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Quito, ¿ciudad franciscana?

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Esta es la historia del Quito antiguo, conservado en la memoria de un amante de la ciudad. Por sus calles todavía deambulan el presidente José María Velasco Ibarra y La Torera. Los niños recogen capillos a la salida de los bautizos y todavía la modernidad no convierte a la franciscana ciudad en un vértigo irremediable.

Por Mario Salas Jaramillo*

En 1960, por la calle García Moreno, donde viví con mi familia, veíamos personajes como el presidente José María Velasco Ibarra, que en ese entonces pasaba más o menos a las ocho de la mañana hacia el Palacio de Carondelet en un auto tipo limusina, negro, muy elegante. Yo salía a la puerta de mi casa con mis hermanas, hermanos, otras niñas y niños del barrio, con quienes al ver que se acercaba el carro presidencial gritábamos: «¡Caramelos!».

Tuve una infancia feliz. Mi nombre es Mario Salas Jaramillo. Nací en la maternidad Isidro Ayora, parroquia San Marcos, barrio San Blas, el 18 de marzo de 1950. Soy hijo de un destacado maestro de Quito y de una señora que se dedicaba a ser ama de casa. Por lo general, en esa época la mujer se quedaba en el hogar a cargo de la crianza de los hijos. Fuimos nueve hermanos. Yo soy el quinto.

Estudié en el Centro Escolar Experimental Eloy Alfaro, de primero a tercer grado. La escuela tenía un local en la calle Guayaquil, cerca de la Plaza del Teatro. Desde cuarto hasta sexto grado, funcionaba en un local del Itchimbía. La educación secundaria la recibí en el colegio Juan Montalvo, en el barrio El Placer, cerca de la zona de El Tejar. Obtuve mi Licenciatura en Ciencias de la Educación en la Universidad Central del Ecuador. Ejercí mi profesión desde los veinte años de edad y trabajé cuarenta como docente, hasta los sesenta años, cuando me jubilé.

Recuerdo a Quito en mi infancia como una ciudad tranquila, franciscana, apacible. Gozaba de poco tráfico vehicular, no había delincuencia ni peligros mayores. Una gran parte de la gente transitábamos a pie. Quito era una ciudad pequeña que se extendía desde el norte hasta el parque El Ejido, o parque de El Arbolito, y hacia el sur hasta el barrio La Magdalena.

Durante mi niñez residí en San Juan, un barrio tradicional de Quito ubicado en una loma. Las calles eran empedradas, las casas de arquitectura colonial, muchas de ellas, compradas al Seguro Social a través de préstamos hipotecarios.

Mi familia vivió en una casa de color blanco, tenía dos pisos, un patio interno y muchos cuartos. Estaba ubicada en las calles Benalcázar y Galápagos, cerca al Monasterio de las Madres Agustinas, donde vendían un pan de leche riquísimo y otros dulces tradicionales. Hacia abajo se localizaba la iglesia de La Basílica.

Los juegos

San Juan se caracteriza por ser muy empinado y por este motivo, en ese entonces, no había mucho transporte, los buses no eran potentes y tenían la carrocería de madera. Bajaban bien, pero sus motores tenían dificultad a la hora de subir. En mi infancia, esa particularidad del barrio era aprovechada para un juego que consistía en una tabla de madera que la sacábamos de la cama, frotábamos uno de los lados con cáscara de guineo, hasta que se ponía resbalosa, luego nos subíamos y nos botábamos por la calle, con cuidado de no caernos.

También recuerdo el juego con los coches de madera que construíamos… Nos reuníamos grupos de amigos y fabricábamos uno para el grupo. Nos turnábamos para jugar. No comprábamos nada, íbamos a los aserraderos y ahí nos regalaban pedazos de madera, en las mecánicas conseguíamos los rulimanes, los forrábamos con caucho y esas eran las llantas. El freno del coche era un pedazo de madera o los pies o nos lanzábamos a un lado, muy pocas veces alguien por ahí se rompió la cabeza.

