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«Monstruo». Un cuento de Viviana Garcés-Vargas

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Por Viviana Garcés-Vargas*

“Para empezar, ¿Qué es un monstruo? Ya la etimología nos reserva una sorpresa un tanto pavorosa: monstruo viene de mostrar”.   Michael Tournier                                                                                                                                                                      

Jonathan Saquisilema, hijo de un uniformado verde amargo, verde mísero de alegrías, vástago de un hombre que repudia su tez parda, sangre del Tahuantinsuyo, nariz corva, porte malhecho.

Jonathan, retoño de una mujer sin voz, hembra sin derechos a la que no pudo heredarle el color de sus ojos verde angustia, solo ese profundo resentimiento al padre y esa tirria al extranjero.

Ellos, los progenitores medrosos, apocados, llenos de ira entre sí, repletos de furia para compartir y envenenar, hicieron de Jonathan un engendro de 12 años, escaso de abrazos y de tequieros. Lo atiborraron de golpes con cinturones por moverse, por sonreír o por ser un niño. Hicieron de su cuerpo un mural de golpes. Se veía morado de rebeldía, violáceo por reprimir sus emociones, lengua amoratada porque sus padres se comunicaban entre gritos. Tartamudeaba entre el miedo y el frío de Latacunga.

Jonathan creció en un domicilio árido. Un padre arruinado por los sembríos infértiles en las amplias chacras alrededor de la casa. Esa tierra en la que, según su madre, solo podía germinar el rencor. Los Saquisilema florecieron la envidia en el niño a los foráneos por la mano de obra barata. Supieron cultivar la cólera contra los afuereños por sus arepas socialistas. Sembraron la bilis azafranada en un infante al que convencieron en demostrar que era un monstruo.

El papá de la pequeña fiera descargaba todos los reveses en su retoño. La aversión hacia la pronunciación entrecortada se transformaba en un San Martín en los glúteos carmesí. El látigo de cuero con mango de madera era el psicólogo y terapista de lenguaje. Ducharlo con una manguera de agua helada frente a la imagen de la Virgen de Fátima, que condenaba con lágrimas de azul tristeza el castigo al monstruo, mientras el cuerpo de Jonathan tiritaba en rojo sangre.

El niño se aisló en una minúscula habitación naranja fuego. El cuarto en el cual no se le nublarían los pensamientos, la pieza en la que se le había permitido no pensar, la estancia donde fomentaría sus primeros signos de violencia, el dormitorio en el cual podría eludir los infinitos golpes del bate de béisbol de su padre azotando las paredes canela de la casa.

Fue su refugio subterráneo, rodeado de vieja PC de escritorio, una silla ergonómica anaranjada desvencijada, una mesa de metal con base de madera ámbar en la parte superior y un soporte para audífonos y cajas de CDs de Manhunt, Call of Duty y Hatred, que lo ayudarían a vivir su infancia solitaria. El mundo de los videojuegos le otorgó las herramientas para evadir al tiempo y a sus padres y conocer de antemano que el peligro tenía color bermellón.

Jonathan vivía horas encerrado en su reducto decorado con tiras led rojizas y un afiche con fondo negro odio de Hatred. Allí podría encubrirse del protagonista principal de ese videojuego, enmascararse de insanidad y de ejecutador en serie, ataviado de capa larga azabache para aparentar seguridad. Ser el monstruo de cabello oscuro al que su discapacidad le permitiese protestar ante sus abusadores. Ocultar su fluidez en el habla y sembrar autoridad sombría.

La vida en la escuela era igual de insoportable que en la casa. Jonathan optaba por ser la estrella agonizante y sanguinaria que se reflejaba en el uniforme colegial. Era el astro granate que se colocaba al fondo del salón de clases por miedo a las burlas. El lucero agresivo que se ahogaba en las clases de lengua y literatura. La luminaria fría y escarlata que cantaba de forma entrecortada “Lose yourself”, de Eminen.

