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Hace un año, tu ausencia en casa era notoria. Eras luz y Xavier en 365 días te extinguió. Nía, resplandecías, eras la luciérnaga de la familia

hasta que fuiste encadenada en la cueva sin tener opción a la hoguera que representabas por sí misma.

Centelleabas desde muy pequeña. Mi modelo a seguir, el báculo para mi mamá, el delirio para mis abuelitos, la preferida de los dioses.

Eras el fuego encendido, desde la escuela. Brillabas siendo madrina en las olimpiadas, tus faldas plisadas, pompones y zapatos deportivos

blancos. Esa sonrisa que practicábamos en casa frente al espejo de cuerpo entero, inspirando carisma, atrayendo al jurado. Eras elogiada

por tu fulgor, por esa piel ceniza bañada en pétalos de rosa que Xavier, en la adultez convirtió en violeta. Mamá jamás nos inculcó la

envidia entre nosotras, mamá, solo nos persuadió a estar encadenadas a la belleza.

Siempre soñaste con ser azafata y mamá te compró tu primer disfraz a los 8 años. Era un vestido azul de poliéster, decorado con botones

amarillos por delante y tiras amarillas en las mangas, más el gorro azul de complemento, eras encantadora. Tu uniforme titilaba en la sala

de la casa mientras mami nos tomaba fotos, tú simulando ser una aeromoza, colocándome el cinturón de seguridad invisible. Aún tengo

esa imagen que reposa en mi mesita de noche.

Compartíamos una peinadora rosa de plástico que mami hizo el esfuerzo por comprar. Un espejo con luces, secador de cabello, collar de

perlas de juguetes, aretes de moda y anillos. Allí fue donde empezamos a ser vanidosas. Coloretes, brillo labial. Mami cantaba

acompañada de brochas: “sombra aquí, sombra allá, maquíllate, maquíllate”, de Mecano. Siempre cómplices, eternamente ligadas al

sinónimo de perfección.

¿Recuerdas que vivíamos en la casa de los abuelitos? Papi Eduardo y mamita Angélica nos engreían, pero yo sabía que tú eras su

consentida. Al papi le acariciabas la cabeza y le decías: “ya tienes el pelo blanquito, tatita.” Ellos nos abrieron las puertas de su domicilio, a

media cuadra del parque central de Pedernales. Nosotras nos asomábamos a la terraza cada vez que hacía calor y de allí saludabas

estirando el brazo a los vecinos imaginando ser una reina. Luego de la escuela ibas corriendo a darles la mano a los abuelitos en su

restaurante que quedaba en la planta baja. Limpiabas con devoción las mesas blancas Pycca, colocabas los individuales que tenían el

logotipo de Coca Cola y ponías los cubiertos de fierro ya semi despostillados. La gente admiraba tu don de servir y te daban

propina que compartíamos entre las dos para luego comprar golosinas.

Nía, eras la niña escogida, la diosa pedernalense. Eras venerada por tu hermosura: cabello negro largo, figura esculpida por las deidades

que resaltaba desde los 15 años, genética heredada por mami, envidiada por quienes carecían de esa herencia y carisma; te esforzaste por

sacarle ventaja a ese don. Siempre fuiste curiosa, rebuscabas desde chiquilla el cosmetiquero de mamá, hurgabas colores, bases, polvos,

delineadores, practicabas con la plancha y los ruleros. Decidiste abrir un canal en Youtube grabando con el celular para enseñar

adolescentes como nosotras, tutoriales de belleza con materiales de bajo presupuesto, con el fin de obtener réditos suficientes para

acceder al curso de azafatas luego de graduarte.

Tu primer videoblog fue: crear peinados fáciles y rápidos para ir al colegio. Nuestro dormitorio fue decorado con luces de colores en las

paredes y una frase neón que te marcó desde siempre: “Shine”. Habías colocado una colección de moños, cepillos y plancha de cabello

para empezar tu proyecto. Te ayudé a hacer la introducción, editando en Capcut, usé el aro de luz y empezaste a posar en cámara lenta,

buscando el mejor ángulo con la canción de fondo de Rihanna: “Diamond”. Desde ese momento no paraste. Eras ágil como una gacela.

Todas las tardes, luego declases, preparabas tu calendario editorial y definías los días de publicaciones para luego ser difundido en

diferentes redes sociales. Siempre te mostraste sencilla, utilizabas lenguaje natural y brindabas consejos de empoderamiento, plasmando

ese fulgor tan tuyo, Nía, esa claridad que fue apaciguándose en el punto más significativo de tu prometedora carrera.