Los amigos vivían en el mismo barrio. Nos agrupábamos por edades, niñas, niños, adolescentes y jóvenes. Algo que rescato con mucha alegría es que fomentábamos valores como la amistad, el compañerismo, la solidaridad. Recorríamos el centro de Quito y recuerdo que, en la iglesia de Santa Bárbara, en la calle García Moreno, cerca al colegio Simón Bolívar, en la época de bautizos, confirmaciones, primeras comuniones y matrimonios esperábamos afuera. Cuando las familias salían de la iglesia gritábamos: “¡Capillos!”. En ese momento, los adultos nos arrojaban puñados de monedas de 5 centavos, 10 centavos —real—, 20 centavos —peseta—, que niñas y niños nos lanzábamos a recoger como cuando se rompe una olla encantada.

Los personajes

Presidente Velasco Ibarra, fotografía tomada de Internet
Presidente José María Velasco Ibarra

En 1960, por la calle García Moreno, donde viví con mi familia, veíamos personajes como el presidente José María Velasco Ibarra, que en ese entonces pasaba más o menos a las ocho de la mañana hacia el Palacio de Carondelet en un auto tipo limusina, negro, muy elegante. Yo salía a la puerta de mi casa con mis hermanas, hermanos, otras niñas y niños del barrio, con quienes al ver que se acercaba el carro presidencial gritábamos: “¡caramelos!”. El presidente Velasco Ibarra bajaba la ventana de la parte trasera y nos lanzaba los confites. Lo recuerdo como un hombre delgado, con traje negro, lentes oscuros y redondos.

La Torera, fotografía tomada de Internet
La Torera

La Torera vivía sola en una casa de San Juan. Era una mujer de estatura pequeña. Decían que tenía origen noble. Usaba vestidos antiguos y coloridos, sombreros especiales, vestido de cola, botas. Además, un paraguas con el que se protegía del sol, de la lluvia y un bastón que utilizaba para defenderse. Cuando le veíamos le decíamos en coro: «¡Torera!». Y ella corría detrás para golpearnos. Iba por Quito a pie y se la podía ver en distintos sitios del Centro Histórico.

***

Abajo de San Juan se desarrollaba la parte comercial de la ciudad. Ahí se encontraban escuelas, almacenes y bodegas de comestibles. Las familias iban hasta allá a comprar. La vida de Quito se concentraba en el Centro. Era el lugar de comercio y donde había diversión de todo tipo.

Por esos años no existían muchas cooperativas de taxis. Cuando necesitábamos contratar uno, bajábamos caminando hacia una de las plazas principales donde se agrupaban los taxistas… Yo, niño inquieto, en una ocasión subí a un taxi y me senté junto a la ventana. El taxi giró en una curva y se abrió la puerta. Me caí y me rompí la cabeza. Me llevaron al hospital por la novelería.

Los mejores hinchas del equipo de fútbol de Quito eran los taxistas. Por eso hasta ahora a los aficionados del Deportivo Quito les dicen: «Taxista has de ser».

Otro acontecimiento representativo sucedía en las plazas públicas de San Blas, San Francisco y Santo Domingo, donde se instalaban dos meses antes de las fiestas de diciembre unas casuchas, unas carpas improvisadas con mesas de madera y sillas, cubiertas con un techo de plástico o lona gruesa, que permanecían hasta el 6 de enero, Día de Reyes. Hasta esos lugares acudíamos las familias o los grupos de amigas y amigos a divertirnos. El juego que más disfrutaba era el futbolín. En ese entonces todo tenía un precio cómodo, era barato. Por diez centavos jugábamos seis personas (tres a cada lado) y hacíamos campeonatos.

El juego del sapo consistía en lanzar una moneda o una ficha a la boca abierta de una figura de rana. Los premios eran muñecos de trapo, caramelos, chicles, figuras pequeñas como: payasos, futbolistas, carros, pelotas y pistolas de juguete.

