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Olfateaba y palpaba la carne de sus productos y los vendía de casa en casa. Entretanto, enganchaba con caramelos a las niñas que salían a atender la puerta de guadúa y galanteaba a las progenitoras que lo recibían en minúsculos shorts para agilitar su venta sin regateo.

Por Viviana Garcés Vargas*

«Guardo una bestia, un ángel y un loco dentro de mí».
Dylan Thomas

Leonardo Reyes era un hombre carismático de 55 años y creyente entusiasta del mundo esotérico. Caminaba entre las calles terrosas de Anconcito estrechando la mano a cada habitante que lo estimaba y observaba como una figura de respeto. De tez aceituna, ojos envejecidos, voz concupiscente y un collar de cuarzo rosa que lo acompañaba de fetiche para atraer nuevos amores. Reyes sonreía de manera sugestiva a las niñas y recordaba con cierta sorna a las madres de las pequeñas con quienes había compartido cama.

Al señor Reyes lo admiraban por su manera de hacer negocios. De gavetero en la adolescencia, mientras se escabullía del colegio para ganar unos cuantos sucres, a convertirse en dueño de embarcaciones pese a que las escrituras de estas habían sido firmadas con su huella digital. Su intuitivo cerebro lo ayudó a convertirse en el monarca que surcaba con ofertas a los comerciantes y en Poseidón, el agitador de chiquillas y féminas.

No se achicaba en lo absoluto. Su historia era un amuleto instantáneo con las señoras. Desde los 15 años recorría el puerto de su natal parroquia en un triciclo vetusto, a toda velocidad, encomendándose a la hoja de laurel que cargaba en su billetera para buscar variedad gastronómica marítima: dorado, camotillo, míramelindo, pámpano. Olfateaba y palpaba la carne de sus productos y los vendía de casa en casa. Entretanto, enganchaba con caramelos a las niñas que salían a atender la puerta de guadúa y galanteaba a las progenitoras que lo recibían en minúsculos shorts para agilitar su venta sin regateo.

El emprendimiento de Poseidón Reyes avanzaba ágilmente. Implementó la venta de artículos de pesca. Deambulaba por la playa de arena ceniza con un saco quintalero a cuestas. Los pies corroídos delataban los cientos de kilómetros que caminaba a diario ofreciendo a sus clientes cabos, piolas, redes y anzuelos, incluso fiando la mercadería para ganarse la confianza. El sol que irradiaba altas temperaturas lo llevaría en poco tiempo a compartir jabas de Pilsener con sus usuarios, guiñando un ojo a las cónyugues y rozando las piernas a sus futuras ahijadas.

La personalidad del señor Reyes lo convirtió en invitado de honor a las fiestas que se celebraban casi semanalmente en el pueblo. Matinés, quinceañeras, matrimonios, bautizos, bodas de plata… Se manifestaba con regalos ostentosos para los agasajados. Una muñeca travelina para la cumpleañera, el vestido rosa para el décimo quinto aniversario, la orquesta “Don Medardo y sus players” tocando las trompetas en los enlaces o una pulsera de oro con el nombre grabado de la apadrinada y de Poseidón enlazando un corazón.

Se esfumaba en cuanto sus camaradas vaciaban las botellas de whisky barato. Se debatía en las habitaciones con la única iluminación de su reliquia salmón para recaudar las caricias de sus comadres en medio de las pinganillas e introducir el dedo corazón en la margarita de sus protegidas, entretanto las niñas se aferraban a sus juguetes llorones. Tío Leo anhelaba deshojarlas para tratar su locura. Engullir la niñez que a él no le permitieron vivir.

La luna llena acompañaba al señor Reyes a refugiarse en la vivienda de la Mujer Esqueleto, la providencia de la vida, el amor y la muerte. La fémina vigorosa, de surcos tenues, lengua enredada y largos vestidos de flores, cuyo verdadero nombre era María Agripina Panchana, para que interviniese como su pitonisa y celestina.

A María Agripina Panchana la llegó a conocer a través de los anuncios que sus asistentes habían colocado en los postes enmarañados de la parroquia: “Soy la Mujer Esqueleto, la dama de las mil argucias, experta en culturas ancestrales y ciencias oscuras. Te ayudaré a recobrar el amor, la salud y alejarte de la envidia. No sufras más en silencio«.

La Mujer Esqueleto ejercía la ayuda espiritual en un tugurio de caña maltrecha que utilizaba como fachada para desviar la atención de las autoridades por el dinero mal habido. El cuchitril, ubicado a pocas cuadras del puerto, estaba rodeado de herramientas para los aquelarres. Un cuarto con una amalgama de albahaca, ruda, mastranto y sanalatodo que servían para abrir los caminos de sus pacientes. Una mesa larga de madera con diferentes talismanes: ojo turco que eliminaba el rencor e imanes atractivos al dinero. Decenas de cirios rojos que convocaban al amor y velas negras para revocar los males. Cigarros vence-dificultades, cráneos comprados a un sepulturero del cementerio local, para solicitar al los muertos paz o para atormentar al enemigo. Siempre pidiendo a Dios, a los arcángeles y al universo para que le otorgaran luz y sabiduría.

