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Por Viviana Garcés-Vargas*

El 20 de diciembre de 2018, Valeria González esperaba impaciente una tricimoto. Su madre, Patricia Vera, había ahorrado durante todo el año monedas oxidadas y billetes desvencijados en el banquito comunal, la cantidad suficiente para que la mayor de sus hijos pudiera comprarse una muda decente y usarlo para las festividades navidades. Se lo merecía. Era la primera de la familia que ingresaría a la universidad.

Valeria se abanicaba con la mano derecha espantando a los zancudos y la humedad recalcitrantes. Llevaba media hora en la pequeña ventana que daba a la calle, cazando al pequeño vehículo sin puertas, de tres llantas y cubierto de una lona vetusta.

La tricimoto sería el único vehículo que la llevaría rápidamente desde las Malvinas hasta la Av. 25 de Julio, esquivando baches y conductores imprudentes para luego trasladarse a la Bahía, el centro comercial popular más grande de Guayaquil.

La señora Patricia dejó a Valeria en la parada, encomendándola a la Virgen de los Dolores con la estampita que guardaba de amuleto en el bolsillo de su falda.

La inmaculada de manto celeste y corazón punzante resguardaría a la niña de ojos color pechiche de los estafadores, sin atisbar que a la real amenaza le convidó en reiteradas ocasiones un plato de sopa.

La señora Patricia volvió corriendo a casa. Debía adobar la pierna de chancho para la Nochebuena. Licuó ramas de apio, comino, culantro, perejil, cabezas de ajo para formar una pasta. El olor penetraba las paredes de caña y se filtraba hacia las casas aledañas. Las vecinas se acercaban a curiosear, probar, dar su opinión ante la sazón de la única señora en el barrio que solía compartir los huesos del chancho con los perros del sector.

La estación empezó a llenarse y Valeria zapateaba sus deportivos remachados. Cansada de aguardar, iba limpiándose el jean negro que se había ensuciado en las banquetas de madera, lista para marcharse, hasta que a lo lejos, entre la mezcla de extrema claridad solar y el polvo de las calles sin asfaltar, escuchó un siseo particular, como si fuese una serpiente quien la llamase.

Era Catherine Suárez, joven vecina y amiga a la cual no veía desde hace unos meses luego de huir del barrio tras haber sido violada por uno de sus tíos maternos, quien imponía temor en la zona. Odiaba a todas las chicas que no habían sufrido lo que ella tuvo que pasar, a todas las chicas que, a pesar de sus limitaciones económicas, empezaban a tener éxito.

Catherine debió cargar una roca sobre sus hombros desde los 16 años, cuando en un anexo, mezcla de cálamo y madera rancia, entre lamentos y rasguños, apoyada a la mesa de patas blandengues, el hermano de su mamá, agredió con vileza la menuda piel cándida y cabello rojizo.

En la casa aledaña omitieron los bramidos de Catherine. El hoy difunto padre de Valeria, coleccionista nato de envases no retornables de Pílsener, subió al máximo el volumen de la radio: esa noche se jugaba el Clásico del Astillero y nadie osaría interrumpirlo.

Catherine, con su dignidad destruida, logró zafarse de la agresión en cuanto el partido terminó, dentelleando esa ingle que desconocía el significado de consentimiento. Desde entonces sintió que debería vengarse de alguna forma de la vida de espanto que la esperaría.

El sexo crudo no escondía el sangrado que se filtraba en medio de la pantaloneta. El tío se escabulló unas cuantas horas y se escondió en una casa abandonada. Conocía de antemano que nadie le creería a una muchachita que vestía con shorts muy cortos y blusas con escotes exuberantes. Y así fue.

La jovencita tocó las puertas con furia, quiso alarmar a los indiferentes vecinos, sacudió ventanas con su blusa rota y el short tironeado. Se negaron a prestarle atención. Corrió donde la señora Patricia, intuyendo que ella no vacilaría en defenderla de aquella deshonra.

Examinó a Catherine con la mirada y sacó una servilleta de su monedero procurando secar sus lágrimas. El tío, mientras tanto, manipulaba a un ejército de marihuaneros en las Malvinas.

Catherine entendió que la señora Patricia no sería la justiciera, el espíritu de supervivencia le indicaba que debía callar, aunque eso conllevara lastimar para siempre a una joven mancillada.

Catherine escapó de un vecindario que le dio la espalda, empujando con ella una culpa que no le pertenecía. Como Sísifo, se escabullaba incontables veces del valle de la humillación cotidiana, suplicando, llorando lágrimas negras ante una ciudad sin empatía, enlodándose los pies, las manos, el cuerpo, viviendo a cualquier hora esos desvaríos que la señalaban como una puta, una meretriz.

