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Carta a mi hija (amor en tiempos de Covid). Una crónica de Juan Carlos Fuentes

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 Por Juan Carlos Fuentes*

               «Dedicado al verdadero amor, ese amor que perdura y supera las adversidades toda una vida».

                                                                                                                                                                                             Gabriel García Márquez

 

Llegaste en un año bisiesto. Te esperábamos ansiosos para los primeros días de julio, pero te adelantaste. Vas a tener la edad de cuando empezó la pandemia en Ecuador. Aquella tarde calurosa del 3 de marzo del 2020, me trasladaba con tu mamá, de Quevedo a Guayaquil a un control médico por su embarazo. La cita era a las 17h00 en el Hospital de la Policía Nacional. El médico especialista al ver el antecedente de preclamsia y la ecografía Doppler (estudio por imágenes que utiliza ondas de sonido para mostrar la circulación de la sangre por los vasos sanguíneos) realizada en la mañana, le dijo que escoja entre quedarse interna con un especialista y únicamente hasta las 19h00, o ir por emergencia al Hospital Alfredo Poulson. Ella caminaba lento y respiraba dificultosamente. Me alzaba a ver para tomar una decisión. Escogimos la primera alternativa, pero luego pasó un minuto, dudamos, dudamos tanto. Y entonces preferimos ir al Hospital de la mujer que quedaba a 10 minutos de ahí, en el sector de la Atarazana. Llegamos a las 18h00. Los guardias de la puerta de ingreso registraron minuciosamente el vehículo antes de dejarnos entrar. En la puerta de ingreso a información se encontraba una llamativa escultura hecha de un material brilloso, algo así como porcelana: era una flor de muchos pétalos; se parecía a la flor de loto de dos metros de altura de colores verde, amarillo, rojo, azul y naranja. Sabía que la flor de loto tiene la capacidad de sobrevivir en entornos difíciles, como las zonas pantanosas, de ahí que sea frecuentemente asociada con la vida tan azarosa que debe enfrentar el ser humano.

Entramos a emergencia y solo a tu mamá le permitieron continuar hasta la sala, donde estaban las camas hospitalarias. A mí me obligaron a quedar en la sala de espera. Se demoraron un poco más de una hora realizándole exámenes de todo tipo. La doctora salió preocupada a avisarme que tu mamita había perdido líquido amniótico y que se le había roto la membrana. Tú tenías un peso de una bebé de 26 semanas. Debían intervenir urgentemente a tu mamá. Solo habíamos ido para un control y esa noche los doctores decidían que ibas a nacer.

No estábamos preparados.

A las 21h20, una voz gruesa femenina salía del altoparlante de la sala de información. Me indicaba que debía subir al segundo piso, a cirugía. En el lugar me esperaba el médico ginecólogo que iba a intervenir en tu nacimiento. Me dijo que el caso se había complicado y el desenlace podía ser mortal. Su comentario helado destrozaba. Sin embargo, a pesar de que la intervención era riesgosa, quería seguir creyendo en la posibilidad de un futuro. Llegaste a las 23h45, la operación había salido muy bien, pero aun así las dos fueron a la Unidad de cuidados intensivos: tu mamita en el Hospital Alfredo Poulson y tú al hospital Roberto Gilbert, que quedaba al lado. Solo los separaba un túnel que a lo lejos como que me dejaba ver a dos mujeres vestidas de un blanco inmenso que escoltaban una cunita rodante: ahí estabas tú y aquellas que parecían seres de otro mundo eran dos enfermeras que te trasladaban a UCIN.

