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Apenas coloqué el primer pie en la dichosa plaza que solo existe en los mapas del Odriozola, el arquitecto uruguayo que se encargó de retacear Quito entre pobres y ricos, todo se volvió turbio, oscuro y canalla.

Por Víctor Vizuete Espinosa*

Viernes pasado. Las 19:00 en punto y sereno. Luego de sortear con relativa solvencia a vendedores de toda laya, impulsadores, promocionadores de peluquerías de a dólar por corte, podólogas de mal pie, asesoras estéticas de dudosa imagen e informales de parecidas necesidades, completé las cuatro cuadras que separan la Plaza Grande de La Marín, también referenciada como plaza en el damero municipal, por la ajetreada e inclinada calle Chile.

Apenas coloqué el primer pie en la dichosa plaza que solo existe en los mapas del Odriozola, el arquitecto uruguayo que se encargó de retacear Quito entre pobres y ricos, todo se volvió turbio, oscuro y canalla.

Y me encontré dentro del más desordenado mercado que uno se puede imaginar. Era como haber ingresado al averno sin que el cancerbero haya hecho nada por impedirlo, aunque pude observar varios rostros que metían más miedo que el mitológico perro de tres cabezas.

Y el recelo empezó a trepar por mi cuerpo como una corriente de 220 voltios, a pesar de no llevar de valor sino el Xperia, del que apenas voy por la cuarta de las 10 mensualidades acordadas.

Pero como todo quiteño, más pudo la curiosidad y ahí me vi, caminando absorto y confundido desde La Marín hasta El Playón, donde tomaría el interparroquial que me lleve hasta mi llacta, ubicada en Sangolquí, capital de los hornados.

Las primeras cuadras fueron de miedo porque la vereda se estrechó tanto por causa de la ingente cantidad de vendedores, comerciantes de mil y una chucherías, prostitutas y prostitutos en plan de cacería y ladrones disfrazados de inocentes caminantes. El famoso paso de la muerte que pone a prueba el temple de los andinistas que quieren llegar al Rucu Pichincha es una avenida de seis carriles.

En el espacio de dos cuadras tuve que ingeniarme para marear a dos jóvenes que me seguían como siguen los guepardos a la gacela escogida como presa y aceleré el paso a una velocidad que hasta le hubiera dado envidia a la mismísima Morejón.

Si bien en las primeras cuadras prevalecía el dialecto serrano y se vendían desde aguacates hasta audífonos Samsung «originales» a USD 1, conforme la avenida Pichincha avanzaba a El Playón, fueron transmutándose las mercancías, los hablados y las fisonomías.

Y los rostros feos de los coterráneos dieron paso a los agraciados de los nacidos en los llanos, los caseritos y vecinos se cambiaron en chamos y vales mientras las mochilas y zapatos deportivos, arepas y donas saltaron del banquillo de suplentes y reemplazaron a los productos anteriores.

Pero la estrecha vereda siguió siendo un infierno, pues los rostros amenazantes no disminuyeron. Cosa rara, en todo el trayecto no hubo ni un policía ni agente municipal, ni ningún arranche de mercancías y ataques a los vendedores, tan comunes en otros sitios y momentos.

Tampoco observé perros callejeros, con excepción de unos dos o tres canes desubicados, que seguramente no se enteraron de las nuevas políticas municipales. Pordioseros y miserables, en cambio, vi bastantes.

Y eran mirados con asco, menosprecio, como si no existieran. Ellos estarán envidiando la suerte que tienen los cánidos en este tiempo. Al final, luego de unos intensos 20 minutos de adrenalina, con el corazón latiendo como el de un corredor de F1 y el celular bien apretado contra las ingles en el bolsillo derecho del pantalón, llegué a El Playón.

Y me alegré de que aparecieran de nuevo los aguacates, las salchipapas, los cueros asados, los huevos chilenos, el chaulafán de a dólar y las caras de indios de mis iguales.

Después de una concienzuda visita a una de las dos baterías de la terminal, a cambio de unos modestísimos 0,10 USD, me subí en un Marco Polo, tomé uno de los asientos por asalto, respiré profundo, me arrellané lo más cómodo posible y me dije: por fin, seguro…

Entonces se subió un sujeto con un rostro más malo que el de Anabelle. Con una voz más tenebrosa que la del cura Tuárez nos contó que acababa de salir de la cárcel de Latacunga después de cumplir una condena por asesinato múltiple y nos conminó a que le colaboremos desinteresadamente con cualquier monedita porque no quería volver a robar ni matar…

Lo único que pensé en ese momento fue «chucha, y ahora dónde escondo el celular», mientras sacaba rápidamente un dolarito para mi espontánea contribución. Y empecé a sudar sin motivo…

______________________________

*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, él sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

*Fotografía tomada del periódico The New York Times

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