Valeria calculaba cinco minutos más de espera por la tricimoto. Si en ese lapso no aparecía, ella se rendiría de ir a las compras. Se le acercó Catherine, quien le dijo que tenía muchas ganas de comer un empastado y le sugirió a Valeria ir a comprar un par de helados. Sacó varias monedas de su chauchera, la invitaría con mucho gusto. Valeria asintió.

Fueron caminando por las calles pedregosas poniéndose al día ante las novedades de los meses que no se habían visto. Valeria ya era estudiante de primer año de Derecho y había sido la abanderada en el mismo colegio donde Catherine no logró terminar el bachillerato: la transgresión que vivió la obligó a retirarse a parir a una niña de hueso y pellejo con el mismo rostro del profanador de virgos. Era un fracaso su vida y entendía que el mismo fracaso debía ser la de las demás.

Al oírla, Valeria guardó silencio y bajó la cabeza, aturdida. Era una negligente más en un barrio que decidió silenciar a una niña y laurear a un malhechor.

Catherine brindó un caramelo mentolado a Valeria. Abrió el empaque y al momento de ingerirlo la humedad, mezclada con saliva, provocó que Valeria se desvaneciera instantáneamente, muy cerca de la covacha donde Catherine fue violada.

13h00. Las familias almorzaban. Televisores y radios encendidos, escuchando noticias, gente mirando embobada las telenovelas turcas y coreanas. Botellas de cola se destapaban en el splash y las madres batallaban con los niños para que tomaran la sopa. Valeria, somnolienta, era llevada a rastras de los cabellos por su antigua amiga.

Gotas de sudor y dolores en los brazos no impidieron que Catherine cumpliera su objetivo.

Luego, despacio y con un sentimiento de placer, afiló el machete contra la pared de bloques agujereados. La hoja larga, afilada y gruesa del hacha, iluminaba el rostro inconsciente de Valeria que pronto empezó a sangrar cuando la cuchilla empezó a desmembrar sus brazos, sus piernas, su cabeza. El cuerpo cortado en pedazos, mutilado como si fuera un animal de faena. Catherine disfrutaba el momento, con su mirada desorbitada.

Los restos ensangrentados de Valeria quedaron tendidos en el suelo de tierra con la mirada hacia el tumbado de caña.

Eran las 19h00. La señora Patricia empezó a preocuparse por su hija. La llamó varias veces al celular, no obtuvo respuesta. Su corazón palpitaba de manera acelerada y su respiración, entrecortada. Los perros aullaron durante toda la noche. Inquieta, salió a buscarla.

La señora Patricia caminó 10, 20, 30 cuadras, empolvándose los pies, tragándose los lamentos, aferrándose a la virgen que cuida a los hijos. Se asomó por cada ventana que veía, por cada puerta mal cerrada. Una lechuza bajó a acompañarla, sus enormes ojos brillaban en la sombra y los gritos agudos que emitía el ave eran similares a los gemidos de Patricia.

Ante la insistencia de sus vecinas, Patricia se acercó al UPC policial. Los chalecos negros, pantalones de color café y camisas caqui se burlaron de la preocupación de la madre.

– ¡Seño, la niña se hizo de marido y usted preocupada! Ja, ja, ja, ja.

No dejaron que la describiera físicamente, peor dar los datos del último lugar donde la dejó para que tomara la tricimoto. El cóndor con las alas desplegadas del escudo policial, que pernocta sobre una descascarada pared del minúsculo cuartel, parecía reír.

Patricia regresó a su casa, encendió velas de diferentes colores y tamaños y resolvió implorar una novena al Divino Niño, que todo lo escucha, para encontrar a su niña de los ojos color pechiche. Se arrodilló ante el pequeño nacimiento que no había terminado de armar, hamacando al Niño, demandando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por Valeria.

Pasaron cuatro días donde la señora Patricia deambuló por Las Malvinas. Callejones, iglesias de diferentes tipos de fe, casas sin empastar, gente que difamaba a Valeria a sus espaldas.

Dejó el chancho en el horno, sin encenderlo, abandonó la corona de adviento que Valeria había confeccionado años atrás. Se percibían los villancicos a lo lejos: “Rodolfo el reno”, “Claveles y rosas”, “Entre pajas y heno”. A Patricia se le escurría el corazón del cuerpo.

Se escucharon ligeros golpes en la puerta de ciprés. Patricia pensó que alucinaba.

– ¡Valeria, mijita, Valeria!, se apresuró en acercarse a la entrada y en abrir el portón. Pero vio tres fundas negras de basura con gotas de sangre y distintos bultos con una nota escrita a mano:

¡Feliz navidad, señora Patricia!

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  • Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. En 2021 publicó su primer libro de cuentos, «La última pasión”, y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net
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