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«Lo invisible». Javier Andrade y el llamado de una antigua promesa salvaje

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 Por Christian Espinoza Parra*

Creímos que la ciudad y su cuadrícula de calles que lleva hacia todas partes y sus hospitales con psiquiatras deslenguados y sus monumentos al pesimismo nos salvarían de todo o que, al menos, si no salvaban nuestro cuerpo roto salvarían a los otros gracias a nuestro fracaso, que a lo mejor seríamos entonces mártires domésticos (el fracaso como autojustificación, como búsqueda de la grandeza). Pero no fue así, y llegó una pandemia y la ciudad, esa promesa infalible, se vació de contenidos —como si alguna vez hubiera tenido algo más que imponer papeles— y en vez de expulsarnos hacia la naturaleza, haciendo gala de una sutil barbarie, nos aisló en un departamento, en un cuarto con vista al entonces civilizado desierto de concreto, en una suerte de exilio dentro de la intemperie brutalmente atormentada de cada uno.

Todo aislamiento social es existencial.

Proscrita para siempre de la ciudad que alguna vez habitó, Luisa, la protagonista de Lo invisible, la más reciente película de Javier Andrade, regresa a terminar su tratamiento psiquiátrico a una hacienda serrana del siglo xxi. Sin embargo, la maltrecha salud mental de Luisa provoca un quiebre dentro de la alta clase social a la que pertenece, porque todo poder sumido al caos, así sea mínimamente, desordena de forma irremediable el mundo que gobierna.

A través de esta premisa Javier Andrade construye su película con lo no dicho, con esos datos escondidos elípticos, pues, aunque descubrimos que Luisa padece de estrés postparto, a los espectadores no se nos cuenta qué es lo que le intentó hacer a su bebé recién nacida. La película, de esa manera, no se cuenta tanto con lo no dicho sino con lo que no se puede decir —el insistente llanto de la bebé o los gritos amordazados de la protagonista son las pistas de lo innombrable— , y si a eso le sumamos la depresión a la que Luisa se abisma, la dimensión social se conjuga con lo individual y da como resultado una mujer paria —hablan mucho los planos de su espalda cuando asiste a una fiesta y un mar de gentes aparece desparramada en los costados del plano, cortada por la nuca de una protagonista que ya no puede asimilarse a su mundo—, hecha a un lado por una familia llena de poses y gestos fingidos, esperando estúpidamente en su ensimismamiento salvar un buen apellido que como espectadores ni siquiera conocemos.

La película muestra una alta clase social sobreviviendo así misma en tensa calma, o sea, en un intento por mantener intactos unos privilegios y una mentalidad anacrónica en medio de una psicosis social que aparece desmesurada cuando Luisa le dice a la profesora de piano de su hijo que su servidumbre indígena ha estado ahí desde antes de que ella tuviera memoria, es decir, cuando sus antepasados les quitaron la tierra y los comenzaron a mirar por encima del hombro, y también cuando ella descubre en el dolor propio y autoinfligido una liberación de algo que poco a poco va comprendiendo: al haber fracasado como madre y esposa nada tiene que hacer. Lo que me recuerda que el escritor Ernesto Carrión decía que toda muerte es casual, pues tarde o temprano nos alcanza a todos, pero una desaparición o una aparición no, porque siempre desestabilizada el orden de la realidad. Pero en esta película esas reglas consuetudinarias están invertidas, y más bien la desaparición es un ritual civilizatorio. Luisa entonces se entrega a la única promesa posible que la humanidad tuvo cuando la noche no se iluminaba artificialmente y era entonces otra vez la noche: el sino fatal de la naturaleza y su llamado cósmico de bestia lovecraftiana a fundirse en sus entrañas.

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*En la imagen aparece un fotograma de Lo invisible (2021), de Javier Andrade.

*Christian Espinoza Parra. Comunicador cuencano. Sus crónicas, relatos y crítica cinematográfica y literaria se han publicado en importantes plataformas y revistas digitales ecuatorianas. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net y conductor del programa dominical de streaming por Srradio, en el que conversa con las voces más potentes de la literatura y el cine ecuatoriano e hispanoamericano. Actualmente se desempeña como asesor de proyectos académicos y narrativos.

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