Don Leo era un crédulo entusiasta. Revisaba el Almanaque Bristol para buscar datos astronómicos como las fases lunares y recomendaciones para la pesca. Era el manual que Poseidón Reyes cargaba en su bolsillo como señal para ejecutar cualquier acción valiosa en su vida. El calendario lo encaminaba a buscar a la Mujer Esqueleto para encomendarse a un sinnúmero de embelesos. María Agripina Panchana era la sacerdotisa por una módica suma. Bendecía sus pangas en son de abundancia. La pitonisa emitía palabras inteligibles en luna menguante. Untaba gotas de aceite de oliva a los botes y, a partir de la medianoche, Poseidón Reyes salía a pescar con sus compañeros. El dueño de la embarcación sabía que en pocas horas el conjuro atraería éxito, la pesca sería milagrosa.

No obstante, madrugadas atrás previo al último eclipse lunar, Reyes despertó segregando pesadillas. El cuarzo rosa, el cirio bermellón, el sahumerio con el habano y las múltiples hierbas medicinales con las cuales usualmente la Mujer Esqueleto solía bañarlo, no surtían efecto. Cientos de dólares se le escurrirían a María Agripina Panchana si no resolvía el misterio. Debía encontrar un menjurje para que el tridente de Poseidón Reyes volviese a causar fuertes vientos bajo las faldas de las chiquillas.

El señor Reyes apetecía rematar con su arpón a la mujer más joven del clan Zambrano: Nathy, de 9 años. Su cabello caía como una cascada y sus botones aún no emergían. Era la única niña del sector que le había vociferado un «no» en forma de eco cuando él le quiso obsequiar el auto rosa convertible de Barbie. Era una malcriada ante los ojos de Reyes. Pero él se obstinó.

Visitaba diariamente a Nathy en los columpios del Polideportivo El Dorado. El trasero abultado de la niña ya no encajaba en el balancín. Ella ni siquiera se inmutaba y, más bien, lo consideraba una molestia. El cuarzo rosa del señor Reyes agotaba su fuerza y las barras de chocolate se derretían en su pantaloneta hawaiana. En las noches, Poseidón se encerraba en su habitación, encendía el televisor de pantalla plana de 55 pulgadas y optaba por tocar su largo y rechoncho orgullo, observando en Youporn videos de niñas con coletas, sorbiendo paletas con la apariencia de falos.

La luna se ocultó el martes 13 de diciembre. La Mujer Esqueleto estaba lista para revertir la mala racha amorosa del señor Reyes. Decidida a unirlo con Nathy Zambrano, el amarre era el hechizo más poderoso al cual María Agripina Panchana podría acudir. Reyes había acudido a la consulta con una fotografía de cada uno, por separado. La pitonisa tomó los retratos de ambos y los colocó en las esquinas de una tabla de madera con clavos de ferretería. Las imágenes debían quedar cara con cara para observarse detenidamente. La Mujer Esqueleto ubicó la lámina de pie sobre la mesa, situó una lamparilla negra a cada lado del pequeño altar y pronunció la plegaria:

 – ¡Almas del purgatorio, dominadle para que advierta su mirada en mí, que mi ausencia le cause castigo, estragos y que sin mí no vea camino!

María Agripina Panchana esperó que las velas se consumieran, las apartó y las tiró a la basura. Colocó un vaso con agua junto al marcador para limpiar las malas energías. La noche había agonizado, solo quedaba respetar el tiempo que los santos y, en especial, la Cruz de Caravaca, que se encontraba en el centro de la estancia para que indicara que el encantamiento era seguro. El señor Reyes optó por no volver a buscar a Nathy hasta que las energías hicieran su trabajo.

Semanas después de la luz de luna, Nathy caminó hasta el buque anclado en el puerto de Anconcito a dejar el almuerzo a su padre Auxilio Zambrano, compinche de Leonardo Reyes. La niña, que vestía una falda de tablones, pasó de refilón al camarote a agradecer a Tío Leo por el auto deportivo rosa de juguete que al fin había decidido aceptar. Nathy le dio un beso en el rostro a Poseidón rozando la entrepierna de este. La furia había sido domesticada.

Sábado 31 de diciembre. En medio del tumulto de los juegos pirotécnicos, Nathy tomó de la mano a Tío Leo y se lo llevó a un costado. La niña Zambrano quería experimentar su primer beso de amor y él sería incapaz de negárselo. La oscuridad ayudó a que las prendas interiores se escurrieran y el cuarzo rosa volvió a encenderse con el fuego.

Luego de la resaca por Año Nuevo, un video empezó a circular en redes sociales. Los rostros estaban difuminados. Se podía observar un cristal asalmonado que ardía y una Barbie que cubría la margarita de la involucrada. Al despertar, Reyes encontró al pie de su casa porciones de tierra deshidratada con un peculiar olor a cadáver. Por precaución, decidió no salir.

A lo lejos se escuchó venir un vendaval de disparos que rodeó toda la casa. No dejó ventanas ni puertas ni paredes sin perforaciones. Horas después, la Policía tumbó el portón principal de la vivienda para indagar lo sucedido. El cuarzo rosa estaba hecho trizas.  El sortilegio había funcionado.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Ha publicado su primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021) y en la actualidad está escribiendo su segundo volumen de relatos. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

*Ilustración de Elicia Edijanto

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