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Por Renato Erazo Estrella*

A la memoria de mi madre, quien en vida fue devota de la Virgen Dolorosa.

Cuando fue invitado por uno de sus ex compañeros de escuela para una reunión por los 25 años de egresados, volvieron a su mente recuerdos poco gratos. Su tamaño y sobrepeso, en lugar de imponer temor o respeto de sus compañeros, era objeto de sobrenombres y bromas que él las sentía como un agravio.

Su caminar lento, su cabeza pequeña desproporcionada ante el tamaño de su cuerpo, la cicatriz con queloide en la frente, su camisa blanca sucia, sus pantalones arrugados, el olor a perro mojado, la inmovilidad de sus brazos al caminar y el arrastrar de los pies hicieron a sus compañeros desconocer el nombre de Jacinto, para ellos pasó a llamarse Robocop, Transformer, Herman Monster, extraterrestre, cabeza de alcancía, alcancía de chanchito y, para los más groseros, “el cochino”.

Nunca sus compañeros pudieron conocer de él sus sentimientos, su voz, sufrimientos, orfandad. Nadie conocía su vivienda. Terminada la jornada se alejaba de manera solitaria y así, día tras día, año tras año, sin un amigo hasta terminar la primaria.

Jacinto siempre fue más grande que el resto de sus compañeros, muy bueno en el estudio, poco dispuesto a hacer bromas y menos aún a recibirlas. En seguida las proyectaba como una ofensa o burla, no reaccionaba y las transformaba en rencores que se acumulaban en su ser generando silencio y deseo de venganza. Por eso optó por aislarse y no participar nunca en las actividades escolares mientras anhelaba que esa etapa dura de su niñez terminara pronto para alejarse por siempre de esa experiencia mortificante.

—Veinte años y más han pasado. ¿Cómo me localizaste?

— Gracias a las redes sociales te descubrí en la foto de un amigo de Facebook, resulta que has sido familiar de esta persona. Así te ubiqué.

—Es una casualidad muy extraña. Detesto las redes sociales y detesto ser fotografiado. Es más, si sabía que mi foto hubiera salido publicada no me dejaba retratar.

—Estás en un grupo entre 15 personas y fue para mí un gusto reconocerte a pesar de los años.

—¿Es decir que para vos no ha cambiado el Transformer, como me decías?

—Compañero, han pasado 25 años, hemos crecido, madurado, somos adultos, olvida rencores. En la reunión nos estrecharemos en un gran abrazo.

—Iré por vos y por la gentileza de tu llamada. Pero, advierte a todos que si me lanzan alguna broma pesada de inmediato me retiraré.

Su madre decidió huir del maltrato que ella y sus dos tiernos hijos, de seis años él y de tres años la niña, recibían de su progenitor. Sin saber a dónde ir y en medio de un arrebato de desesperación, la mujer viajó con sus pequeños hasta encontrar un lugar donde obtener un techo y un trabajo. Así llegó a una ciudad que le dio el elemental refugio que precisaba para ella y sus niños y un empleo en servicio doméstico.

Su patrona consiguió que Jacinto ingresara en una institución educativa de los jesuitas, donde un hermano de la señora era director. Los estudios pagaba la generosa señora. En seguida se evidenció la diferencia socioeconómica entre Jacinto y sus compañeros.

El sufrimiento por el maltrato físico y emocional que recibió junto a su madre y su hermana por parte de su padre provocó en Jacinto una actitud de madurez y responsabilidad reflejadas en su aprovechamiento escolar, que cada año era recompensado con una beca completa.

La situación crítica se presentaba cuando debía realizar trabajos de grupo con sus compañeros, quienes le aislaban de dos maneras:

—Alcancía de chanchito, vos trabaja la parte que te corresponde en tu casa y nos traes mañana—, mientras ellos se reunían. La otra fórmula era:

—Encárgate vos de hacer el trabajo y mañana firmamos todos, cuidado con avisar al profesor porque ya sabes lo que te puede pasar, Robocop.

Las únicas ocasiones en que sus compañeros le oían hablar, con su tono de montubio, era cuando daba lecciones orales. Se ponía pálido, sudaba frío, se frotaba las manos y tartamudeaba, pero una vez que arrancaba era brillante, una lumbrera. En el fondo admirado y envidiado, la reacción de sus compañeros era más negativa aún.

Dos días antes del evento en conmemoración del vigésimo quinto aniversario de egresado de la escuela jesuita, Jacinto pensó mucho en la pertinencia de asistir y volver a verse con sus compañeros de la época escolar, de quienes tenía recuerdos nada gratos.

