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Ella, Él y el Gringo. Una historia de Nancy Carrillo

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Ella se sentía culpable por lo malo, lo accidental, lo predecible, lo que pasó y lo que pasará. Culpable por las reacciones violentas, por los malos momentos, por colocar mal las cosas, por no lavar bien los platos, por sentarse a esperar que todos le sirvieran.

Por Nancy Carrillo*

Ella había decidido dejar el matrimonio, la casa, la soledad compartida, el vacío, los despertares inciertos, las noches inquietas, los 22 años de relación.
Llegó la hora de concluir la historia, romper la monotonía, recuperar la dignidad. Dar este paso le costó lo inimaginable. Enfrentar a su familia era lo más difícil: sabía que su marido no era el pariente soñado y que muchos rumores desdibujaron su imagen, pero la reacción era incierta. O se alegrarían porque “ya era hora” o sufrirían porque se venía el divorcio, con todas sus consecuencias.
Recordaba que ambos llegaron al matrimonio con una carga de mutuos prejuicios. Ella pensaba que lo único que aún no había hecho era casarse, Él, que necesitaba afianzar su carrera y su economía. Los dos eran absolutamente opuestos en sus concepciones de la vida, la ética y la moral. Él vivía en la Edad Media y Ella en el Renacimiento, sus viajes anteriores la hicieron alegre, soñadora, degustadora de los placeres que consideraba lícitos. Ella pertenecía a un mundo de mente abierta y corazón solidario. Él, a un mundo de prejuicios, de sombras y de maltrato.
Sin embargo, llegó el momento en que, con mucha pena, reconoció que su matrimonio no iba más, que se desgastó con la indiferencia y la rutina. En aquel entonces Ella vivía los calores perturbadores de la menopausia, los sofocos, el mal humor, la apatía por el sexo, los dolores inesperados como latigazos que dejaban huellas en su espalda, la idea de que su vida no tenía sentido.
Todo lo veía descolorido, sin significado. Ya no le gustaba el amplio departamento, los muebles, los dormitorios confortables, el baño que compartían y en el que hubo momentos de pasión. Sentía que en su casa ya no había calor ni olor de hogar, todo se veía deslucido y repentinamente viejo.                                                                                                  Él, arrogante, inflexible, clasificaba a la gente con deshonrosos calificativos: ignorante, grosero, cholo, puta. Ella no salía de ese casillero porque cuando se casó no era virgen. Él le reprochaba su falta de pureza y su indignidad porque se vistió de blanco para ir al altar -aunque no tan blanco, en realidad era beige- y despertó deducciones y comentarios que, no eran los primeros, las buenas damas del pueblo se preguntaban qué cosas, además de estudiar, habría hecho Ella durante sus seis años en Europa sin la custodia de papá y mamá.
Ella nunca se defendió porque, para Él, la censura era un acto cotidiano y había decidido castigarla de por vida porque no pudo ofrendarle su pureza ya que esa virtud que para Él era tan importante como la vida la perdió en un arranque de pasión con un hombre al que ni siquiera amaba. Él quería conocer todos los detalles de ese acto y había preparado interminables, amenazantes y tormentosos interrogatorios a los que Ella contestaba cualquier cosa con el afán de concluir esas pavorosas sesiones.
Sin embargo, existen algunas fotografías en las que Ella y Él se ven enamorados, felices. Pero Ella piensa que esos años de aparente respiro y mutuo afecto fueron pocos para cantar victoria y pensar que al fin habían acabado las obsesiones. No fue así y apareció el demonio de la infidelidad porque Él buscaba la virgen añorada.
Empezaba una nueva etapa de solapada violencia, el trabajo se convirtió en el refugio porque en la casa solo veía caos. Ella estaba desorientada, perdida, arrastrada por la turbulencia de lo incierto. Una vez más se culpó de su poca inteligencia, de sus temores, de su enfermiza cobardía, de su ruidoso silencio.
Un pesado letargo le impedía reflexionar y aceptó la falacia popular de que “un clavo saca otro clavo”. Las amigas se encargaron de seleccionar al candidato. En las redes existen muchos (jóvenes, viejos, expertos en el amor, profesionales, viajeros, gígolos y otros) con increíbles objetivos.
