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«Una boca sin dientes», cuento de Jorge Vargas Chavarría

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Por Jorge Vargas Chavarría*

Con frecuencia, sueño con una boca sin dientes. Una boca como un agujero negro que engulle un barrio entero, con sus casas, autos y habitantes. He tenido sueños raros desde niño. «Tú sí que eres raro, Nico», me decían en el colegio. A mi abuelo, por el contrario, le parecía que mis sueños obedecían a un don. Estaba convencido de que yo, con trece años, había desarrollado una sensibilidad que mis hermanos no. Y de la que yo, sinceramente, habría querido deshacerme.

Mis hermanos sostenían que yo era el nieto favorito; el que recibía los mejores regalos o billetes por cualquier favor. Lo cierto es que yo era el único dispuesto a ayudar al abuelo a reparar las averías de su casa: un tomacorriente flojo, una tubería rota, esas cosas. No podía no ser atento con él, que era la única persona que escuchaba mis sueños con atención. Por eso ha sido tan difícil borrar de mi cabeza la imagen de su cuerpo roto escalera abajo. Ese instante que ha atravesado mi adolescencia y mi adultez, y ha sido un luto que mi familia nunca supo acompañar.

***

Por las mañanas tomo unas galletas de la alacena, una fruta de la nevera, y un jugo en cartón que meto en mi maletín. Desayuno en el auto de camino a la agencia porque llevar meses durmiendo mal hace que haga muchas otras cosas mal. De hecho, todo lo que no sea dispersión se ha vuelto una sensación extraña.

El silencio en la agencia solo puede significar que hay un conflicto gordo que nadie ha visto y que hará que nos griten: «¡nadie se va hasta que arreglen esta pendejada!», como si replantear estrategias de marketing fuese algo de unas horas, o al equipo le quedaran energías después de las cinco. En todo caso, no me quejo con nadie porque el sueldo no está mal y me permite costear una vida independiente. Una decisión que hace que los veinteañeros que apenas se inician en este mundo soñado del marketing, al que muchos llegan creyendo que las marcas los volverán ricos con regalías exorbitantes, me observen como un ídolo que ha podido abandonar el yugo de los padres. Los chicos de veinte hablan así. Todo son extremos. Ojalá mis sueños fuesen sobre volver a mis veinte con deseos de un futuro de éxito y reconocimiento. Es gracioso cuando, al conversar con estos veinteañeros que no duran más de seis meses en la agencia, me dicen cosas como: «escogí esta carrera porque no soporto la presión y las reglas. Yo no podría estudiar medicina ni una ingeniería», como si en nuestro ámbito todo fuesen likes, sonrisas y ovaciones; como si en este mundo no se sintiese el azote de la adultez en la espalda.

***

Llevo puesta una camiseta de My Chemical Romance y unos jeans negros que fueron mis favoritos a los trece. Reconozco este paradero de bus porque me bajé aquí durante años, cuando traía encargos que mi mamá le enviaba a mi abuelo. La señora a mi lado es una de sus vecinas, doña Pilar, una mujer amable a la que le calculo unos cincuenta años. Como mi abuelo había enviudado tiempo atrás, mis hermanos lo molestaban diciéndole que se casara con ella; que habían escuchado que sabía bailar y cocinar bien.

Esta no es la primera vez que doña Pilar y yo coincidimos en este paradero a esta hora en que la noche todavía es una amenaza incierta. Por eso nos saludamos con cariño. Ambos sabemos que caminaré recto por la calle porque la casa de fondo es la del abuelo.

Esta es la calle sobre la que la boca se agiganta en el cielo y lo devora todo.

Es aquí: este es el lugar de mi sueño.

***

Me ha despertado el calor. Me tomo un vaso de agua fría mientras camino por el departamento como acostumbro en las madrugadas. En las noches insomnes me tumbo en el sofá frente al televisor de la sala. Busco algún documental o el concierto de una banda mediocre que me aburra lo suficiente como para quedarme dormido.

Me paso la vida así: incapaz de entender mis recuerdos y mis pensamientos. A esta edad no poder enunciar algo es vergonzoso. Es reconocerse inútil. Es, de algún modo, darles la razón a mis hermanos en que «solo los locos sueñan tan seguido».

