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«No soy mala madre, soy mujer», una crónica testimonial de Tatiana Mendoza

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Por Tatiana Mendoza*

Levantarse de la cama y ser mujer, a veces, es un acto de dolor y desencanto. Si le agregamos el ser madre, es tener miedo. Y si trabajamos es saber que, en ciertos minutos del día, corremos al baño a llorar.

Para algunos seres humanos las líneas anteriores son exageraciones de una treintañera con imaginación irrelevante. Quisiera, pero es imposible. Déjame contarte mi historia.

Soy docente de Literatura en un colegio (todas las vivencias contadas a continuación, bien pueden ser parte de una antología).

A Santino, el pequeño de cuatro años, le toca ser responsable junto conmigo, así que ambos nos levantamos a las seis de la mañana. Enciendo el televisor a casi todo volumen para que se despierte, al menos él, con ánimo. Con sus ojos entreabiertos hace el gesto de bostezo, luego sonríe. Mientras va al baño yo intento maquillarme, intento verme en el espejo y guardo todos los tereques que llevaré durante el día.

Ahora sí, más despierto, toma su chocolatada y lo peino (acto que ya desistí). Es un remolino como mi cabeza ante todos los pendientes. Gracias a la vida tengo un transporte que nos lleva al trabajo.

Ahí me despierto: el señor conductor siempre tiene canciones de Julio Jaramillo en la radio, así que en esos minutos pienso en las tragedias amorosas o no que envuelven esta ciudad con humedad.

Llegamos y saludamos a todos. Hay una gran cantidad de estudiantes esperando ser evaluados. Entonces, aquí viene la parte divertida.

Santino sabe qué materias doy, él es mi ayudante de cátedra y me observa dar clases. Lee lo que escribo en la pizarra, mientras les digo a mis estudiantes que no se entretengan con mi pequeña criatura. Así transcurre la mañana hasta que salimos a receso. Él corre por el patio mientras yo pienso en las actividades que debo realizar más tarde.

Los estudiantes me piden sus notas, entonces en la oficina, les doy los exámenes para que lo revisen. Algunos contentos, y otros fastidiados, se despiden de este año lectivo.

Muerdo una manzana verde mientras Santino mira los libros y les reparte a ciertos chicos que se han quedado por ahí, realmente se toma muy en serio el papel de ser ayudante.

Almorzamos juntos, reviso ciertos proyectos y luego nos vamos a casa.

Llegamos y me tiro al mueble, él me dice que tengo el cerebro cansado y tiene toda la razón. Después del baño y con gelatina de sabores se acuesta a ver dibujos, su jornada también es dura. Sin embargo, cuando piensa que no lo estoy viendo inventa juegos. Yo me invento la vida.

Me invento la vida porque si no muero de aburrimiento. Enciendo mi laptop y escucho a Daryll Hall and Oates. Cierro los ojos y pienso si aún soy mujer, porque las nubes que llevo dentro a veces pueden obstaculizar ese lado.

¿Soy una mujer? Esa es la pregunta que me hice luego de ver la película “La hija oscura”, dirigida por Maggie Gyllenhaal. El otro lado no romántico de la maternidad. Llorar cuando la frustración invade las venas, intentar masturbarse, mientras las niñas juegan en la sala, trabajar en un texto cuando el llanto es el soundtrack en toda la casa.

El padre ausente. Ella decidida a realizar el cambio de su vida. ¿Le dolió irse en busca de crecimiento profesional? Claro que sí. ¿Se arrepintió? No. Solo aprendió a vivir con eso, porque es lo que toca.

Sin embargo, con los años se enfrenta con su versión joven y se da cuenta que la herida siempre estará abierta. Esconde la muñeca, talvez como amuleto de lo no logrado por su sueño de ser mujer. ¿Se puede ser madre y mujer? No hay una respuesta que guste, en realidad.

Liberarse de los hijos no es sencillo. Aunque sea unos minutos, años; la culpabilidad hace nido en la cabeza y el sistema, en sus distintas formas, nos vende la idea de la madre abnegada, una muy virgen María.

Estoy segura que no nací con esa abnegación, sin embargo, al día siguiente y al levantarme de la cama, beso a Santino hasta despertarlo y talvez corra al baño en algún momento y navegue entre la oscuridad y los grises, pero es mejor decirlo frente al espejo, escribirlo, que aparentarlo por una necesidad de aceptación.

Me hicieron madre. Yo me hice mujer. Todos los días.

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*Tatiana Mendoza (Manta, 1988) es escritora, periodista y docente. Ha publicado un libro de poemas y está preparando uno nuevo. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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