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Esta es la historia de las parejas entre extranjeros y locales que en Puerto López, un rincón pesquero de Manabí, dan vida al lugar por sus negocios y sus costumbres. La posibilidad de convivir y amar sin prejuicios.

Por Leonardo Ceballos*

Cada año, de junio a septiembre, decenas de ballenas jorobadas recorren 16 mil kilómetros desde la Antártida hasta Puerto López para hallar el amor y tener a sus crías. Por esas mismas fechas, cientos de extranjeros dejan sus países para hacer turismo en esa zona y les sucede lo mismo que a las ballenas: se enamoran y forman familias.

Esta historia empieza en Puerto López, al sur de la provincia de Manabí. Es un sábado habitual y el malecón es un espacio atiborrado, dos kilómetros rebosantes de gente. Hay en cada esquina enganchadores que ofrecen tours para ir a ver a las ballenas en sus danzas de amor y apareamiento. Hay comerciantes, muchos comerciantes que ofrecen artesanías, comida en restaurantes, bebidas y hospedaje. Hay, en la orilla del mar, cerca de 15 bares, música, ambiente de fiesta, pulseras, cócteles y en medio de todo esto, hombres de baja estatura, morenos, nativos de la zona que caminan de la mano de rubias delgadas que parecen ser sacadas de revistas de moda.

Hace frío. Por las tardes generalmente el clima es un tanto helado y en la montaña que se halla al sur de la ciudad se forma una neblina densa que se agiganta aún más por las noches.

Katharina Stein, alemana, alta, un metro 80 más o menos, se enamoró de ese clima. Se enamoró también de un moreno robusto de ojos achinados que se llama Galo Echeverria.

Katharina es una barbie bronceada. Tiene el cabello rubio, los ojos miel, la piel blanca y rojiza en partes por el sol que en las mañanas pega fuerte. Tiene además una   historia de amor que contar, parecida a la de muchos por allí, la historia de la «gringa» que se casó con el habitante de Puerto López.

«Al esposo mío, ammm, yo conocí a él aquí de vacaciones», expresa en un español trastabillado, pero entendible. «Él ya mismo viene, ya lo mandar a llamar, viene rápido».

En menos de diez minutos Galo aparece con su contextura gruesa y piel oscura —la mayoría de quienes trabajan bajo el sol tienen la piel tostada y un tanto oscura—. Dice que conoció a Katharina trabajando.  Ella hacía una pasantía dentro del parque Nacional Machalilla y él andaba por allí en una construcción. Fue amor a primera vista, intenso y fugaz. Tuvieron un romance de días, sin embargo, pasó lo inevitable.  Katharina debía volver a Alemania. La visa de turista se lo exigía.

Hubo un adiós momentáneo, pero quedó la promesa de volver. Galo estaba dispuesto a esperarla. Luego ella regresó, lo buscó y se casaron. Ahora tienen dos hijos y una empresa dedicada a hacer turismo y ofrecen viajes a la isla de la Plata y llevan a la gente a ver las ballenas en los meses de junio a septiembre.  A Katharina le gustan esos meses. Fue en esa temporada cuando conoció a su marido, dice mientras lo abraza y posa para una foto, la sonrisa brillante, los ojos vivaces.  No hay duda que de junio a septiembre el amor anda suelto en Puerto López.

***

El cantón, ubicado al sur de Manabí, bordea los 20 mil habitantes. Es un pueblo pesquero y turístico con cuatro calles principales y muchas otras transversales que están quedando angostas, especialmente los fines de semana, cuando el lugar se llena de visitantes.

Cada año, un promedio de 15 mil de extranjeros visitan la ciudad. La mayoría son de Estados Unidos, Argentina, Alemania, Colombia, Francia, Holanda, Canadá, Israel, España, según datos del Ministerio de Turismo.

El lugar se ha adaptado a ellos. Los bares, hoteles y restaurantes ofrecen sus platillos y bebidas en menús escritos en inglés y español.  Es común leer fish ceviche, rice with seafood y el breaded fish. Debajo de estos nombres está su significado en español: ceviche de pescado, arroz con mariscos y pescado apanado.

En los bares ubicados en la orilla del mar hay libros en inglés, francés y alemán. Incluso en el malecón existen nomenclaturas solo en inglés como: «Welcome to barrio San José». Un Welcome (bienvenido) es entendido por muchos.

Alexandra Quimis dice que desde hace unos 20 años aproximadamente empezaron a notar los matrimonios entre gente del cantón y los extranjeros.

Los «gringos» llegan durante todo el año, pero más en los meses de avistamiento de ballenas. Algunos retornan a sus países, mientras que otros se quedan en el lugar y emprenden en restaurantes y hoteles, la mayoría ubicados en el Malecón.

