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«El chalet», un cuento de Renato Erazo

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Por Renato Erazo*

El alto, robusto, elegante hombre de la alta sociedad cuencana de entonces acordó con Julia, la diminuta y agraciada empleada doméstica de la casa paterna, que su amor nunca podría ser divulgado, pues solamente acarrearía sufrimiento para él y, en especial, para ella, quien jamás sería aceptada como su esposa.

—Julia, sabes cuánto te amo desde la vez en que tu madre te trajo a la casa, cuando eras esa niña dulce de 13 años y yo tenía 16.

—Sí, joven Antonio. Usted sabe que a mí me pasó igual, mi corazón casi me salió por la boca, creo que se me atoró en la garganta y me puse roja, rojita de amor.

—Han pasado seis años, tres meses y 12 días, siento que no puedo vivir sin vos, quiero hacerte mi mujer para toda la vida pero debe ser nuestro amor secreto, no necesitamos de curas ni ceremonias, desde ahora seremos marido y mujer como siento que fuimos desde ese día en que te vi.

—Lo mismo supe y comencé a soñar con usted desde ese primer día en que vine triste a la ciudad y fui feliz. Mi vida cambió al verle, joven Antonio.

Antonio, joven profesional, apenas egresó de sus estudios pudo conseguir un trabajo muy bien remunerado, decidió comprar un chalet en la zona baja de la ciudad, cercana a la orilla derecha del río Tomebamba, al otro lado de la ciudad. Ese chalet sería el nido de amor de Julia y Antonio.

Pasaron cuatro años de su amor secreto en ese chalet, años en donde su unión creció y fueron a su manera y en secreto muy felices.

La pareja de médicos retornó a Cuenca luego de permanecer en Chile durante ocho años, especializándose durante cuatro años y trabajando cuatro años más. Llegaron con su pequeña niña de tres años.

Fueron a conocer la casa en venta, cercana al Parque de la Madre, y decidieron que sería su hogar, les encantó, él sintió que esa casa tenía algo más que le ligaba, una casa bonita, acogedora, preciosa, pero había algo más: era su casa como si le hubiera pertenecido siempre.

—Mami, dile al señor que salga—, dijo la niña.

Su madre, quien no veía a nadie, siguió el supuesto juego de la niña. -Caramba, señor, no moleste a mi hija, salga, por favor.

La pequeña siguió con la mirada la salida del señor del cuarto de juegos. -Ahora sí, mami, ciérrale la puerta, ya se fue.

Durante la noche se oyó en el comedor el ruido de platos y cubiertos, como si alguien estuviera comiendo en el lugar.

Pasaron 30 días y en la niña Paula fue creciendo y era preocupante el reiterado pedido a su madre: —Dile al señor que salga, ahí está parado en la ventana, siempre viendo a la calle, me molesta, mami.

Ahí es cuando Lourdes Cecilia pudo ver materializarse a Antonio. Una figura triste, con los ojos más tristes que nunca antes ni después pudo siquiera imaginar, un hombre elegante, joven, alto y guapo, con sombrero, abrigo y fumando tabaco en una pipa, entonces ese era el olor a vainilla y tabaco que siempre llamaba la atención a Pedro cuando regresaba de su trabajo en el hospital y esa era la pequeña cantidad de ceniza que encontraban en las mañanas, cerca de la ventana.

Marcela, la médium, amiga de Lourdes Cecilia, quien llegó desde Quito para ayudar a la familia a resolver el dilema, encontró que el hombre, Antonio, murió a los 26 años por un infarto cardíaco, mientras frente a la ventana, de pie, fumaba su pipa y esperaba a Julia, su amada, su felicidad y secreto de vida.

Julia esperaba un hijo de Antonio y ese día Antonio le esperaba con unos documentos en donde declaraba que había decidido hacer público su amor hacia ella y con el fruto de su amor irían a vivir en Europa. Julia, viuda joven, recibió una herencia que le otorgó la familia de Antonio. Con esa dote educó a su hijo y desde entonces vivió solo para él, que era lo que Pedro sintió que le ligaba a esa casa desde el día en que compraron el antiguo chalet, la casa le había pertenecido siempre, la casa-chalet fue el nido del amor secreto de sus bisabuelos Antonio y Julia.

El fantasma desapareció para siempre del hogar de su bisnieto no sin antes materializarse por completo, sonreírles, borrar la tristeza de su rostro y despedirse de la niña con un beso distante al que ella correspondió con un fuerte y profundo beso volado.

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Comments (2)

  1. René Vásquez

    07 Jun 2022

    No sabía de tu habilidad e inclinación por las letras querido Renato, pues lo haces muy bien, felicitaciones amigo y continúa con esta bella práctica que debe ser los mejores tiempos empleados en tu vida.

    • Los Cronistas

      08 Jun 2022

      Estimado René:

      Muchas gracias por el saludo a nuestro compañero de letras, el gran amigo Renato Erazo. Le pasaré de inmediato tu comentario.

      Saludos afectuosos,

      Rubén Darío Buitrón
      DIRECTOR
      loscronistas.net

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