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Por Marco Maldonado (Markbass)*

Pedro y yo nos conocimos al finalizar el segundo año de colegio. Él era muy callado. Reservado. El tipo de persona que pasa desapercibido en cualquier grupo con más de tres personas. Yo en cambio siempre fui de muchos amigos, y muchas novias. En el colegio nos complementábamos bien. El me hacía sentir más extrovertido de lo que yo realmente era.

Teníamos unos 16 años cuando conocimos a Samantha. Era el último año del colegio. Ella llegó a medio semestre, recién mudada de una provincia cercana. Un día apareció en clases. Así como así. Sin presentaciones ni nada. Se sentó al lado mío. Quedé impactado con su belleza. Piel blanca. Ojos cafés claros y dueña de uno de los pocos cuerpos que moldeaban bien ese feo uniforme del colegio.

En mis intentos por conquistarla nos hicimos amigos y la presenté con mi amigo Pedro. Empezamos a salir los tres. Siempre a todos lados. Como en otras ocasiones, estaba usando a mi amigo para verme más cool. Estaba confiado que la conquistaría.

Poco a poco me di cuenta que más bien era todo lo contrario. Samantha y Pedro empezaron a salir sin avisarme. Un par de semanas después Pedro me confesó que se estaba acostando con ella. Pedro era de nariz aguileña, pelo negro chuzudo, como de puerco espín, de manos callosas y piel canela. Algo corpulento. Caminaba un poco jorobado. Tenía el carisma de una papa. En ese momento no entendía por qué se había fijado primero en mi amigo y no en mí. Algún tiempo después ella, un poco borracha, me confesaría que le había enamorado ese aire callado y misterioso que él tenía. También me confesó que más temprano que tarde se dio cuenta que simplemente él no tenía nada que decir.

Pedro y Samantha empezaron una relación que duraría algunos años. Al inicio los veía como una pareja normal. Pasaban tiempo juntos y otras veces cada quien por su lado.

Todo cambió cuando decidieron dar el siguiente paso: casarse e irse a vivir juntos. Pésima decisión. Eran muy jóvenes cuando fueron a vivir a un departamento que tenía la mama de Samantha desocupado. Nunca olvidaré la cara de mi amigo contándome emocionado sobre la nueva etapa que iba a iniciar en su vida. “Piénsalo bien le dije” (No me escucho). Pedro me decía que nunca encontraría otra chica como ella (talvez tenía razón). Además, había conseguido empleo como enfermero en una clínica de renombre y su sueldo alcanzaba para mantener a ambos… en fin… esos eran sus argumentos para empeñar su libertad.

Algo en Samantha no cuadraba. Talvez eran las insinuaciones que ella me hacía cuando en alguna fiesta nos quedábamos solos. Ella era muy linda, no lo negaré, pero no estaba como para traicionar la amistad de años que yo tenía con Pedro. El problema era que nuestros otros amigos no pensaban igual que yo. No los culpo. Si ustedes hubieran conocido a Samantha me entenderían. Esa mujer exudaba belleza y lujuria.

No llevaban ni seis meses de casados cuando empezaron a surgir rumores de que Samantha compartía su cama con otros hombres.

Primero lo escuché de un primo. Luego de un amigo que tenía una farmacia. Mientras él despachaba condones a un fulano este le contaba las rondas que hacía los martes y los viernes (días en los que Pedro estaba de guardia en la clínica). Y así, poco a poco, se iba armando la leyenda de “Pedrito Cachitos” (así lo apodaban). Como era de esperar, Pedro no estaba enterado de nada. Yo no quise entrometerme al comienzo para no generar un conflicto en la pareja. Hay ocasiones en que es mejor mantener la cuchara fuera de la olla ajena, me decía a mí mismo a modo de excusa.

A veces pasaba en la tarde frente a la casa de Pedro. Por unos segundos me detenía allí a observar la escena. La veía a ella en el balcón con su bata blanca que apenas cubría su cuerpo. Siempre sus cabellos castaños recogidos con una cola de caballo. Tomándose un café y fumando un cigarrillo. Ella contemplaba el movimiento de la calle con mucha fijación. De vez en cuando soltaba una sonrisa al aire.

Reviviendo esa imagen comprendo por qué muchos sucumbieron a sus encantos. En un par de ocasiones ella me pescó mirándola. Yo me limitaba a saludarla de lejos y luego me marchaba.

Pasaron meses. La situación se volvió más descarada cuando amigos que teníamos en común con Pedro empezaron a ligar con Samantha. Ellos me contaban de sus hazañas con ella. De cómo salía uno del departamento de mi amigo para horas después entrar el otro. Ya para este punto sentí que era deber mío hablar con Pedro y así lo hice.

