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El poder político, cuando se ve acorralado por sus propios errores y equívocos o por sus promesas incumplidas, intenta buscar en el periodismo al culpable de que la percepción ciudadana sea negativa sobre la gestión gubernamental.

Por Rubén Darío Buitrón*

El chofer del bus colegial donde va una chica de 14 años aprovecha que ella está sola en el transporte y, según la denuncia, le hace tomar una bebida y la viola.

Los niños de una escuela hacen bullying a uno de sus compañeros -inmigrante venezolano-, lo golpean y lo masacran hasta el punto que lo dejan incapacitado cerebralmente.

El gobierno de Lasso está por cumplir un año de su asunción al poder este 24 de mayo y la percepción de una mayoría de ciudadanos ecuatorianos es negativa: según ellos, no se ha hecho ninguna obra física y pese a su discurso macroeconómico positivo, los drásticos recortes presupuestarios hacen un enorme daño a la clase media y a los pobres en salud, educación, precios de los alimentos, falta de empleo, gestión cultural…

¿Qué tienen que ver los tres hechos, aparentemente aislados? ¿Por qué se los vincula?

Porque en los todos los casos mencionados ninguno de los responsables da la cara. Y si alguno de sus representantes o delegados lo hacen, lo primero que se les ocurre es culpar a los periodistas por la mirada crítica y por exigir, a nombre de los ciudadanos, una estricta rendición de cuentas sobre lo que ha ocurrido y no ha ocurrido.

En los dos primeros casos, las autoridades de los planteles educativos se quejan de que la prensa ha dado mucha importancia a lo sucedido y piden que los reporteros tengan mesura e, incluso, omitan el nombre de los colegios y de los rectores. ¿Cuál es la trampa? No responsabilizarse de aquellas tragedias, evitar que la sociedad los señale, eludir sus negligencias y dejar que el tiempo pase hasta que llegue el olvido.

El tercer caso, el del Gobierno, es mucho más grave porque engloba a los dos primeros y porque intenta ser una política de Estado. Cuando el consejero Diego Ordóñez dice que lo primero que se debe hacer es lograr que el periodismo “tenga otra mirada de la gestión del régimen lassista” está insinuando que la responsabilidad de la mala imagen que tiene el inquilino de Carondelet no se debe a una realidad que todos palpamos, sino a una influencia negativa de los medios.

Semanas atrás escuchamos criterios parecidos del secretario de Comunicación, Eduardo Bonilla, cuando convocó al palacio a un grupo de periodistas y, palabras más o palabras menos, dio a entender que había que subir la inversión en pauta publicitaria en los medios y sugirió que Carondelet quisiera mayor despliegue de las informaciones positivas relacionadas con la gestión gubernamental.

Lo que no parecen entender quienes se colocan frente el ojo público es que los reporteros y los medios no tienen nada que ver con su imagen, porque lo que hace el periodismo (el buen periodismo) es contar los hechos, buscar y nombrar a los responsables, contextualizar lo que se informa y equilibrar las voces de los protagonistas.

En el caso del primer aniversario de lassismo, ¿qué pueden publicar los periodistas si desde el gobierno no existe nada concreto para informar?

¿Cómo es posible que Ordóñez y Bonilla no sean capaces de mirarse en un espejo de cuerpo entero y ejercitar la autocrítica individual y grupal sobre la verdad cotidiana?

¿Por qué intentan poner sobre los hombros de la prensa la responsabilidad de su mala imagen si ni ellos, en especial la Segcom, difunden noticias dignas de reproducirlas?

Los periodistas no tienen nada que ver con la inestabilidad del gabinete ni con su gestión o su falta de gestión.

Tampoco son responsables de que haya ministros y altos cargos que llegan y se van, ministerios que no encuentran un rumbo porque la cabeza cambia cada tres meses, entidades que no reciben una adecuada línea de trabajo desde el líder, decisiones que se contradicen de manera burda con las promesas de campaña electoral, actitudes de intolerancia con la crítica y tímidas imitaciones del estilo que tanto denostaban del expresidente Correa en su relación con la prensa).

