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«La mancha humana», de Philip Roth. Un ensayo de Vinicio Manotoa

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«La mancha humana» cierra la trilogía americana de Philip Roth. La novela cuenta el intento de Nathan Zuckerman por escribir por encargo la ominosa historia del asesinato de la esposa de Coleman Silk, un anciano profesor de 71 años, defenestrado por la Universidad en la que trabaja por una acusación de racismo. El ser humano se debate aquí entre la ocultación y la invención.  

Por Vinicio Manotoa*

Roberto Bolaño afirmó que existen dos linajes en la literatura norteamericana que, desde perspectivas opuestas y complementarias, han determinado el devenir de la ficción posterior: Herman Melville y Mark Twain. De esta manera, la literatura del siglo XX osciló entre la pesadilla y la aventura. Pertenecen a la primera: Faulkner, Cormac McCarthy y Paul Auster. A la segunda: Fitzgerald, Hemingway y Raymond Carver. Pero a esta tentativa de clasificación, tan propia de un lector apasionado, valdría agregar la de un linaje bastardo donde caben, si fuera posible hablar al respecto, de proyectos escriturales que escapan a las etiquetas. Philip Roth se inscribe en esta genealogía desdichada. Su obra es un continuum de desplazamientos, deslindes y desterritorializaciones. A través de experimentaciones discretas, desarticula la tradición de su época, al tiempo que ofrece una serie de hallazgos sobre los modos de ficción contemporánea. En este sentido, la construcción de Nathan Zuckerman llevada a cabo en la Trilogía Americana supone la invención de uno de los grandes personajes de inicios del siglo XXI. Encarna la voz de un proceso de configuración sobre el arte de contar historias. Más que un personaje, podríamos tomarlo como un arquetipo de intelectual que, a través de operaciones cínicas y críticas, ha tomado posesión de materiales a su alrededor para construir historias que abordan conflictos vitales donde los vasos comunicantes entre el microcosmos familiar y el devenir histórico de EE.UU. en el último siglo se revisan de forma minuciosa.

La mancha humana (2000) es, quizá, la más compleja de las novelas que componen la Trilogía Americana de Philip Roth. Coleman Silk, un anciano de 71 años visita en 1998 a Nathan Zuckerman para pedirle que escriba la historia sobre el asesinato cometido en contra de su esposa Iris, por parte de la Universidad de Athena, Nueva Inglaterra. Ambos viven en una pequeña ciudad del Medio Oeste en la recta final de sus vidas y comparten, además de la literatura, un origen común: son judíos provenientes de Nueva Jersey. Ante el extraño pedido, Zuckerman lo interroga y Coleman le cuenta que dos años atrás había sido acusado de racismo por dos estudiantes. Hecho que precipitó la caída de su posición en el centro de estudios y su separación. Y que, por otra parte, significó para su esposa la caída en la vergüenza y la deshonra, la desdicha y la enfermedad que la arrastraría hasta la muerte. Había intentado escribir él mismo la historia titulada Humo negro, pero algo en su interior le impedía continuarla. Lo necesitaba. Zuckerman lo escucha con atención, hasta que otra revelación posterior lo obliga a replantearse muchas cosas. Coleman Silk mantiene una relación amorosa con una mujer de 31 años, Faunia Farley, trabajadora de limpieza de la universidad y no sabe leer ni escribir. De esta manera inicia el relato intempestivo de vidas que se deshacen en el silencio y el horror de una sociedad en clausura.

Al igual que en Desgracia de J.M. Coetzee, Roth parte de un acontecimiento que ha puesto al descubierto los límites morales de sociedades conservadoras. Como en la novela del autor sudafricano, sus personajes son profesores de literatura que en la vejez han cometido afrentas contra el orden axiológico de su mundo. Lo interesante en este punto es que se puede apreciar la crisis de las universidades, en la medida que, por razones históricas vinculadas al proceso de globalización del estilo de vida norteamericana después de la caída del Bloque Soviético, se ha institucionalizado un pensamiento único que no tolera la diferencia, pese a que asegura reivindicarla. Esta contradicción hace que la novela reflexione sobre el devenir del pensamiento crítico y su repliegue en la sociedad contemporánea cada vez más reaccionaria y autoritaria. En este punto, La mancha humana se deslinda de Desgracia, para suscitar una de las ficciones más estremecedoras de todos los tiempos. El arco temporal que establece con la cólera de Aquiles en La Ilíada no es casual: permite conjeturar los modos cómo la violencia ha consumido la vida de las sociedades occidentales a finales del siglo XX.

Esta atmósfera persecutoria, hecha de rituales de purificación, traza un paralelismo con la crisis democrática norteamericana que tuvo su punto culmen en 1998, cuando el escándalo sexual de Bill Clinton con Mónica Lewinsky hizo que estallase un proceso de destitución en nombre de la salud pública estadounidense. La acusación contra Coleman puso en movimiento un proceso de metamorfosis espiritual que aconteció poco a poco a través de trasgresiones a su modo de vida anterior cercado por límites sociales arbitrarios. La vejez aparece representada como una instancia de transformación existencial donde la aventura, la sabiduría y el desprecio permiten resignificar la indignación. El estigma en Coleman desmoviliza el tabú, pero no por eso deja de ser una anomalía:

¿Quiénes son ahora? Son la versión más sencilla posible de sí mismos. La esencia de la singularidad. Cuanto es doloroso ha cuajado en pasión. Ya no pueden lamentar siquiera que las cosas no sean diferentes. La repulsión por lo que les ha hecho el mundo es como una trinchera en la que se protegen. Han logrado escabullirse por debajo de lo que amontonaron sobre ellos. Nada en la vida les tienta, nada les emociona, nada reduce su odio a la vida como esa intimidad. ¿Quiénes son estas personas tan absolutamente disímiles, unidas de un modo tan incongruente a sus edades respectivas? Son el desastre hacia al que los empujan. Al ritmo de la orquesta de Tommy Donsey y el suave canturreo del joven Sinatra, avanzan mientras bailan desnudos, hacia una muerte violenta. Cada ser humano termina de una manera distinta: ésta es la manera en que lo hacen ellos. Ahora es imposible que se detengan en el tiempo. Nada hay que hacer (pág. 1043).

