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Por Dalia Palomeque Matovelle*

GUAYAQUIL.- Es domingo 22 de octubre del 2021 y venciendo el miedo a la pandemia y a ir al barrio, voy con mi amiga Magaly y su hija Ayleen a comer en casa de Marsia. Tomamos un taxi amigo, porque es seguro, y allá vamos, a Socio Vivienda 1.

Tenía ciertas preocupaciones de ir hasta este sector del norte de Guayaquil. La prensa difunde tanto sobre la delincuencia y el abandono de este programa de vivienda, además que, efectivamente, por lo menos en dos ocasiones ha sido intervenida por la Policía debido a los altos índices de delincuencia que allí se registran. Sin proponérmelo, quizá forjé en mi cabeza prejuicios y temores.

Para llegar debemos pasar por la Entrada de la Ocho, sector que, igualmente, goza de una fama delincuencial muy alta, ubicado alrededor del paso a desnivel que distribuye el tráfico entre la vía Perimetral y la Avenida Casuarina, que va a Monte Sinaí.

Hay un mercadillo alrededor, un gran bullicio, vendedores chocando con las tricimotos y los peatones, altavoces y música en alto volumen para que los vendedores anuncien sus productos. En las primeras cuadras, cúmulos de basura en las esquinas y gente circulando a pie o en vehículos, sin ningún orden.

Pasada la Entrada de la Ocho, el paisaje cambia y el ruido desaparece. Las calles se ven más limpias, amplias, asfaltadas. En su mayoría están pintadas y lucen pequeños jardines en sus portales.

Eso sí, todo está enrejado, inclusive las calles peatonales. Es por seguridad -suele decir Marsia, porque vienen del otro lado, de Socio Vivienda II, allí sí es más peligroso, en esa etapa reubicaron a los habitantes de las márgenes del estero salado, sin ningún criterio, y trasladaron muchos delincuentes de todo tipo a este programa de vivienda. Fue en la época de Correa.

Nos recibe con una sonrisa, algo somnolienta: se quedó dormida mientras nos esperaba, confiesa un poco avergonzada. La culpa fue nuestra, pues nos atrasamos porque esperábamos a que Ayleen, la hermosa chiquilla de 14 años, hija de Magaly, terminara su labor juvenil en la iglesia donde participa en actividades pastorales para jóvenes.

La casa es la segunda después de la vivienda esquinera. Para entrar debemos esperar que abra la reja de la calle peatonal. Una vez adentro, el barrio se ve limpio, algunas casas tienen jardín, otras con las yerbas secas se ven algo descuidadas. En su casa, el jardín está cuidado por ella con esmero.

Marsia del Rosío Vernaza Medina -Marsia con S, porque así está escrito en su partida de nacimiento y ella lo aclara con mucho énfasis-. Nació en Esmeraldas el 7 de junio de 1963 y ha cumplido 58 años. De estatura mediana, un tanto pasadita de peso, es una mujer afro, una negra muy orgullosa de su etnia y de su origen y lo pregona por donde va con su turbante de colores combinando siempre con su ropa.

Su casa es pequeña, sencilla, muy ordenada, bonita. Ha logrado ampliar la sala-comedor utilizando el área del portal exterior y además está remodelando la cocina y construyendo un nuevo dormitorio en el área destinada al patio.

Al entrar impresiona la sala, un rinconcito romántico creado a partir de una máquina de coser, de marca Singer, que usaban las abuelas, adornada con un bonsai de artesanía, con flores de perlas rojas y taburetes con forros de arandelas. Al fondo, como marco del comedor, una jardinera con plantas verdes crea un ambiente familiar y acogedor.

Marsia vive sola. Le gusta la comodidad, tiene su espacio para ver televisión y una pequeña biblioteca. Le encanta leer, cuidar sus plantas, su jardín. La casa responde a su personalidad, sencilla, bonita, dulce, soñadora.

Siempre sofocada, ansiosa por caminar rápido, de mirada inteligente y penetrante, no está quieta ni un instante. Su carácter es fuerte, complicado -dicen algunos de sus amigos- porque no está dispuesta a permitir que atropellen sus derechos o el de los demás.

Trabajadora y comprometida, es solidaria y leal con sus amigos y con su equipo.

Es una compañera difícil de tratar, dice su amiga y ex compañera del Programa del Muchacho Trabajador, Magaly Montaño: «Al principio no nos llevábamos bien, pero cuando uno la conoce la llega a querer, porque es incondicional, leal, trabajadora, una amiga con quien se puede contar en cualquier momento”.  Ahora son amigas y compañeras en el voluntariado que realizan, ayudando a adultos mayores en el tiempo que tienen disponible.

