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«El desierto de los días futuros»: primera novela de Vinicio Manotoa Benavides

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Por Christian Espinoza Parra (prólogo)

Alguna vez leí una frase de George Orwell: decía que los libros que más nos impactan no son aquellos que nos dicen algo nuevo sino los que reafirman lo ya sabido de antemano. Me atrevería a agregar que, además, son los que cuentan —literalmente— lo que hemos vivido o, en cualquier caso, lo que quisiéramos vivir algún día. Para mí, El desierto de los días futuros es el primer caso, con sus respectivas variaciones, por supuesto.

La novela de Vinicio Manotoa cuenta el lento y moroso desmoronamiento de Camino al Cielo, una clínica de rehabilitación de poca monta para alcohólicos y drogadictos. Sobre la historia basta decir que está contada desde el pesimismo más vital que he leído en mucho tiempo; entiéndase pesimismo no en su acepción más superficial, sino como el momento exacto en el cual nuestro entendimiento desacredita tanto la realidad que deja un resquicio a través del que, no tanto el personaje sino el lector, puede atreverse a cambiarla.

Marco, el protagonista de la novela, es un alcohólico que habita un mundo desasido de todo tiempo —ni pasado ni presente ni futuro, más bien una región yerma que ha ido avanzado poco a poco, devorando todo lo que alguna vez significó una certeza o, peor aún, cualquier forma de amor—. Entre los seres del universo de Vinicio encontramos al fofo director de Camino al Cielo, el Padrino, un exadicto convertido en una especie de mesías andino que, al no haber podido salvarse a sí mismo, todo lo que le queda es tratar de salvar a los otros. Encontramos asimismo a Krusti, a Ángel y a Angelito, al Psicólogo, al tera José, al terapista Mauricio, a la Madrina y a otros personajes que hacen de esta novela un desesperanzador fresco social y existencial del fracaso humano. Entre las cáscaras negras del corazón de la miseria es posible descubrir que los hijos de puta no son tan hijos de puta, y, sobre todo, que los hombres y mujeres del mundo estamos malditos porque, en el fondo, podemos soportarlo todo.

Los personajes deben soportar el paisaje, a los otros y, finalmente, a sí mismos.

Por eso, Vinicio usa hábilmente las descripciones: el libro abre con varios planos generales que muestran la clínica desde sus grietas, esas que cifran su colapso apocalíptico, aunque aquí todos los días se acaba el mundo. De modo que Camino al Cielo resulta un paisaje propio de la posguerra, pero, cuidado, aquí no hubo nunca invasiones militares, solamente hombres que no lograron imponerse a sus largas sombras.

En este microcosmos fantasmal, qué otra cosa puede haber sino fantasmas. Qué otra cosa puede haber sino el derrotero existencial de los adictos que acaba mostrando su imposibilidad y el de la sociedad en su conjunto para reinsertarlos en algo al menos un poco distinto a lo que sobrevivieron. A la larga, los centros que prometen hacerlo están encabezados por una burocracia lumpen que tiene las manos llenas de sangre. Aunque solo entre ellos pueden lamerse las heridas con cierta lástima, pero sin vergüenza alguna.

Hablar entre adictos resulta un pacto imposible, pues no pueden hermanarse más allá de sus experiencias de fracaso común. Quizá sea porque para que un adicto pueda recuperarse, tal como dice Marco, debe acabar hasta con la forma más mínima de su voluntad, invocando a Dios o a cualquier otro fanatismo. Pero jamás a su propio naufragio, cuando en realidad todos volvemos de uno, tarde o temprano. Por eso, cuando los adictos comparten sus fracasos mal dibujan imágenes sin respuesta. Son incapaces de verbalizar aquel dolor tan profundo que hace al cuerpo nuestro. De ahí que lo único que obtenga Marco es el reflejo de su soledad irremediable en el semblante sin Dios del paisaje calcinado.

«Hay autopsias que provocan revelaciones del territorio de carne en descomposición: el cirujano que la oficia hace del bisturí un instrumento de mediación, cada corte, cada contigüidad al borde de la herida, levanta un mundo vaciándose en la letra muerta del informe posterior. El compartir de un adicto, en cierta forma, trama un movimiento semejante. La operación consiste en desentrañar lo oscuro, para que, después de una inquietud preliminar, emerja lo desconocido. Monstruos que escupen otros pero que siempre han estado ahí, contigo, aún en las horas en que te creías a salvo», narra Marco. Lo que en esa desesperación inmóvil del personaje significa lo peor, no solo que, según la escritora Mónica Ojeda, los límites del lenguaje sean nuestros abismos, sino que cuando lo único que recibimos a cambio es el silencio del otro lado, apenas podemos reírnos de nuestras llagas.

