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Reseña y fragmento del libro de cuentos de Marcelo Cruz

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Reseña por Christian Espinoza Parra*

 Lo que entendemos por verdad es un alumbramiento definitivo que no solo habrá de echar luz sobre las tinieblas, sino que, además, hará presente lo que antes no estuvo y habrá de hacerlo para siempre. Una verdad capaz de iluminar hasta las zonas en sombra de todo el universo conocido. Una verdad absoluta, decimos, una verdad escrita en mayúsculas al igual que las dimensiones más insondables del amor y del mal. Pero olvidamos que la verdad, toda verdad, es contingente, parcial, personal, que mañana irá tiñéndose con el color de otras palabras, con otros afanes para el futuro, incluso con lo que hoy puede ser su negación más radical. Y precisamente para eso está la literatura, para llegar a la verdad desde una pregunta formulada a través de la forma de un cuento, una novela, un poema, una crónica: llegar a la verdad solo para descubrir que es de por sí una duda. Y respirar tranquilos.

Todo esto me han traído los cuentos de Ya me he explayado mucho y no he dejado que hables, de Marcelo Cruz. Un libro que concibe a la literatura como una conversación con nuestro tiempo —ya decía Borges que todo escritor es un escritor contemporáneo— y con su tradición literaria, como quien dice: desde este libro miramos pasar a los otros a la vez que conversamos con quienes trataron de eternizar en palabras ese paso —Rulfo, Fitzgerald, Eliot, Burroughs—, y al mismo tiempo entendemos a la conversación como la única posibilidad de obtener una respuesta, pero igual que en el cuento Alétehia, esa respuesta podría ser la propia pregunta. En ese sentido, Marcelo nos recuerda que el alétehia es un concepto griego referente a la sinceridad de los hechos y a la realidad, o sea, al develamiento, o mejor, al desocultamiento. Esto podemos verlo, cuenta Marcelo, cuando Pilato le pregunta a Jesucristo qué es la verdad y este guarda silencio, uno que desde su ausencia de lenguaje nos confirma que la verdad no existe porque el hombre la produce —casi siempre a sangre y fuego— y que siendo así «me atrevo a decir que la verdad reside en la literatura. La verdad es la vida misma».

Y para llegar a la literatura uno debe reconocer sus propios límites, auto derrotarse, ir descubriendo que leer y escribir son actividades igual de importantes, nunca disociadas, que en la literatura estamos en el campo de batalla porque somos «soldados rasos», «carne de cañón», porque la escritura nos sobrevive, porque la escritura salva, porque la escritura sucede en las entrañas y nosotros cada día vamos expulsando su vómito negro, porque poder escribir solamente una palabra es una momentánea negación de la muerte.

Creo que por eso algunos personajes de Marcelo reniegan de la escritura, para vivir sin más, pero en medio de esa inercia agonizan, pues se han dado cuenta de que la vida siempre será más importante que la literatura, pero lo saben gracias a la literatura.

Esto hace que sus cuentos tengan la textura de los gestos mínimos que sostienen la vida —un hombre que huye de su pasado, un enamorado no correspondido, cartas y cartas que parecen no tener sobre ni destino— y acaben teniendo una impresión de inacabamiento, pero para que sea el lector quien les ponga un imaginario punto final. Por supuesto, el que más le convenga. Como lectores no sabemos casi nada, cuáles son las causas exactas del presente narrado, pero por una razón: el narrador construye, a cambio, relatos por medio de atmósferas en campos abiertos como abiertos son sus finales; paisajes con reminiscencias al páramo de Rulfo, entre cuyos caminos polvosos y helados los hombres se encuentran con su destino. Hombres que han creído escapar de su sino fatal, pero solo lo han dejado en pausa tras cada huella sobre la tierra. Apenas les basta volver la cara para encontrarlo.

Y a través de lo que parece un caminar de penitente, hay mortales sentencias: «Daba miedo ver aquella inmensidad», inmensidad de un paisaje que es uno mismo desgarrándose entre las piedras del camino y los árboles que van quedándose sin hojas y «el cuchillo del viento» que desangra gargantas a «gritos» y que suena como si «un montón de huesos se despedazaran». Y ante un dolor tan hondo cabe pedirle al otro, si es que acaso este nos ha confiado sus penas, que prosiga, no sea que una pausa en medio nos meta los gritos en el pecho. Y así pasa aquí, los hombres lloran para dentro mientras el viento se lleva sus lamentos, aunque también cifra en esas lágrimas sin llanto la esperanza de al menos no sufrir excesivamente, de que en la derrota de estos seres dolientes nos encontremos.

_________________________________________

CUENTO DEL LIBRO «YA ME HE EXPLAYADO MUCHO Y NO HE DEJADO QUE HABLES»

LOS HERMANOS ARREOLA

Por Marcelo Cruz*                       

«Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentado su alma podrida con la ilusión de la vida eterna.»

Juan Rulfo 

–¡Diles!, diles que volví.

–¿Para qué?

–Para que lo sepan. Y ella, ¿cómo está?

–Se casó.

–¿Con quién?

