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La plaga final. Un cuento de Viviana Garcés-Vargas

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«Ellos me bautizaron como Mario Vera Samaniego. Abuelito era el único personaje que bramaba mi nombre entre las olas del balneario libertense llamándome Martina del Mar».

Por Viviana Garcés-Vargas*

“All I want to do is be more like me and be less like you”.
Numb. Linkin Park

Nací para complacer. Agradar al partido político concho de vino de papá que llevaba como insignia el número 69. Consentir la fe de mamá, a pesar que su iglesia me observaba como una aberración. Satisfacer a unos padres que buscaban tener un niño y engendraron a una mosca.

Eclosioné como una criatura con tres pares de patas, trompa amplia y nauseabunda, pelillos y ganchitos que me permitían aterrorizar a mis padres por los techos, un par de alas y ojos estupefactos. Esqueleto cubierto de vellos, piel bruna y pellejo intuitivo. Papá aseguraba que en la maternidad le cambiaron de insecto, siempre debí ser una mariposa.

Ellos me bautizaron como Mario Vera Samaniego. Abuelito era el único personaje que bramaba mi nombre entre las olas del balneario libertense llamándome Martina del Mar.

Vivíamos a orillas de La Caleta. Ese arco de forma natural e histórica que terminó como un montículo de rocas debido a la erosión y a la construcción inescrupulosa de ciudadelas sin permisos municipales. Allí, papá se escurría entre los poderosos muslos de los pescadores y sus esposas, mamá ayunaba para vencer los defectos carnales de su cónyuge e hijo y abuelito adornaba mis extremidades con coletas rosas.

Recuerdo de mi infancia a papá con camisas fosforescentes encerrado en su oficina de paredes color chocolate y leones de mármol en cada esquina. Contaba pacientemente los billetes que obtenía gracias al sobreprecio de veredas, asfaltos y parques de la ciudad. Se rodeaba de whisky, habanos cubanos y personas que adulaban su inteligencia para
desvalijar a la regeneración urbana mientras me lanzaba a lo lejos figuras G.I. Joe en la cabeza y pateaba con odio mis muñecos de My Little Pony.

Evocaba a mamá con su crucifijo de oro en el cuello. Vestidos largos que ocultaban sus tobillos y una Biblia como centro de mesa. Una perfecta ama de casa, que vivía en la cocina preparando manjares para sus grupos de oración e interminables convocatorias de su esposo que terminaban en juegos de azar y orgías masculinas. Era una limpiadora compulsiva. Solía desinfectar con apremio la humedad de casa, las ventanas, las paredes, los lugares donde yo podía vivir tranquilamente. Cuando me veía posando en las claraboyas, mamá oraba a Dios para no exterminar con Baygón a su bichito marimacho.

Abuelito acostumbraba a examinarme de forma piadosa. Acicalaba las zurras que me propinaban en la escuela por emular los bailes de Locomía. Era la bandita que recubría superficialmente las heridas homofóbicas de su hija y yerno. Mi yayo fue el semental de cabello platinado y arrugas tenues que luego de transformarse en cenizas, seguía velando por mí. Él siempre estuvo consciente que su pequeño microbio no era una abominación, solo había elegido vivir en paz.

No obstante, la calma era poco compatible en la familia Vera Samaniego. A los 14 años era una crisálida. Vivía encerrado en un capullo, donde permanecía inmóvil y sin alimentarme. El excremento ya no me apetecía y en diferentes ocasiones regresé del colegio con magulladuras en mi hocico porque gritaba a viva voz que era una alimaña con vagina. Mamá se santiguaba cada vez que usaba la falda de tablones azules como parte del uniforme y papá golpeaba las paredes hasta que sus nudillos sangraran cuando le increpaba mi verdadero nombre: Martina, la del mar.

A esa edad brotaron los primeros signos de la adolescencia, que yo rechazaba mentalmente. El vello facial era una mancha alrededor de mis labios y barbilla. Mis brazos y dorso engrosaron a pesar de las huelgas de hambre de perros en descomposición. Las cuerdas vocales se alargaron y yo solo aspiraba a cortarlas para tener una voz aguda. Al escuchar al profesor de matemáticas, mi falo se agrandaba y endurecía. Necesitaba callar a mis compañeros que gritaban al unísono: allí va el mariquita arrecho.

Empecé a navegar en el oleaje cibernético para así pretender silenciar la confusión sexual. A procurar concederme falsas esperanzas, a pesar que mamá citaba en sus oraciones antes de cenar que Dios le tenía repugnancia a todos los degenerados, olvidando a papá que, con tres vasos de vodka, bailaba con su director de campaña.

En la red citaban pastillas e inyecciones para evitar el desprecio en casa. Un botiquín de Aldactone y Estrogel al cual no tenía acceso. El sistema de salud pública quería mermar el desarrollo de mi verdadera feminidad. No obstante, gracias a los permanentes estados de embriaguez de papá, cuando lanzaba ceniceros, botellas de colección y Las Sagradas Escrituras de mamá, podía reptar en el tumbado del estudio y volar con los billetes desperdigados en el sofá de lino fino.

