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Bruno Vidal, pianista de talento excepcional, es protagonista de una tragedia familiar que lo llevará a explorar la tristeza, la desolación y el anonimato.

Por Ivanny Salinas*

Domingo 19 de abril de 2015. Concierto del gran pianista Bruno Vidal.

Esta es la fecha que marca mis 58 años de vida. Ese estrés que impulsa, ese es el que me mueve esta mañana fresca de abril. No alcanzo a

tomar un café, tengo urgencia de pisar el escenario.

Mi hija Amelia, de solo cinco años, se levanta más temprano de lo habitual para darme un beso de buena suerte, pero no lo

suficientemente a tiempo para presentarse en la cocina.

Supongo que todos duermen en casa, me apresuro al auto, enciendo la radio, retrocedo y acelero. Un obstáculo, un golpe seco.

Pienso que algún gato del vecino ha botado la basura. Acelero con fuerza, algo cruje, algo se rompe…

No vi que Amelia salió a despedirse a la cochera. Instantes después yacía inerte entre las llantas mientras un fino hilo de sangre fresca

seguía una pendiente hasta la calle.

Esa imagen insoportable quedó para siempre encarcelada en mis ojos, fusionada con cada fibra de mi ser.

Por días y meses no soy capaz de mirarme a mí mismo, una electricidad débil recorre mi cuerpo hasta encorvarlo de manera que solo miro

el piso.

Una tarde sombría, distinta a todas las otras que sucedieron a mi tragedia, la melancolía toma de la mano a la culpa que me carcome y

ambas me guían sigilosas, sin aviso, hasta la puerta de mi casa.

Desde la cochera, con paso de autómata, comienzo el único viaje posible, errar por lo incierto de rutas desconocidas.

A veces, cuando siento la nostalgia de la música, intensa y repetitiva, retumba en mis oídos la última melodía que interpreté para Amelia:

“Fantasía impronta”, de Chopin.

Antes de enloquecer, con la composición que se repite en mi cabeza, busco en las terminales de trenes el sonido de los pianos a

disposición de los viajeros. Así logro protegerme de mi mente y del frío.

Desde hace años habito en la soledad, deambulo como vagabundo, como espectador de una triste obra de teatro donde no hay rostros de

amigos, amores, noches de luna calma ni notas musicales que mis manos alcancen.

Solo fugaces recuerdos y la ilusión corpórea de Amelia en que ella se sienta junto a mí a jugar con el piano hasta que llega el tiempo de

dormir, no sin antes recibir el beso de buena suerte que guardo con cuidado en la solapa de mi abrigo.

A menudo, cuando mi hígado no soporta el malestar y mis pulmones se ahogan, me aferro a esta imagen. Mis dedos impacientes buscan el

contacto de su cara y de las teclas para dedicarle todas las melodías internas que se resisten a ser enterradas.

En sus esponjosos labios una flor

Que se deshoja con el viento

Entre la brisa un amor

Que se calma solo con el suave estímulo de su aliento.

Comprendo que, sin ella, solo estoy suspendido en el yugo que me impone el tiempo. Soy Bruno Vidal. ¿O tal vez soy otro? Alguien de

barbas grises, manos con grietas teñidas de mugre, de aliento fermentado, con olor a bar, acompañado apenas de un diálogo incesante e

inquisidor.

Amelia tenía solo cinco años. Solo le bastaba salir más temprano, o más tarde… Mi corazón acelerado arrastra a todo mi cuerpo en busca

desesperada de conseguir alcohol para mi sed insaciable. Cerveza, vino o cualquier bebida que me extraiga de este escenario de caos.

Cierro los ojos, respiro lento, la bola en el vientre arde, mi garganta en contacto con la bebida ofrece un dolor agudo y placentero a los

rasguños en mi garganta.

El estado de embriaguez me favorece hasta que las voces incesantes se manifiestan, pido que me dejen estar sobrio, aunque sé, de

antemano, que mi batalla está perdida. Lucho obstinadamente con ellas, pero sucumbo a su influjo mortal, me abandono a las

profundidades de mi angustia.

Transcurren los días sin destino, por cielos desconocidos. Sé que mi muerte no cambia nada. ¿Para qué vivir? ¿Para qué morir?

Una madrugada, en penumbra, la estación de tren abre sus puertas y soy el primero en buscar un poco de calor. Al instante, me llama la

atención algo.

Me acerco y vislumbro algo borroso: unos piececitos con zapatos de niño. Por un segundo pienso que es una alucinación, como tantas

otras. Retrocedo un paso y vuelvo a ver, acurrucada y con frío, a una pequeña de unos cinco años.

Su cuerpo frágil y menudo se mueve al compás de su respiración. Apenas cubierta con su abrigo, su tez transparente pone en evidencia su

temperatura corporal.

La delicada criatura abre sus ojos y al verme rompe en un llanto afligido. Miro alrededor, no hay nadie. No puedo dejarla. Todo tipo de

alarmas internas se conectan a mi cerebro. El sudor parece exiliar el alcohol de siete años, el pulso acelerado produce una melodía

agitada, pero armónica. La adrenalina corre por mis venas.

En ese segundo, sin tiempo de buscar la manera adecuada de calmarla, con mis 45 kilos desgastados, la tomo entre mis brazos y corro con

ella hacia el piano.

Sorprendido de mi reacción, ella llorando y frente al instrumento, la siento a mi lado. Me invade una sensación de desequilibrio, como que

si estuviera tambaleando. Sobrio frente a un abismo.

Me concentro… Con las manos entrelazadas junto a mi boca intento retenerlas, pero un impulso las desplaza por el teclado.

Los dedos afectuosos danzan de un lado a otro en el piano, se complementan hasta dejar salir melodiosas notas alborotadas.

Por primera vez, la pequeña, desconcertada, con un roce de sus manos seca sus lágrimas, contorna su cabecita y con sus ojos todavía

húmedos me lanza una profunda mirada. Sus pupilas inquietas que claman abrigo se cruzan con las mías para recordarnos que ambos

estamos perdidos.

Un instante de melodías de esperanza cambia, desde ese instante y para siempre, el curso de nuestras vidas.

______________________________________________

*Ivanny Salinas Bartoletti (Santiago de Chile) a los 10 años emigra a Ecuador. Se formó en el colegio La Asunción y graduada como psicóloga clínica en la Universidad Católica de Guayaquil. Es Máster en Psicología por la Universidad de Borgoña, Francia, país donde reside.

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Comments (2)

  1. Wilma Vigneron

    16 May 2022

    Hermosa y triste a la vez. Qué gran placer de poder leer a esta magnífica autora.

  2. Angelica Nasir

    16 May 2022

    Me cautivo a pesar de lo triste que es la historia. Me encanto su final.

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