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Por Viviana Garcés-Vargas*

Había un cuello de cisne negro que se asomaba a lo lejos, estrangulado en las ramas de un árbol de tamarindo e intentando zafarse,

rogándole a la Virgen de los Dolores que le otorgara una muerte digna, pero la madre de dios se lo negó. Existían unos ojos cobrizos

tristísimos que intentaban hablarle al viento, sollozaban de manera incesante a pesar de mirar su alma en vuelo. Un cuerpo enclenque,

lozano, prieto, susurraba a través de los poros. Misericordia, no se lo iban a permitir.

Era domingo, 7 de noviembre.

Ella no logró ocultar sus escuetos senos atiborrados de cardenales ante la mirada pública, mucho menos esquivar los aguijones de avispas

y alacranes que se empecinaron en envenenarla con alevosía. Su largo cabello negro necesitaba encubrir el rostro del horror, mientras los

oídos vertían sangre tibia que maculaba al piso de tierra. Izaron sus tumefactas manos con una camiseta desgarrada al arbusto insigne de

los Reales Tamarindos que, al igual que la brisa de esa oscura mañana, fue muy cobarde.

Polo Suárez iba el primer día de cada semana a fumigar los sembríos en la finca Clemencia, en Chanduy, parroquia ubicada en la ruta del

Spondylus, Santa Elena. Polo vería a dos cuadras de la hacienda. Tembló al mirar el cuerpo de una chica con una estaca clavada en la

vagina.

Ese hombre, de apariencia fuerte y arrugas prematuras, tocó furibundo la puerta de hierro que protegía al latifundio. Se destrozó los

nudillos golpeando las cercas de metal para llamar la atención y pedir ayuda. Los parlantes vibraban a distancia, Polo se cansaría de

gritar, los vecinos de ningún modo escucharían su clamor. Se celebraban las fiestas de provincialización de Santa Elena.

Como un ángel de la guarda, dulce compañía, Polo sacó su celular y llamó al #911, confiando en la señal de la telefonía móvil,

encomendándose ante su escaso saldo, fiándose de la mezquina empatía de la operadora que siempre se excusaba torpemente. Solo

deseaba que socorrieran a la jovencita antes que llegase a ser percibida como festín carroñero.

Polo, frenético: -¿Aló, niña? ¡Niña, ayúdeme!

#911 (se escucha descorchar una botella): Indíqueme, ¿Cuál es la emergencia?

Polo (interferencia): -Una chica está… Se está desangrando.

#911 ¿Podría hablar más alto? ¡Por favor!

Polo (gritando): ¡QUE A UNA CHICA LA HAN AHORCADO BAJO EL ÁRBOL DE TAMARINDO!

#911(gritos de asombro): Indíqueme la dirección.

Polo: diagonal a la Hacienda Clemencia. Chanduy. ¿Cuánto tiempo se van a demorar? ¿Cómo la puedo ayudar? ¿Niña?, ¿Niña?

#911: Por favor, espere que una ambulancia lo socorrerá en cuanto esté disponible.

Tu, tu, tu. La llamada no volvió a ser contestada.

Habían pasado 60 segundos, 50 minutos y cuatro horas. Polo aguardaba sentado bajo el arbusto frutal, petrificado, con el rostro marcado

en la pantalla del celular por la transpiración.

El hombre se acercó con profundo temor a la figura de Carolina Pilay, la jovencita de 16 años que iba a trabajar como todos los días a la

fonda “Don Fish”, ese minúsculo restaurante empapelado con afiches descoloridos por el sol de Héctor Lavoe, Rubén Blades y la Sonora

Matancera. En ese comedor, la adolescente lavaba y servía platos durante el almuerzo y empezaba a ser intimidada por Jorge Perales,

blanco, tétrico, el flaco sabroso de nariz de gavilán, el esmirriado con sonrisa del arlequín del mal, el adulto sin músculos al que no se le

escurría ninguna jermu, el hombre que siempre llenaba sus bolsillos con billetes de a $100 de la caja de Don Fish.