Pese a que parezca que la vida no tiene caminos sino derivas, y que cualquier pensamiento de futuro crezca como un cáncer hasta volverse un tumor negro y rutinario, y que solo pocos hombres estén llamados a soportar más de un infierno personal sin volverse «ecos sin contenido», los adictos de esta novela han decidido aferrarse a la vida, a la posibilidad de encarnar una promesa que no les fue cumplida nunca.

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EL DESIERTO DE LOS DÍAS FUTUROS

CAPÍTULO III

—¡Baruj Atá Ad-nai! — el grito, acompañado por golpes fuertes en cada antebrazo, estalla antes de las cinco de la mañana, hasta repetirse dos, tres veces más.

El Padrino se encuentra sentado en una silla de madera al frente de la Chevrolet Rodeo concho de vino del 2003. Nadie lo acompaña. La atmósfera plagia las formas grises del limo: un naufragio sin cuerpo imposible de vencer, y en el cual se haya inscrito una pregunta que al topar con el cuerpo obeso del hombre se tatúa en frío sobre la piel de gallina. Aguanta así un lapsus donde, con los ojos abiertos, se mantiene en silencio, perdido de sí y de cualquiera.

De un momento a otro se pone de pie, se desnuda y tomando con ambas palmas de la mano la orina que mea moja su cara y la restriega con indiferencia. Luego toma el jabón azul y con esmero, después de haber adobado el cuerpo con agua del pozo, se jabona con lentitud. Parece una estatua mal pintada con brochazos azulinos alrededor del vientre y espuma petrificada en las axilas. La tarea de higiene termina con otra carga de orina sobre la cara. Esta es más lenta, como un ritual de bautismo.

Años atrás, el Padrino ha llegado de la capital hasta el pueblo de su infancia. Es un adolescente que estudia en el colegio militar y quien ha perdido a su padre hacía algunos años. La orfandad lo envalenta, convirtiéndolo en un tipo malo. Él no tiene idea que esta será la última vez que viste con el uniforme de cadete, ni sabe tampoco que atrás, ya fuera de alcance, ha quedado el muchacho de ojos tristes que leía con avidez los libros de texto. Esta mañana, El Carmen ofrece un paisaje rabioso: el sol de mediodía, la brisa calcinada, los intervalos de polvo anaranjado ascendiendo por las ramas de los ceibos, ocultan la historia mínima de la intemperie. Esta mañana, Bartolo Mendoza, el Padrino, asido al cuerpo en trance del muchacho transformado en hombre, parece una mula de batalla sin rienda, enloquecida, al borde del precipicio.

Dicen que ese día, ningún signo les advirtió que algo malo sucedería. A pesar que El Carmen, por la dicha de su destino, estaba acostumbrado a recibir el mandado y la miseria de los bandoleros de toda época, vivía la placidez del sueño de quien no tiene intención de despertar. Cerca de El Carmen estaba La Bramadora: un recinto convertido en bastión de la leyenda. En los años setenta y ochenta, entre El Carmen y La Bramadora se había formado una intrincada red de colaboraciones domésticas, pactos de sangre, vejaciones de la estirpe, según las cuales los delincuentes tenían libre tránsito por la zona, asegurándose, además, ya sea por la lealtad, miedo o resentimiento, el silencio y la condescendencia de los moradores. Durante las noches, los ancianos se reunían en las mesas familiares para recordar los tiempos de peligro: la dictadura había creado la brigada montada “Febres Cordero”, una horda de salvajes, entre militares de baja calaña, otros delincuentes salidos de la cárcel a cambio de la obediencia, advenedizos expulsados de la comodidad, que tenían un solo propósito, dar caza y matar a los bandoleros que se escondían en los rincones de Manabí. El cuento de los ancianos no terminaba jamás.

Hubo quienes aseguraron que la “Febres Cordero” fue exterminada por gracia de Dios. Otros sostenían que la “Febres Cordero” se había convertido en una tribu fantasma que habitaba el lindero que separaba la región de los vivos y los muertos: el crujir de los cascos de los caballos podía escucharse todavía en los bajorrelieves de las pesadillas de los niños o en los tímpanos inyectados de aguardiente de los borrachos. Pero hubo también ancianos realistas que, en su versión, afirmaban que a la “Febres Cordero” la desmembró el pillaje del ganado de las haciendas que los convirtió en blanco de la furia popular, o que, enfebrecido el sexo a causa de la belleza de las niñas de entre 9 y 13 años de edad, que por entonces desaparecían de sus casas como si las hubiese tragado la tierra, los llevó del asalto de violencia de la primera embestida al arrejuntamiento no planeado en cualquier lugar que les asegurase el anonimato y la reinvención. Lo cierto es que esta mañana, en la que Bartolo Mendoza arriba a su pueblo, no hay diferencia alguna entre los bandoleros y la “Febres Cordero”: son una bestia bicéfala, proscrita, condenada al éxito y a la nostalgia ulterior de su fracaso.

