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«San Pedro y San Pablo», un cuento de Viviana Garcés-Vargas

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Por Viviana Garcés-Vargas*

“El mundo de los negocios es así; de hecho, el mundo entero es así, está lleno de farsantes, yo incluido”.  Rubem Fonseca       

Mamá ha sido devota, por siempre, de las causas imposibles. Bajaba a diario esos largos y empinados callejones para orar de rodillas al Cristo de la Rotonda, esa colosal figura de piedra con las manos extendidas para que las balas dejaran de zumbar nuestros oídos por las noches, sin sospechar que, descalza, me escapaba en absoluto silencio a participar en esos enfrentamientos entre pandillas y policías.

Mamá se aferraba a Dios y yo a rezarle un Padre Nuestro a cada munición que le colocaba a mi AK47 para defenderme y que no me trataran como una simple malandra.

Fueron largos meses de vigilia, donde mamá suponía que chambeaba de impulsadora en el bodegón, el supermercado lleno de comida, artículos de primera necesidad y variedad; productos gringos a muy altos precios, marcados en dólares y que con $6 mensuales como sueldo jamás podía comprar.

Nuestra única posibilidad era madrugar bajo ese cielo ingrato por largas horas para que el Estado nos mezquinara sus bolsas incompletas de CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción), un programa del gobierno para distribuir algunos alimentos básicos promovidos) que incluía: 4 kilos de arroz, 1 kg de lentejas, atún, aceite, harina de maíz y leche en polvo de mala calidad para seis personas.

El gobierno buscaba un pueblo que se postrara ante la pobreza, mientras tanto, yo, aprendía en cada disputa cómo evadir el plomo que podría agujerear mi cabeza, aunque quizás esa sería la única solución que lograra sacarme de Petare, la parroquia más peligrosa de Caracas, y me alejara de vivir en una casa en la que agonizábamos lentamente por el envenenamiento del techo de asbesto, ladrillos naranjas mal colocados, cortinas desteñidas y blindadas de verjas podridas debido a la humedad, Igual a las demás, idéntica a la hoguera que nos quema por haber elevado a Chávez al altar.

Hace seis años había descubierto lo lucrativo que era ser bachaca, revendiendo medicamentos contra el cáncer y el Covid en el mercado negro.

Coqui era un hombre desgarbado que siempre vestía gorras deportivas, gafas oscuras para despistar y zapatos de goma, líder del caudillo de “Cota 905”, el barrio donde los niños sabían diferenciar perfectamente el sonido entre fusiles, ametralladoras y granadas; ese echaperros se ganaba el corazón de niños, jóvenes y adultos porque organizaba megarrumbas para labores sociales que el Gobierno no estaba dispuesto a llevar a cabo. Me había reclutado al verme como jíbara, comerciando drogas con los chamos de los arrabales.

En Petare me conocían como la firi firi del barrio, costillas visibles, formas hambrientas de silicón y esa singular simpatía por el oro blanco, fácil de traficar, sencillo de camuflar en cualquier parte sin mayores sospechas.

Coqui me había apodado como Jessi, la justiciera, esa guepardo de cuerpo atlético que podía escabullirse sutilmente entre los sacos de arena colocados estratégicamente en el sector para evadir las balas de diferentes colores, en la zona de paz donde los francotiradores de las bandas contrarias arrojaban los cuerpos caídos en una loma en el Cementerio, el siniestro campo subterráneo que gracias al vapor infernal hacía posible que los cadáveres se pudrieran de inmediato. Esos huesos abandonados que días después se encontrarían sin prendas, carentes de dignidad y con casquillos a su alrededor.

Los altos precios en las droguerías permitieron que pueda vender los fármacos libremente en las calles. Una vez por semana un grupo dirigido por Coqui traía de Cúcuta (frontera con Colombia) en bolsas pesadas atravesando trochas, evadiendo las fuertes corrientes del río Arauca, eludiendo los robos de cajas maltrechas de medicamentos fabricados en ese país para ofertarlos sin percatarse de la fecha de expiración.

Las farmacias del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales y la falta de seguimiento médico, no podían competir contra nosotros y gracias a esa oportunidad aprovechamos la escasez para ganar hasta $250 dólares semanales ofreciendo Taxol, Tamoxifeno, Doxorrubicina (oncológicos) y Remdesivir para el coronavirus. Todas las mañanas me sentaba bajo el sol colocando una manta en el piso, voceando entre los curiosos, familiares de enfermos y moribundos que buscaban costear el tratamiento de manera ilegal; esperando que la cava protegiera lo suficiente a las ampollas medicinales y no arruinaran mi afán de sortear esa vida que no me pertenecía.

Mamá presentía, dudaba, esculcaba debajo de los catres, detrás de las paredes atravesadas por proyectiles desorientados, algún indicio. Sospechaba de la verdadera chamba a la que me dedicaba, hasta que su mayor temor ensombreció su maternidad. Los disparos desde la barriada montañosa se escuchaban cada vez más cerca.

Mi hermano Elián, ese carajito de 10 años, zapateaba joropo con sus alpargatas blancas recién lavadas en el piso de madera que crujía, mientras mamá servía caraotas negras para mitigar el hambre, eran las 21h00 y Cota 905 repetía su rutina nocturna, ser un campo de guerra. Los pacos estaban buscando por milésima vez a Coqui. Alcanzamos a tirarnos al suelo, con excepción de Elián. Una granada fragmentaria ingresó por la ventana, detonó en sus manos y traspasó el sagrario de Chávez. Ambos cayeron al suelo, las rejas salpicaron de sangre y mamá lanzó un grito. Tuvimos que salir de inmediato de allí. No hubo tiempo para el luto, mamá sabía que las balas no perdonan y mucho menos tiene misericordia con los miserables.