Rosalía Perdomo, ex jefa y compañera, cuenta: Marsia es leal, es honesta, trabajadora, yo la admiro mucho, es un ser humano como pocos.

Yo la conocí en la Fundación Vicente Rocafuerte como promotora de jóvenes en la cooperativa 29 de Abril, de Mapasingue, allá por 1987.

Desde entonces trabajamos juntas, hasta el 2016, cuando me jubilé.

Quise escribir sobre ella porque es como la describen sus compañeras: luchadora, enérgica, malgenio, enojada, imparable, comprometida hasta los huesos con su gente, con sus propósitos, con sus niños trabajadores a los que cuidaba y capacitaba en el centro Mi Trompo del Programa del Muchacho Trabajador de Guayaquil.

Sabía que siempre contaba con ella. Sabía de su honestidad, de su entrega al trabajo, de su compromiso con la causa de los más vulnerables. Sabía también de su amistad incondicional y de su lealtad a toda prueba.

Hoy se esmera en atendernos. Lleva un vestido azul con colorinches, que le queda muy bien, y su infaltable turbante que en esta ocasión no recoge sino solo una parte de su cabello. Con sus lentes puestos me muestra su casa, me dice que espera en algún momento tener habilitada una sala más grande que le sirva para dar charlas de capacitación y hacer otros eventos culturales para la gente del sector, una especie de sala múltiple.

Siempre sueña con apoyar a la gente, especialmente de su barrio, que necesita mucha ayuda: “Aquí la gente es pobre y especialmente los adultos mayores no tienen quién vele por ellos”. No para un instante, prepara la comida, nos sirve una cerveza, nos muestra sus libros, me habla del jardín. Es un ventarrón, un tornado que lo revoluciona todo a su alrededor.

Nos brinda pescado frito con arroz y patacones, acompañado de una salsa de rábanos, tomate y cebollas que, aseguro con certeza, no se come en ninguna otra parte. El plato es una delicia, una comida gourmet que destacaría en cualquier restaurante de esos elegantes que cobran una fortuna. Rematamos esa deliciosa comida con una cerveza Club bien helada.

Marsia trabaja en el MIES como analista en la unidad de Inclusión Económica, con las mujeres usuarias del Bono de Desarrollo Humano que optan por un préstamo para emprender pequeños negocios. Su tarea consiste en capacitar, apoyar a instalar ferias de emprendedores, dar asesoría y seguimiento a los negocios que las usuarias emprenden.

“Hago lo que puedo”, dice Marsia con cierto escepticismo, “muy pocas aprovechan este beneficio, el programa no tienen gente suficiente para hacer seguimiento y la mayoría de las mujeres pide el préstamo para gastos personales, pero las que aprovechan salen adelante, crean negocios pequeñitos de venta de productos de uso diario, de comida, manualidades y otros”.

El problema – señala- es la comercialización. “Para que tengan un retorno aceptable no sólo de su capital sino también del enorme esfuerzo que realizan todos los días a fin de mantener el negocio, necesitan apoyo, tener dónde y a quién vender sus productos. No basta con el capital base. Es duro, muy duro para ellas y para nosotros como funcionarios”.

En otra ocasión visité a su mamá en su casa de la Cooperativa 29 de Abril, de Mapasingue. Ella es Celmira Medina Caicedo, tiene 84 años, nació en Esmeraldas en un sector llamado Santo Domingo de Onzole -ya no extraño mi pueblo, vivo aquí 46 años- refiere. Vive en una pequeña casa construida en el terreno que Marsia consiguió para ella en este sector.

Nos recibe en su dormitorio, que le funciona como salita. Aparte tiene el comedor y una cocina. Sobre la mesa hay una biblia. Va a la iglesia evangélica “Nazareno” tres veces a la semana: “me cambié -explica- porque ahí está mejor, están más claros los caminos de Dios”.

Camina lento, cojeando un poco por la artritis y la artrosis que hacen doler las piernas y las rodillas. Pero se vale por sí misma. Cerca viven su hija menor María del Carmen y su familia, y otro hijo con su familia. Tiene 7 hijos, 22 nietos y 7 bisnietos.

Se acuerda de sus nombres y de quiénes son hijos sus nietos y bisnietos, pero cuando habla de Marsia a veces la confunde con María del Carmen.