–Con Fermín.

–¿Fermín? ¡Fermín, mi hermano!

–Sí.

Agachó la cabeza. Pasó la mano por los negros cabellos.

–¿Y mi padre?

–Murió. Serán seis meses el mes que viene.

–Y mi madre, ¿vive aún?

–Sí. Llora todas las tardes en la tumba del viejo.

–¿Hace cuánto se casaron?

–Va a ser un año. Ella te esperó, pero no viniste.

–Lo sé. No me lo recuerdes.

Sacó un pañuelo y se secó el sudor.

El sol de mediodía le golpeaba la cabeza, humedeció sus labios con saliva. Ya no quería preguntar. Era mejor regresar por donde vino o no volver.

Se sentó sobre una piedra blanca –esas de hacer cal– una brisa levantó polvo, él cerró sus ojos. Su sombra era amorfa, no era él. Ya no sabía quién era.

–¿Para qué volviste? –preguntó.

–No sé. Quise, quise, pero no sé.

–¡Ven! Vamos a mi casa.

–No, no debí volver. Ya para qué.

–Te invito una copa.

–No, ya no bebo.

–Te invito a comer.

–Ni hambre tengo.

–Descansa entonces.

–Ya he descansado mucho.

–¿Qué harás entonces?

–Quiero verla. ¿Dónde viven?

–En San Lucas.

–Gracias.

Se levantó de la piedra, sacudió el polvo de sus ropas, se limpió el sudor y se fue –así– como vino, caminando con su soledad. Cuando pasó por el Camposanto quiso ver a su madre. No la encontró –ni a su madre ni a la tumba de su padre–. Solo se encontró con los muertos y esas flores amarillentas y marchitas.

La tarde le fue alcanzando, ni un pájaro, ni un perro. Nadie. Solo el silencio. El camino era interminable y allá por las lomas se divisaban casuchas.

Eran las seis de la tarde cuando llegó a San Lucas. Un poblado pequeño, con gente pequeña, con casas pequeñas. Se arrimó a la fuente de la plaza y bebió un poco de agua, espantó a las palomas con su presencia. Un gendarme lo estaba viendo.

–¿Quién va?

–Busco a Don Fermín, es mi hermano.

–¿Fermín Arreola?

–¡Sí!

–Vaya por detrás de la iglesia, junto a la panadería, ahí vive.

–Gracias.

Retomó la marcha a paso lento, a medida que se acercaba su corazón le explotaba con más fuerza. «¿Cómo estará? ¿Me reconocerá? ¿Por qué se casó con Fermín?» –Se preguntaba.

Al llegar, quiso volverse, pero las piernas no le respondieron, tomó fuerza, tomó aire. Golpeó la puerta dos veces.

(¡Toc-toc!)

La madera empezó a moverse. El chirrido de las bisagras aceitadas era tenue. Ella lo recibió.

–¡Virgen del cielo!, si eres tú –dijo.

–No. Yo era.

–Pero, ¿cómo? ¿Cuándo?

–Hoy, al medio día.

Ella quiso seguir hablando. Él le cerró la boca. No con un beso, no. Se la cerró al mostrarle lo que le había regalado ella hace tiempo, su fotografía, aquel trozo de papel arrugado y gastado por el tiempo. Era un reflejo de sus penurias y su condena.

–Ya me voy.

–Quédate –dijo ella.

–No, no pertenezco aquí.

–Ahora somos familia.

–Yo no tengo familia.

Se dio la vuelta y antes de partir entregó la fotografía a su dueña. Emprendió su peregrinación más allá del monte y del valle.

Al llegar el alba, un arriero vio a un hombre sentado sobre unas piedras. A él. A Felipe Arreola, solo le quedaban las piedras.

_____________________________________________

*Marcelo Cruz nació en Quito, en 1992. Periodista y escritor. Productor y conductor del programa literario El Galpón de los Cuentos Vivientes. Columnista para las revistas Espora (México), y La Ninfa Eco (Inglaterra). Autor de: El gran monólogo (Barba azúl, 2015) y Ya me he explayado mucho y no he dejado que hables (Cactus Pink, 2019 / Huerto de libros, 2021).

*En la fotografía aparece Marcelo Cruz. Foto tomada de Primicias. 

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Comments (4)

  1. Ericka Nieto

    03 Ago 2022

    Acabo de leer una reseña narrada al estilo más poético. Estoy muy contenta de haberme topado con su blog gracias a Twitter.

    • Los Cronistas

      03 Ago 2022

      Muchas gracias, Ericka. Para nosotros también es una inmensa alegría contar con tus lecturas de nuestro portal.

      Saludos afectuosos,

      Rubén Darío Buitrón
      loscronistas.net

  2. Erika Chávez

    03 Ago 2022

    Excelente reseña. Un cuento hermoso 🤩

    • Los Cronistas

      03 Ago 2022

      Muchas gracias, Erika. Te enviamos un gran abrazo porque eres parte de nosotros y porque eres una lectora leal y entusiasta de nuestro portal.

      Un abrazo,

      Rubén Darío

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