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«Un día cualquiera» nunca es un día cualquiera. Reseña escrita por Christian Espinoza Parra

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«Un día cualquiera» (2021), la nueva novela de Carlos Arcos Cabrera, narra las aventuras de dos judíos conversos, Francisco y Diego de Arcos, hermanos que escapan de la hoguera en España y llegan a América Latina con la intención de borrar su pasado, pero acaban llenándolo con la carne y la sangre de justos e infames.

 Por Christian Espinoza Parra*

La conquista de América será siempre un tema literariamente fascinante y polémico. En ese sentido, desde hace años, ninguna novela o relato o película sobre el tema me había fascinado tanto como la obra maestra del cineasta Werner Herzog. Especialmente por su turbadora escena final, en la cual el delirante caminante cojo, Lope de Aguirre, interpretado por el histriónico Klaus Kinski, sostiene un mono ardilla chiquito entre sus dedos blancos y enguantados de morado y armadura, en medio de las aguas amazónicas por donde navegan los despojos irremediables de su tripulación agonizante, enferma por la fiebre del oro y de la podrida grandeza. Basta un poco más de dos minutos para que las intenciones de Herzog queden a la vista: los conquistadores que al cuestionarse, aunque sea mínimamente a Dios como única respuesta posible —recordemos que Aguirre se declara a sí mismo como su «cólera»—, han provocado una grieta, un agujero en su larga túnica de sombra, y por ahí sólo habrá de canalizarse en contubernio la violencia y la infamia incubada por el Santo Oficio en las tierras del Nuevo Mundo. Cuando Dios dejó de ser un límite, el hombre puso sus pies más allá de las fronteras, no tanto para cruzarlas como para imponer las suyas a los otros. Un día llegará a la luna. Por ahora, décadas antes de la publicación del Discurso del método de René Descartes, ha nacido el hombre moderno.

La pregunta, después de haber visto unas tres veces la película de Herzog, era si habría la posibilidad de ver o leer algo más o, al menos, igual de fascinante. Hace un par de días he descubierto con asombro que sí, pues a finales de 2021, el escritor ecuatoriano Carlos Arcos Cabrera publicó la novela Un día cualquiera, que narra las aventuras de dos judíos conversos, Francisco y Diego de Arcos, hermanos que escapan de la hoguera en España y llegan a América Latina con la intención de borrar su pasado, pero acaban llenándolo con la carne y la sangre de justos e infames.

En un extenso ensayo sobre la novela latinoamericana, Carlos Fuentes escribió que la «edad de oro» y el «buen salvaje» estaban en el Nuevo Mundo, o por lo menos así se lo describía Cristóbal Colón a la reina Isabel la Católica en sus cartas. Es decir, no sólo que los cronistas de indias inventarían el Nuevo Mundo como una fuente de riqueza inagotable, sino que en su ambición brutal acabaron volviéndolo un espacio donde incluso se podrían regenerar los hombres y la antigua Europa. ¿Acaso para los europeos el Nuevo Mundo no era sólo «naturaleza», una «u-topía a-histórica»? Era, además, un espacio sin tiempo, una utopía intemporal que fluiría y sería habitable cuando llegara la civilización occidental encarnada en las espadas y en la Biblia de los conquistadores. El Nuevo Mundo es entonces mucho más que una utopía, es un terreno místico, una nueva promesa de Dios, la misma Tierra Prometida que no llegó a ver Moisés. Pero a esta segunda versión de la Tierra Prometida no llegaron nunca las Tablas de la Ley sino el deseo de inventar desde las cenizas un mundo a sangre y fuego. «Todo descubrimiento es un deseo, y todo deseo, una necesidad. Inventamos lo que descubrimos, descubrimos lo que imaginamos. Nuestra recompensa es el asombro», dice Fuentes. Y esto no quiere decir, ni muchos menos, que los europeos hayan inventado la América Latina de hoy, sino que inventaron el cielo y lo convirtieron en el peor de sus infiernos, como si hubieran tomado la Comedia de Dante y le hubieran invertido el recorrido, o peor: como si hubieran visto en los descansos entre círculos infernales, el único cielo posible.

El Nuevo Mundo prometía riquezas —tan extensas como extensa era la tierra que el Demonio le prometió a Jesucristo cuanto lo tentó en el desierto— y redención. Pero si Jesús rechazó las promesas del Demonio, pese al ayuno de cuarenta días que llevaba encima, y fue recompensado por los ángeles del Espíritu del Señor con una frugal comida por su templanza; sus creyentes no, aunque al venir al Nuevo Mundo se encontraran con el egoísmo, la miseria y la violencia adentro de sus naos. Quizá esa sea la mejor imagen que describa la conquista (así como la que Carlos describe respecto a un pasaje de la Ilíada de Homero), Cristo siendo lo que sus creyentes no podían ser (porque una religión fundada en la egolatría de un ser eterno y omnipresente puede ser todo, menos humilde en su causa), y a la vez fungiendo de Pilato, lavándoles las manos a los conquistadores con el soplo de sus palabras para que empuñen sus espadas y las ensucien de sangre. ¿Pero entonces quién habrá de limpiarlas? ¿Existe palabra alguna en cualquier lengua capaz de perdonar la mano que mata en nombre de lo que ama, sobre todo cuando su amor es grotesco? Creo que por eso en la novela de Carlos, Francisco, el protagonista, ante la inexorable destrucción de la ciudad azteca de Tenochtitlan dice «nunca más nadie podrá mirarla como lo hicimos, como si fuera una bendición del Señor, pero quiso el destino funesto que fuéramos nosotros, los bendecidos con esa visión prístina, los convocados a destruirla». Y este párrafo de cierta manera contesta a la pregunta, porque la religión de los conquistadores era el único mecanismo capaz de limpiar su conciencia; en el fondo, aunque el mundo no tenga ni Dios ni ley, no existe palabra alguna que pueda perdonar las culpas de un hombre o de una mujer cuando el Mal cometido por su mano supera la imaginación posible. Ante la incapacidad de describir la belleza de Tenochtitlan, Francisco dice que «no había palabras para hacerlo, porque las nuestras no servían para eso: eran pobres y limitadas».

Y así la novela de Carlos logra lo que pocas. En un bello pasaje confluye el Viejo y el Nuevo Mundo, encuentran un vínculo más allá de la ignominia, la ambición y la sangre. Francisco de Arcos acude a ver al Emperador Moctezuma, en su prisión, y a diferencia de tantas otras veces que lo ha visto, este es apenas un cuerpo informe a la deriva, derrotado por el peso de la Historia. Es entonces cuando Francisco contempla en el semblante abatido del Emperador del Nuevo Mundo, el semblante del padre que dejó en el Viejo. Las palabras, parece decirnos Carlos, dejan de ser «pobres» y «limitadas» cuando encuentran la forma de las emociones.

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*Christian Espinoza Parra. Comunicador cuencano. Sus crónicas, relatos y crítica cinematográfica y literaria se han publicado en importantes plataformas y revistas digitales ecuatorianas. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net y conductor del programa dominical de streaming por srradio, en el que conversa con las voces más potentes de la literatura y el cine ecuatoriano e hispanoamericano. También se desempeña como asesor de proyectos académicos y narrativos.

*En la imagen aparece el escritor quiteño Carlos Arcos Cabrera. Foto tomada de la revista digital Plan V. 

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