Coqui sugirió que viajáramos a Ecuador. El dólar y sus contactos nos ayudarían a olvidarnos del pingazo por la muerte de Elián. Viajamos unos dos días en un bus todo aporreado y con olor a tristeza absoluta. Mamá jamás derramó una lágrima e iba en absoluto silencio, sin siquiera tararear al Puma entonando “Yo regresaré”, que sonaba en los parlantes del transporte, creyendo que la letra sería premonitoria, estimando que dejar la tierra amada sería solo momentáneamente.

“Yo regresaré
A la Caracas bella
Donde las estrellas brillan en la noche
Yo regresaré
A la ciudad que un día fue la maravilla
Reino de los hombres”.
Coqui decidió que nos instaláramos en Manta, el primer puerto pesquero de Ecuador, donde contaban que los bloques de droga eran lanzadas al oceáno para evadir la seguridad naval y se comía camotillo, el manjar marino de la ciudad.

Coqui conocía en ese balneario a Marlon Vera, alias el Sargento, su pana ecuatoriano, el guía de los Killenialls, una banda que reinaba en ese país, a costa de secuestros y tráfico de hache, el oro blanco que niños desde los 8 años aspiraban en la punta de sus lápices.

El Sargento tenía la fachada de empresario pesquero. Empezó trabajando en lanchas de fibra de vidrio para sobrevivir en tierra vendiendo mariscos en los restaurantes sin intermediarios. Vivía en La Revancha, el barrio sin alcantarillado donde los postes de energía eléctrica dejaban de funcionar a partir de las siete de la noche, oscuridad propicia para que el oro blanco circulara sin ningún tipo de restricción; allí las funditas de droga tenían mayor circulación que las tablas de multiplicar. Pronto supo que la “h” era conveniente y económica, precisa para reclutar niños y jóvenes que, como él, aspiraban a no volver a majar lodo y expandir su territorio; y así fue.

Marlon era un niche que el sol jamás perturbaba. Sus manos rústicas denotaban la chamba con redes de pesca y las largas cadenas de oro que colgaban su cuello, expresaban abundancia. A los quince años de haber creado a su pandilla pudo adquirir la casa donde nos cobijó frente al Pacífico, en la Ciudad del Mar, donde la abundancia de cámaras de seguridad era una antítesis, un gimnasio equipado con máquinas para crossfit y una piscina de aguas cristalinas.

El Sargento siempre supo ser estratega. Operaba desde el 2000 gracias a sus contactos en el puerto. Los pasillos náuticos se convirtieron en su oficina, la exportación de perico a México y EEUU le otorgó fajos de billetes y enemigos.
Marlon siempre fue generoso, me instruyó en el manejo de las Glock, la activación de su silenciador y cómo abatir a sus rivales. Apretar el gatillo era similar a besar al Sargento apasionadamente en su king size mientras él contaba los fajos de billetes que caían como cascada por la habitación principal.

Gozábamos de tirar a los soldaditos de juguete. Esa sensualidad de reventar cuellos, cráneos, corazones, mientras los traidores vertían sangre en las calles sin asfaltar, paralizándolos, escuchando los chirridos de las ruedas de sus autos intentando escapar, explotando sus vísceras contra las paredes bajo el consentimiento de los policías de la Jefatura de Antinarcóticos que solo deseaban disfrazarse de superhéroes ante los medios.

Desde la llegada a Ecuador mamá no intercambiaba palabra alguna con nosotros. Mantenía su silencio. Colgaba de su cuello un rosario de plástico y murmuraba las cuentas de cada misterio glorioso. Me negó la entrada a su habitación, balbuceando incoherencias y gracias a las cámaras de vigilancia observábamos sus caminatas nocturnas por el malecón riendo y llorando a la vez.

Marlon arrastraba rivales, diferentes impostores que se habían sentado en su mesa y luego habían tumbado sus negocios. El más letal era George, alias El Rengo. Habían sido hermanos de vida años atrás hasta que el Sargento lo encontró en la cama con su ex esposa. La Glock hizo el trabajo pero George resistió. A partir de ese instante sería lento en caminar y ágil en cobrar venganza ante Dios y los demonios que lo empujaban para no arrastrarse.

Cada 29 de junio se celebra la fiesta de San Pedro y San Pablo, patrones de esta provincia. Todos se preparaban con anticipación para homenajearlos. El alcalde le había pedido a Marlon que encabezara la procesión como presidente del gabinete de los negros. El Sargento encabezaba el desfile, llevando a la imagen de San Pedro cubierta con un gran manto verde y rosado en sus hombros y con ello, una banda de pueblo que entre saxofones, bombos, platillos, timbales, trompetas, trombones y clarinetes agradecía por la faena pesquera sin imaginar que el gabinete que los acompañaba era el del Rengo, vestido completamente de blanco y cargando con sus compinches la figura de San Pablo.

La gente bailaba vitoreando a ambos presidentes y alzaba sus vasos plásticos de cerveza y sus machetes típicos del pueblo montubio. Entre el tumulto, las trompetas opacaron los disparos que desde el lado de San Pablo se escuchaban.

Mamá, sin que yo lo supiera antes, era la reina de ese gabinete. Iba sonriendo, saludando a los presentes. De un momento a otro sacó un revolver del escote de su vestido y apuntó directamente a mi cráneo, gritando: ¡Por ti, Elián!

La gente siguió celebrando sin inmutarse, pese el charco de sangre que iba extendiéndose bajo los pies de los integrantes del gabinete de San Pedro.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. En el 2021 publicó su primer libro de cuentos, «La última pasión”. Actualmente ya se encuentra trabajando en su segundo volumen de relatos. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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