Incumplo mi promesa de no trabajar en casa al atender los pendientes de la agencia. Me gustan las ilustraciones como fondos de pantalla de mi laptop. Ahora mismo tengo una figura gótica que me recuerda la época en que ilustraba con bocetos lo que ocurría en mis sueños; las imágenes que yo no sentía como un delirio sino como experiencias. Dibujaba para que, al mostrarlas a mis padres, me ayudaran a encontrar algún significado.

Los bocetos me hicieron entender que mi abuelo tenía razón: era mejor no compartir nada con mi familia porque: «La gente no entiende los dones», dijo, e hizo un guiño para animarme. En los ojos de mi madre, en cambio, nunca hubo guiños sino la mirada que se dirige hacia quienes han perdido la cabeza.

En mi bandeja de entrada hay un reclamo de un cliente y correos de los jefes que se leen como gritos. «A los clientes, les respondes al segundo, a la medianoche o a las seis de la mañana», eso es lo que dirían, sin duda. Nos lo han recitado mil veces en la agencia. Casi tanto como el: «deja de chupar, Nicolás», que al gerente le encanta decirme. «Cargas una cara de culo. De culo feo», me ha aclarado incluso. «Consíguete una novia que te quite la depresión», y lo que hago es seguir tipeando en la laptop.

El problema del cliente se resuelve sobre las siete de la mañana. A nadie le pareció que ese correo podría haber esperado unas horas ni que las horas libres debían respetarse. Mis compañeros saben que los felicitarán por esa mierda de «ponerse la camiseta» que se inventaron los empleadores. Que haber estado en línea en la madrugada es un gesto para la empresa. Y, en este punto, ciertamente, no me importa regalarles mi tiempo a los dueños con tal de ocupar la cabeza en algo. Después de todo, ningún concierto malo me induce a conciliar el sueño ni esta ni varias otras noches. Pierdo, además, el apetito y el pelo. Tengo urticaria, insomnio, colon irritable, gases. En definitiva, una salud que pudiera ser la de un hombre dos veces más viejo.

***

Nos enteramos por los vecinos que mi abuelo y doña Pilar habían discutido. La razón nunca se supo, o por lo menos no llegó a oídos de mi familia. Debí habérselo preguntado yo mismo. Yo estoy en el portal de la casa, tocando el timbre mientras ella pasea a su perro. Le grita: «¡Eh!, ni se te ocurra», cuando el animal levanta la pata sobre la fachada de una casa. Saludo a doña Pilar agitando el brazo en el que me tatué el logotipo de Evanescence con doce años. Si bien a ella no le sorprende, en el colegio me obligaron a llevar abrigo por el resto del año lectivo. Querían que cubriera eso que tanto los profesores como mis padres llamaron aberración. El tatuaje es de mis memorias favoritas porque, en años posteriores, en mis veintes, a las chicas les causaría nostalgia, y la nostalgia puede ser una antesala al sexo.

«¡Abuelito, soy Nico, ábrame!», grita mi voz adolescente.

Sucede así siempre: mi cuerpo de trece años tiene la conciencia del hombre de treinta y cuatro que duerme en un departamento al norte de la ciudad.

La voz de doña Pilar suena tan real y tan cercana. La calle, los autos, los vecinos, las casas antiguas sin tantos barrotes para aplacar a los ladrones. Todo intacto. Y aun, estando en la vereda de enfrente, escucho a doña Pilar susurrar: «Mijito, no». Es entonces que el abuelo abre la puerta y me recibe con un abrazo. Luce igual en cada sueño: los cinco pelos que tiene en la cabeza, blancos; la nariz, ancha; la cara con rosácea y escamas de piel muerta que se desprende al contacto. Su casa huele a grajo y ñoña. Hay hongos en las paredes de la cocina; cucarachas y moscas que no se esfuman sin importar los esfuerzos de mi mamá en cada diciembre, cuando asea la casa, previa a las decoraciones de Navidad. Esa era la temporada del año en que mis tíos, mis primos, todos, fingían interés por la vida de un hombre viejo a quien ni sus vecinos miraban al saludar.

Pongo los encargos de mi mamá sobre la mesa del comedor y le doy instrucciones para cada ungüento y cada píldora. «Tómatelas con agua, no con café», le insisto. El abuelo me pide que deje la receta médica pegada a la nevera para no olvidarse de nada. Me pregunta cómo va el colegio y si ya me gusta alguna de las chicas. Le cuento que ahora soy parte del equipo de volley y que mi papá dice que este deporte me volverá un hombre alto.