«Los que se quedan es porque se han enamorado y se casaron. Ellos han invertido junto a sus parejas en negocios. También está el otro lado de la moneda, tengo amigos que están viviendo en otros países como Rusia y Alemania, porque se mudaron con sus esposas», expresa.

Valentina Cassan, por ejemplo, es francesa y llegó hace 12 años a mirar cómo las ballenas se enamoran en el mar del pueblo.  Un año después se casó con Yadin Chara, nacido en el cantón Jipijapa, pero cuya familia tiene ascendencia libanesa, de allí su nombre. Muchos piensan que el extranjero es él. Ambos tienen un hotel en pleno malecón.  La familia de Yadin tenía un hotel en Puerto López. Él viajaba con frecuencia al lugar para ayudar en la atención a los clientes y fue allí cuando conoció a Valentina. Ella hacía turismo con una amiga, se había dado un año libre después de terminar su carrera universitaria.

Yadin la invitó a hacer voluntariado en el hotel.  El acuerdo era que ayudaran en las actividades del lugar y a cambio recibían hospedaje y comida. Valentina y su amiga aceptaron, y en medio de todo eso nació el amor. Ambos empezaron a salir, a conocerse mejor, pero ella debía regresar a Francia por temas de visa.

Y así fue, retornó a su país en el 2010, pero volvió en el 2011 para comprar un terreno, casarse y montar un negocio junto al hombre de Jipijapa que le había robado el corazón.

Ese mismo año salió embarazada, por lo que los planes tuvieron que esperar. La pareja viajó a Francia para que la niña naciera allá. Durante ese tiempo Yadin trabajó en un restaurante. Allá no estaba reconocido su título de ingeniero en ecoturismo. Aprendió el idioma en cursos gratuitos que otorga el Gobierno. Luego, en 2013, decidieron regresar y viajaron por todo el Ecuador antes de establecerse en Puerto López.

La decisión de volver a Ecuador no fue difícil, comenta. Ambos coincidieron que lo que podían construir aquí con su sueldo, era imposible hacerlo en Francia.

«Allá casi ya no hay terrenos y abrir un restaurante es mucho papeleo.  En Francia ganaba 1.200 dólares, pero el alquiler costaba 1.400. Allá el dinero valía mucho menos. Para nosotros, por ejemplo, era imposible vivir frente al mar, algo que si logramos hacer aquí», expresa Valentina, de ojos verdes, rubia y delgada.

Yadin agrega que la vida es mucho más barata en Ecuador. En Francia se trabaja todo el día y no hay tiempo para ver a los hijos. «Acá hay calidad de vida.  El tiempo no se recupera. Yo con 50 dólares me traigo las compras de la semana. Allá eso no es nada», indica.

La pareja construyó un hotel y cafetería llamado Café Madamme. El lugar es muy llamativo y colorido. Tiene muebles de pallets, cocinan con productos orgánicos y la mayoría de sus opciones son vegetarianas. Está ubicado en el malecón, frente a un monumento hecho con huesos de ballena. En el lugar la ballena es un símbolo.

Ya tienen dos hijas y los padres de Valentina también están viviendo en Puerto López. Ellos llevan una vida modesta con los ingresos de su jubilación. En Francia, eso no les alcanza para nada, en Puerto López su vida es otra.

***

La llegada de los extranjeros al pueblo empezó en 1996, de acuerdo con los registros que maneja el Parque Nacional Machalilla. Para esa fecha se registraron 2.355 turistas, de los que el 65 % eran de Alemania y Estados Unidos.

Sin embargo, a partir de 1999 y después de la creación del primer festival de ballenas donde la actividad turística empieza a crecer, se crean las primeras operadoras de turismo y empiezan a surgir los establecimientos de alojamiento, alimentos y bebidas que en aquel entonces sumaban apenas 14. Después de 20 años, la demanda turística ha crecido significativamente y para el año 2019 se registraron 146.450 turistas, de los que el 27 % fueron extranjeros.

Andy Torres es un productor y fotógrafo. Él ha realizado fotografías de bodas en el cantón. Dice que los matrimonios entre extranjeros y locales es lo más común. Incluso en noviembre del año pasado estuvo en una boda entre un habitante del cantón y un chileno. Algunos se conocen, viajan a Europa, trabajan y luego regresan con dinero a construir sus casas o invertir en negocios.

Sin embargo, según Andy, hay otro segmento de extranjeros, los jubilados, que viven en las montañas o zonas alejadas. Así como también están los que llegan por trabajo y permanecen por meses y hasta años.

«Conocí a muchos profesionales, había uno de la NASA que trabajaba desde acá. Tuve un amigo europeo que trabaja para National Geographic y estuvo seis meses captando en imágenes y video la flora y fauna marítima del cantón», expresa.