El reencuentro para él significaba dejar su propiedad agrícola-ganadera en la vecina provincia de El Oro e ir a la incertidumbre de saber cuál sería el comportamiento de sus excompañeros por quienes no sentía algún nexo. Mentira, sí sentía, un rencor inmenso exacerbado a raíz de la llamada de uno de ellos:

—¿Para qué quieren que asista? Para revivir mis sobrenombres y sus burlas— pensó. —Iré y será mi oportunidad de mandarles al carajo. No, mejor no, se limpiarán con todo lo que les diga.

Solo, encerrado en la habitación de su finca, remordiendo el profundo desprecio que sentía, decidió llamar a su esposa, una mujer sensible e inteligente, y confesarle todo cuanto pensamiento surgía en esos momentos. Ella le dijo:

—Creo que debes asistir, enfrenta tus miedos, odios y malos recuerdos, despréndete por fin de esos demonios que atormentan tu vida.

—Si tú me pides viajaré y que sea lo que Dios decida —dijo él.

—Ningún lo que Dios decida —dijo ella—, no le metas a Dios para que decida, él no tendrá la culpa de tus errores o aciertos, pídele que te guíe, el resto es tu responsabilidad, no te hagas el muy vivo, bonita la cosa, “que Dios decida”. Besitos, cariño, y a descansar.

—Bendito Dios, aunque dudo mucho de que exista, qué linda mujer me dio, a lo mejor sí hay Dios —pensó— y me premió con ella, junto con mis hijos que son mi vida, ¿Por qué no puedo borrar tanto rencor hacia mis excompañeros?

Se acostó y en algún momento, de tanto pensar, no supo si soñó o si fue verdad, sintió un intenso escalofrío, se abrió la ventana del dormitorio, entró un viento helado que se incrustó en su cuerpo lhasta provocarle dolor. Entonces entró por la ventana un ser extraño, un ser imposible de describir, un ser que no habló, pero que a Jacinto le envió un mensaje.

-¿Quieres vengarte?”.

—Es mi oportunidad —dijo— es ahora o nunca, esa llamada fue lo que nunca esperaba pero llegó, por algo fue, mi venganza será implacable.

—Muy bien— fue la respuesta del extraño ser—“tienes dentro de ti un virus que llevará a la muerte a tus enemigos que tanto daño te hicieron. Imagínate, qué venganza tan sutil y tan letal, un virus silencioso, invisible.

Cuando llegó la mañana y despertó abrió los ojos con la incertidumbre de no saber si fue sueño o realidad. Miró hacia la ventana de la habitación y estaba abierta.

El día del reencuentro llegó. Decidió asistir no con un elegante traje de gala sino con su ropa de trabajo como agricultor y ganadero.

—Al fin y al cabo igual se me burlarán, pero yo les llevaré el virus y la muerte—pensó.

Llegó con retraso a la reunión. Estaban todos sus compañeros, que habían acudido previamente a una ceremonia religiosa a la cual él no asistió. Entró y sus compañeros se pusieron de pie. Lo recibieron con aplausos y abrazos, le ofrecieron expresiones de reconocimiento, amistad y reconciliación, pero nadie habló de arrepentimiento ni se disculpó. Sin embargo, la actitud de ellos tuvo la fuerza suficiente para acabar en Jacinto con años de ser el portador de la venganza, el odio y el rencor.

El Robot, el Transformer, el Cabeza de Alcancía pudo desprenderse de la carga del odio que había copado su vida. Jacinto correspondió de los abrazos de sus ex compañeros, les agradeció a ellos y les comentó:

—Por ustedes ahora soy un próspero ganadero y agroexportador. Fue gracias al rencor que sentía que me propuse crecer y progresar para algún momento enrostrarles,  pero al ingresar acá todo cambió, sentí su aprecio, su actitud y sus corazones. Amigos, algo bueno sucedió dentro de mí.

Algo especial sucedió en ese lugar . Nadie, excepto Jacinto, pudo ver que al fondo del salón la imagen de la Virgen Dolorosa del Colegio San Gabriel, que presidía la reunión, volvió a llorar cien años después, quizás desconcertada porque, aunque todo se volvió amistad y cordialidad, el virus empezó, silenciosamente y a pesar de los esfuerzos de Jacinto por evitarlo, a contagiar, de uno en uno, a todos los compañeros.

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*Renato Erazo Estrella es cuencano y vive en su ciudad. Doctor en medicina y especialista en homeopatía, es un entusiasta integrante de los talleres de loscronistas.net

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