A mis hermanos les sorprendía la facilidad con que el abuelo se dormía en todas partes. Seguía cualquier conversación sin problemas hasta que la otra persona lo descubría acurrucado en un mueble. Esta no es la excepción: lo descubro babeando con los ojos cerrados. Así, subimos a la habitación en el segundo piso.

Todo está sucio. Hay tanto polvo que pareciera que nadie duerme allí; telaraña en los vasos de agua medio llenos y una cama con sábanas que huelen a orina. El abuelo responde con quejidos a mis comentarios sobre la suciedad que, claramente, no le importa en lo absoluto.  «Quiero que hagas algo por mí». Y como está sentado en el borde de la cama le ayudo a cambiarse la camiseta sucia. Tiene pelo y ampollas en los brazos. «Ya sabes…»—continúa, «que tus hermanos nunca se acuerdan de este viejo». Se acomoda las mangas sobre los hombros y me soba el pelo. Como parece olvidar lo que quería decirme, aprovecho para contarle que en el colegio ya no me dicen Nico sino capitán, porque piensan que terminaré por dirigir al equipo. Mi vida adolescente de decisiones apresuradas y obsesiones sin sentido nunca le han aburrido. En algún punto de nuestra conversación me acaricia el tatuaje y me dice que siempre le ha parecido estupendo. «Bacansísimo»—agrega, para sentirse menos viejo. Recuerdo—siento, de hecho—el temblor de mis piernas cuando el abuelo me pone una mano sobre un muslo y me pide al oído que le deje lamerme los dedos. Mi abuelo debe tomar mi conmoción como un sí porque tarda poco en chuparme el pulgar. Lo hace con delicadeza, despacio, estirando los labios, haciendo un sonido con la lengua que a veces escucho en mis otros sueños y me obliga a despertar empapado de sudor. Inmóvil, lo único que digo es: «Abuelito…». Y en ese momento—creo, siempre lo he creído así— advierte que, a pesar de estar asustado, no me costaría nada lanzar un puñetazo. Por eso me sostiene las muñecas con fuerza. Su piel muerta se adhiere a mis manos en tanto se las frota por la cara con algo que a esa edad llamé hambre.

Mi abuelo me hizo conocer el asco.

Estando tan cerca de su cara descubro su sonrisa roja: su boca sin un solo diente; sus encías inflamadas y con llagas; su aliento fétido. Grito que me suelte, varias veces, antes de que responda: «Yo nunca te pido nada, Nico. Solo cállate», y luego sigue sobando mis manos en sus mejillas, cerrando los ojos y gimiendo, embarrando en mis dedos la grasa en su frente.

Consigo liberarme en un arranque de adrenalina que me permite llegar solamente hasta el pasillo. Lo escucho gritarme: «¡No te vas, chucha!», antes de arrojarme una jarra de cristal en la espalda. El golpe me aturde y tropiezo.

— Si te vas, te juro que les diré que tú me pegaste. Me haré un agujero en el brazo con una jeringa y les diré que me la enterraste tú, con rabia, porque me oriné encima y no fuiste capaz de soportar el olor.

Me levanto del suelo y puedo ver su pantalón humedecerse. Se ríe y me dice: «Mira qué fácil». La risa de los monstruos no se olvida nunca.

— Ah, te da miedito, ¿no? Sabes que tus papás están hartos de tus pendejadas y tus sueños. Solo los locos sueñan tanto y a los locos nadie los escucha.

— ¿Qué te pasa, abuelo?

— ¡Ya, chucha, no llores! —me ordena—, no te estoy pidiendo que te quites la ropa. Cierra los ojos un ratito nada más.

Me tira del brazo y pega mi cuerpo pequeño al suyo. Acerca su boca a mi oído y dice: «Ya, perdóname. Son las pastillas que me ponen así, Niquito» y, por un segundo, mi yo adolescente, fanático del punk y el volleyball, le cree. Mis papás no me enseñaron que a veces la familia miente para obtener algo; que la sangre a veces no cuida a la sangre; que las heridas de la familia perduran hasta los treinta y cuatro años, haciéndonos llorar en soledad, golpeados por la culpa.