– ¡Tu mujer te engaña! ¡No tengo pruebas, pero tampoco dudas!-, le dije a quemarropa. Recién se estaba acomodando en el asiento del restaurante.

Se quedó contemplando mi taza de café por unos segundos sin nada que decir.

– ¿Lo sabías?–, pregunté intrigado.

– Me lo imaginaba…, creo que de alguna forma ya lo sabía- Me contestó con una tristeza única, agachando la mirada y encogiéndose de hombros.

Le pedí que la dejara. Le hablé por una hora de las ventajas de la libertad. De buscar la felicidad y el complemento en nosotros mismos. Le dije que no desperdiciara más días con ella. Que se diera un tiempo solo y que luego llegaría otra mujer que de verdad lo haría feliz.

-Y si esa mujer no llegara?-, me preguntó.

-¡Pues te quedas solo! ¡Mejor soltero y triste que cachudo y pendejo!–, le contesté, un poco molesto.  Pedro agachó la cabeza. Apretó sus puños para luego decirme:

– ¿Crees q soy pendejo? Pues acuérdate de esto. El día que me harte de esa mujer no solamente la alejaré de mi vida, la alejaré de este mundo!–. La expresión de sus ojos provocó en mí un escalofrío que nunca había sentido.

Luego de esa charla con Pedro decidí alejarme de la pareja. La toxicidad que había en ambos estaba por rebasar mi paciencia. Yo inicié una relación y meses después me fui a vivir a otra ciudad. Casi perdí todo contacto con él.

Transcurrieron unos cuatro años cuando un día me enteré por un viejo amigo que Samantha había muerto. Según lo que él relataba, ella fue víctima de una rara enfermedad que la fue debilitando. Su familia había intentado hacer todo por ella, pero cada día se la veía más y más demacrada hasta que finalmente sucumbió. Esa misma noche llamé a Pedro para darle mi sentido pésame.

-Gracias, amigo. Así pasan las cosas cuando están predestinadas a suceder-, me contestó con un tono tranquilo y relajado.

Pasaron varios meses y no pude dejar de pensar en lo que realmente había sucedido con Samantha. Esta pregunta hincaba mi cabeza como aguja. Estuve averiguando con otros amigos que habían asistido al funeral y entre ellos había el rumor de que Pedrito Cachitos ya no aguanto más y un día decidió cortar con todos sus problemas de raíz. Incluso por unas semanas la Policía había abierto una investigación sobre la muerte. Al final se determinó que murió por una enfermedad degenerativa.

Años después, Pedro se volvió a casar y una tarde que estuve de visita por la ciudad me decidí en llamarlo e invitarlo a tomar un café. Charlamos un momento sobre los viejos tiempos. Pedro estaba cambiado. Ahora era más extrovertido y seguro de sí mismo. Hablaba alto y con firmeza. Me miraba a los ojos con cada palabra que decía. Parecía como si estuviera hablando con alguien que no conocía. Ahora era jefe de enfermeros en la clínica. Hablamos un buen rato de Samantha. Él me contó de los tiempos buenos que había pasado con ella y de muchas de las infidelidades que le descubrió. De cómo la perdonó una y otra vez. Sutilmente traté de ahondar en la muerte de ella.

-¿Podrías decirme qué sucedió realmente con Samantha? Dicen que murió de una enfermedad, pero nadie sabe qué tenía. En la calle se escuchan rumores.

-¿Rumores? Jajaja, no hagas caso. No creas todo lo que dicen-. Lo expresó muy tranquilo y luego cambió de tema.

Hablamos un rato más y luego puse un pretexto para terminar la charla. En el fondo sabía que esa sería la última vez que vería a mi ex mejor amigo.

Al percatarse de mi premura por finalizar la conversación, me pidió unos minutos más antes de despedirnos para contarme que como enfermero tenia algunos privilegios, entre los cuales estaban la custodia de medicamentos muy delicados e importantes que si cayeran en manos equivocadas podrían causar la muerte de alguien. Cualquiera de estos medicamentos, en las dosis correctas, incluso podrían quitarle la vida a alguien sin que nadie lo detectara.

-¿Por qué me cuentas eso?– le pregunté, nervioso. El me miró fijamente. Con aire triunfal esbozó una media sonrisa y me contestó:

– ¡Cachudo sí!…, pero pendejo, nunca!

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*Marco Maldonado (Markbass) es un escritor aficionado, nacido en Guayaquil en 1983. Amante de la música, publica sus historias en su blog personal https://marcomaldonadomamh.wixsite.com/website y en su cuenta de Instagram @marcodehistorias.

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