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Odisea ideológica: «Me casé con un comunista», de Philiph Roth

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Por Vinicio Manotoa*

Hubo, quizá, un tiempo cuando las comunidades de sentido se definieron por un proyecto de mundo. Una época marcada por antinomias irreconciliables. El planeta dividido en bandos. La realidad amenazada por el fantasma de la guerra. Y la atroz sensación de que nos aproximábamos al final de los tiempos. Pero luego, esa ficción histórica que dividía a unos y a otros empieza a permearse. Poco a poco, el muro sobre el que levantaban sus discursos muestra grietas: al principio, leves, promisorias; después, tenaces e intransferibles, como heridas que el trabajo humano tiende sobre los rostros para advertirnos sobre la dificultad del camino. Se trata de un proceso corrosivo que, al contrario de la lógica política, no proviene de afuera, sino que implosiona desde su interior. Philip Roth construye, de esta manera, un relato sobre el desmoronamiento de la utopía estadounidense. Se pregunta por la formación generacional al momento de configurar su horizonte existencial: Nathan Zuckerman aparece, entonces, como un adolescente que no sabe, a ciencia cierta, cuáles serán los referentes que habrán de definirlo. La posibilidad del futuro encarna, de este modo, una estrategia de revisión de los fundamentos familiares, de extrañamiento del lugar de origen, así como de traición a las condiciones sociales que lo atraviesan. El hombre que Zuckerman quiere ser no tiene contorno: es, por el contrario, la suma desordenada, arbitraria e inoportuna de acontecimientos que escapan a su control.

La historia comienza con el encuentro del escritor Nathan Zuckerman, ya en la madurez, con su antiguo profesor de lengua y literatura inglesa: Murray Ringold. Las circunstancias de ese encuentro no importan o, tal vez, importan demasiado para exponerlas en este momento. Vale decir, no obstante, que Murray aprovecha este evento fortuito para contar la historia de su hermano: Ira Ringold, quien había sido acusado de comunista por el Comité Doméstico de Actividades Antinorteamericanas del Congreso en 1955. El relato sobre la destrucción del Hombre de Hierro, tal como lo recuerda Zuckerman en aquellos años heroicos reconstruidos por la voz distante, calculadora y sobria de un hombre que con el paso de los años ha aprendido el arte de contar, revela, por otra parte, la complejidad evanescente de una sociedad que se abismaba en sí misma. El dilema entre los principios individuales del hombre promedio y los deberes sociales que le correspondían como defensor del estilo de vida norteamericano devela el intrincado mecanismo de la apoteosis patriótica.

A lo largo del relato, se realiza una revisión crítica del pasado fundacional de EE.UU. No con el afán, considero yo, de mostrarnos las inconsistencias de un sistema impuesto por un proyecto de dominación. Sino de tensar la relación de la comunidad judía en el imaginario norteamericano. En este punto, Roth es escéptico al discurso de integración de todos los estamentos sociales. A través de personajes secundarios muestra, por ejemplo, cómo la promesa de bienestar, autonomía y libertad propios de la sociedad norteamericana no está al alcance de todos, sino de una minoría. Si bien existe una gran cantidad de individuos que han escalado socialmente, gracias a la educación, al deporte o al espectáculo, todos ellos representan una visión limitada del desarrollo del individuo. Como en el pacto fáustico, han perdido más de lo que han ganado. Su éxito ha significado su ruina. Se han traicionado a sí mismos. Tom Paine, Lincoln, Douglas y Thoreau son presencias alrededor de las cuales gravitan las decisiones del joven Zuckerman quien, tras el encuentro con Ira, se ha planteado, por primera vez, cuestionamientos radicales a las limitaciones familiares en la ciudad de Netwark, Nueva Jersey.