La noche en que cumplí 15 años fantaseaba con haber desarrollado curvas en glúteos, piernas y senos frondosos. Mi cabeza estaba al fondo del sanitario regurgitando las falsificaciones de la terapia hormonal que había afectado el funcionamiento natural de mi organismo. Mamá exigía que le pidiera a Dios perdón por la vida y papá llamaba a la
nueva clínica ubicada por el cerro Engoroy. “La voluntad del Señor”, me ayudaría a eliminar mi orientación sexual.

Una ambulancia acudió a casa en absoluto silencio luego de la medianoche. La sirena apagada delataba a Hades y Can Cerbero, que cuidarían de mí en el sanatorio. En diez minutos llegamos a las puertas del averno. Un frío desolador congeló mis extremidades, mis alitas se inmovilizaron por completo.

Una frase pintada a mano en la entrada nos invitaría a pasar: “Dios no te amará siendo homosexual”. Esa estructura de dos plantas, paredes grises y baldosas curtidas desinfectada con azufre eliminaría mis pecados y el poco respeto que aún le tenía a Jehová.

Desperté un miércoles por la mañana en un colchón mugriento con olor a orina. Rodeado de barrotes, una bacinilla y tres chicos a mis costados. Todos estábamos encerrados en esa celda por diferentes motivos. Estupefacientes, alcohol y preferencias sexuales. Éramos una simbiosis de enfermos. Una mezcla de delitos ante los ojos de nuestras familias y la comunidad.

Can Cerbero pasaba por cada jaula lanzando garrotazos en las verjas para despertar a los pecadores, a los fracasados. Nos poníamos un pantalón y camisa naranja. Era el  momento de desayunar. Pasábamos al comedor central lleno de bancos desvencijados y mesas apolilladas a orar y eliminar nuestros delitos. Un plato mediano de galletas Oreo, una botella de medio litro de V220 para activar el centro del placer y dos antihistamínicos para controlar nuestras acciones.

Era el momento de implorar. El pastor Astaroth, a cargo de “La voluntad del Señor”, tomaba un megáfono y pedía a los solicitantes arrodillarse. Repitan conmigo: «Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados ni los homosexuales heredarán el Reino de Dios. Amén».

Minutos más tarde, nuestra voluntad se vería doblegada por el Benadryl. Hades nos llevaba a rastras a los calabozos. Empezaría la terapia de desintoxicación.

Dieciséis integrantes, entre hombres y mujeres, éramos acostados en colchonetas extremadamente finas. Apilados unos cerca a otros, formando un círculo. Can Cerbero y Hades descargaban corriente sin anestesia general a nuestros cerebros a mediana intensidad, ni muy fuerte para dejarnos noqueados, ni muy baja. Solo requerían reiniciar el
cerebro. Nuestros músculos quedaban con sobresaltos. Hades aseguraba que los demonios pronto serían expulsados.

Al día siguiente, Can Cerbero nos llevaba de forma individual a una habitación sin luces. Nos sentaba frente a una pantalla de proyección y fotografías y colocaba electrodos en los tobillos y muñecas. Aparecían las fotos de hombres y si no eras rápido para pasar a la siguiente imagen recibíamos cubetazos de agua helada.

Deuteronomio 23:17. “No haya ramera entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel”. Amén.
Ya no identificaba el estado del tiempo, mucho menos si el alba nacía frente al cerro.

Empezaron a quitarnos la interacción entre sí. Necesitábamos educar al cuerpo, renunciar a los pensamientos pecaminosos, arrepentirnos de los seres humanos que alguna vez fuimos. Nuestros cuerpos estaban perdiendo completamente la voluntad.

La primera vez que una de mis compañeras intentó escapar fue una conmoción. El pastor, Can Cerbero y Hades salieron en busca de la mosquita. La encontraron con las alas mustias un par de cuadras más allá de la clínica. Hades se encargó de cobijarla en sus brazos. Astaroth la sometió en medio de sus glúteos y Can Cerbero la orinó encima.
Estuvo tres días sin comer y dormir.

El segundo intento de fuga, un dipsómano intentó desertar por medio de las grietas del tumbado. La cucaracha fue colgada en un arco de volley y allí la dejaron durante toda la noche. El pastor condenó su presunta partida citando el nuevo testamento: 1 Corintios 6:9, “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los  fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones”.

Las bodas de algodón serían celebradas a lo grande. Dos años de sembrar voces de consuelo y liberar los demonios del cuerpo. Globos blancos, guirnaldas, piñata, platos de cartón, cubiertos desechables. Varios tipos de carnes eran servidos por Can Cerbero.

Astaroth encendió una vela, todos cantaban dentro del cansancio y el exceso de sueño. Can Cerbero y Hades rociaron al pastor aerosoles de serpentinas. Astaroth empezó a arder junto a la vela en llamas. El fuego abrasó a las plagas, a los transgresores, a los espíritus malignos.

Yayo me esperaba en los círculos del infierno. Ahora sí podrás vivir en paz, Martina del Mar.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Ha publicado su primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021) y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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