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Por Viviana Garcés-Vargas*

“No soy un maniquí en el escaparate
de tu tienda favorita”.
Rupi Kaur

Paula Álvarez Alcóser fue criada como un maniquí. Piel de goma, opaca y mortecina, cabeza de cartón. Huesos moldeados por rigurosas dietas, parangonada con los figurines de revistas, contadora compulsiva de calorías.
Cabello con raíces de maíz, nariz elegante y bien formada. De rostro dulce, mirada desenfocada, ojos vidriosos, hombros caídos, horriblemente triste. La muñeca ventrílocua de 18 años que el tío sacerdote, cuando aparecía en sus oraciones, exhortaba a transformarse en una niña mala.
Las formas de su cuerpo eran intachables. El adorno que sobresalía del aparador de mamá. Su progenitora, Amparo, le auscultaba a diario los pechos abultados y exigía que Paula se bañara frente a ella para rastrear huellas masculinas en su impoluto talle o alguna modificación milimétrica de la extensión en sus caderas. La madre de Paula pretendía ser su arcángel, la mensajera espiritual de Dios. En realidad era la emisaria de Satanás, quien aguijoneaba su carne y la abofeteaba para advertirle que su virginidad siguiera intacta.
Madre e hija vivían en uno de los bloques en Sauces 6. La ciudadela del pollo rostizado, los cangrejales, callejones empedrados y peatonales con maleza. En un departamento minúsculo, con una refrigeradora vacía, piso que acumulaba polvo y revistas apolilladas de gimnasia artística desparramadas en cada rincón de la vivienda.                  Amparo recortaba los patrones de cada magazine para copiar los modelos de trajes de las atletas. Visualizaba a Paula con un body de lentejuelas siendo la ganadora de competencias internacionales de pole dance. La matriarca quería vivir su sueño a través de la hija y que pudiese sacarla de ese cuchitril.
El único sustento estable que tenía la familia Álvarez Alcóser era el dinero que generosamente otorgaba el hermano menor de Amparo, el padre Alexander.
De voz socarrona, nariz de zorro, animal del apocalipsis, barba que gustaba rozar pechos femeninos y chistes picantes. El cura, líder de la pastoral de juventud, recolectaba dinero en las misas dominicales para crear un comedor comunitario destinada a la gente en situación de calle en la ciudadela del infierno: “Socio Vivienda 2”. No obstante, parte de ese diezmo se esfumaría sin ser contabilizado de las arcas de la congregación para cumplirle el más grande anhelo a su hermana Amparo.
En las homilías, el reverendo animaba a la comunidad a aportar económicamente al proyecto en el cual brindaría desayuno, almuerzo, cambios de ropa e higiene a los más necesitados. En las riberas del Estero Salado, la Policía no podía entrar debido a los permanentes enfrentamientos con fusiles. Dios lo ayudaría a tumbarle la puerta a Belcebú para suministrar provisiones sin peligro alguno.