Cuando nació Marsia la llevó primero con su tía y vino a trabajar a Guayaquil como empleada doméstica: “Qué más va a hacer uno que no tiene educación y no sabe hacer otra cosa” – dice con cierto resignado rencor en la mirada- y la trajo con ella. “La tenía que llevar a donde quiera que fuera, es difícil trabajar con un hijo”- dice Celmira-. “Trabajaba donde mi comadre Alicia y había otros niños pequeños. Recuerdo un patio grande, una bodega, eso era en Miraflores, pero como al hijo de uno no lo dejan tranquilo, siempre le pegan los otros niños, una vez la segunda niña con su triciclo la hizo caer y le rompió la cabeza. Ahí me fui a trabajar donde la abogada Rosario Mora, pero siempre me la tenía que llevar conmigo. ¿con quién la iba a dejar? así era”, rememora moviendo la cabeza a un lado y a otro.

“Ahí tengo un vacío”, interrumpe Marsia buscando en su memoria. “Recuerdo que me trajo a Guayaquil, yo vivía con mi mamá y ella trabajaba como cocinera donde Alicia Argüello, mi madrina”.

A los siete u ocho años ya trabajaba cuidando a los niños más pequeñitos de la casa de la abogada Rosario Mora. Mi mamá recibía el dinero con el que pagaba la escuela Fe y Alegría, donde estudié.

Recuerda que no le querían dar la matrícula porque ya tenía ocho años y era muy grande, pero al final la recibieron y allí terminó la primaria.

“Pasaba a veces los fines de semana con mi madrina. Allí yo era feliz. Una vez me quedé una semana completa y cuando regresé a la casa mi mamá se había mudado -yo me quedé en la calle-. Regresé con mi madrina a Miraflores y viví allí el resto del tiempo, mi adolescencia y juventud, hasta que empecé a trabajar y pude vivir sola”.

“Mi comadre me decía que cuidara a la niña más chiquita- interrumpe Celmira y yo se la llevaba una semana o tres días y después la iba a retirar, esa vez se quedó y no quiso venir conmigo”.

¿Y Ud. no la fue a buscar?, pregunto. “No, yo tenía mucho coraje porque se quedó allá. Ella tampoco me vino a visitar más, ya apareció ahora de vieja” -contesta con un rictus de tristeza en el rostro-.

Hay nostalgia y frustración cuando Marsia habla de su mamá. Yo era muy chica -dice- pero recuerdo que mi madrina me sentaba en una vitrina de la tienda y me metía caramelos, unas bolas grandes, en la boca, y decía que de allí no podía moverme…

“Con María del Carmen mi mamá ha tratado de enmendar los errores cometidos con nosotros. Ella oficialmente tiene seis hijos pero, en realidad, somos siete, digo oficialmente porque al primer hijo ella lo dejó a cargo de la madrina, sin papeles, y nunca regresó a buscarlo, finalmente la madrina lo adoptó y crio.

“Un día mi hermano, que es mi único ñaño de padre y madre, vino a conocernos y quería regresar a vivir con nosotros, yo le dije que no, para qué. Él tenia una buena vida, una familia, estaba por entrar al Ejército. Debía seguir su destino.

“Con mis otros hermanos me llevo bien, sólo conozco a tres, de los demás no sé nada. Con César tengo un problema existencial, es pastor evangélico y la mayor parte del tiempo vive en Manabí, cuando viene acá, donde la mujer y su hijo mayor que tiene problemas de alcohol y drogas, se amarga la vida y le amarga a los demás.

“A mi papá… -calla un momento y luego añade- no lo conozco, no lo he visto nunca, sé que se llama Alirio Vernaza Yascón, solo eso sé de él”.

Trabajó como empleada doméstica puertas afuera para pagarse los estudios en el colegio nocturno Célleri. Después de graduada entró a un curso a distancia para asistente educativa, curso validado por la Universidad que le otorgó el título de Tecnóloga Educativa. Posteriormente estudió en la universidad. “Soy socióloga”, grita con orgullo.

“Lo que siempre tuve claro es que no quería ser como mi mamá. No le guardo rencor, ahora la ayudo en lo que puedo, pero yo tenía que salir”, señala con actitud casi desafiante. “Trabajé arreglando casas, cuidando niños, ayudando en la tienda de mi madrina, y aquí estoy, trabajo en el MIES, aunque con un sueldo muy bajo que no corresponde a mi título y que no ha variado desde el 2010, pero hago lo que me gusta, tengo mi casa, vivo sola, soy independiente.

