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Por Viviana Garcés-Vargas*

Debe enseñarse a sí mismo que no hay mayor miseria que tener miedo: William Faulkner

Yo solía asociar mi niñez con objetos voladores. Cuchillos, sartenes, vajillas que se agrietaban en cada desayuno, en las pocas cenas donde papá asistía puntualmente con varios vasos de whisky en el estómago para sobrellevar un matrimonio infeliz y una hija claramente no deseada.

Mamá lanzaba, furibunda, los artículos de cocina y papá farfullaba incoherencias mientras yo me escondía debajo de la mesa del comedor, tiritando, suplicando no tener que limpiar otra noche más manchas de sangre en la baldosa curtida.

Papá encendía el equipo de sonido y ponía el volumen al tope para escuchar “La Novena Sinfonía” de Beethoven y evitar que los vecinos escucharan los gritos, aunque ellos ya sabían que con esa tonada la noche de violencia sería insufrible.

Las sirenas jamás se escucharon, era improbable que en la Kennedy Norte existieran escenas de arrebato intrafamiliar. Papá supo negar con fajos de cien mis contusiones en los muslos, los traumatismos oculares de mamá, evadiendo con camisas mangas largas los cardenales que ella le propinaba como defensa personal.

Papá vivía en negación permanente. De ningún modo se miraba como un progenitor. Golpeaba las paredes al recordar que mamá había coleccionado las misoprostol en su botiquín personal. Ni siquiera los porrazos que él le propinó en reiteradas ocasiones al vientre durante mi gestación evitaron que naciera.

Fui el eclipse solar de una relación netamente casual. Fui la niebla de rizos perfectos, desheredada por el lado paterno que siempre ansió en aumentar su vasta fortuna llena de irregularidades jurídicas. Era ante sus ojos la historia lúgubre que se negaban a aceptar como parte del linaje.

Papá fue aislado a vivir en la clase media. A hacerse cargo de dos bocas que odiaba y pensaba alejar con zurras. A ser beneficiario único de las tácticas en obtener dinero sin esfuerzo alguno. A vulnerar nuestros cuerpos porque le pertenecían al otorgarle sobras de comida y vivienda.

Ese hombre grueso, de 1.80 metros, cejas espesas, barbón y sonrisa traicionera se abochornaba de nosotras y hacía todo lo posible para dárnoslo a notar, con excepción de las misas dominicales donde papá llevaba una esclava en su cuello, apretaba a mamá por la cintura y levantaba amorosamente mi vestido de flores en el momento de la liturgia.

Mi mamá había aceptado entre lágrimas, espalda corva y bajando la cabeza, sin poder observar sus ojos verdes de malicia, vivir en un departamento de dos habitaciones.

Una de ellas fungía como despacho del progenitor leguleyo. Era el único espacio en la cual aún existían vestigios de decencia. Escritorio de guayacán restaurado con tantas capas de barniz para ocultar el bochorno del desamparo, dos sillas ergonómicas adquiridas en remate, múltiples diplomas falsificados que colgaban en las paredes para otorgar conocimientos, archivador gaveta en la cual conservaba los casos a tratar y un clóset de pino donde disimulaba todas las aberraciones que podría realizar en contra de su propia hija.

En ese armario papá mató mi niñez, soltó sus monstruos y me arrancó la ropa. Tenía ocho años, un vestido rosa para visitar el parque lineal, zapatos de charol y una colita en el cabello. Papá colocó el CD del soundtrack de La Naranja Mecánica y con “Música para los funerales de la Reina Mary”, de Purcell, desolló mi alma. Papá me pedía hacer silencio mientras se bajaba el bóxer y se colocaba detrás de mí, perfumado de Old Parr. Yo solo castañeaba los dientes y contenía la respiración, mientras mamá, oculta en el baño de la casa, sabía que sería la siguiente víctima.

Papá entendió que sería el único hombre que gobernase mi cuerpo y que obtendría fácil placer a costa de quien él creía era su propiedad privada.

Tras esos incidentes, la casa se transformó en un búnker de silencio y oscuridad. Cortinas de damasco azul decoraban los pocos espacios habitables para evitar los rayos solares a través de las ventanas bloqueadas. Así evitaba la filtración de la eterna humedad, paredes grises que provocaba el continuo estado de alerta, un bar con botellas casi vacías y una amplia biblioteca con textos jurídicos, libros de psicología infantil y discos compactos de música académica eran las únicas melodías autorizadas por papá. De esa manera anticipaba el pánico que vivíamos una madre y a una niña que no teníamos adónde huir.