Esa mañana, Bartolo Mendoza, próximo a la locura, con un galón de gasolina en la mano, exige que lo detengan. No lleva camisa ni zapatos, apenas un pantalón jean ceñido. Indemne, su cuerpo amenaza a las personas que empiezan a llenar las veredas de ambos lados de la calle. El poco tráfico de aquella hora también se ha detenido. Atrás de la figura bastarda, la Ford 150 del 87 atraviesa horizontalmente la calle e impide el paso. Hay quienes, fastidiados, lo insultan. Otros prefieren esperar, como si aguardasen la llegada intempestiva de una revelación que los devolverá a la rutina. El Padrino suele recordar ese día como el punto final del abismo: el momento en que la caída se pausó y tramó otra deriva. Había tomado la decisión de matarse: sentir cómo el dolor tomaba posesión de sí mismo, antes de arrojarlo a la nulidad completa. Era, según dice, una necesidad vital. O, al menos, un método radical para cortar, de una buena vez por todas, con el padecimiento.

El fantasma de un hombre en llamas cierra la perspectiva del futuro. Antes de consumirse por completo, el mismo fantasma inventa una salida: una redención. El infierno en él se niega a abandonarlo, pero él considera que eso no es algo que pueda impedirle seguir. El fantasma en llamas se rinde. Parece que llora. Parece que el exterminio de la carne trae consigo un mensaje de orfandad y posibilidad, como si entre la ceniza y la tierra latiese otra forma no conjugada de estar, permanecer. Parece que todo alrededor de él se desliza por parajes hasta entonces desconocidos. El sol, también en llamas, resucita en el aire calcinado que evade las preguntas de la nostalgia y la melancolía. Por un instante, parece que todo es renovación: aceptar la derrota del cuerpo ha hecho del fantasma en llamas la cifra de un paisaje en diseminación que entraña frases clisé de optimismo, pero necesarias.

Mientras el Padrino sube a casa, saluda con un beso en la frente a los internos que le abren las puertas. Su gordura no le permite subir con rapidez, pero a él eso no le incomoda, al menos eso sugiere el semblante calmo que, entre contorsión y contorsión, se dibuja de un paso a otro. Permanece ahí hasta bien entrada la noche. El terapeuta acompaña a los internos en la merienda. Después, cuando ya es hora de bajar al dormitorio, las palabras a medio pronunciar del Padrino llegan a la sala de terapia, antes que a él.

—¡Buenas noches, Padrino! —gritan todos al unísono. El Padrino los saluda con un movimiento corto del brazo izquierdo. En su pecho desnudo, el cuerpo de Sarita, su hija menor, duerme tranquila. Detrás de él, la Madrina, William y Pepito, lo siguen. Todos, a excepción del Padrino que solo viste con una bermuda militar y sandalias de correa, se encuentran arreglados para salir. El jefe de grupo lee la bitácora: ninguna novedad.

—¿Quién quiere ir a El Carmen? —pregunta el Padrino desde el fondo de la sala, donde ha permanecido en silencio algunos minutos, mientras su mirada se perdía en el negro absoluto de esa noche sin lluvia.

Los internos se miran entre sí, intentando no mostrar gesto alguno de interés. El terapeuta, con tono histriónico, pide a Bartolo que lo lleve a él. El Padrino no lo toma en cuenta. La Madrina junto a sus hijos esperan ya en el carro.

Tigrillo queda a veinte minutos de El Carmen, en la vía a Pedernales. A esa hora de la noche, los insectos chocaban contra los reflectores encendidos de la Chevrolet Rodeo, sin saber que al hacerlo acabarían pulverizados. Sus restos microscópicos sobre el parabrisas componían una lámina policromática de estados que tenían los resortes de la neblina al ser traspasada a alta velocidad. Casi todos estaban dormidos. Conducía el Gitano y su expresión de felicidad inyectaba cierta dosis de escepticismo a la conversación con el Padrino, como si intentara cuidarse de un dolor inminente que, bajo la forma de algún animal del monte, saltaría en cualquier momento de la cuneta e ingresando por la ventana abierta lo tomaría por el cuello hasta provocarle la muerte o un accidente en las rampas polvosas de la carretera lastrada.

—¿Qué sientes al salir de nuevo? —pregunta el Padrino, que repasa con interés médico el semblante del Gitano—. ¿Seguro que te sorprendiste de que te trajera con nosotros?