“Tengo que cuidar de mí misma, y estoy pensando desde ahora qué hacer cuando me jubile, cómo mejorar mis ingresos. Puedo vender comida, hacer tortas y otras cosas que me salen bien”.

No tengo mucho, explica Marsia, pero lo que tengo lo he ganado con mi esfuerzo, con mi talento y con mis propias manos.

Para ayudarse vende productos Avon. Lo he podido combinar con su trabajo, aunque ahora con la pandemia bajó el negocio porque sus compradoras son las compañeras del MIES.

Tiene un terreno junto a la casa de su mamá, y proyecta el próximo año construir un departamentito para alquilar y tener $100 dólares extras de ingresos. Una vez puso un negocio de venta de pollos, pensó que su hermana podría apoyarla, pero no fue así y el negocio fracasó.

“En ocasiones me da un ataque, pienso que estoy jodida, esta lucha idealista que yo tengo de ayudar a otros, no me ha llevado muy lejos. Todos me dicen que a estas alturas debería estar mejor, yo creo que sí, el asunto es el recurso, si ahorita me gasto 100 dólares, me quedo sin dinero para pagar la luz o para comprar comida o para el carro. Es un problema porque mi sueldo no ha mejorado aunque ha aumentado, y mucho, el trabajo”.

“Entendí que en el mundo que estoy no importa la capacidad que pueda tener, el esfuerzo que realice o el trabajo que haga. Si no tengo los contactos políticos no se puede arreglar el sueldo, no se puede cambiar nada. Mis compañeras del ex INNFA tampoco han mejorado sus sueldos, ganan 500 dólares desde hace 20 años y se mantienen con contratos ocasionales.

“En el Estado no hay proporción entre el trabajo y el ingreso, siempre con el argumento de que no hay plata. Entonces la gente hace cachuelos para completar el presupuesto. Mi gran problema es que estoy sola, no tengo apoyo familiar, no tengo quién me ayude, pero me tranquilizo porque sé que hay personas que están peor que yo.

“Mi pelea es que no me boten, he sobrevivido con 700 dólares mensuales tanto tiempo y me toca seguir. No es conformismo, pero por lo menos tengo un trabajo y una casa donde vivir, ya es bastante”.

¿Y el amor? “Amor a la vida será» -dice riendo con ganas-. “No fue como esas chicas que tienen la chance de soñar. Reflexiona que cuando se ha tenido una vida difícil no hay esa oportunidad. «Uno cuenta los chirijos para comprar lo indispensable”.

Cree que siempre se ha enamorado de la gente que no debía. -Su primer amor fue en el colegio, pero no fue mportante, ni siquiera se acuerda. Después conoció a Jorge León, el ojo de gato, de él me enamoró, pero él no se fijó en ella, según presume porque era negrita. En la Universidad conoció a Roger, él era blanco y más joven que ella, pero hubo por lo menos para quitarse las cosquillas del cuerpo.

“En 1996, en un taller inolvidable del PMT, conocí a un chico ex militante del M19, la guerrilla colombiana. Fue una aventura, una locura, la más grande de mi vida -se sonroja-. Fueron días de puro sexo y del bueno. Una noche fuimos a la discoteca, nos hicimos amigos y de una cosa pasamos a la otra. Yo siempre tenía el complejo de pensar que porque era negrita no tendría pareja, pero en la discoteca fue bonito porque había chicas guapas que se le iban de frente y, sin embargo, él solo se fijó en mí.

Con él no había términos medios. Al día diez tuvo que parar porque él no dormía, después de una noche de locura iba al taller como si nada. Ella, en  cambio, se moría de sueño, no daba más. La hizo sentir bien, era muy respetuoso y se mostraba orgulloso de estar con Marsia.

Eso para ella fue bueno, la ayudó en mi autoestima. Parafaseando a Ítalo Calvino podría decir que la perfección de la aventura residía en que había comenzado y terminado en el término de 15 días de un taller inolvidable, había tenido lo mejor que se podía desear.

Cuando se fue a Colombia se siguieron escribiendo como un mes. A veces llamaba, hasta que desapareció. Después de eso, Marsia solo se ha dedicado a sus actividades personales.

“Viajes, no. Antes yo soñaba irme a Ciudad Santa, y a otros lugares como Hawai, tomarme una piña colada en la playa, pero, ¡con este sueldo!  no se puede soñar, sin embargo, he trabajado tanto que pienso que me lo merezco, que valdría la pena.

