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EL MAGO PATAGÓNICO

Por Ivanny Salinas Bartoletti*

Mientras navegamos las profundas aguas del lago Grey, al sur del mundo, con un pisco sour calafate en mano, me encuentro con Raúl, El Mago.

—Hoy hace un mes que murió Bera”… Me dice. Ahora, está aquí solo, sin ella.

Los estigmas de la emoción que producen sus palabras se reflejan en su rostro en tanto una luz incandescente cambia a su capricho el paisaje que nos rodea.

“Chileno de corazón, cuerpo y alma”, como se define a sí mismo, advierto en él una energía que desborda en forma de lágrimas por la comisura de sus ojos.

Me cuenta que nada lo ruboriza. Desde niño participa en todos los eventos del colegio. Ha sido cantante, locutor, maestro de ceremonias y guitarrista.

En unas vacaciones de verano, uno de sus tíos le regaló una enorme caja que contenía juegos de magia. La manipulación de las cartas y los trucos afinados le dieron la reputación de gran ilusionista.

Años después eligió la carrera de periodismo, en en la que no dejó de destacarse como “Raúl, El Mago”.

Hoy coincidimos como turistas en la borda del catamarán que recorre el lago, cada cual cargando a cuestas su destino y sus historias.

Celular en mano, deslizando los dedos ágiles entre videos y fotos, filma con admiración los bloques de hielo fragmentado al mismo tiempo que en una encuesta improvisada pregunta a los extranjeros:

— ¿Cuál es el país más lindo del mundo?

A mí se acerca sin preámbulos cuando escucha que al día siguiente tengo programado escalar las Torres del Paine.

Entusiasmado, me muestra algunas fotos de su caminata del día anterior.

Un video intruso interrumpe la secuencia de su audaz llegada a las cumbres de las tres torres.

Un momento febril… Una pausa le hace cambiar el ritmo de las palabras.

—Ella es Bera.

En el video aparece una joven que acomoda su pelo largo y rubio en la gorra de lana mientras prepara una espléndida sonrisa enmarcada por unos ojos poco comunes que coquetean directo a la cámara.

La imagen queda fija en el teléfono. En ese segundo su corazón late, agitado, en tanto recuerda la particularidad de sus ojos. Uno azul, transparente como los cristales y, el otro, verde como los árboles en los primeros días de primavera.

Desde que la vio, algo en esa mezcla insensata de la naturaleza lo cautivó y un corto idilio le permitió amarla.

Solo basta una pregunta curiosa de mi parte para que Raúl despliegue la historia que su alma grita.

—A todos nos hace falta por lo menos una verdadera historia de amor…, dice.

La nostalgia del tiempo pasado y la del momento presente se conjugan para poner al descubierto las inflexiones de su voz y de su ímpetu.

Con la ilusión de los 22 años, Bera Olsen llegó a este lado del mundo desde Noruega.

Atraída por la diferencia extrema de los paisajes de la larga franja de tierra, decidió hacer su práctica de estudios en Chile. El parque Nacional Torres del Paine cumplía con todos los requisitos para su tesis de fin de carrera.

Entre estudios, trucos de magia y risas, el abismo de las culturas y los kilómetros de distancia que antes los habían separado, se diluyeron.

Sus aspectos muy diferentes, así como la singularidad de sus vivencias, formaron un dúo inseparable. Bera, dinámica y práctica. Raúl, algo romántico, deseando siempre un mundo con más magia, con un poco más de poesía.

Poco a poco el deseo de estar juntos se convierte en necesidad, comparten ideas, sueños y cama.

Cuando están uno al otro del otro, la respiración y las ideas parecen salir de la boca al unísono, en forma de una melodía común, aunque cada cual conserva su tono.

—No todo era romance–, confiesa mientras esboza una sonrisa forzada.

Para ganar dinero extra, él trabaja como mago en un café.

Un día de espectáculo, Raúl sorprende al auditorio sacando de un cuadro una paloma que revolotea entre los estudiantes. Basta con una ligera rotación de la muñeca para que los dedos sigan a la mano. La paloma se duplica. Ambas, con un pequeño hilo en el pico, extienden una delicada tela en que se lee:

“Bera, quiero compartir todos los senderos contigo”.

Los aplausos dan cuenta del grato asombro de los espectadores. Bera parpadea coqueta, al mismo tiempo que siente un ligero mareo, algo de fatiga.

Unos meses después, el anuncio sobre el cáncer avanzado de Bera cambia la armonía. La noticia trae consigo las profundidades oscuras de la incertidumbre.

Puedo percibir que la evocación de la noticia hace circular en la memoria de Raúl emociones confusas.

Solo el estruendo que provoca el desprendimiento de un bloque del glaciar nos hace retornar la mirada a las profundas grietas azules que aparecen en la masa de hielo que antes parecía impenetrable.

