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Por Diego Fonseca*

[Fragmento]

Una helada mañana de marzo de 2011, el Nobel Joseph Stiglitz detuvo el ascensor en la planta baja del Uris Hall de Columbia University, atravesando por la puerta un ejemplar del Financial Times ajado y manchado de café́. Venía de casa, una parte de la camisa fuera del pantalón, tarde. Stiglitz miró alrededor —todos alerta apenas le reconocieron— y sonrió a modo de disculpa. Las personas en el elevador le dedicaron el reconocimiento de los enamorados tímidos: un golpe de ojos mínimo y a bajar la cabeza con vergüenza. El ascensor iba lleno y algunos se sonrojaron por haber cometido la impertinencia de chasquear la lengua o bufar el fastidio antes de descubrir que el periódico que obstruía la puerta era la prolongación de la mano del más combativo economista en jefe que ha tenido el Banco Mundial en su historia.

Vaya cosa de individuos corrientes esa de querer llegar a tiempo a cualquier lado. A un Nobel no se lo desplanta, se lo espera, así sea el premiado más impuntual. El poder marca nuestras horas, no al revés. Mientras el elevador ascendía, Stiglitz se detuvo un instante en cada rostro que le hacía compañía validando aquello de que la curiosidad es el disparo de partida del aprendizaje. En un momento posó los ojos sobre un ejecutivo a mi lado. Siguió́ hacia el siguiente visitante, pero de inmediato regresó a él, como si lo hubiera reconocido.

Cruzó sonrisas con el hombre. La de Stiglitz era más grande.

—¿No nos hemos visto antes? —dijo, achinando los ojos.

El rostro del otro se iluminó; reaccionó con prontitud.

—Exacto, sí: Davos, hace un año.

El Foro Económico Mundial de Davos reúne a los presidentes de las naciones poderosas, aspirantes y pretenciosas, al uno-por-ciento de los gatos gordos y a intelectuales de cartel francés. En ese foro de estrellas, Stiglitz es una constelación o una supernova ante cuyo brillo otros astros se hacen a un lado, no alguien del público que se fija en los demás: es de los pocos que puede bajar esas montañas con un vademécum de las enfermedades de la economía y ganar feligresía. Pero en el ascensor de Columbia, por insólito que parezca, fue él —el profeta de la progresía modernosa— quien reconoció las facciones del otro, un hombre más común, no al revés.

—Tenemos una reunión ahora, en su oficina —dijo el ejecutivo.

Stiglitz abrió los ojos como si lo hubieran pescado robando un caramelo.

—¿Ahora?

El hombre hizo el mismo gesto de adolescente enamorado con que todos habían saludado al Nobel.

—Bueno, no ahora: hace cuarenta y cinco minutos. Stiglitz volvió́ a sonreír.

—Oh, sí, es que estoy un poco tarde.

***

¿Podemos confiar el futuro de la economía del mundo a un hombre que llega tarde a

Todas partes?

Para Joseph Stiglitz llegar tarde parece ser la etiqueta adecuada para entrar a tiempo a los combates del Halo económico. El teólogo John Wesley, uno de los fundadores del metodismo, solía decir que él siempre estaba con prisa pero nunca en un apuro.

Algo similar sucede con Stiglitz. Hay algo admirable en la capacidad para estar en el momento indicado cuando todo parece decir que no estás allí. El tipo es un iconoclasta que parece creer que los relojes, las agendas y los calendarios no son otra cosa que depósitos de efemérides perecederas, como si el tiempo personal resultase una abstracción inoportuna. Por mucho tiempo el reloj que llevó en la muñeca fue una porquería de plástico. Stiglitz rara vez mira la hora si tiene delante algo que le interesa. Tal vez cultive un mantra destemplado. Algo como: no hay por qué correr si el presente nunca existe: nada más es futuro que ya pasó.

Cuando lo conocí́ en su despacho de Columbia University, en ese mismo invierno de 2011, Stiglitz ya había postergado la entrevista previa, llegó tarde a la nuestra y, para cuando la concluyó, la agenda de su asistente ya era un accesorio vetusto: había más gente aguardando por él, todos retrasos esperables.

En un momento de nuestra reunión, Stiglitz levantó el brazo para rascarse la cabeza y la manga de la camisa dejó asomar su reloj. Alcancé a verlo porque tampoco yo estaba allí: conozco la obra de Stiglitz de arriba abajo y nada de lo que contaba en aquella reunión era novedad, sino una letanía, un monólogo monocorde. De manera que yo me fijaba en él y así vi que en el reloj de su muñeca tenía las 10:30, una exacta hora menos de la que exhibía un reloj de pared a su espalda. Saqué con disimulo mi BlackBerry —un aparato de la Edad de Piedra, amigues— sólo por confirmar, más incómodo con la sospecha de tener la certeza de que el tiempo de Stiglitz estaba curvado que de ser descubierto en una distracción irrespetuosa. Y era así: mi BlackBerry lo delataba: eran las 11.30 AM. Stiglitz notó que yo observaba su muñeca y, con su sonrisa habitual para las disculpas, echó un ojo a su propio reloj, acomodó la correa y siguió́ con su canción como si nada. La hora extraviada quedó allí́, minutos en desuso. ¿Sabía? ¿Le importaba el tiempo?

Tres veces esa misma mañana la asistente del Nobel, una chica concentrada y menos risueña que el jefe, rubia y de mediana estatura y que llevaba las piernas embutidas en una indisimulable calza con un animal print de leopardo —vaya—, entró a la oficina para notificarle que, doctor, quedan veinte, quedan quince y quedan cinco minutos de entrevista, doctor. Y, cada vez, Stiglitz levantó la vista por encima de los anteojos,

sonrió́ —la misma mueca de disculpas de aquel ascensor— y asintió́ con la cabeza, sólo para ignorar de inmediato su respuesta y continuar con ánimo en la

conversación. El hombre parece tener una relación tan laxa con los horarios que dota de una elasticidad imposible la condición efímera del instante.

Todo perdura, hasta lo que debiera desvanecerse en el aire. A una hora de la entrevista, la secretaria regresó a la oficina para cancelar ella misma la reunión. Al otro lado, en la sala de espera donde se acumulaban cajas, archivos repletos y decenas de carpetas sobre los escritorios vacíos de los colaboradores del Nobel, estaban los próximos en ocupar el tiempo diluido de Stiglitz, dos hombres en traje aguardando su turno sin una sombra de hastió en la cara.

La vigilia zen por Joseph Stiglitz requiere que, en plena práctica de fe, términos como paciencia y expectativa redefinan su alcance a golpe de segundero. Su vida es una ancha colección de momentos que acontecen a destiempo. Un día llamé a su asistente a pedirle una cita para hablar sobre él. La chica contestó con suavidad que no concedía entrevistas, pero que no sería inconveniente responderme un par de preguntas. Bien. La primera fue cómo era administrar su agenda.

—Interesante —dijo, sin mucho ánimo—. ¿Cuál es la otra pregunta?

—Cuéntame de un día que no sea tan caótico con el reloj.

La respuesta fue una risa.

_____________________________

*Este fragmento del perfil del premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, el primero de una serie de 15 sobre distintos personajes y que están reunidos en el nuevo libro del escritor argentino Diego Fonseca, Voyeur (2022), fue gentilmente cedido a loscronistas.net por Fausto Rivera Yánez, director de Severo Editores. A Fausto Rivera y a Severo Editores les agradecemos su confianza.

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