Saquisilema compartía un amplio salón con 35 niños de séptimo año básico, en el cual San Juan Bautista vigilaba de cerca con un manto obscuro autoritario. Treinta y cinco estudiantes de uniformes verde repulsivo y blanco frialdad que lo ridiculizaban en cada clase por su dificultad para comenzar una palabra, frase u oración, ante el silencio del docente, mientras Jonathan cerraba los puños de impotencia.

El jovencito se sentaba durante ocho horas en la última fila de cada clase, evadiendo preguntas con un largo “no, no, no, no, no sé”, simplemente para no escuchar las risas sardónicas de sus compañeros y profesores, esquivando bromas para encajar, rehusando alzar la mano cuando sabía la respuesta, recibiendo ceros en las libretas, escuchando adulaciones a Omar, el estudiante veneco subvencionado, siendo producto del bullying institucional y familiar.

Jonathan pasaba gran parte de la jornada roncando sobre la banca, fantaseando ser el señor X, ese personaje de Hatred que aborrecía a los foráneos y anhelaba que mueran cruelmente. Saquisilema transmitía esa sensación de furia rojiza sobre el extranjero de ojos aceituna, no toleraba que el caraqueño fuese un estudiante sobresaliente, desaprobaba que obtuviese la atención de las niñas, reprochaba que fuera un jugador destacado en béisbol.

El niño regresaba caminando a casa, fúrico, sin presencia paterna que lo esperara a almorzar, ingiriendo apenas bocado, siendo un esqueleto andante de mirada fija, pateando a los perritos que vivían en los patios vecinos, con severo estremecimiento de los labios y mandíbulas, evitando lloriquear. Jonathan solo buscaba encerrarse en su cuarto a cortarse de manera sigilosa los brazos y rostro alicaído, a transformarse en el monstruo que sus padres concibieron.

La entrega de calificaciones del último semestre se acercaba, Jonathan coleccionaba notas degradantes en Lengua, si no pasaba en esa materia era probable que perdiese el año. Desesperado por ayuda se acercó con un dejo hipócrita al compañero menos esperado: Omar.

Jonathan (manos sudorosas): -Chamo, ¿Me, me, me ayudarías a estudiar?

Omar: “Iiiiii-diotaaaa, aprende aaaa haaa-blar biiiii-en.”

Omar se retiró mofándose a carcajadas de Saquisilema. Tomó su palo de béisbol y fue a lucirse como bateador ambidiestro al jardín izquierdo de la institución.

Último día de clases. El aporte final de Literatura sería oral, a pesar de las peticiones contrarias de Jonathan. El docente se había puesto una camisa negra opresión y empezó de atrás para adelante.

Profesor: Saquisilema, a ver, recite el poema “Piececitos”, de Gabriela Mistral. Lo escuchamos.

Piececitoooos de niño,
azulosos de fríííío,
¡cóóómo os ven y no oooos cubren,
Diiiios mío!

¡Piececitos heeeridos
pooor los guijarros todos,
ultrajaaaados de nieeeeves
y lodoooos!

Jonathan empezó a golpearse insistentemente la cabeza sudorosa. Escuchaba las carcajadas del pedagogo y sus compañeros que lo consideraban un idiota. Era probable que por su torpe reproducción de los fonemas perdiese el año.

Sonó la campana del final del ciclo escolar. Era agosto del 2019 y los preadolescentes juraban volverse a ver el próximo año lectivo. Omar iba a retirar su mochila amarilla cobarde del grado, Jonathan fue en extremo silencio detrás de él. Al verlo agachado, hurgando entre sus pertenencias, Saquisilema extrajo de su maleta el bate de béisbol rojo agresivo, madera de 18 pulgadas, que le pertenecía a su padre, y golpeó incontables veces la cabeza de Omar.

“¡Es hoooora de asessssinar. Es hora deeee que muuuuera. Yaaa no quieeeero ver a los eeextranjeeeeros aquííí. Yaaa no quieeeeero ver a naaaadie aquííííí!”.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Ha publicado su primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021), y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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