La contribución que recibía la hermana del padre Alexander se destinaba para la indumentaria con la cual entrenaría Paula. Camisetas y pantalones muy cortos, zapatos de tacón de opciones brillantes, guantes de laca como soporte de
seguridad y vendaje para reducir lesiones. Todo de color violeta. Una dieta basada en carbohidratos, frutas y verduras. Y, por último, la cuota mensual para ejercitarse en la instalación deportiva.
A cambio, Paula apoyaría como voluntaria luego de entrenar en la preparación de alimentos. Su tío le brindaría alojamiento en el dormitorio anexo a la casa de comidas. En cuanto la jovencita escuchó dónde sería su nuevo lugar de descanso se quedó contemplando al reverendo en un recoveco, petrificada y absorta. Amparo besó las manos de su hermano para demostrar gratitud, mientras miraba con disimulo la reacción de su hija.
Paula salía del comedor comunitario de manera puntual a las 7 en punto, luego de rezar una hora arrodillada frente a la figura de mármol del apóstol San Judas Tadeo. Su tío invocaba al patrón de las causas imposibles para que alias Foca dejara de sembrar terror en la zona mientras le acariciaba los pies a su pariente.
La niña de ojos alicaídos tomaba su mochila en la que llevaba su vestimenta para ejercitarse y un machete para defenderse de las bandas criminales. Esperaba cinco minutos en el paradero y tomaba el bus #136 que la llevaría en 40 minutos al gimnasio.
Solo en ese lugar de paredes color pastel, con múltiples diplomas y copas en sus estantes, la futura reina del tubo se sentía liberada. Se despojaba del calentador y de inmediato se emancipaba con su top de algodón y lycra corta al bailar. Paula se movía de forma sensual en la barra vertical al ritmo de Beyoncé, ensalzada por sus compañeras y entrenadora, que al igual que la joven buscaban tonificar sus músculos y reafirmar su autoestima.
8:30 am. Paula volvía a atragantarse con sus palabras y a encorvar su columna. Debía regresar a la hoguera, a la eterna obligación de hacer feliz a su madre. Los platos del desayuno la estaban esperando para ser lavados y Amparo aguardaba para examinar si las bragas de su primogénita tenían líquido preseminal. La próxima bailarina descendía la cabeza e iba a bañarse. Debía cumplir una nueva jornada en la cocina.
Luego se colocaba un mandil, desinfectaba las hornillas con lavandina, trapeaba el piso con detergente y preparaba las cacerolas, mientras su madre supervisaba el trabajo y verificaba que tanto ingería Paula de comida, aseverando, con voz taimada: “Las bailarinas de tubo no son gordas, hija”. Ella solo acertaba a arrugar ligeramente el entrecejo.
El comedor se cerraba a las 5 pm, justo en el momento en que las patrullas policiales empezaban a hacer rondas en el barrio. Bandas narco criminales ya habían cumplido con su papel diario: desplazar familias de sus inmuebles. Paula cerraba la puerta con tranca de madera y ventanas sobreponiendo sacos de cemento para que las balas no llegaran a filtrarse. En la fonda solo quedaban ella y el padre Alexander.
El reverendo encendía cirios rojos en la pieza completamente blanca contigua a la cocina. Invitaba a Paula a descansar. Una cama de fierro los esperaba. Allí, cara a cara al crucifijo de Jesús de Nazareth, rey de los judíos, le pedía a su sobrina que se acostara. De inmediato, el reverendo le vendaba los ojos, tomaba varios metros de cabo y le amarraba las piernas y las manos en las esquinas del camastro. Solo quería verla sufrir porque, si resistía, estaba realizando una ofrenda a Dios.
De inmediato, el sacerdote se retiraba el cuello clerical de plástico, la camisa morada, el pantalón de lino negro, los zapatos mocasines y se tendía encima de Paula. Le subía la blusa hasta llegar al cuello y le bajaba el short pijama de ositos para escarbar su cuerpo con la barba trasnochada y encontrar una segunda piel. El clérigo derramaba el líquido dador de vida en el vientre plano de una jovencita que balbuceaba palabras ininteligibles. Era la dinámica del pecado.
Fue la primera noche en la que el padre Alexander Alcoser purificaría a Paula Álvarez de la transgresión que hacía con su cuerpo al practicar pole dance. A pesar de ello, mientras más la tocaba, más lograba que Paula perdiese la fe.
Paula no consiguió dormir. Los disparos se filtraban por los techos vecinales. Sus manos y pies tenían marcas de tortura. Ya en la madrugada, logró encogerse como de muerte en una esquina de la estancia. El sacerdote despertó a las 4 am a invocar las letanías. La niña se metió en el baño a estrujar su esqueleto manoseado. Luego debía tostar los panes, colar el café e ir a entrenar.                                                                                                                                                     Iba llorando en el transporte público, intentando cubrir los moretones en sus muñecas y tobillos. Llegó al recinto y maquilló los cardenales, una hora entre canciones de Katy Perry, Rihanna y Aerosmith a lo mejor lograría equilibrar su estabilidad mental. Al momento de despedirse de la instructora le mostró la palma de su mano con el pulgar doblado, cerró el puño y escondió el pulgar entre los dedos y partió hacia el comedor comunitario.
El ocaso de ese miércoles sería más largo que los convencionales. El padre Alexander esperaba a Paula para conversar sobre su plan de vida personal, la observaba como una líder. Desnudó a la adolescente y regó en ella vino consagrado. Lamió sus magulladuras y la metió en la tina para bañarla con agua hirviendo. Decía que necesitaba que su sobrina venciera al maligno.
Paula era admirada por sus movimientos acrobáticos, las expresiones artísticas y elongaciones. La elasticidad de la atleta era superior al de sus compañeras. La entrenadora gustaba practicar piruetas dobles con Paula.
Ambas se agarraban del tubo con los brazos, enviando el resto de sus cuerpos hacia arriba, y abrían sus piernas. Las aplaudían. En un receso, la preparadora le dijo a Paula que podría postular como artista enviando un DVD para demostrar su talento en diferentes castings. Ella la ayudaría. Paula sintió alivio.
Amparo esperaba ansiosa a su hija en la entrada de la cocina. La niña se había demorado 20 minutos más de lo normal. Era el tráfico, las colegas, el resistir con la cabeza hacia abajo las piernas en el aire y sostenerse únicamente con su cuerpo. Paula sonreía, pero su madre le quitó la expresión de felicidad con una bofetada.
La matriarca necesitaba dinero, había sido extorsionada por una banda y su hija no le estaba generando réditos. La envió al fogón, allí al menos sería de utilidad.
Pasaron los días y Amparo, ávida de capital, rebuscaba en cada rincón del comedor la habitación, el baño. Las pocas monedas que tenía Paula en su mochila no servían, la madre empezaba a desesperarse. Esa noche, el cura Alexander decidió no purgar los pecados de su sobrina.
Al otro día, el sacerdote había despertado antes de las 4 am, transpiraba en época de verano y no entendía por qué. Paula no se encontraba a su lado. La buscó por cada rincón de la casa comunal. El baño, la caldera. Pensó haberla visto doblegarse en el zaguán. No la encontró. Era la fecha de auditoría y el cura decidió dedicarse a ello, Paula ya aparecería.
Amparo tocó escandalosamente la puerta del comedor. Los Tigretones la seguían, necesitaban el 10% de la vacuna. Su hermano abrió el portón, tres integrantes de la banda venían tras la matriarca. Tumbaron las mesas y sillas de plástico, las ollas curtidas y destrozaron los platos de loza. Venían por dinero.                                                                        Los hermanos temblaban de miedo. El cepo donde se recogían las limosnas estaba vacío. Paula había dejado una copia del disco digital. La habían aceptado como danzarina temporal en “Luzía”, un espectáculo del Circo Del Solei que sería su primera función internacional. La pandilla oprimió el gatillo para disparar. Fuegos artificiales se escuchaban en el aire.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Ha publicado un primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021) y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

 

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