Lucca Dhomas llegó de Italia hace dos años. Él vivía allá con muchos lujos, pero su ritmo de vida lo tenía cansado.

«Allá la gente trabaja como burro por dinero, pero no tiene tiempo para disfrutarlo. Quería una mejor vida. Yo, en Italia, vestía con camisa, corbata, tres celulares. Trabajaba 12 horas, salía a las siete y regresaba a las nueve de la noche. Un día dije ya no más y empecé a viajar. Hasta que encontré la tranquilidad aquí», expresa.

Lucca tiene una pizzería. Su esposa es de Colombia. Ambos se conocieron en Montañita, pero decidieron radicarse en Puerto López, porque es un lugar mucho más tranquilo, señala. Uno donde los hijos pueden crecer de manera más «sana».

Lucca cuenta que tiene muchos amigos en el lugar y conoce también del amor entre extranjeros y locales. Hay dos parejas de argentinos y gente de Puerto López que son dueños de hoteles. Hay una suiza y un habitante del cantón que tienen joyerías. Hay una argentina y un ecuatoriano que cuentan con una chocolatería.

Dice que entiende por qué se quedaron a vivir allí, «la gente es muy amable y cuando te tratan bien solo quieres ser recíproco y quedarte a vivir en ese lugar. A muchos nos ha pasado, a mí me pasó», indica.

En los últimos 15 años, Puerto López ha cambiado para adaptarse a las exigencias de los extranjeros. Los guías y quienes trabajan en los restaurantes, por ejemplo, saben un inglés básico para poder comunicarse con ellos, cuenta Frank Hidalgo, director (encargado) de Turismo del cantón.

Él también conoce de los matrimonios entre extranjeros y locales y señala que antes del 2015 eso era mucho más frecuente. Ahora hay algunos casos, pero son menos. «Aquí tenemos matrimonios de extranjeros con gente de Puerto López, pero también con ecuatorianos de otros cantones. Además, hay parejas de extranjeros que dejaron sus países y se quedaron a vivir en la ciudad», indica. Y eso es bueno, resalta, porque esos amoríos le dejan dinero al cantón.

Cada extranjero que llega al lugar genera ingresos de al menos 45 dólares por día, según datos de la Dirección de Desarrollo Económico, Social, Cultural y Turístico del Municipio.

Un turista permanece hasta tres noches en la ciudad como promedio, pero hay otros que se quedan 15 días y están, obviamente, los que se enamoran, se quedan e invierten en el cantón.

Mercy Bazurto es vicepresidenta de la Asociación de dueños de Hoteles de Puerto López. Cuenta que hay 25 socios en el gremio de los que al menos seis son extranjeros.

A estos se suman los dueños de otros negocios como restaurantes, la mayoría italianos.

«Existe una colonia de italianos aquí, son unas 8 familias aproximadamente. Ellos cuentan con cafeterías, pizzerías, etc.», expresa.

Dice que al menos unas 30 familias de extranjeros viven en el cantón y tienen negocios, según los registros de la asociación. Algunos de ellos son jubilados, otros se casaron con habitantes de la zona. Hay también un buen grupo de personas que no cuentan con inversiones en la zona, solo viven de lo que reciben de su jubilación.

«La inversión es fuerte de parte de los extranjeros. Tenemos argentinos, chilenos, con diferentes negocios», expresa Mercy y eso es comprobable. Varios de los negocios asentados en el malecón tienen como propietarios a extranjeros. Unos muy sociables y conversadores, otros no tanto. En una esquina una suiza robusta y alta, casada con un habitante del cantón cuenta que lleva muchos años (no dice cuántos) en el pueblo, pero que no quiere hablar más, porque eso «no gustar», «no querer», mejor dicho «no hablar» de su vida.

Afuera, en la calle, el sol se esconde tímidamente. Las luces de los bares empiezan a encenderse, el ambiente también. Suena un reggaetón inentendible. Un hombre ofrece conchas Spondylus, que no debería vender porque se supone que es ilegal hacerlo, y en una vereda una pareja, un moreno y una rubia, descansan junto a su perro, y a mí me parece que ella es «gringa».

Les pregunto si son novios o esposos. Ella dice que sí. Le digo si él es de aquí de Puerto López y contesta que no, que es argentino, igual que ella. Ambos están de mochileros. Parecían un caso más de los que busco, olvidaba que algunos argentinos suelen tener rasgos de europeos. Dicen por ahí que son los europeos de América Latina. Al menos aquí sí lo parecen.

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Esta crónica fue publicada originalmente en Diario La Marea, de Manta.

*Leonardo Ceballos nació en Manta, Manabí. Es periodista, cronista, seguidor de buenas historias. Trabaja desde hace 13 años en diario La Marea. Considera a Gabriel García Márquez como su fuente de inspiración. Fue ganador del II Concurso Nacional de Crónica (2021).

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