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Una mujer de novela. Crónica de Magaly Villacrés

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La memoria afectiva es una fortaleza que nos sostiene como humanos y como protagonistas del amor a nuestros

personajes más trascendentes y esenciales. Aquí un tierno homenaje de la cronista a Beatriz, su madre.

Por Magaly Villacrés Obregón*

RIOBAMBA.- La leyenda familiar de mi madre empieza a mediados del siglo pasado. Su nombre es Beatriz, que

significa bienaventurada o portadora de felicidad, aunque la vida que le correspondió es una novela atiborrada de

capítulos escritos con misterios, hechizos, soledades y adioses prematuros, así como intensas y nostálgicas estampas

de su añorado pueblo de Alausí con sus casas añejas, techos de teja, balcones desvencijados, calles empedradas,

serpenteantes e infinitas donde las nubes no se aprecian a lo lejos sino que sus esponjosas figuras blancas

descienden, deambulan y juegan frente a los ojos de la gente como visiones místicas de un mundo ajeno.

Nació en los tiempos en que la escasez era bendición y la sumisión era virtud; fue tímida y silenciosa frente al deseo

de un dulce o de una muñeca y no guarda rencor hacia la madrastra que le cortó sus largas trenzas mientras estaba

dormida, para evitar que fuera a la escuela.

Creció con el misterio del duende, el “puente negro” y el sonido sibilante de una locomotora que se niega al olvido.

El imponente dragón de hierro habría de marcarle la vida ya que, siendo una niña, el tren arrastró trágicamente a mi

abuelo, Segundo Venancio, entre sus ruedas y lo sentenció a una lenta y mortal postración, mientras que mi abuela

Hortensia falleció muy pronto y apenas pudo abrigarla bajo las alas del calor maternal. Su infancia fue un tiempo de

miedos callados.

Era muy joven cuando se dejó envolver por poemas y serenatas nocturnas y aceptó la propuesta de matrimonio de mi

papá. Una vez más, el tren fue el alcahuete en el que ella escapó para firmar el compromiso que sellaría su destino.

Algunos se encomiendan a santos imaginarios o ángeles de la guarda como protección espiritual, pero a mi madre la

acompaña y resguarda un eterno ferrocarril desde tiempos inmemoriales.

Posee el talento de predecir el futuro, leer la mente ajena, dialogar con los animales y mover personas u objetos con

la mirada. Hasta el día de hoy, un vistazo de ella es suficiente para alinear al más revoltoso de sus nietos y un guiño

es permiso inobjetable para alguna travesura.

Su fuente de sabiduría es inacabable. Si la gata de la casa maúlla mi mamá le acerca su plato con comida, luego abre

el grifo y deja caer un hilo mínimo de agua donde la felina bebe, después recorre levemente la ventana para que se

marche y pueda salir a disfrutar de los placeres que depara el deseo gatuno. La mascota está esterilizada, así que no

hay problema con las faenas amatorias.

Domina muy bien el lenguaje de las palomas, las gallinas, los perros y cualquier otro animal que termina postrado en

señal de total obediencia y cariño.

Es todo lo que una mujer anhela ser: hermana, esposa, progenitora, tía, abuela, amiga, vecina y testigo

privilegiado de un mundo que a momentos se desmorona a sus pies, pero que lo recompone cada vez, porque en sus

manos todo adquiere dimensiones bíblicas. Sabe multiplicar el pan para la familia, dio vida a cinco seres a los que

llama hijos y resucitó como Lázaro cuando el futuro la desahuciaba para ser feliz.

Conserva el espíritu de una belleza única, tiene las arrugas nobles de sus setenta y pico de años, la piel suave como el

papel de arroz; camina lento y con dolorosa ternura: dos prótesis reemplazan la agilidad de sus rodillas, pero todavía

brillan sus ojos verdes con antigua pasión, pese a las penurias que en ocasiones rodean sus años, y desde allí

escudriña cualquier secreto oculto.

Contraria a quienes el tiempo les ha corroído la memoria como lepra perniciosa, mi madre recuerda a la

perfección nombres, fechas, paisajes, sonidos, las voces del pasado, las promesas dichas y los pensamientos que

esconde el corazón.

Si alguien acude a su auxilio no regresa decepcionado, ella entiende una esperanza rota o una causa solidaria y para

mí no existe en el mundo un caldo de pollo más exquisito como el que ella prepara. Sospecho que entre los

ingredientes, además del animal plumífero, se encuentran la calma, el abrazo, la complicidad, el perdón y la ternura.

Hace poco comprendí su singular misión para salvar el mundo. A pesar de que cuenta con una lavadora, cada dos

semanas una mujer mayor y con discapacidad auditiva acude a lavar la ropa y suele llegar acompañada de una hija

sin suerte, con dos niños pequeños a cuestas. Entonces se encarga de darles de comer, además de pagarles por el

trabajo, les obsequia cosas y, de paso, consiente a los mocosos con frutas, galletas y algún juguete.

Incluso gestionó con sus amigas para que acceda a un bono de ayuda humanitaria del Estado. Talvez no alcance para

garantizarles un futuro, pero no es menos cierto que con algo de compasión la vida duele menos.

Posee olfato para anticiparse a la llegada a casa de algún hijo, la urgencia de un nieto y luego, con la misma

amorosa paciencia, endulza la taza de té de mi padre y le coloca su medicación del día. Para ella, él es un hijo que

nunca terminó de crecer y yo sigo siendo una adolescente que aún disfruta encontrar escondidos, en mi

bolso de ropa limpia y planchada, manzanas, queso y chocolates.

A pesar de que pocas veces logramos ponernos de acuerdo, mi madre es el amor más largo de mi vida.

Empezó el día de mi gestación y ya dura casi medio siglo. Además, es el único amor realmente incondicional.

Ni los hermanos ni los amigos ni los enamorados del pasado ni mi esposo en el presente podrían amarme así.

Solamente ella ha soportado mi carácter de toro de lidia y ha sujetado mi mano mientras atravesaba la insondable

oscuridad por la partida de mi hija, junto a las espantosas consecuencias de un primer matrimonio que dejó en mí

tantos golpes en el cuerpo y tantas heridas en el alma.

Todo lo novelesco adorna su pasado y sigue siendo así hasta hoy.

Prometo no dejar que el tiempo deteriore los recuerdos y espero un día cercano escribir y contar sus historias antes

de que me haya convertido en comida para peces, siempre que mi familia cumpla con la instrucción de

arrojar mis cenizas al mar.

El afecto de mi madre es envolvente y poderoso como luz de mediodía, y en los momentos más duros de mi

existencia, cuando me parece que se cierran todas las puertas y no encuentro salida, el prodigioso sabor de su sopa

de pollo me viene a la boca para alimentarme el corazón, porque la tristeza solo se desvanece con

una buena taza de caldo.

______________________________

*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio.

*En la fotografía, Beatriz Obregón junto a su esposo en un nostálgico paisaje ferroviario que recuerda el principio de su amor. 

 

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Comments (3)

  1. Ivanny Salinas

    18 Ago 2022

    Una linda historia de amor.

  2. Pamela Vasquez

    18 Ago 2022

    Un abrazo Magaly, un bonito relato hecho con gran sentimiento

  3. Bertha Contero

    11 Sep 2022

    Excelente crónica,una verdadera apología a la mujer, madre y esposa que vista desde la óptica de una hija, nos permite saborear la dulzura del amor filial a través de hermosas metáforas y descripciones maravillosas que evocan lugares y personajes que conozco..
    Felicitaciones a la autora.
    Gracias por deleitarnos con su valioso aporte.

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