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Un collar y una factura. Crónica de Sougand Hessamzadeh desde Roma

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ROMA.- El sol infernal le obligó a buscar sombra en algún sitio. Le causó gracia que dos musulmanes vendieran rosarios y estampitas del papa a las afueras del Vaticano.

Caminó cuatro cuadras en dirección norte, dio vuelta en la esquina derecha y encontró una tienda de venta de ropa que tenía vitrinas enormes y que parecía gozar de aire acondicionado. Entró y sintió un gran alivio. Una sonrisa de satisfacción y alivio inundó su rostro, pero, pese a eso, se siguió abanicando con una cartola de publicidad que le habían dado dos horas antes mientras hacía fila para entrar a la Capilla Sixtina.

Empezó a observar las prendas de vestir… Todas eran sumamente cortas, blusas enanas que sólo cubrían el pecho, mini faldas y mini shorts abundaban en las perchas de aquel sitio.

Le gustaba la apariencia de las prendas, en general, pero no se veía luciéndolas. No eran su estilo.

Decepcionada de la ropa corta se dirigió al área de accesorios (bisutería de esa que con tres gotas de perfume pierde su color y se vuelve negra o verde y mancha la piel). Observó con detenimiento cada collar, cada pulsera, cada anillo, cada par de aretes.

Ella tenía clarísimo que esas piezas eran de uso desechable, pero pese a ello, las seguía comprando… Tenía una manía pequeña con la bisutería. La acumulaba. Esta vez una cadena dorada con colgante de mariposa y una piedra chiquita color turquesa fue la ganadora. La tomó con intención de comprarla. Dio una vuelta más por el local y reafirmó la idea de que la ropa que vendían en ese sitio no la veía en su cuerpo.

Fue a la caja para pagar el collar ganador y en inglés, con acento latino, le pidió al cajero que le cobrara y el cajero, en inglés con acento italiano, le respondió: ¿Vas a pagar con tarjeta?, ella asintió con la cabeza y él le respondió: bueno, allí tienes el mostrador de auto pago.

Se dirigió al mostrador de auto pago y no sabía qué demonios hacer. Se fijó que había cuatro opciones de idioma (italiano, español, inglés y francés), pulsó la opción español e hizo el intento de seguir las instrucciones para pagar y desactivar el sensor antirrobos a la cadena de mariposa. No lo logró. Intentó catorce veces. El pago y desactivación de sensor se volvió un calvario.

Respiró hondo, puso su mano derecha sobre su quijada y pensó en dejar botada la baratija porque, al fin y al cabo, solo lo compraba por acumular, tenía miles de collares con semejantes características en casa…

Ya con la decisión en firme, le llegó un correo electrónico que acreditaba el cobro “exitosamente”. ¿Exitosamente? ¡Carajo…!

Estaba ofuscada, enojada y mucho más acalorada que cuando entró a la tienda para evitar el sol infernal. ¿Para qué vine? ¿Por qué mierda me hacen pagar a mí y hacerme el cobro a mí si se supone que estoy pagando por un servicio? ¿De qué se trata esto? Quiero estar en Ecuador. Maldita sea, me quiero ir.

Se dio por vencida y decidió irse sin el collar porque, pese a haberlo pagado, no había manera de desactivar el bendito sensor.

Caminó hacia la salida, sin ningún tipo de distracción, estaba enfocada en largarse y en la puerta la detuvo el guardia de seguridad.

-Hai comprato la collana e ora devi prenderla non puoi lasciarla lì. Devi rimuovere il sensore e portarlo con te.

Ella le entregó la factura para que él viera que sí había pagado, pero que no quería llevárselo. Atando cabos y haciendo empate con el lenguaje de señas se dio cuenta que lo que le decía el guardia era que si ya pagó por el collar debía llevárselo, no lo podía abandonar ahí e irse sin más.

Ella no le dijo nada, solo lo miró con rabia. Empezó a sudar once veces más que cuando entró a la tienda de ropa y caminó con dirección al mostrador de auto pago.

Regresar por el collar fue un rotundo bochorno, porque las personas que estaban en la tienda de ropa la veían como que se hubiera robado algún producto. Había miradas inquisidoras por aquí y por allá.

Acalorada, sudada y roja como un tomate preguntó cómo diablos quitarle el sensor al collar (con su inglés de acento latino y con los ojos desorbitados que aullaban desahucio). El mismo cajero (como una lechuga romana) le dijo que tenía que quitar el sensor.

-Sí, ya sé que tengo que quitarlo, pero no sé cómo hacerlo, tú trabajas aquí, dime cómo hacerlo y yo lo hago.

El cajero, con un tono relajado que rayaba en lo cínico, le dijo: “Ahí tienes las instrucciones en pantalla”.

Sí, sí, sí, ahí están las instrucciones, pero no las entiendo…

El cajero la miró con ira y llamó a una mujer que se encargaba de doblar las prendas de vestir que la gente desordenaba… Le dijo: “Aiuta quella donna…”.

Con cara de que le apestaba la vida y su mera existencia, de mala gana la mujer introdujo un código en la pantalla del mostrador de auto, pasó el collar por debajo de la pantalla y se encendió una luz roja muy intensa.

Sin decir nada, le entregó el collar y murmuró “Okey”.

Explotando de rabia, ella guardó el collar en su mochila y se dirigió a la puerta de salida. En su mente decía «por fin… Y todo por esta porquería de lata».

Una vez en la puerta de salida pitó el sensor de manera escandalosa… Se tapó los oídos con los dedos y se quedó parada como pendeja…

Oh sorpresa, el guardia se acercó y le pidió abrir la mochila para poder revisarla.

¿Es en serio? Respiró hondo -en realidad bufó- y abrió la mochila. El guardia encontró el collar y le pidió la factura por la compra del objeto.

En español, ella le dijo: ” Maldita sea, hace diez minutos me pediste que regresara por el collar porque ya lo había pagado y tenía que llevármelo”.

Pese a ello, buscó la factura para restregársela en las manos al guardia, pero no la encontraba, entre el calor y las iras no recordaba dónde rayos la dejó.

El guardia le dijo que no podía salir sin factura.

Ella pidió ir a buscar la factura en el mostrador del auto pago.

El guardia la acompañó hasta allá. No encontraron la factura.

Ella estaba dispuesta a pagar nuevamente.

El guardia le dijo que no se trataba de que ahora sí quiera pagar, tenía un collar en su mochila y no tenía factura…

Se miraron fijamente.

Pasaron diez minutos… Nadie hizo nada. El guardia regresó a vigilar la puerta del local.

El cajero y la mujer que ordenaba las prendas de vestir siguieron con su trabajo, pese a haber sido espectadores del suceso y la búsqueda…

Ella se emputó, pensó en irse sin importarle absolutamente nada. Así lo hizo. Dando pasos de gigante cruzó la puerta y le clavó los ojos al guardia. Lo regresó a ver una vez fuera del umbral y siguió a paso largo.

Caminó dos cuadras.

Una vez en la esquina de la calle principal sintió que alguien le seguía, regresó la mirada hacia atrás y sí, efectivamente, el guardia de seguridad la seguía. Ella se detuvo y con la mirada le dijo: “ ¿Y ahora qué?”

Con una sonrisa avergonzada, el guardia le entregó una bolsa que contenía el collar y la factura, factura que desde un inicio él se había guardado en el bolsillo.

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*Sougand Hessamzadeh (Quito, 1991) es abogada y PhD en Derecho. Integra la asociación de abogadas feministas y es activista por los derechos de las mujeres. Dicta cátedra de Género en universidades del país y es colaboradora del portal loscronistas.net

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