“Me gusta el trabajo, me quedo tiempo extra sin que jamás me paguen, pero así puedo adelantar tarea, evitar estresarme y que me presionen. Cuando siento demasiado estrés le pido a la compañera Miriam que me ponga en su programa de visitas de campo, así salgo a los sectores, hago seguimiento, respiro y me siento bien. El contacto con la gente es importante para ellos y para mí”.

Aparentemente, Marsia no es nadie especial. Es una mujer, una promotora social como otras, diariamente va al trabajo, sale tarde de su oficina y no importa si es sábado o domingo o día festivo. Si se la necesita allí está, con la gente que requiere apoyo en los sectores populares, en las salas de capacitación, en la oficina. llenando interminables informes y matrices, sin horario, sin tiempo, trabajando con alegría y tesón, buscando cumplir una meta, un objetivo.

Pero cuando uno se acerca a esta mujer y hurga un poquito, solo un poquito, en su interior, en sus sueños, en sus anhelos, se da cuenta de que sí, de que es una mujer especial.

Necesita serlo para salir de la pobreza, de la falta de oportunidades. Para dejar de ser invisible, luchar por lo que quiere, no dejarse vencer por la marginación, la discriminación, el menosprecio o la autocompasión, porque es tan fácil victimizarse y sencillamente dejar de luchar, más aún si se es mujer, negra y pobre. Necesita reinventarse día a día, necesita resistir y seguir.

Ella representa a miles de mujeres y hombres que luchan por mejorar las condiciones de vida de su familia y de sí mismos.

No son visibles ni importantes para los políticos -a menos que sea tiempo de elecciones-, tampoco para el gobierno ni para el Estado, ni siquiera son importantes para sus jefes, no son importantes para el Sistema.

Ellos y ellas son lo que, en este mundo globalizado, Manuel Castells llama “trabajadores autoprogramables” y trabajadores genéricos, “es decir, forman parte del ejército que realiza trabajos feminizados, como dice Celia Amorós, trabajos vulnerables, precarios, discontinuos, mal remunerados, inestables, con derechos laborales cada vez más recortados.

Para ellos nunca alcanza el presupuesto, no importa violar la ley y mantenerlos con sueldos miserables y trabajos extenuantes, muchos con contratos ocasionales por décadas, sin posibilidad de proyectarse, sin protección, sin futuro.

Son ellas y ellos, desconocidos, anónimos trabajadores a veces silenciosos, a veces rebeldes, quienes construyen este país, es a ellos y ellas a quienes les debemos nuestro respeto y nuestro agradecimiento.

Marsia se despide con una sonrisa y con la mano nos dice adiós mientras cierra la reja de su calle peatonal. “¡Vuelva pronto -dice a la distancia-, ya ve que no es tan peligroso”.

__________________________________________

*Dalia Palomeque Matovelle, nacida en Azogues, guayaquileña de corazón, socióloga, educadora, exdirectora del Programa Muchacho Trabajador del Banco Central en Guayaquil.

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Comments (5)

  1. Patricia T Ordenana

    20 Mar 2022

    Es una hermosa crónica de una mujer sabia, profundamente comprometida con la gente, con los niños y niñas
    Me alegró leer de su vida y, saber su edad, sus amigas
    Gracias Dalia por mostrar el lado humano de Marsia

    • Los Cronistas

      21 Mar 2022

      Muchas gracias a usted, Patricia, por su generoso comentario.

      Saludos fraternos,

      Rubén Darío Buitrón
      Director
      loscronistas.net

  2. Andrés Valero

    21 Mar 2022

    Excelente relato que muestra la realidad de esos héroes anónimos que forman el tejido escondido de la sociedad. Oportuno en estos momentos en que la sociedad se encuentra perdida en una mezcolanza de sentimientos frágiles que van desde la decepción hasta la ilusión desmedida. Un recordatorio de que siempre se puede y debe esperar lo mejor sin escapar de la realidad y de uno mismo y trabajar por ese bienestar anhelado.

    • Los Cronistas

      21 Mar 2022

      Muchas gracias por su comentario, estimado Andrés.

      Saludos fraternos,

      Rubén Darío Buitrón
      Director
      loscronistas.net

  3. Jaime Palomeque

    13 Abr 2022

    Excelente, no conozco a Marsia y al leer su crónica siento que es una mujer llena de cariño y muy comprometida con los demás. Gracias Dalia por su escrito lleno de ternura, seguro que su dedicación del escrito debe ser el más justo de los comentarios, usted es una persona llena de sentimientos nobles.
    FELICITACIONES

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