Cuando te vi apenas tenías el tamaño de mi mano. Estabas dormida en una cunita rodeada de paredes de plástico duro y transparente. La temperatura interior estaba acorde a lo que necesitabas y eras monitoreada por aparatos electrónicos. Tenías puesta una sonda en tu boquita para administrarte alimento; agujas; una en tu pie izquierdo, otra en tu muñeca. Estabas apenas con un pañal y un gorrito de algodón: los 5 primeros días únicamente te daban vitaminas. Debían esperar hasta que tu mamá saliera de UCI para que pudiera extraer la blanca leche de su seno, depositarla en una especie de tubo de ensayo y luego a través de la sonda darte de comer. Empezaste con dos mililitros de leche cada 4 horas y conforme iban pasando los días subías la cantidad, hasta que estuvieras lista para engullir el pezón de tu mamita con tus fuerzas chiquitas. 40 días de resistencia: tu lucha y la lucha de tu madre, que a pesar de que la habían puesto en una silla de ruedas te ponía su seno blanco entre los labios. Eres una guerrera mi amor, hoy es 3 de marzo del 2022, cumples dos años. Todavía siguen las visitas a los especialistas, has ido evolucionando perfectamente, nos dicen los expertos. Hoy son dos años de tenerte a nuestro lado y de darnos mucha alegría. Te miro y me miras; te ríes y yo te beso en tu mejilla; suspiras tibiamente.  Estoy ansioso por el día en que por fin me digas: «Papá».

Pero entonces vivíamos tiempos difíciles, tiempos en los que mientras en el jardín de mi vida florecías ya transparente, en otro lado, aunque muy cerca de nosotros moría mucha gente por culpa del coronavirus. Guayaquil se convertía en el epicentro de la pandemia en Ecuador. El coronavirus llevó al colapso al sistema sanitario en la ciudad. Hubo una mediocre gestión de la crisis por parte autoridades locales y estatales, pues en lugar de buscar mecanismos para reducir este riesgo mortal y controlar por fin su propagación, optaban por decisiones estúpidas, desatando un caos irremediable. Decisiones como: anunciar la cremación gratuita de los cadáveres con COVID-19, quizá copiando alguna medida tomada en otro país, donde la capacidad de cremación era muy alta y también el servicio público. Entonces los muertos fueron abandonados a la intemperie. Había largas colas en los crematorios, duraban días y días que se repetían y se mezclaban en contubernio con el tedio y la muerte. La gente llegaba a los cementerios con los cadáveres y se regresaban, como si fueran trámites mal hechos en el registro civil, porque les indicaban que debían pagar y esperar a que primero atiendan a sus clientes. Encima, solo se podían cremar 12 cuerpos al día. Había cuerpos tirados en las calles, cuerpos acumulados morbosamente en las morgues de los hospitales, incluso cuerpos en sus oficinas. Luego supimos que habían confundido la identificación de los cadáveres. De modo que después hubo exhumaciones dispuestas por fiscalía, debido a las equivocaciones de estos funcionarios. Hasta ahora hay cuerpos sin identificar y familiares que reclaman desesperados por sus muertos. Las autoridades de Guayaquil tuvieron que contratar cuadrillas de estibadores del Puerto marítimo para almacenar a los fallecidos que no cabían en las morgues y eran puestos en contenedores refrigerados, como si fueran pedazos de carne vieja.

Asimismo, las autoridades, a finales del mes de marzo aterrorizaban a la ciudadanía con el anuncio de la construcción de una fosa común para inhumar una cantidad asombrosa de muertos por COVID. Una vez cerrada la fosa levantarían un mausoleo en su honor. Pero después de un sinnúmero de críticas, se retractaron y anunciaron que «velarán y garantizarán un entierro digno y construirán otros cementerios».

Según el Observatorio Social del Ecuador, el Estado reconoce oficialmente hasta la fecha 35.223 personas fallecidas por COVID-19. Sin embargo, a partir de enero de 2020 y hasta la fecha de acuerdo con el registro administrativo de defunciones del Registro Civil, identificación y cedulación de Ecuador, el exceso de personas fallecidas durante la pandemia es de 84.747 personas, comparado con el promedio histórico registrado en 2015 y 2019. Me falta decir que, según el INEC, solo en 2020 se registraron 265.437 nacidos vivos.

«El amor se hace más grande y noble en la calamidad», había leído alguna vez Florentino Ariza. Ese personaje tormentoso de la novela El amor en los tiempos del cólera. La calamidad nos muestra el rostro más feo y rabiosa de la desgracia. Pero el gran Gabo me enseñó con esta frase, en medio de aquella larga sombra de la noche, a creer en el amor, a confiar en que no hay horizonte que no amanezca.

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 *Este texto fue desarrollado durante el V Taller online de crónica, organizado por loscronistas.net

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