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La casa

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La casa
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Una hermosa casa en el sur de Francia es testigo de la vida familiar. La madre toma una decisión que cambiará el rumbo de sus vidas. 

Por Ivanny Salinas*

Hoy estoy devastada. Tengo 29 años y mi madre me anuncia que ha tomado la decisión de vender la casa.
La propiedad de la familia Roux ha pasado de generación en generación y guarda en ella mis recuerdos más preciados. ¡Mi infancia!
Nunca albergué en mí la idea de no volver a ella.
Entre el sombrío pensamiento que me invade, surge una emoción acelerada que me confirma que la intensidad de mi infancia no fue como otras.
Los recuerdos difusos se presentan, más que como imágenes, en forma de sensaciones palpables confundidas con fotos y relatos familiares.
Siento la brisa suave como un velo que precipita mi pelo al rostro, la mano de mi padre que los acomoda con un gesto ligero para luego darme unos pequeños guantes de goma que protejan mis manos mientras jugamos a plantar las rosas. En ese instante nada parece faltar, no extraño nada, no quiero estar en otra parte porque el aroma de las flores se confunde con el clima cálido, una atmosfera celestial que me envuelve y me da seguridad.
Todos los recuerdos conectados aparecen uno tras otro. Mamá, entusiasmada, con sus ojos negros de matices azulados, ávida de abrir las puertas y ventanas para dejar entrar el espectáculo de paisajes que, elevados al alcance de mi memoria, son como obras de arte.

—¡Elena, Yulia! ¡Hijas, vengan a bailar conmigo!
—Luego iremos a hacer un picnic, a pasear al lago y a visitar a la abuela…

Así, tan eufórica como alegre nos involucra en días de planes infinitos. Y otros… Esos otros días en que su pijama pegado a su figura nos anticipa que acercarnos a su habitación ya no es una aventura placentera.
A pesar de la penumbra por las cortinas cerradas, la puerta entreabierta es suficiente para vislumbrar un gesto frío que se acomoda en su mirada de la que emanan destellos de alquitrán.
A veces, recuerdo un murmullo de insultos y palabras humillantes. De hijas adoradas y compañeras de juegos, a inútiles, mal vestidas, malcriadas.

—Sobre todo tú, ¡Elena, que no entiendes nada de lo que te digo que hagas!—me grita.

De algún modo, la casa se las arregla para engrosar sus muros y evita que el ruido de sus ofensas me lastime.
Los cambios de temperamento de mamá se acentúan de forma exponencial.
Al principio mi padre no presta atención, más bien acepta con indulgencia porque las grandiosas ideas de su esposa son un regalo contra la monotonía.
Un día mi padre trabaja cambiando las tejas de la casa, mientras mamá se encarga de la instalación de una nueva lámpara de hierro forjado.

El lugar elegido es en una hermosa viga de madera que se encuentra frente a la entrada, en medio de arqueados ventanales que van del techo al suelo.
Una vez montada en lo alto, la lámpara parece ser demasiado pesada. Mamá necesita una segunda opinión.
Mi padre, acostumbrado a atender con prisa sus deseos más insignificantes, acude a su llamado como si se tratara de una urgencia.
Un mal movimiento deja su pie atrapado en un espacio de la escalera, pierde el equilibrio y cae sobre los grandes bloques de piedra que, sorprendidos, no alcanzan a amortiguar el golpe.
El impacto es mortal. Mamá no hace más que empeorar. Entretanto yo, en un gesto de franca huida contra la pena, me aferro al último regalo de papá, una pequeña cámara fotográfica con la que registro cada detalle de nuestro predio.
La casa, en medio de campos y jardines, adopta una energía excepcional, la terraza de los olivos parece más verde, los corredores amplios que llevan a las habitaciones acogen nuestras conversaciones.
Cada uno de los detalles a los que papá dedicó su tiempo parecen estar ahí con el propósito único de brindarnos paz.
A cada lamento de mi madre la casa responde con un crujido del piso, el chirriar de una bisagra. Como respuesta a cada insulto las puertas se abren sin pedir permiso y dejan entrar con volumen alto el sonido de la naturaleza.
A veces mamá deambula inquieta, duerme muy poco. Entonces las paredes se ondulan de forma autónoma creando para ella una sensación de vértigo constante. Eso aplaca su amargura, la adormece y nos permite respirar.