—Padrino, Madrina, muchachos, buenas noches, mi nombre es Valentín y soy adicto— empezó el Gitano luego de aprender a traducir el habla babeante del Padrino. Era la primera vez que salía de la clínica después de mes y medio de internamiento.

El Padrino respondió al saludo siguiendo el ritual de Narcóticos Anónimos. La Madrina no reparó en eso y se mantuvo distante, náufraga en la isla desierta de la rutina. Los muchachos permanecían dormidos, acurrucados unos junto a otros en el último asiento.

—Agradezco a Jehová por un día más de vida sin el consumo de substancias que alteren mi estado de ánimo— reanuda el Gitano al tiempo que reducía la velocidad para atravesar una curva estrecha cerca del peñasco—. La verdad, Padrino, me siento feliz, renovado. El programa me ha hecho ver que soy una verga de persona; una verga, Padrino. He decepcionado a mi familia, a mis hijos, a mi mujer, a mis padres. Usted los conoce, Padrino, saben cómo somos nosotros, siempre vivimos unidos, pero yo no sé en qué momento me dejé encauzar por esa maldita droga, Padrino. En un momento, uno tiene al control, pero cuando te das la vuelta ya lo has perdido todo: la dignidad, el respeto, el auto-respeto, que es lo peor, Padrino, el amor por uno mismo. Soy un gil, Padrino, no existe otra palabra para expresarlo. Pero bueno… Ahora creo que Jehová, el Santísimo Señor de los Cielos y Vencedor de Todos los Ejércitos, me está dando otra oportunidad, y gracias a usted también, Padrino, a su familia, a los muchachos de la clínica que, aunque son unos trastornados mamavergas, igual me han apoyado…

—Gitano —dice el Padrino, interrumpiendo un discurso que él conoce de memoria—, esta noche te voy a llevar a casa de mi mamá. Y si te traigo con nosotros, es porque te quiero, te quiero como a un hijo.

El Gitano, un poco sorprendido, lo regresa a ver. Los ojos del Padrino, perdidos en ese mar de negrura interminable, lloran. Las lágrimas trenzan una sinfonía de luces vivas que, antes de terminar convertida en una manada de bisontes despavorida, se cuela por las estrías de carne de aquel cuerpo grasiento, que apesta a pajazos, pastelillos de chocolate, pescado frito.

Antes de subir a la finca, el Padrino le pide al Gitano que espere un poco. Cuando están solos, ambos fuera del carro, el Padrino se aproxima a él y lo abraza con cariño y asco. Le susurra al oído que lo quiere, que se salvará siempre y cuando confíe en él, que Dios le ha encomendado la misión divina de ayudarlo a ser feliz, que mientras siga a su lado todo irá bien, y que aun las cosas malas que puedan llegar a suceder serán leves golpes de aire si él aprende a caminar a su lado. El Gitano no comprende, o no quiere comprender, el sentido de esas palabras; incómodo, al principio, intenta ser tolerante, pero en cuestión de unos segundos algo en él cambia, no sabe a ciencia cierta qué es, y decide creer.

Una sombra imprecisa se proyecta desde la puerta fragmentariamente iluminada. La sombra resiste la altura y se mantiene fija, al borde de esa orilla de espejo sin reflejo, atenta a lo que sucede en el patio.

El Padrino repasa la fisonomía del Gitano ayudado con una piedra de cuarzo blanca del tamaño de una naranja. Luego, saca otra piedra volcánica de color negro de la maleta que lleva con él, y la posa sobre las órbitas oculares. El silencio se triza cuando 30, un mantra vacío, impreciso, emana de los labios apretados del Padrino. Luego, con la piedra negra a la altura de la frente del Gitano, y la blanca en la mano izquierda, dispara un soplo puntual, de silbido, sobre la frente. Con lentitud, el Padrino empuja el cuerpo del Gitano hasta acostarlo sobre la tierra.

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*Vinicio Manota Benavides nació en Santo Domingo. Estudió literatura en la Universidad Central del Ecuador y en la Universidad Andina Simón Bolívar. Ganador del concurso de Poesía Alfonso Chávez Jara con el libro La máquina del grito, y ganador del concurso interfacultades José Saramago en la categoría de cuento. Textos suyos han aparecido en antologías. Actualmente es colaborador de la editorial educativa Ecuafuturo y docente secundario en la Unidad Educativa Eloy Alfaro. Sus más recientes libros son el poemario Los cuadernos del desamparo y la novela El desierto de los días futuros.

*La imagen es una pintura del artista escocés Ken Currie.

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Comment (1)

  1. Ivanny Salinas

    16 May 2022

    Excelente descripcion de los infiernos personales de los personajes. Una escritura clara, precisa, con frases que hacen vivir en la historia.

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