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Las dos muertes de Julio Jaramillo, por Freddy Solórzano

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 Por Freddy Solórzano*

A Julio Jaramillo lo mataron antes de morir. El jueves 9 de febrero de 1978, los canillitas gritaban a todo pulmón en el centro de Guayaquil la primicia del año.

El diario Extra, que entonces circulaba por las tardes, publicó el notición: «¡Murió Julio Jaramillo!». La nota reseñaba que el cantante falleció ese mediodía en una clínica particular.

Había una parte de verdad. El artista fue hospitalizado, pero lo realmente importante era mentira: JJ no estaba muerto. Agonizaba, eso sí.

La fuente que filtró la información del supuesto fallecimiento hizo que el vespertino metiera la pata. Había matado a un vivo en sus páginas.  La gente empezó a ir a la clínica Domínguez a saber algo más del muerto que aún no estaba muerto.

Pero la partida de Julio era solo cuestión de horas. Ya nada podían hacer los médicos. A las 9 de la noche de ese mismo jueves, esta vez sí murió de verdad «el Ruiseñor de América», y entonces nació la leyenda de JJ.

Trescientas mil personas acompañaron su féretro hasta el cementerio. Más de un político daría su alma al Diablo por tener un sepelio así.

El hijo de una enfermera viuda, el muchacho que solo estudió la escuela —algo normal en esa época entre los pobres— y que empezó a trabajar como ayudante en un taller de zapatería moría a los 42 años. Dejaba de herencia su voz grabada en más de tres mil canciones en boleros, pasillos, rancheras, pasodobles, valses, tangos… 28 géneros musicales. Dinero no dejó. Era un mal administrador de sus finanzas. Mano suelta.

El pueblo lloró por su ídolo. Y al final todo estaba perdonado. Ya no había cuentas pendientes. Sus seguidores le disculparon las declaraciones en una entrevista en la que dijo: «Nunca más volveré a presentarme en un escenario del país».

Y lo cumplió durante una época. JJ se marchó en 1967 para hacerse famoso en Colombia, Chile, Venezuela, Perú, México y toda Centroamérica. Regresó 9 años después con la gloria en su equipaje.

Marcos Medina Ron, en su libro Toda la verdad, que trata sobre la vida del cantante, dice que Julio decidió «abandonar el Ecuador ante un ambiente hostil nada esperanzador para su carrera musical».

Se refiere al hostigamiento que sufrió cuando se presentaba en Guayaquil. Hubo un grupo que lo pifiaba, le gritaba maricón y le lanzaba huevos. Era más acosado que un árbitro de fútbol en un estadio donde están goleando al equipo local.

Esta persecución, dice Medina, era orquestada por el jefe de los matarifes del camal municipal, quien contrató personas para que vayan a los conciertos y le griten hasta de qué se iba a morir el artista. La animadversión no era gratuita. Una hija de 17 años de edad del matarife tuvo un romance fugaz con Julio. El padre quiso que el artista cumpliera con ella, pero JJ, con su fama de mujeriego, se negó a casarse con la muchacha.

El padre no encontró mejor manera de vengarse de quien mancilló la pureza de su pequeña que arruinándole los shows.

Julio se cansó, hizo maletas y se marchó del país. Le fue de película en el exterior.

Volvió el 22 de julio de 1976 a Guayaquil. Él no quería regresar, pero lo fueron a convencer a Medellín, donde estaba viviendo, para que asista a los 60 años de creación de Ónix, el sello discográfico que lo internacionalizó con Nuestro juramento.

El que volvió a Ecuador no era el mismo Julio. Su voz había descendido en calidad. No tenía los tonos tan altos ni los agudos que eran particulares en él. «Conservaba una voz mediana», dice Medina, quien lo escuchó cantar en vivo.

La causa de que JJ estuviera perdiendo la calidad tenía nombre y apellido: el alcohol, whisky y ron, el cigarrillo y las malas noches. Unos meses antes de morir, un empresario cubano radicado en Estados Unidos lo contrató por cinco mil dólares para que grabara dos long play (discos) de 20 canciones con los clásicos Nuestro juramento, Fatalidad y Rondando tu esquina.

Medina recuerda que cuando estaban terminadas las pistas, el artista tenía que montar su voz, como corresponde, y allí se presentó un problema. Uno grande.

Julio fue a los estudios de Vifesa, y cuando puso la voz se quedó sorprendido al ver que no era la misma con la que se hizo famoso. Parecía la voz de un mal imitador del «Ruiseñor de América». Tres veces tuvo que regresar a los estudios para grabar las canciones.

Medina dice que JJ le hizo al final una confesión a Nei Moreira, quien se encargó de los arreglos artísticos de esta producción:

«Cuando salga este disco mi carrera se vendrá al suelo, y yo quisiera estar muy lejos para no ver cómo me destroza la prensa, porque será la última vez que grabe canciones».

El empresario cubano se sintió estafado porque creía que no era Julio el que grabó las canciones, recuerda Medina.

La predicción de Julio Jaramillo no se cumplió. Ingresó el 2 de febrero a la clínica Domínguez para ser operado de unos cálculos de vesícula, pero después se complicó su salud. El artista estaba deprimido porque creía que su carrera musical caía al abismo, y en un momento de desesperación se arrancó la sonda. Lo operaron dos veces. Al final falleció de una peritonitis.

Hay quienes sostienen que murió a causa de una cirrosis debido a su vida bohemia, pero Medina desmiente esa versión.

La familia no tuvo dinero para costear los servicios fúnebres. Eso no fue problema, porque la Funeraria Torres corrió por todos los gastos.

Julio Jaramillo fue un derrochador de talento y de dinero. Regaló también amor: tuvo 26 hijos, aunque Medina dice que solo fueron 19. Cuando murió, quienes derrocharon amor fueron sus seguidores.

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*Freddy Solórzano (51 años) es un periodista mantense que desde hace 13 años dirige el diario La Marea, de Manta. Durante un año fue editor del diario El Ambateño de Ambato. Ha participado de seminarios de periodismo en Argentina, Perú, Panamá y El Salvador. Para Freddy “hay que salir de las redacciones y gastar la suela de los zapatos en las calles, donde están las historias. Creo en el periodismo que vive con el pulso de la ciudad, sus calles y sus barrios”.

 

 *Imagen tomada del portal deunanoticias.com 

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