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El amor del pueblo al Chucho Benítez, por Juan Carlos Fuentes

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El 2 de agosto de 2013, los ecuatorianos llegaban como sea, en carros, en busetas escolares, en motos, a pie, al Coliseo Rumiñahui donde se velaba al Chucho Benítez. Esta es la historia de una muerte que enlutó al Ecuador entero, contada desde la perspectiva de los policías que hacían guardia ese día.

 Por Juan Carlos Fuentes*

Seguía oliendo a pueblo aquel 2 de agosto del 2013 en el coliseo Rumiñahui. Desde las tres de la mañana había jóvenes y adultos con sus bufandas, chompas, gorras y guantes de lana. Habían llegado en transporte Macuchi desde Valencia. A las cuatro y treinta de la mañana ya se veía en busetas escolares a la gente oriunda del Carchi e Imbabura que esperaba impaciente los restos del ídolo de todos, Christian Rogelio Benítez Betancourt, muerto a los 27 años de edad, después de sufrir un paro cardíaco el 29 de octubre del 2013, producto de un problema congénito en la arteria coronaria. Lo que solo fue descubierto después de una segunda autopsia en Ecuador.

En el coliseo Rumiñahui instalaron una capilla ardiente para que miles de aficionados de todo el país despidieran al Chucho Benítez, el jugador de fútbol que a más de uno nos hizo vibrar con sus jugadas y sus goles, en especial el gol de cabeza que le hizo a Colombia en el Olímpico Atahualpa el 10 de junio del 2012 en las eliminatorias rumbo al Mundial Brasil 2014, vistiendo el tricolor.

La Fuerza pública tenía distribuidos a más de mil hombres y mujeres, tanto en el Aeropuerto Mariscal Sucre en Tababela, en el Camposanto Monte Olivo, como en el Coliseo Rumiñahui. El velorio del Chucho era el acontecimiento más divulgado en esos días en prensa, radio, televisión y redes sociales. Había palabras de dolor, de tristeza, de solidaridad: el Club América de México, donde dejó su estrella número 11 y también fue tricampeón de goleo, le escribió: «Te fuiste como un Campeón, siempre estarás en nuestros corazones. Descansa en paz». A su amigo y compañero, desde cuando daba sus primeros pasos en el Club El Nacional, Pedro Quiñonez, se le quebraba la voz mientras decía: «Dios tendrá entre sus brazos a mi compadre, a mi hermano, me siento triste, muy triste, no tengo palabras». Christian Benítez era el goleador de nuestra Selección que, como a veces fallaba con su puntería en los partidos, recibía los más absurdos improperios. Pero, después de todo, lo que más predominaba era el cariño y la admiración hacia el Chucho. Ese amor pastuso del que hablaba Rubén Darío Buitrón en la primera parte de esta crónica, era inconmensurable.

Aquella madrugada, con el Sargento Julio Chicaiza y el Cabo Rolando Morales, mis compañeros, realizábamos el servicio durante el turno de amanecida. Por medio del ECU 911 nos enviaron a dar seguridad a unas trescientas personas que se encontraban en la vereda del Coliseo Rumiñahui en la Avenida Ladrón de Guevara. Gente que desde las tres de la mañana estaba haciendo fila para ingresar a las ocho al velatorio de su ídolo. Era admirable ver personas aguantando frío para ver y dar el último adiós a Christian.

Grupos de gente, la mayor parte jóvenes, para calentarse empezaban a cantar y saltar: «Olé Olé Olé Olé Chucho Chucho Olé Olé Olé Olé Chucho Chucho». Llevaban banderas del Ecuador, de El Nacional, de El América y del Santos Laguna de México. Aquella noche olía a pueblo, olía a hierva luisa, olía a café, olía a chocolate, olía a pan con queso, olía a empanadas, todos muy calientes. Tampoco podían dejar de faltar los vendedores ambulantes, aquellos hombres y mujeres que de una u otra forma trataban con sus productos de degustar y calentar nuestro cuerpo y nuestra alma.

Ni aun estando con doble media, doble saco, doble pantalón, el frío de aquella noche dejaba de helarme los huesos. Mis articulaciones me pedían y gritaban algo caliente de inmediato. La conversación, los cánticos para nuestro ídolo y la agüita de hierva luisa opacaron la dura noche.

Marcó las siete de la mañana en mi reloj y era hora del relevo. Terminó el turno y las personas que iban llegando cada vez más, pasaban de trescientas a más de mil. Quedaban a buen recaudo. El velatorio se desarrolló sin pormenores durante aquel lejano viernes 2 de agosto.

Los aficionados ingresaban haciendo filas interminables: dos filas a los costados del féretro ubicado en el centro del Coliseo. Había una fotografía de tamaño gigante colocada en lo alto del pabellón Rumiñahui, custodiada por seis cadetes de la Policía Nacional. Los aficionados no debían excederse más de treinta segundos para despedir a su ídolo, al ídolo del pueblo.

Los familiares y los amigos más cercanos de Christian Benítez estaban sentados a un lado del féretro, sobre unas sillas blancas. A Ermen Benítez, su padre, se lo veía pensativo y cabizbajo. Klever Chalá, su suegro, abrazaba a su hija Liseht, esposa del Chucho, tratando de consolar su llanto. Antonio Valencia no se podía aguantar y lloraba inconsolable por su amigo. Personas de todos los lugares del Ecuador venían en buses, en autos, en camionetas, en motos, a pie.

Hubo gente que llegaba por pura novelería y sensacionalismo, no digamos por morbo: querían sacarle fotos al Chucho. Hasta las seis de la tarde habíamos decomisado como diez cámaras fotográficas. Estaba prohibido usarlas al lado del féretro.

Dos horas después, con Julio y Rolando, seguíamos a decenas de personas que salían del Coliseo; se dirigían a pie por la Ladrón de Guevara, pasaban la Plaza Brasilia y continuaban el recorrido por la misma avenida. Teníamos hambre y ya me imaginaba donde iría toda esa gente. Dos minutos después llegábamos. En este lugar también olía a pueblo: se olía a librillo, se olía a caldo de treinta y uno, se olía a guatita, se olía a empanadas de viento con morocho; se olía a fritada, se olía tripa mishqui. Aquí te tratan muy bien, te tratan «bonito», aquí a mis compañeros y a mí nos dicen «mi General, mi coronel». Al resto les dicen «mi bonito, mi bonita». Te hacen sentir como en casa. Luego de darle el último adiós a Christian Benítez, triste iba llegando la gente a esa plaza pequeña, donde sirven la comida en pequeños puestos sobre las aceras. Hay gente merendando sentada en taburetes o en sillas pequeñas, gente de toda condición social: trabajadores, oficinistas, estudiantes, comen agachando la cabeza; quizás de ahí venga el nombre de este sitio mágico: «los agachaditos».

Ya de regreso al Coliseo la gente seguía llegando, hacía fila, se despedía del Chucho y salía. Otras personas pasaban por el féretro y se quedaban en las butacas que no estaban iluminadas, porque solo lo estaba el lugar del féretro. El pueblo despidió a unos de sus hijos más queridos, el pueblo lloró al Chucho Benítez. Sabe que su recuerdo no morirá jamás, seguirá intacto en la memoria de todos los ecuatorianos.

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*Este texto fue desarrollado durante el IV Taller online de crónica, organizado por loscronistas.net

*Imagen tomada del portal Plan V.

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