Algunos no pasaron el filtro de la selección. Eran perfiles que no iban con Ella, pero, al fin, apareció un señor caucásico, de poco pelo y muchas enfermedades -eso no lo supo sino después, porque en la fotografía el Gringo se veía agradable, sonreído, hasta cierto punto confiable-. El elegido era divorciado, tenía una hija adoptada, jubilado, contaba con ingresos adecuados y amaba el dulce y la pasta. Las amigas de Ella argumentaban que quien es capaz de adoptar es una buena persona, de noble corazón, con ganas de salvar el mundo, y ahora, después de muchos años, Ella parecía comprobar que el galán era así.
Cuando ya estuvo seleccionado empezó la comunicación, un tanto difícil al inicio, porque Ella no domina el inglés. Aunque estudió en España hizo relativas incursiones a Inglaterra que no dejaron mucha huella en el aprendizaje del idioma.
El Gringo buscaba vivir un nuevo amor, romántico, soñador e insaciable, como para demostrar que la juventud aún estaba presente. Pretendía salir de su país y aprovechar su pensión de retirado en otro lugar, donde rindiera más. Huir del frío de los inviernos y el calor sofocante de los veranos. Ella, mejorar el inglés, porque eso de una segunda oportunidad no estaba en sus planes.
Más ingenua que monja de claustro, Ella pensó en una relación de buenos amigos prestándose ayuda. Olvidó que con fuego no se juega. Ella, con el afán de rescatar su perdida vanidad, pensó que aún estaba a tiempo para una nueva pareja, que todavía estaba joven y bonita, que aún se estremecía con el amor, que todavía quiere lucir un marido en las reuniones, que aún, que aún…
Entonces sí, pensó en la segunda oportunidad, pero nada de registro civil ni de iglesia, eso podría llegar con los años si la relación funcionaba.
Ella conocía el ardiente dolor de saberse relegada y vio la ocasión de un pequeño desagravio, pensó en demostrarle a su antiguo marido que las oportunidades no le faltaban, pero este consejo más tarde le pesó porque su vida se transformó en una pesadilla.
En esa nueva unión no había objetivos comunes. Es más, distaban del sol a la Tierra: él soñaba con una amante fogosa e incansable, una Lady Chaterly, imparable en el ejercicio del amor, ella quería tener un inglés fluido, presumir de entender las conferencias TED y las películas, suponer que en el mundo de las amigas la admiraríamos por el dominio de una segunda lengua. No excluía que con la ayuda de su nuevo galán, algún día, podría leer al gran Shakespeare en inglés. Con motivos tan dispares para vivir en común, lo que vino después no calmó su soledad y solo acrecentó su angustia. No dejaba de preguntarse para qué hacía lo que estaba haciendo: con esa relación nunca tocó el cielo, pero sí bajó al infierno y se quemó, si creemos que el castigo es el fuego.
Después de unos meses de comunicación virtual viajó a Estados Unidos por cuestiones de trabajo y aprovechó la ocasión para un encuentro presencial saturado de expectativas mutuas.
El viaje a Colorado fue agotador, con compañeros de viaje desagradables. Iba con la consigna de que si no lo encontraba en el aeropuerto allí mismo tomaría otro avión para regresar al país, pero no fue así: la esperaba al fin de la escalera, sonriente y con un ramo de flores.
El Gringo la reconoció al instante. Ella con un hueco en el estómago, desalineada por las horas de vuelo, intrigada por lo que podía esperar, desvelada y humildemente triste, comprobó que era mejor de lo que esperaba: un norteamericano en el país y en su familia pegaría mejor que cualquier mestizo porque a los ecuatorianos nos deslumbra lo blanco y lo rubio.
El Gringo acababa de pasar por un proceso de quimioterapia y radioterapia. Era frágil como una brizna de paja azotada por el viento. Ella, impresionada, lo vio como un ser desvalido, un niño viejo. Casi lloró cuando lo escuchó contar todos los avatares que sufrió desde sus primeros años, pero su ánimo era y es invencible. Con mucha fe esperaba que el otoño de su vida fuera mejor con su compañía y, por cierto, con sus recursos. Eso pensó Ella al inicio, pero luego se dio cuenta de que no, de que la codicia no era uno de los defectos de quien sería su nueva pareja.
Viajó durante un mes por los estados de Nevada, Arizona y California, mas no lo disfrutó. Todavía pensaba en su fracaso matrimonial, le atormentaba su falta de talento para manejar situaciones de amor y odio, le dolía el quemante fracaso y la oscura soledad. Tenía una nueva preocupación: en cualquier momento el estado de salud de su pretendiente empeoraría.
