarlo con palabras zalameras: «¡Óyeme, tú serás mío, y de nadie más! ¡Derramarás sobre mí tu fuego! Mis labios carnosos succionarán tu amor.

¿Me comprendes, mi Brad Pitt?». Sus ojos de inmediato se enamoraron de mi belleza y su mente fue cautivada con mis frases. Entonces, él quedó hechizado. Era hora de atraparlo.

En cierto momento la orquesta tocó «Suave», el más romántico y bailable tema de Luis Miguel. Le tomé de la mano y empezamos a bailar. Mi cuerpo se pegaba al de mi futura víctima, atrapando su corazón y su mente. «Amor mío, mi amor, amor hallado/ de pronto en la ostra de la muerte. / Quiero comer contigo, estar, amar contigo, / quiero tocarte, verte…», recité unos versos de Jaime Sabines en su oído derecho y, al mismo tiempo, acariciaba sus bolas.

Luego de unas horas, después de disfrutar de la fiesta, como todo buen galante, me llevó a su casa. Brindamos y, en un descuido, logré echar un potente sedante en su vaso. A los pocos minutos, empezó a parpadear y cayó desvanecido. «Querida, hoy serás mía, solo mía», fueron sus últimas palabras. Logré amarrarlo a una silla, tomé su Cartier de oro y, al final, quemé la casa. Del cabecilla de Sangre Fría solo quedaron cenizas. «Misión cumplida», reporté a las tres y cincuenta de la madrugada al coronel de la División Secreta de Seguridad Nacional.

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*Alex J. Chang (Lima, 1996), poeta, escritor y periodista cultural. Ha publicado su primer poemario Entropía (Golem editores, 2019), que fue presentado en la FIL Lima 2019, Culturaymi Lima 2019, etcétera. Este libro fue reconocido en la Casa de la Literatura Peruana (Lima, 2019) y lo llevó a España en manos del reconocido escritor peruano Mario Vargas Llosa. Trabajó en Trilce Radio (España), en un programa radial llamado Cruzada Cultural.

Dirige un programa virtual multiplaforma con el mismo nombre. También colaboró con algunos artículos para la Revista Trilce (España), para la Revista Gato Negro (Perú) y para la Revista Cocktail (Perú). Recientemente ha trabajado como redactor de contenidos noticiosos en Emisoras Cruz del Perú S. A. Ha publicado diversos cuentos, poemas, ensayos, crónicas y artículos, en el Perú y en el extranjero, en numerosas revistas, libros, antologías, blogs y webs (tanto en formato virtual como en formato físico).

Es columnista de las revistas Kametsa (Perú), de la revista Cardenal (México), de la Revista Delatripa (México) y de la asociación peruana Soy Autista y Qué! y colaborador del Portal Web literario Lee Por Gusto (Perú). Además, es periodista cultural de la Comunidad internacional Wabi Sabi (Ecuador). Ha sido reconocido por la Municipalidad distrital de Comas (Lima) y por el Congreso de la República de Perú.

*Alex J. Chang acaba de publicar su primera novela policial La mujer de los tacones rojos en la editorial Montacerdos (Perú) y el fragmento que publicamos hoy en loscronistas.net ha sido cedido gentilmente a nuestro portal por el autor.

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