Yulia, entre sus libros, menos disruptiva, pasa un poco más ligera para mamá, ella no ve lo que yo veo.
Una tarde en que estamos subiendo al auto de unos amigos siento un rayo de calor en la espalda. Son los ojos negros de mamá que nos observa con disgusto desde el segundo piso.
El rouge de sus labios se extiende en cámara lenta, algo en ella está a punto de explotar, su furia, su desagrado salen en forma de insultos virulentos. Al mismo tiempo, lanza desde nuestra habitación puñados de ropas y objetos
que vuelan por los aires y caen a lo largo de las piedras de la entrada.
Sus gritos alertan a nuestros amigos, quienes se convierten en testigos del desalojo.
Después de esta última crisis internamos a mamá en una clínica por algunos años.
Con la resignación de las madres que abren su corazón para que los hijos, una vez crecidos, se vayan, mi casa deja la entrada despejada con las puertas de par en par.
Yulia parte a estudiar leyes a París y pronto se casa. Yo, sin posibilidad de quedarme, vuelo a New York a estudiar fotografía.
Por unos años la gran estructura de piedra gruesa color ocre se rodea de hierba seca, rosas debilitadas y olivos desnudos. Todos en pausa, junto a mi infancia, duermen bajo una delicada capa de polvo traslucido.
Mis estudios de fotografía en New York son un acierto. Solo en días que las cosas no andan bien llega a mí un viento de otro continente que me traslada a mi refugio seguro. Entonces una calma me habita.

Como un llamado del destino, un concurso de fotografía con el tema Casas de campo en Francia me motiva a regresar a mi tierra con un plazo de un mes para concretar mi proyecto.
A medida que recorro la casa mis pisadas crujen en señal de bienvenida, el polvo traslúcido con temperatura cálida me envuelve y me abraza.
Ya instalada, limpio el jardín y escarbo entre las rosas. Un bulto que quiere ser encontrado toca mi mano. Adentro, una caja bien protegida, con un sobre que dice: Para Elena, tu padre que te ama.
Muchas fotos tomadas con mi vieja cámara caen de la caja como evidencia de la mirada de niña a mi madre y a la casa. Las ideas, sensaciones y emociones que me producen convergen en un solo pensamiento.
¡Este es mi lugar!
—Después del concurso regreso a instalarme en la casa.
Esa decisión toma su propia fuerza y el camino se torna definitivo. En esos días de densa y rara bruma, mi presencia alerta a mi madre, quien se presenta sin aviso en la entrada principal.
Mi corazón late, apurado. Han sido años sin verla. Mi mirada se cruza con la de ella. Me basta un segundo para reconocer ese brillo especial que dan sus ojos cuando el color negro fluye como alquitrán.
Me anuncia con una sonrisa condescendiente y cínica:
—¡La casa se vende, Elena! Hoy, como antes, debes marcharte.
Sin espacio entre las dos frases, la sentencia no deja lugar a preguntas ni a lamentos.

La casa cobra una renovada energía cuya magnitud se conjuga con mi deseo de vivir en ella.
Mis palpitaciones, como las suyas, se complementan en una sola resonancia grave. Señales de alerta dirigidas al cerebro indican la inminencia de una fisura.
Un crujido largo, como el lamento de esos amores que no aceptan separaciones, atraviesa las puertas y las ventanas.
Los olivos se remecen quebrando sus ramas cuyas aceitunas caen alborotadas. Las sombras de ese caos entran al salón acompañadas de un viento furioso que, a gran velocidad, balancea con una fuerza incontenible
la lámpara de hierro.
Las paredes retoman la ondulación de otros años, pero esta vez en una frecuencia alta y en ritmo amplificado.
No soporto el movimiento ni la impetuosa y alocada música del viento, algo me arrastra a un costado, me desvanezco.
La lámpara cede y cae violentamente sobre mi madre. Sus párpados pesados luchan sin remedio hasta cerrar para siempre los grandes ojos negros.
Cuando despierto estoy en el hospital, las explicaciones son variadas.
La más verosímil, una tormenta de viento inesperada arrasó con todo a su paso. Mi madre murió a causa de un accidente provocado por una lámpara que nunca fue apropiadamente instalada.

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* Ivanny Salinas Bartoletti, nace en Santiago de Chile y a los 10 años emigra a Ecuador. Formada en colegio La Asunción y graduada como psicóloga clínica en la Universidad Católica de Guayaquil. Es Máster en Psicología por la Universidad de Borgoña, Francia, país donde reside.

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