El Gringo se mostraba atento, complaciente, ¿enamorado? Ella estaba temerosa como un niño que sube una montaña rusa y busca asirse de cualquier cosa para no caer, aunque, eso sí, fue una buena samaritana. Visitaron lugares muy bonitos que en otro tiempo y en otras circunstancias Ella los hubiese apreciado mejor. El Cañón del Colorado, impresionante, un enorme y colorido acantilado que cambia de colores con el paso de las horas.
Cuando se acercaron tratando de mirar el río que corre en la profundidad solo consiguieron que un vendaval se llevara sus sombreros.
En medio de la perplejidad y el asombro Ella descubrió que en aquel desierto existían todas las comodidades, el hotel donde se hospedaron era cómodo y lujoso. Más tarde visitaron Tajo Lake. Él se empeñaba en explicarle todo acerca del lugar, la naturaleza, la riqueza del paisaje. Ella apenas lo entendía y cansada de pedir a cada instante que repitiera la historia optó por simular que había comprendido.
Conoció Virginia, el pueblo donde vivió Mark Twain y escribió algunas de sus obras, un sitio pintoresco donde se filman películas de vaqueros y se conserva como antaño. Tuvo la impresión de estar en el pueblo de Daniel Boom o el de “La casita de la pradera”, películas inocentes del oeste.
Allí pasó un susto grande que nunca olvida: visitaban una joyería hermosa porque en el lugar existen minas de oro y plata, se quedó mirando un escaparate con las joyas más bonitas que había visto, pensó que el americano estaba junto a ella, pero no, lo buscó por todo el pueblo, volvió al auto, entró a una iglesia y a un bar.
Imaginó horribles situaciones como: se desmayó en el baño, está muerto en algún lugar, decidió abandonarle, dirá que soy una migrante sin documentos, se ha marchado con la cartera y las maletas, en fin, todo el horror y la tragedia que se puede pensar cuando estás en un lugar desconocido, mirando caras que parecen sonreír por la desdicha ajena. Trató de serenarse, de pensar cómo pedir ayuda a la Policía con su escaso inglés.
Volvió a subir y bajar por las mismas calles y El Gringo apareció. También él la buscaba, se perdieron al entrar y salir por puertas distintas del mismo almacén. Pensó comprar alguna joya, pero desistió, solo tenía ganas de desaparecer.
El hombre reía de sus temores y de su poca habilidad para manejar pequeños problemas. Continuaron el viaje, largas horas atravesando un desierto aterrador, ya no le interesaba el paisaje, trataba de entender los avisos del camino y de saber qué hacer si algo pasaba o él enfermaba.
Al fin llegaron a La Joya, en San Diego, donde alguna vez El Gringo tuvo un hogar, un papá, una mamá y unos hermanos desagradecidos que lo dejaron en la miseria.
Se empeñó en que conociera a sus amigos, algunos excombatientes del Vietnam, que tenían historias interesantes, aunque Ella casi no los entendía y El Gringo trataba de explicarle. Más tarde investigó y vio películas sobre esa y otras guerras y, al igual que muchas personas, no entendió las estúpidas razones por las que los gobernantes llevan a infelices jóvenes a conflictos armados absurdos con secuelas impredecibles.
En San Diego había una playa nudista. Ella tenía mucha curiosidad en conocerla y El Gringo en complacerla, pero, finalmente, desistió para no añadir un pecado más a los que ya había cometido.
El viaje terminó y cada cual volvió a su lugar. Ella a su paraíso, su familia, su departamento, su baño, su seguridad. Llevaban distintas consignas: Ella, su trabajo, sus lecturas y futuros viajes. El Gringo, concluir su tratamiento, mantenerse comunicado y pensar en la posibilidad de venir al Ecuador.
Frente a situaciones difíciles Ella analiza ventajas y desventajas, pero una escondida culpa se lo impide y se lanza al vacío sin mirar la caída. Indecisa, nada curiosa para lo desconocido y poco confiada, no dejó la comunicación virtual y más bien la incrementó, siempre en busca de paz y cariño. Muchas veces reconoció que el único “no” que ha pronunciado de forma rotunda fue cuando El Gringo le propuso ir a Las Vegas y casarse.
La comunicación entre los dos continuó. Viviendo su sola soledad pensó compartir su techo a cambio de cariño, afecto y compañía.
El Gringo vino a compartir ahora su techo, pero no llenó su soledad y el afecto desapareció inesperadamente.
Ella empezó a sufrir los embates de las circunstancias, no había aprendido a vivir, las experiencias habían pasado sobre ella sin dejar huella. Cada día es un momento nuevo sin predecir lo que puede ocurrir. Otra vez la incertidumbre se volvió cotidiana, la desconfianza un hábito, la comunicación lenta, azarosa, imprecisa, tergiversada, susceptible, irritable.