¿Quién es Ira Ringold? Se trata de un personaje dostoievskiano cuyo devenir está marcado por contradicciones, zonas de sombra y distanciamientos operados desde el margen. El día cuando conoce al joven Zuckerman visitaba a su hermano Murray en el intento de olvidar su crisis familiar. Trabaja como personaje principal en la radionovela más escuchada de Nueva York, y está casado con una de las mujeres más controversiales de su tiempo, Eve Frame. De inmediato, siente atracción por la inteligencia, la curiosidad y plasticidad mental del adolescente. Entablándose entre ambos una relación de mutua influencia. Para Zuckerman, él es el hombre de las convicciones innegociables, el héroe de su tiempo. Para Ira, el discípulo esperado después de años de confusión, aburrimiento y hartazgo. Y aunque la desilusión precipitará después el distanciamiento, queda en claro que el desplazamiento subjetivo operado en la vida del joven pone en marcha un proyecto existencial de tendencia progresista. Sin embargo, Zuckerman sabe de Ira sólo lo que éste le dice o muestra. Sin pretenderlo, él no ha podido escapar a la condición de los hombres vanos y superfluos de su entorno. Poco importa, en este aspecto, su pasado humilde, su incursión militar, su experiencia lectora. El hombre que había buscado un significado de su vida, y había ido de polo a polo, entre la izquierda radical obrera al oportunismo y aburguesamiento, había sido derrotado, desde hacía mucho, por la desgracia familiar. Desde su situación existencial, Ira nos lanza una pregunta: ¿cómo podemos vivir con nuestro sufrimiento?

Murray tiene la certeza de que la verdad oficial es un río de mentiras. La acusación contra su hermano fue la treta perfecta de una época de intolerancia. La paranoia colectiva buscó culpables dentro de su sistema, de modo que la estructura moral de Ira proyecta los requiebros, los desajustes y las perturbaciones de un proyecto civilizatorio que se levantó sobre mentalidades de servidumbre. La fe política en Norteamérica no era una opción. Apartarse de ella significaba convertirse en un paria. Pero el caso de Ira es de otra índole. Una vida afectiva subterránea —que no será revelada sino hasta después de su muerte—no pueden encuadrarse en matrices ideológicas. Por eso afirma, en modo de disquisición profética: «¿Qué es la vida sino un sistema de caníbales?» (pág. 572). Ira vive prisionero del miedo. Pero el miedo es un síntoma epocal. Como en el universo de El hombre en el castillo de Philip K. Dick o de V de Vendetta de Alan Moore, todos se han convertido en vigilantes de todos. El enemigo íntimo está a la saga del dragón comunista. En este caso se devela la normalización del control dogmático del pensamiento:

La estúpida política lo impregnaba todo. Eso era lo que pensaba en el taxi. Las ideologías que llenan la cabeza de la gente y socavan la observación de la vida. Pero sólo más tarde, durante el trayecto de regreso a Netwark, empecé a comprender de qué manera esas palabras eran aplicables a la apurada situación en que estaban mi hermano con su esposa. Ira no sólo era incapaz de resistirse al sufrimiento de Eve. Desde luego, podía experimentar los impulsos que casi todo el mundo siente cuando una persona con la que está íntimamente relacionado empieza a derrumbarse; y, por supuesto, podía tener una idea errónea de lo que debería hacer al respecto. Pero no es eso lo que sucedió. Sólo cuando regresaba a casa comprendí que eso no era en absoluto lo que había sucedido (pág. 665).