Carolina hacía caso omiso a las pretensiones del sabido. Dejaba en visto sus mensajes por Whatsapp. Se abstenía de sonreír de mala gana

cuando Jorge le tocaba el hombro.

Le retiraba sigilosamente la mano que él colocaba entre la cintura y los glúteos. Evitaba quedarse a solas con su admirador, se estremecía

preocupada de solo pensarlo, Jorge disfrutaba percibiendo su estado de alarma constante.

18:00. Carolina había fregado los últimos platos que quedaban de la loza, sumergiéndolos en detergente, jugando con las burbujas,

restregando la grasa, frisando lo quemado, moviendo las caderas y encendiendo el equipo para darle swing, precisaba dejar todo

impoluto, deseaba ir a bailar frente al puerto por las fiestas de la capital. Sonaba en ese instante una canción del Conejo Malo, llamada

“Andrea”: “Hey, ella no quiere una flor. Solo quiere que no la marchiten. Que cuando compre pan, no le piten. Que no le pregunten qué

hizo ayer. Y un futuro lindo le inviten. Que le den respeto. Y nunca se lo quiten”.

Jorge aprovechó la distracción de Carolina y entró cauteloso a la cocina. Se colocó detrás de la jovencita y se bajó el bóxer. La adolescente

sintió presión sobre su trasero, dio vuelta y lo empujó con furia. Corrió despavorida, sin zapatillas, con el short de florcitas a medio talle y

besando la medalla de la Virgen de los Dolores que colgaba en su cuello.

Jorge reía como un burdo bromista pesado. Habían pasado 60 segundos, 50 minutos y cuatro horas cuando una ambulancia ruinosa y

desteñida del hospital de Manglaralto apareció. Bajó el paramédico de extrema palidez vestido con una chompa chaleco térmico de

polyester, pantalón de gabardina antifluido azul, estetoscopio, mascarilla y gorro quirúrgico de tela, adornado con payasitos de cabello

verde, acompañado de un camillero con camisón manga corta, pantalón con tiras celeste de poliéster y mascarilla quirúrgica, ambos

desternillándose entre sí, a constatar que el corazón de la chiquilla seguía latiendo, en medio de sus piernas rodaba un líquido color rojo

oscuro con olor a azufre.

Polo seguía acompañando a la figura inerte de la adolescente, recubriendo su nariz para tolerar el hedor que emanaba. Él nada más se

retiraría cuando se hiciera presente a la escena un familiar, amigo, conocido, alguien que reclamara por su ejecución. Los servidores

médicos prometieron ante la Virgen de Fátima entregar el cadáver de Carolina al anfiteatro del Hospital Liborio Panchana para

que realizaran los exámenes pertinentes. Polo no se convencía del aspecto de los empleados hospitalarios. Ellos les mostraron sus carnets

autorizados para que el señor no sospechara.

Los servidores médicos bajaron con extremo cuidado a Carolina del árbol de tamarindo, trasladaron su cuerpo en un tabladillo de acero

inoxidable hasta el vehículo que transportaba heridos y enfermos. Polo vertió un par de lágrimas, debía ir a fumigar los

árboles frutales de la finca.

La ambulancia avanzó hacia el sur de Chanduy hasta la parroquia Simón Bolívar. El sanitario entregó un fajo de billetes de $100 al

camillero y este bajó agradeciendo el dinero fácil que se invertiría en botellas de alcohol para festejar lo que restaba del día a Santa Elena.

El paramédico se retiró el cubrebocas, no pudo controlar la involuntaria y espasmódica risa. Polo empezó a besar el rostro helado

de Carolina. Precisaba terminar de amar el despojo de esa adolescente escurridiza.

Carolina ambicionaba con ser la primera Pilay en formarse académicamente en Guayaquil. Le rezaba a diario bajo la sombra del árbol de

tamarindos a la Virgen de los Dolores para que la protegiera como una madre y la cubriera bajo su manto. La madre de dios se lo denegó.

_______________________________________

*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Ha publicado su primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021), que ya va por su segunda edición, y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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