Se sentía culpable por lo malo, lo accidental, lo predecible, lo que pasó y lo que pasará. Culpable por las reacciones violentas, por los malos momentos, por colocar mal las cosas, por no lavar bien los platos, por sentarse a esperar que todos le sirvieran.
¿Qué hacer frente a esto? No lo sabía. Culparse por su falta de voluntad, por su indecisión, porque nunca aprendió a decir no.
Seguía esperando milagros sin aprender que nadie resolverá su vida y repasaba algunas soluciones: ¿cómo se torea el mal tiempo sin salir mojado?
Las opciones eran estas:
1. Decirle que se marchara, que no le importaba a donde fuera ni lo que hiciera de su vida. Una vez lanzado el mensaje esperaría que hiciera las maletas, dijera que se iba pero nunca terminara de hacerlo porque amenazó muchas veces, pero no cumplió.
2. Que se fuera y, como ha dicho muchas veces, que todo lo que era suyo lo destruyera, aunque en realidad tres o cuatro cosas eran interesantes, lo demás casi no tenía importancia.
3. Ofrecerle comprar un pasaje para que se fuera a su casa. Error, era lo peor porque El Gringo le había repetido mil veces que no quería su dinero.
Pero Ella se conmovió y creyó que el conflicto se debía a su vejez, a sus enfermedades, a los traumas de generación a generación, a la vivencia en el nuevo país, a lo inesperado, al fracaso de no ser su alma gemela.
No negaba que a veces la desesperaba y sacaba lo peor de su atormentada conciencia. Entonces gritaba y exigía que sus derechos se respeten, pero se sentía egoísta. Eso lo sabía, pensaba que se fijaba en miserias, no ponía toda la atención que se merecía y, en fin, los dos llegaban al límite de su mutua intolerancia.
A eso se añadía el uso simplón de una lengua que no era la suya y el reclamo de que El Gringo no aprendiera el idioma del país donde ahora vive. Ella procuraba utilizar giros de palabras conocidas que a lo mejor ni remotamente dicen lo que quiere o pretende comunicar. El Gringo se desesperaba, comprendía lo que ella no quería decir cuando se tomaba su tiempo para concluir con alguna frase que Ella juzgaba hiriente.
Ahora había una nueva forma de chantaje. Decía entre lágrimas que ya no le ofendería más porque había decidido desaparecer. Ella no supo qué significaba eso de desaparecer.
Empezó a repartir sus cosas y a preguntarle quién querría su cámara, sus binóculos, su ropa. Decía que a él le gusta vivir, que tenía muchos planes y sueños, pero eso no fue consuelo. Ella se asustó y le pidió que la disculpara por sus palabras duras, pero no hubo reacción alguna.
La tragedia llegó cuando El Gringo intentó suicidarse, los vecinos lo detuvieron a tiempo y a Ella no le quedó más que acudir a un hospital especial donde trataran la depresión. Ella añadió otra culpa a su corazón, hasta entonces no había dimensionado lo que era una depresión.
La comunicación cada vez más tergiversada entre los dos se hacía a través de una enfermera amiga del Gringo que llegó a Quito y que Ella nunca supo qué clase de relación mantenían: si el hombre estaba deprimido, la enfermera estaba loca.
Ella vivía un infierno. Los días de hospital terminaron y El Gringo volvió a su casa. Acudieron a psicólogos, psiquíatras y demás mientras Ella vivía noches eternas de pesadillas inconcebibles.
Cuando El Gringo decidió vivir como hacen muchos de sus compatriotas en un país extranjero mejoró notablemente.
Superó la depresión y, desde entonces, Ella mantuvo una relación de “aquí estoy cuando me necesites, pero prefiero mi sola soledad”.
El Gringo sigue aferrado a la web buscando al amor de su vida.
Y el antiguo amor, Él, también sigue siendo lo que fue: un hombre que nunca fue lo que Ella necesitaba.

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*Nancy Carrillo estudió Linguística Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Es coctora en la Pontificia Universidad Católica de Quito en administración educativa, Máster en la Universidad Andina en Estudios de la Cultura, lectora de toda la vida, intentos de escritora, trabajadora a tiempo completo, viajera infatigable, siempre trabajando en lo que la apasiona.

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Comments (2)

  1. Daniela Almeida

    09 Nov 2022

    Excelente Nachito, me encantó!!! Te quiero muchísimo!

  2. Raquel rawue

    10 Nov 2022

    Excelente,
    Me encanto

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