En ese instante no puedo dejar de pensar que, así como el glacial, al descubierto y sangrante se encuentra el alma fracturada de Raúl.

Como si el magno evento que nos muestra la naturaleza careciera de interés, Raúl deja escapar recuerdos de su memoria.

Dos inviernos con sabor a café caliente en días de lluvia acompañaron a Raúl mientras Bera aguantaba los estragos del cáncer.

La rutina era diaria, la tenacidad de ambos por resistir el mal tiempo era latente.

Nada los separó en ese tiempo. Las manos entrelazadas permitían a Raúl tener un termómetro del estado de salud de Bera.

Roce tibio y cálido, calma. Otras, en cambio, lo alteraba el frío que alcanzaba a percibir de los dedos de sus manos.

Solo mirar sus ojos le devolvía la entereza. En ellos había luz suficiente para cumplir con sus proyectos e imaginar una vida sin el invasor inoportuno.

Algunos días, la habitación blanca de hospital se llenaba de imágenes que se unían a la descripción que Raúl hacía de enormes extensiones de tierra con poca intervención del hombre.

Un macizo de más de 12 millones de años en medio de una reserva natural con su propio ecosistema, habitado de pumas, ñandúes, zorros, delfines y pingüinos que deambulan entre montañas glaciales, valles, estanques y grandes lagos.

Ella asentía como si sus ojos abiertos alcanzaran a poner el color que apenas podía diferenciar en las imágenes. Un débil apretón de mano sellaba el día.

Como un río que va perdiendo su caudal, Bera fue extinguiéndose hasta que sus ojos no vieron más.

Una violenta conmoción invadió a Raúl como si a él también le hubieran arrancado de raíz la vida.

Esa emoción parece repetirse ahora. Raúl pierde instantáneamente su energía, su espíritu se escapa como vagabundo en el paisaje, su cuerpo se encorva ligeramente, su talla disminuye. Percibo una señal de caída inminente.

En un gesto de auxilio improvisado le propongo que tomemos el pisco calafate que aún sostenemos en nuestras manos.

El elíxir que contiene el vaso nos devuelve el calor al cuerpo. Raúl, con un ligero escalofrío, se endereza para mostrar un rostro distinto.

Una extraña soledad con algo de rabia aparece como flotador ante su desgano. Me explica que la idea de subir a las Torres se transformó para él en una urgencia.

Entonces, decidido -con más espíritu que estado físico-, se lanzó a la caminata cuesta arriba durante once horas.

Apenas tres horas después, un vértigo de desolación le revolvió el estómago, sudó como si estuviera en abstinencia y lloró su ausencia hasta quedar con el cuerpo seco, sin lágrimas.

El guía, preocupado, le dijo que no siguiera.

Por un par de horas se queda atrás del grupo, pero un poco de café y el sonido fluido del agua clara le dan impulso.

La obstinación que provoca el amor se apodera de su cuerpo, mochila al hombro se concentra en los talones de los caminantes que lo adelantan, sin mirar atrás ni pensar en lo que le falta. Solo avanza.

Las piernas responden a sus ganas mientras el corazón retumba en las orejas, la nariz moquea, las manos sin fuerzas y con frío buscan abrigo en los bolsillos de su parka.

Raíces de árboles que salen de la tierra se ofrecen como peldaños y bastones para aliviar la marcha, entre tanto el aroma de bosque magallánico de coihues y lengas lo alienta a continuar. La última etapa de la ascensión se presenta más difícil, la tierra polvorienta se transforma en roca lisa.

Arrastra como puede su cuerpo a la meta mientras diálogos imaginarios con Bera lo ayudan para aproximarse a su objetivo.

Por fin, las puntas de los tres macizos de las Torres del Paine altivos asoman con sus relieves de color cobrizo, coronando el lago que, protegido por sus tres guardianes, muestra en su superficie la amalgama de colores de los ojos de Bera.

En cuestión de segundos, la agitación de la meta lograda y la mezcla de emociones le devuelven su gracia al mago. Él, con un gesto de coraje, extiende con determinación su brazo derecho y apunta su puño al cielo.

Los turistas contemplan, admirados, mientras sobre el lago una ligera brisa provoca ondas formando unos ojos. Aunque ellos no logran reconstruir la totalidad de la imagen ni entender si es real o una ilusión colectiva, Raúl, El Mago, sabe que Bera, en cierta forma, está ahí.

Un chasquido ahogado se escucha a lo lejos.

Un dulce sabor de esperanza recorre su garganta seca el momento que un cóndor de alas extendidas planea orgulloso interponiéndose al sol.

 ___________________________________

*Ivanny Salinas Bartoletti (Santiago de Chile) a los 10 años de edad emigró a Ecuador. Formada en el colegio La Asunción y graduada como psicóloga clínica en la Universidad Católica de Guayaquil. Es Máster en Psicología por la Universidad de Borgoña, Francia, país donde reside.

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