Volví a mojar las sábanas de la “Bella y la Bestia” y a llenarme de úlceras en la boca. Mamá optó por cambiar las cubiertas, ya que adolecía de las mismas llagas. Jamás tuvimos acceso a una medicina, a un examen. Mis brazos se llenaron de cortes al igual que las muñecas y el estómago, lo cual intentaba disimular usando buzos extra largos. La psicóloga del colegio, al observarme como un cadáver andante, solo acertó a darme un abrazo: el rector de la institución era amigo de juergas de papá.

En el colegio, mi única escapatoria fue el coro juvenil. Mis tutores de música alagaban ese timbre oscuro, la intensidad dramática que me había llevado a dramatizar papeles en clases como contralto. El primer escenario fue la capilla de la secundaria. Allí, frente al sagrario, entre cientos de estudiantes y padres de familia, la profundidad de mi voz osciló los vitrales y emocionó hasta las lágrimas a mamá.

La toga de satín concho de vino fue mi primer y último uniforme. Papá se encargó de rasgarlo en el momento en que me obligó a cantarle la Misa Menor de Bach en el armario de la casa. No volví a tocar un escenario, mucho menos adorar al Santísimo. Papá volvió a romperme.

Vivía en permanente estado de alerta. Asistir al colegio era un suplicio. Observaba la sombra de papá en mis profesores y cuando escuchaba la voz de mis compañeros estallaba en llanto. Hice que la falda verde del uniforme cubriera mis tobillos y la camiseta polo gris fuese dos tallas más pero, aun así, sentía en todo momento la mirada lasciva de papá.

En clases, mi actitud era arisca, los docentes me reconocían como la jilguera; no obstante, la pequeña pajarita de canto alegre había apagado su voz. El tutor insistía en que regresara a las clases de canto, pero no podía: recordaba la mantilla vino tinto deshilachada por papá.

El último año escolar conocí a Carlos. Ingresó al instituto como un adolescente lánguido, cabello largo cenizo, sin afeitar, ojos oliva, de alma libre, sin gota de prejuicios. Me vio junto a la puerta de entrada del colegio intentando saltar las verjas, implorando que papá no fuese a recogerme. Se sentó al lado mío y dibujó una sonrisa, pero fugué de allí. No admitiría que irrumpiera mi fortín de sosiego.

Carlos se fue acercando con sigilo, dando golpecitos para fraccionar mi burbuja de miedo. A diario dejaba en mi pupitre manichos, chupetes Bom bom bum, chicles, etcétera, siempre con esa sonrisa que, para mí, se transformaba en carcajada. Me enviaba mensajes por whatsapp, pero terminaban sin respuesta hasta que solicitó clases de canto. No supe cómo refutar.

Todos los días, en el horario de receso, Carlos me esperaba para calentamiento de voz y vocalización, de repente con una golosina, a veces con una flor. Se transformó en el primer hombre que me inspiraba cierta confianza.

Carlos tenía alma de abedul. Éramos un permanente contraste de colores y sapiencias. Él sabía sobre matemáticas y física, era un álgebra adolescente, lo combinábamos con ejercicios de respiración, entre risas y chismes del colegio.

Una noche, previa a la fiesta de graduación, donde los halos lunares convirtieron al crepúsculo en el más largo y tenebroso del año, me encaminaba a visitar a Carlos a su casa.

Toqué el timbre y él apareció vestido con una camisa celeste que resaltaba el color de sus ojos y un pantalón de gabardina negra. Había colocado un arreglo de girasoles en el centro de mesa, dos copas de vino Moscatto y una bandeja de aluminio para servir pavo.

Luego de algunos brindis en donde planeamos nuestro futuro lejos de Guayaquil, Carlos se paró detrás de mí, esforzándose por levantar el vestido mientras tarareaba la “Marcha de la Naranja Mecánica” o a mí me parecía escuchar. Empecé a tiritar recordando a papá, sus manos toscas y torpes, ansiosas, groseras, bajando mis bragas y pidiéndome silencio.

Pedí a Carlos que lo hiciéramos en el ropero. Yo ya había empuñado el cuchillo para cortar carne. Mientras en la oscuridad él intentaba desvestirme le encesté el arma tantas veces como me fue posible hasta ver los mismos charcos de sangre que debía limpiar cuando papá buscaba deshacerse de dos mujeres que, por fin, pasara lo que pasara, dejarían atrás el significado del terror.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Acaba de publicar su primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021), y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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