Las rifas tenían un tablero de madera que se usaba como mesa y una ruleta. Sin necesidad de micrófono o amplificador el dueño llamaba: «¡A ver, a ver!, ¡venir acá!». «¡A ver, a ver!, ¡que el mundo se va a acabar!». En ese juego apostábamos lo que había: centavos, cinco, veinte sucres.

Otro juego, el de la bolita, se basaba en una pelota pequeña de papel y tres vasos que se ponían boca abajo: un vaso cubría la bolita y luego el anfitrión hacía movimientos con los vasos. Los jugadores debían adivinar en qué vaso se quedó la bolita y la persona que lo hacía se ganaba el premio.

El juego de azar más común era el bingo. Pagábamos un valor por la cartilla y unos maíces. Conforme cantaban los números ponías un maíz sobre el acierto. Cuando marcabas todos, gritabas: «¡Llené!». Y te llevabas el premio. Ahí te regalaban electrodomésticos, dinero, ropa, radios.

Había carrusel, rueda moscovita, carros locos…

***

La Plaza de Santo Domingo era muy similar a la de hoy. En la temporada festiva se llenaba con casetas de estructura de madera, cubiertas con plásticos o lona, venta de comidas típicas como locro de papa, fritada, llapingacho, yahuarlocro, papas con caucara, sánduches de pernil y bebidas como canelazos. Era muy común ver a los espumilleros y vendedores de ponche con su uniforme blanco característico. Dulces de higo, dulce de guayaba, dulce de leche, las colaciones en esa época eran de mejor calidad y no tan caras. Después de las fiestas, los vendedores desarmaban las estructuras y la Plaza quedaba limpia. La gente era más ordenada, respetuosa y no ensuciaba la ciudad.

En la calle Galápagos, más conocida como La Guaragua, hacia la calle Vargas, donde hoy es el mercado Plaza Arenas, actualmente se venden cachivaches. En ese espacio fue en un inicio la Plaza de Toros, un lugar muy concurrido. La plaza era pequeña con un círculo en el centro y los graderíos de cemento alrededor. Allí, en las corridas de toros, había el doblete en el que ingresaba un adulto y un niño gratis. Hasta ese lugar acudíamos los niños y les decíamos a los adultos en fila: «¡Haga entrar!». Ellos accedían y disfrutábamos de las corridas de toros.

Había varios teatros: América, Variedades, Colón, Sucre, Capitol, Atahualpa, Alhambra, 24 de Mayo, Puerta del Sol… El Hollywood era famoso porque pasaba películas prohibidas, solo para mayores de edad. Las personas hacían fila en la calle, muchos llevaban el periódico para taparse la cara.

En la Plaza Belmonte, en las épocas festivas, por ejemplo: Inocentes, Navidad, Fin de año, iban los adultos a los bailes de disfraces. Ahí se presentaban bandas, orquestas, comparsas. Luego se convirtió en plaza de toros.

La Alameda, fotografía de Quito Nostálgico
La Alameda, fotografía: página Quito nostálgico

Los habitantes de Quito transitábamos desde el sector de la calle 24 de Mayo hasta el parque de La Alameda. Como distracción del fin de semana frecuentábamos ese parque, el Observatorio Astronómico, el Planetario del Instituto Geográfico Milita. Subíamos al Churo y en la laguna remábamos en los botes con la familia. En los parques se concentraban los «fotógrafos de manga», con cámaras antiguas. Los estudiantes se tomaban las fotos para sus matrículas, y las familias como recuerdo de un paseo. Había pocos estudios fotográficos: Estrella, Pacheco, Cifuentes. Ahí también se tomaban fotos para trámites y las que se pedían para los centros de estudio.

A lo largo de la calle 24 de Mayo se llevaba a cabo la feria de los muebles de madera, donde todo Quito compraba: cómodas, sillas, peinadoras, comedores, juegos de sala, armarios, porque en las casas no había closets, estos muebles se transportaban en camiones de alquiler, o para llevarlos a lugares no muy lejanos. Para eso había personas que les decíamos cargadores.

