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Por Sebastián Vera*

La política en Ecuador se ha convertido en un ejercicio para administrar la pobreza y sepultar las aspiraciones legítimas de quienes no pueden cruzarse de brazos y ver morir a los suyos y a sí mismos en la más desvergonzada injusticia. Es preferible saber lo que otros no quieren saber, ahí está el principio moral de una lucha de toda la vida.

 Golosinas ganan a lápices (y las promesas a las propuestas)

Todos tenemos una relación personalísima con la política, y la mayoría nos negamos a entender sus complejidades. La mía empezó como candidato al Consejo Estudiantil en séptimo de básica y mi derrota por cerca de 30 votos, producto de la dulce propaganda (dulces y caramelos contrarios a mis lápices y reglas) del contrincante de la Lista B. Así entendí al electorado en un microcosmos bipartidista, su cambio constante dependiendo de las palabras, las propuestas –los regalos y las promesas más que todo­–, y el cómo se puede dar vuelta a un resultado más allá del “trabajo honesto”. La Lista B ganó y sus promesas de campaña (música en los recreos, mayor participación del estudiantado en decisiones de la escuela) se hicieron realidad como en un cuento de hadas: pura ficción.

Tiempo después, lo de ganar con las justísimas, por el azar, por la desinformación, los regalitos y las promesas se volvió obsceno y real cuando, yendo en bus por Carcelén, vi en una valla publicitaria el slogan político más cutre y patético (por su copia, su deliberada ignorancia y la falta de un asesoramiento comunicacional decente) que he podido leer hasta ahora: “Quito, grande otra vez”. Un 21,3% de Quito eligió a un magnate comunicacional –hoy nuevamente en busca de la alcaldía–, quien justificó la asociación ilícita de su hijo con un “él ya es mayor y sabrá lo que hace” cuando en realidad quería decir “que se quede en Argentina hasta que su delito prescriba”. Hipócritas profesionales, “políticos serios” y nuevas caritas esperan traducir el like y los shares en votos para Febrero 2023. Oh, shit…here we go again…

Al parecer (pero no), todo es la misma pendejada

Mi relación tóxica con la política se afianzó en el colegio cuando, desde mi ceguera ideológica de izquierda (aún me identifico con esa ala política, pero soy más crítico y nada dogmático…algo de lo que, lamentablemente, carece la izquierda ecuatoriana y aprovecha el centro y la derecha), sentía propia la derrota de los rojos frente al neoliberalismo y el capitalismo durante la Guerra Fría. Al pasar el tiempo, esa venda de mística y leyenda, de teoría y de praxis, pasó de bipartidismo, a una fanesca política; de izquierda y derecha a un “a caballo regalado no se le ve el diente”; de los héroes sin mancha a humanos con errores; de los bastardos políticos a los bastardos políticos que aprovechan un momento histórico particular para meterle el dedo a todo el mundo.

Así creo que se debe entender, en parte, la cultura política del Ecuador: como la suma de grandes oportunistas quienes se ven en la tarea de desenmascararse unos a otros para hacer de su tiempo algo más divertido. Ínfimos son los reales casos de quienes practican esa agonística paradójica que es la democracia a favor de aquellos que padecen el poder de un puñado de vivos y giles, de zombies y dinosaurios. Y entre ellos, en su reflejo, nosotros: la misma pendejada turbia y cuántica –a lo Lelín– de átomos de buitres, dictadores, santos y héroes. We´re all the same schmuck diría Dustin Hoffman como Lenny Bruce, y por esa misma razón también debemos entender los esfuerzos de las personas que reconocen y realizan un escrutinio personal y conjunto de esa historia de señas particulares que nos convierte en ecuatorianos: los amnésicos ritualistas políticos de camisetazos, furia y llanto.

La decepción y el despertar

Mi sentir político se consolidó en la universidad cuando un grupo de inoperantes faranduleros ganaron la ASO-FACSO mediante un recuento de votos trucho avalado por el organismo electoral universitario. Fue la primera vez que vi lágrimas de indignación, de rabia, de odio mientras los que ofrecían “farra antes que debate” convertían la asociación de estudiantes en negocio personal, palanca para hojas de vida política y silencio participativo estudiantil. “Esta huevada se repite en todas partes”, le escuché decir a una amiga en la noche, mientras desde las bancas del patio observábamos la facultad con desdén y tristeza. Nos decepcionamos tanto del camino democrático que nos trasladamos al pelotón de fusilamiento el 22 de diciembre de 1849.

Mientras esperaba las balas, sin creer que me fueran a fusilar…el indulto: la tarea de la vida. En esa epifanía, recorrí toda la historia oculta del Ecuador para (re)conocer sus problemas, sus llagas y sus misterios. Sin pedir más eternidad que el presente que me ha tocado vivir, no podía volver amargo aquello que, entre las balas, quería devolverme al vacío. Esa epilepsia producto del horror y la angustia, debía ser traducida en reflexión y memoria. No podía permitirme continuar débil frente al ejército de demonios e idiotas que aprovechan las ilusiones y los filtros para engañar a consciencia a quienes únicamente buscan algo de paz en esta eterna guerra terrenal. Al parpadear y ver a la facultad más oscura, en la luz de su entrada se escurrían, como mantra, las palabras de Dostoievski: “Es mejor ser infeliz y saber lo peor, que ser feliz en el paraíso de los tontos”.

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*Sebastián Vera, periodista ecuatoriano de 27 años. Aunque ama a Quito, vive enamorado del Valle. Nació, literalmente, con la soga al cuello. Continúa vivo gracias a la broma del verdugo. La corbata amarilla ya no le llama más la atención, pero sigue ahí.

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