Por otra parte, Faunia Farley expresa el elemento irracional del sentido común no porque ella lo buscase, sino porque en ella se ha tatuado el ímpetu brutal de desasosiego y desesperanza de finales del siglo XX. «Es inútil huir de la muerte» (pág. 902), dice Faunia, mientras reconstruye su vida hecha de fragmentos: matrimonios desafortunados, golpizas, violaciones, adulterio, hijos muertos en un incendio, etc. En fin, este recorrido en las capas geológicas de su pasado, permite visualizar cómo la historia de los individuos puede convertirse en un pandemónium de infortunio y locura. Por eso, Les, su exesposo, se niega a dejarla en paz. Como veterano de Vietnam, ha pasado lo peor, pero ni siquiera eso —la cólera, las alucinaciones, la violencia sin sentido y el alcoholismo— ha sido suficiente para aplacar su impotencia. Tal vez él podría pertenecer a una segunda Generación Perdida, que lamentablemente carece de los medios para construir un enunciado a su vida o al menos intentar esbozar la trama de su oscuridad. La incapacidad que podemos padecer todos cuando las cosas se salen de nuestras manos.

La existencia entendida como proyecto hace de la vida de Coleman una mentira sin fin. La genealogía secreta de su familia se revelará, por casualidad, sólo después de su muerte. La conmoción de los secretos familiares socava la naturaleza multiforme de la vida. Gracias a su relación con Faunia, Coleman sabe que: «Todo cambia con el deseo» (pág. 1009); aunque esto, en modo alguno, suponga la reconciliación con el pasado. Que se presenta infame, vergonzoso, y que a merced de la pasión supera las coartadas sociales del sentido común. Pero la vida como proyecto sartreano no funciona. Puede uno rebelarse contra el pasado, asumir una posición parricida, pero el péndulo de sufrimiento no se detiene.

Como narrador, Zuckerman vive en la tensión permanente entre la omnisciencia y el testigo. Escribir supone un acontecimiento de la imaginación. Después del accidente de Coleman y Faunia, Zuckerman comprende que es imposible conocer a fondo a una persona. El asiste a los dos funerales guiado por la obsesión que está en el corazón de toda novela. Ahí se da cuenta que estos aparentes rituales de purificación, consuman la lapidación pública. A Faunia a través de la ridiculez y la relación de una muerte abyecta. A Coleman, con la restitución del destierro y la consagración por parte de la universidad que lo había expulsado. En ambos casos, el diablo del pequeño lugar palpita como un cáncer silencioso: el chismorreo, la acritud, los celos, el hastío y la mentira. La mentalidad provinciana ha simplificado la muerte y al hacerlo ha reducido las posibilidades de la vida: «la oscuridad del corazón humano es inexplicable» (pág. 1141). De este modo, Zuckerman problematiza su propio proceso de escritura y llega al instante estelar donde imagina la escena cuando Coleman le revela a Faunia su secreto. Al final de cuentas, la incertidumbre funciona como lugar de enunciación privilegiado del novelista: «Ahora que lo sabía todo, era como si no supiera nada» (pág. 1184).

La mancha humana (2000) encarna, entonces, el deseo inconsciente de ser otro. Sus personajes luchan contra su origen porque han entrevisto en esta actitud la posibilidad de superar cualquier condicionamiento. Aunque al final no se consiga nada, aunque al final no haya nada qué redimir. Queremos huir de la asfixia familiar, pero afuera no hay aire para respirar. ¿Por qué nos obstinamos en evadir las sombras de nuestros antepasados? ¿Estamos dispuestos a experimentar la locura y el desencanto?  ¿Podemos prevenir el desastre íntimo? En Introducción a la literatura norteamericana, Jorge Luis Borges afirmó que el trascendentalismo fue el movimiento intelectual más importante del siglo XIX, de manera que sus ecos y resonancias se extienden también en la obra de Roth, en la medida que muestra la hostilidad del mundo y caracteriza de patología al empeño norteamericano por la conquista de la felicidad. Como en La Ilíada, lo que nos queda en claro es que el ser humano es un ser rapaz, que se debate entre la ocultación y la invención. Y la fría naturaleza a nuestro alrededor, como en el caso del lago congelado donde Zuckerman encuentra pescando a Les Farley, la celda de un loco.

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*Vinicio Manotoa (Santo Domingo, 1990). Estudió literatura en la Universidad Central del Ecuador y en la Universidad Andina Simón Bolívar. Integró el taller de escritura creativa de la CCE dirigido por Edwin Madrid.  Ganador del concurso de Poesía Alfonso Chávez Jara (2011) con el libro La máquina del grito, y ganador del concurso interfacultades José Saramago (2013) en la categoría de cuento. Textos suyos han aparecido en antologías. Actualmente es colaborador de la editorial educativa Ecuafuturo y docente secundario en la Unidad Educativa Eloy Alfaro. Su más reciente libro es el poemario Los cuadernos del desamparo (2021).

*En la imagen aparece el escritor estadounidense Philip Roth (1933-2018). 

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