En esta calle existían pasatiempos como el alquiler de futbolines y de revistas. Muchos quiteños y quiteñas alquilábamos las historietas de El Santo, El Enmascarado de Plata, Tarzán, Supermán y otros personajes que se exhibían en tableros de madera. Los dueños de estos negocios colocaban las revistas en alambres y ahí mismo, en plena calle tenían unas silletas o bancos de madera en los que nos sentábamos a leer. Eso costaba cinco centavos. A veces nos pasábamos leyendo una mañana entera, terminábamos una revista y alquilábamos otra.

Personajes típicos de ese lugar eran «los charlatanes», vendedores de remedios naturales para los riñones, el hígado, el corazón y otras dolencias. Atraían a la multitud con discursos sobre los beneficios de las hierbas, pomadas y frascos que contenían los líquidos que preparaban. Las personas se amontonaban alrededor mientras los charlatanes gritaban. Lo que más nos llamaba la atención era una culebra que escondían en un saco. Mientras vendían los productos anunciaban: «Ya mismo le sacamos a Marta Julia (la culebra)». Los espectadores nos manteníamos en tensión. Así nos curábamos antes…

Los charlatanes, fotografía de Rolf Blomberg
Los charlatanes, fotografía: Rolf Blomberg

Otros protagonistas eran los que encantaban con la labia a personas de toda clase social y adivinaban la suerte con pajaritos. Les tenían en jaulas donde colocaban papeles. Tú pagabas por la lectura y el pajarito tomaba con el pico uno de los papeles. Te entregaban mensajes como: «Tendrás mucha salud», «tendrás mucho dinero». Los mensajes dependían de si la persona era un niño o un adulto. Eso era pura labia, puro cuento.

De igual forma, había una mujer que tenía la cabeza afuera de un ánfora, le hacías una pregunta y te adivinaba el futuro. ¡Esos eran nuestros pasatiempos!

De franciscana a vertiginosa

En los barrios había varios eventos que se hacían al aire libre y eran gratuitos como las jornadas de proyección de películas, en las que las imágenes aparecían sobre una pared cercana a algún parque.

Las funciones de títeres de la Casa de la Cultura las veíamos parados o nos sentábamos en el piso; sin tanta tecnología éramos felices y nos contentábamos con cosas sencillas. Ahora todo es caro: la cultura está metalizada.

Otras actividades que disfrutábamos eran los festivales populares: la Banda Municipal iba a tocar al barrio. Era un espectáculo maravilloso.

Existía mucho movimiento cultural. La mayoría de eventos eran gratuitos o, si costaban, el valor no era muy elevado.

Hasta el año 80 las bibliotecas públicas eran espacios donde la mayoría de estudiantes acudíamos, por ejemplo, a la Biblioteca Nacional, que quedaba en la Plaza de San Blas. En la época de exámenes estaba llena de estudiantes de escuelas, colegios y universidades que ingresábamos con el carné. En ese tiempo no gastábamos mucho en libros. Ahora nuestras bibliotecas están vacías. Nos obligan a comprar libros. Todo está en la Tablet, en la computadora, en el celular. Se ha perdido el esfuerzo y el fomento a la lectura. Las personas ya casi no leen.

Quito dejó de ser la ciudad franciscana en donde todas las personas caminábamos sin demasiadas preocupaciones. Había solidaridad: los vecinos corríamos con palos atrás del ladrón y lo agarrábamos, nos ayudábamos, hacíamos mingas para mejorar el barrio.

Era tranquila, alegre, ordenada, limpia y apacible. Hoy hay muchos delincuentes. Hay demasiados automóviles. Ríos de gente en las calles. Los ruidos son ensordecedores. Todos van demasiado rápido hacia ninguna parte. Hoy parece un campo de batalla.

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*Tal como se lo contó a Svetlana Salas, comunicadora social, gestora cultural y CM, fundadora del primer portal de arte y cultura All-Art Ecuador. Directora del programa radial Ruta 593. Tiene experiencia en comunicación política, relaciones públicas, actualmente realiza contenidos y guiones para televisión y radio educativa.

** Fotografía principal: Mario Salas Jaramillo junto a sus compañeros de la escuela

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