No se trata de entregar más dinero vía aumento de la pauta publicitaria. Se trata de que el discurso venga acompañado de hechos, de que, por ejemplo, no se diga que el Gobierno invertirá, de inmediato, 90 millones de dólares en la seguridad para Guayaquil y que esos fondos lleguen cuatro meses después.

A los medios que siguen una línea ética en su trabajo periodístico no se les contenta con más dinero. Es posible que reciban con satisfacción la plata de las cuñas publicitarias luego de la crisis económica producida por la pandemia, pero eso no significa que, gracias a esa inyección de recursos, vayan a dar un giro en sus líneas editoriales para que los funcionarios del Gobierno y el presidente Lasso sientan que empiezan a cambiar las percepciones ciudadanas sobre su gestión.

Lo mismo ocurre con los casos donde aparecen involucradas las autoridades de los colegios en los cuales se produjeron graves hechos que han dejado víctimas.

No se les pide a los periodistas que informen mejor, con más profundidad. No se les pide que ayuden a identificar a los culpables y que busquen maneras de proponer una reparación de los daños ocasionados a los estudiantes por las perversas actitudes de un conductor de autobús o de un grupo de inconscientes compañeros de aula. Lo que se les pide es silencio. Omisión. Mentir (decir medias verdades) al público para confundirlo y para que no sea capaz de entender la dimensión de los sucesos.

Vivimos en una sociedad donde la autocrítica casi no existe y hasta se ve mal que un gobierno, una institución, unos directivos o cualquier ciudadano acepte su responsabilidad en determinados episodios donde para todos, menos para quienes son culpables, está claro por qué ocurren esas cosas que aterrorizan e indignan a la gente, en unos casos, o que decepcionan y deterioran la credibilidad del poder político.

Si cayera la presidenta de la Asamblea, Guadalupe Llori, por la acción combinada de socialcristianos, correístas, “independientes” y  “rebeldes”, ¿deberá ella culpar a los periodistas o todo lo que suceda será consecuencia de una deficiente gestión de quien asumió la responsabilidad de manejar una institución donde el poder se ejerce desde unas curules en las cuales predominan los intereses particulares, el oportunismo, las venganzas personales, el boicot a los proyectos que pueden cambiar el rumbo del Estado?

Es urgente trasformar la mentalidad del conjunto de la sociedad. Es urgente que la mayoría de la sociedad, en especial sus dirigentes, entiendan que es un tremendo equívoco creer que si se calla el periodismo las cosas irán mejor y que así será fácil dar vuelta a la percepción del público sobre lo que le indigna o le decepciona.

Es necesario generar reflexión en quienes no conocen la dinámica informativa, en quienes no entienden de dónde sale la materia prima para que los periodistas informen, en quienes no asumen que una sociedad sana debe ser una colectividad donde se debatan los problemas con libertad, con respeto y con disensos.

En una sociedad enferma, en cambio, se calla, se miente, se hace silencio, se manipula la verdad, se maneja la información pública como quieren los poderes político y económico, se estimula la intolerancia, la sordera, la enemistad, la violencia verbal e, inclusive, el odio y la distorsión de las responsabilidades.

Los líderes que se dejan atrapar en una burbuja de acciones equivocadas o de hechos dolorosos no han aprendido a dar la cara, ofrecer disculpas y cambiar de rumbo.

Si después de un año en el gobierno el presidente Lasso sigue convocando a los fantasmas del pasado no puede esperar que los ciudadanos crean en su palabra y apoyen sus maneras de ver la realidad.

Por el contrario, y eso es grave para quienes intentan mirar un futuro de progreso y bienestar, lo que hace es remover las cenizas y materializar a sus opositores.

Si esa es la estrategia política del Gobierno, el presidente Lasso debe repensar, y repensarlo bien, quién está tomando o ejecutando tanta decisión errónea que no se arregla con el silencio, la omisión o la pauta publicitaria.

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*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es director-fundador de los cronistas.net Tiene doce libros publicados, nueve como autor y tres como coautor. Su más reciente libro es la antología poética «Leve es la vida que nos queda». Ha ganado dos premios nacionales de periodismo. Dirige el programa cultural La otra mirada, por srradio, y es columnista de la revista digital Plan V.

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