Sin embargo, esta novela no tiene que leerse como una diatriba en contra de los partidos políticos. Tampoco como la constatación melancólica de la caída de la utopía. O, peor aún, la redención del chivo expiatorio. Sino como una investigación de la condición humana ante la violencia, la estupidez y el nihilismo de la historia. Leonardo Valencia en La escalera de Bramante desplegó una estrategia semejante para abordar desde el caso ecuatoriano los límites del compromiso sartreano en la formación intelectual de las generaciones jóvenes del país. Al igual que Zuckerman, Raúl se siente desorientado por lo intempestivo. El arte y la escritura conjugan aspectos irracionales que desmantelan los artefactos compactos que explican el mundo. La seducción cognitiva se ofrece como un puente entre el pasado y el futuro. La educación sentimental que vive el joven escritor durante sus primeros años reconoce, de este modo, que el heroísmo no es una posibilidad factible en una realidad hilada por el espectáculo, la banalidad y el pánico. Sólo la traición es condición para la transformación subjetiva: «Cada alma su propia fábrica de traición, por la razón que sea: supervivencia, excitación, avance, idealismo, por el daño que es posible hacer, por el dolor que se puede infligir, por la crueldad y el placer que hay en ella» (pág. 753). En otras palabras, el mundo es un territorio hostil y los discursos que lo interpretan suponen una traición constitutiva a esta realidad.

Por eso Eve traicionó a Ira con la publicación de un libro que lo convirtió en el hombre más odiado del país. Por eso O’Day, el obrero que había enseñado a Ira el evangelio revolucionario, lo traicionó al considerarlo un oportunista. Por eso Zuckerman lo traicionó a través de un ejercicio de escritura enunciado desde la soledad inexpugnable de quien ha renunciado, fruto quizá del desencanto o del hastío, a cualquier forma de compromiso. Pero ¿qué más se podría hacer?, o, ¿cuál es el margen de maniobra con que contamos para hacer frente a las catástrofes personales de nuestros seres queridos? El Ángel de la Historia no mira al pasado, pese a las iluminaciones de Walter Benjamin, para prevenirnos de la insensatez espantosa que convirtió a estas existencias erráticas en parias de un tiempo sin sentido: el ostracismo, el alcoholismo y la locura son las vías de salida naturales para hombres que intentaron dejar la violencia atrás.

Me casé con un comunista (1998) constituye una ficción política que especula, a través de digresiones, sobre seis noches de confesiones de un anciano —que no ha renunciado a sus convicciones ideológicas, pese a que el mundo que ha creído defender ya no existe—, y un escritor —que aprovecha este encuentro para mostrarnos cómo un artista e intelectual se posiciona frente a los debates de su época—. Philip Roth ha desenmascarado el funcionamiento moral del orden estadounidense durante la transición de la década de los cincuenta a los noventa. La farsa que inició con el antisemitismo soviético de las políticas de McCarthy en la administración de Nixon, y la humillación que sufrió Ira, en la cultura popular, como el mayor traidor de Norteamérica del siglo XX, desentrañan la desesperanza, el derrumbe y el fracaso de un paradigma histórico. Ira, el Hombre de Hierro, fue víctima de su propia fragilidad y no de su época. Se trató de una lucha encarnizada contra sí mismo por encontrar los referentes adecuados para construir un sentido de existencia. En el fondo, él solo quiso redimirse de sus crímenes pasados, por eso sus acciones oscilaron entre la vehemencia y la desolación. Ahora que podemos constatar, con desprecio al presente brutal y esperanza en el futuro todavía desconocido, que son necesarias otra estirpe de utopías, sólo cabe preguntarnos: ¿es la historia un relato de falsificaciones o, tal vez, el movimiento no premeditado en un juego del que ya hemos olvidado las reglas que hay que rehacer de nuevo?

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*Vinicio Manotoa (Santo Domingo, 1990). Estudió literatura en la Universidad Central del Ecuador y en la Universidad Andina Simón Bolívar. Integró el taller de escritura creativa de la CCE dirigido por Edwin Madrid.  Ganador del concurso de Poesía Alfonso Chávez Jara de poesía (2011) con el libro La máquina del grito, y ganador del concurso interfacultades José Saramago (2013) en la categoría de cuento. Textos suyos han aparecido en varias antologías Actualmente se desempeña como colaborador de la editorial educativa Ecuafuturo y docente secundario en la Unidad Educativa Eloy Alfaro. Su más reciente libro es el poemario Los cuadernos del desamparo (2021).

*En la imagen se aprecia a un hombre atravesando el Muro de Berlín mientras cae, en 1989.

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