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«La voz de la pandilla». Una crónica de Víctor Vizuete Espinosa

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Ese viernes bajamos pisados de una party turra que nos dejó medio alelados. Íbamos para la home cuando, de improviso, de la tienda de la doña que vende los caldos salieron como unos ocho manes que, sin más ni más, nos cayeron a puñetes. No eran más de las dos de la madrugada.

Tente durito, pana. Ahí se armó el relajo. Eran de la pandilla de Los Simpsons, giles a los que les aventamos dos de sus peladas hace ratón.

De pronto, dos de los caraduras desenvainaron dos matachanchos y ahí si fue el despelote, brother. Uno de los hijues corría detrás del Johnny porque era el del farol y “suk”, que le introduce toditito el fierro por la espalda.

Los tipos se hicieron humo y nosotros cogimos al Johnny y le llevamos volados al Hospital del Sur. Caímos pero preciso. El “Mechas” no se nos fue por un pelo, ñaño. Pura suerte que se salvó. Pero que los tortas nos pagan, nos pagan. La plena, brother…

Y “Chico Willy”, jefe de Los Swing, pandilla juvenil de uno de los barrios duros del sur quiteño, con unos 20 miembros que van desde los 14 a los 18 años, incluidas siete mujeres, jura y perjura mientras se empina un vaso lleno de “pichón rojo” (Norteño mezclado con gaseosa de mora).

Nosotros le hacemos al rap y al rock. Al rock suavecito, clásico. Jimi Hendrix, Jim Morrison, The Doors. Aunque también nos perforan Metálica y U2.

Nos reunimos en la esquina o en el parque que hay arriba de las Multi. Le hacemos al fúter y al voley y en las noches al go y al solfeo.

No. No le entramos a la pasta. Cuando más un baretito. Nunca ponemos el brazo por las puras, pero si por ahí se asoma algún bobito no hay que desperdiciar. No está el tiempo para hacerle ascos a nada, ¿cachas?

El que tiene bola gasta para los demás. Aquí somos uno para todos y todos para uno. Solo nos bajamos a los plutos y una que otra cadenita a alguna doña que anda por ahí emperifollada y provocando.

Las broncas son por los dances y las peladas. Cuando alguno de nosotros se goza una pata sucia de otra pandilla es papayazo seguro. Nos bronqueamos con piedras, correas, manoplas, con lo que tenga uno a mano. Eso sí que es puñetiza, brother, la naple.

Hay que cuidar el espacio que se ha ganado, ¿entiende? Nadie nos pasa por arriba, panela. Este fortín es nuestro y de nadie más.

No, no usamos fogones. Solo Gasparín tiene una chispa pequeñita. El otro día, el muy hijue le hizo salir pisado a su padrastro porque le pegó a su vieja. Más que liebre corría el man. El susto que se llevó el jaibo fue muy hijueperra. Ja, si hubiera sabido que esa lumbre estaba sin fuego, que no tenía balas.

No, qué va, dice Percy, otro adolescente con cara de veterano de guerra. No hay chance de estudiar. Los juchos no levantan billetiza. Con decirte que ni para el arriendo de la choza alcanza. Solamente seis de los nuestros le hacen a la letra, cuatro son chavas.

La mayoría sí estudiábamos antes. No sé. Tal vez el año que viene, si la cosa no se pone perecosa. Por ahora le hacemos a la chamba ocasional: pintar casas, arreglar carros, reparar muebles, hacerle los mandados a algún palitroque. Entonces tenemos que dar la vuelta si queremos un weekend bacano, panita.

Rosendo habla mientras los ojos se le ponen chinotes por el efecto de la marihuana. Los rayas y tiras no nos muerden. No se meten con nosotros, como tampoco nos metemos con ellos. Cada uno hace su camello, viste.

Huir del peligro no es ser cobardes, ñaño. Solo si tenemos gente más dura o mejor armada que las otros grupos vamos al encuentro. Si no, nos aguantamos y nos preparamos mejor. Pero si nos han desafiado, de la forma que sea, cualquier rato nos cobramos.

No nos hemos bajado ningún estuche todavía, pero si algún momento lo tenemos que hacer, no dudes, viejo, que lo haremos. Así está hecho el mundo, así hay que darle.

Eso que le hicieron al Johnny nos tienen que pagar. La plena que nos pagan. El Mechitas aún no puede moverse y su vieja, que trabaja limpiando cielo, ya no tiene para comprarle las recetas. Algún paro le hemos cruzado pero no es sufi.

Ya veremos cómo la hacemos. Yo soy Caralinda y la más ducha de las nueve. Tengo 16 años y he vacilado con la mayoría de mis compañeros. Mientras me empino un vaso con pecho rojo y lanzo un certero escupitajo al centro de un caño abierto, proclamo la sentencia swing: la venganza es dulce, muy dulce. Es la vida, hermano, qué le vamos a hacer.

______________________________________

*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

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