El abuelo no me suelta. Vuelve a pedirme que lo perdone; que se trata de un impulso. «Es un ratito, Nico», dice, «Es un ratito». Siento su panza embestir mi cuerpo, su olor a caca y baba seca. Las ampollas de sus brazos reventándose sobre mi piel.

Afuera de la casa, en la calle, Doña Pilar y el perro esperan que esta vez salga y les explique que todo está bien; que el abuelo se quedó dormido después de tomar sus pastillas. Que entonces camine a la estación y espere al autobús para volver a mi casa. Pero eso nunca ocurre.

El cielo sobre el barrio se oscurece. En ocasiones, cuando se hace de noche, escucho a los pájaros sobre los árboles y a los vecinos haciendo sus quehaceres domésticos. Una llave abierta, un teclado, un televisor en la otra cuadra. Mi conciencia está en todas partes.

Los cristales de las ventanas de la casa se agrietan. Le pido al abuelo, entre sollozos, que me suelte. «No voy a decir nada a nadie», le juro, «solo déjame salir». Pero él no se detiene. No importa ni cuánto ni cómo lo suplique.

En este sueño puedo sentirlo todo con mayor claridad: su lengua sobre mi lengua. Su caspa en mi frente y el olor vomitivo de una vejez en curso. Y a pesar de que repito lo que ha funcionado antes, incrustarme las uñas en el antebrazo para causarme dolor, no consigo despertar. Esta vez no consigo despertar. Siento el mismo grito encerrado en la garganta. Siento que de verdad estoy reviviendo los hechos. Siento la pusilanimidad de mi cuerpo adolescente. No se trata de un sueño. No lo siento más así. No puedo despertar ni tampoco soltarme del monstruo que me aprieta el culo antes de llamarme Nico o Niquito, como lo hacen quienes me quieren. El beso del abuelo es el origen de todos mis miedos. Una imagen imborrable. Un dolor perpetuo. ¿Cuántas veces he dicho aquella estupidez de «no voy a decir nada a nadie» antes de despertarme? ¿Cuántos años?

— ¡Déjame!

Y ese grito sacude la casa.

La noche se dispersa por el barrio. Puedo ver desde una ventana cómo se desvanecen las otras casas de la calle. Está por ocurrir.

El perro de doña Pilar ladra, sin descanso, hacia la casa del abuelo. Ella le sostiene con la correa mientras espera que salga. Mientras vigila la casa y casi pareciera sospechar lo que sucede. Los vecinos, en cambio, buscan el grito desde sus portales. Caminan hasta la calle después y miran la casa del abuelo, y el agujero negro que, ladrillo a ladrillo, empieza a tragarse también sus casas.

El abuelo me tapa la boca y me llama «pobre pendejo», porque se piensa que así bajaré los brazos para dejarlo seguir. Corro por el pasillo, intenta detenerme cuando llego a la escalera. Se oye al perro y también a las casas ser arrancadas del concreto por el agujero negro que es la boca que se dibuja en el cielo; las alarmas de los autos, los niños asustados y las ramas de los árboles estrellarse entre ellas. «No te vas, chucha», dice mi abuelo, «¡Que no te vas!». Lo único que existe es este instante en que lo miro a los ojos y escupo con rabia: «¡Déjame!», antes de empujarlo por las escaleras.

De repente, la casa se estremece. Caen las paredes, los cristales, el cemento. Me derrumbo en el piso, embriagado de ese olor de los cuerpos viejos. Resuena la tierra advirtiendo el vacío. El barrio entero desaparece. Y, como en cada sueño, veo en el cielo una boca sin dientes.

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*Jorge Vargas Chavarría nació en Guayaquil, Ecuador, en 1992.  Es escritor, educador e ingeniero químico. Ha publicado los libros de cuentos Aquí empieza lo extraño (Serenity, 2016) y Las cosas que no decimos (Casa de la Cultura, 2018).  Sus textos integran, entre varias, las antologías Despertar de la Hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017) y Antología iberoamericana de microcuento (Torre de papel, 2017). En 2020, resultó ganador del V Concurso literario de microcuento de la UNAE. Una boca sin dientes (La Caída, 2022) es su nuevo libro.

*Para adquirir Una boca sin dientes puedes contactarte con La Caída Editorial a través de sus redes sociales, tanto en Facebook como en Instagram.

*En la imagen aparece Jorge Vargas Chavarría y la portada de Una boca sin dientes. Cortesía del autor y de La Caída Editorial.

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