Pronto te llenaste de miles de seguidores, leías y contestabas inquietudes y comentarios, era la retroalimentación lo que te llenaba de

satisfacción ya que tu enfoque era enseñar sin tecnicismos, usando en lo posible trucos caseros para tratar problemas habituales de la piel,

en especial el acné, secretos que conocías gracias a mami Angélica. Jamás fuiste mezquina con tu público, las niñas y jovencitas ya te

reconocían a donde fueras y te pedían recomendaciones no solo de belleza, sino de autoestima. Tu misión era enseñarles a

resplandecer, eras su hermana mayor, un faro que no supo reconocer el peligro en cuanto apareció.

En tres años llegaste a crear presencia y fidelidad a partir de contenidos útiles y semanales que eran compartidos en Youtube e Instagram.

Gracias a cursos de marketing y fotografía que tomé, decidí encargarme de la producción gráfica, el manejo de redes y la parte técnica de

las páginas. Fue así cómo logramos que empezaras a ser la portavoz de diferentes marcas a nivel nacional. Los convenios se dieron con:

Bassa, Suncare, Ardell, Astra, etcétera.

Tu imagen se viralizó en vallas y comerciales para medios digitales. Tenías un alto porcentaje de credibilidad en especial entre los

adolescentes y público adulto joven. Gracias a ello, una nueva aerolínea stablecida hace poco en el país te buscó para una campaña que

se enfocaba en vuelos low cost. Ellos te ofrecieron una beca para ser tripulante de cabina a cambio de ser su imagen exclusiva al menos un

año. Aceptaste, encantada.

Armábamos las estrategias para aumentar el engagement de la marca. La publicidad insigne fue sobre la seguridad. Planteé encubrirte

con tu futuro uniforme en diferentes playas del Ecuador, haciendo la demostración de seguridad que generalmente haría en cabina, pero

adaptada al momento, es decir, desde el papel de una salvavidas. El primer video que realizamos fue en Manta, allí uno de los

espectadores, un hombre fornido, con barba, ligeramente alto y con apariencia protectora que solo habías percibido con anterioridad a

papi Eduardo. Te observó durante todo el rodaje, te sentías halagada a pesar que muchos hombres ya se habían interesado en ti pero

pronto te hastiabas, hasta que apareció Xavier.

La primera invitación que te hizo fue al restaurante Arrecife, frente al mar. Nos llevó a las dos para que no llegase a desconfiar de él,

comentó a qué se dedicaba, fiscal a cargo de femicidios en Manabí, mientras figuraba su reloj Omega para mostrar su estatus y comentó

cómo ha dirigido la pesquisa criminal de los delitos por su condición de género.

Cada vez te veías más interesada en Xavier. Todos los días te enviaba detalles: ramos florales, chocolates, joyas, etcétera y solo sonreías

embelesada, idealizándolo, creyendo que los obsequios son signos de amor. En tres meses de relación ya conocías a su familia, mamá,

hermanos, amigos, convivías muchísimo con ellos y estabas dejando a un lado a “Shine”, tu motivo de iluminar las redes, el impulso que te

llevó a ser una aeromoza.

Luego de una discusión intentando persuadirte que no abortes el contrato con la aerolínea te fuiste con Xavier, sin la bendición de los

abuelitos, obviando la aprobación de mamá, eliminando ese compañerismo que tuvimos desde pequeñas.

Te instalaste en el hotel Perla Spondylus, de Manta, gracias al patrocinio de tu novio. Desde allí empezaste a vivir en una burbuja, en ese

aislamiento de la realidad que  perjudicó tu percepción del amor sublime.

Dejaste de contestar mis mensajes y tuve que conformarme con verte en Tik tok, mostrando las bondades del hotel, de vivir en pareja, ser

una tendencia en 15 segundos. Vivías una existencia más cómoda, más instagrameable; no obstante, ese resplandor en tus ojos comenzó a

caducarse. Empezaste a usar filtros de forma descarada porque Xavier pensó que eras un camaleón, que podías mutar a su antojo.

Cada enojo, disgusto o excusa, te marcaba, como si fueses una res, un animal de granja, que no merece respeto, solo una mera

comercialización. Nunca nos percatamos de tus golpes, mucho menos de los litros de maquillaje que debías usar para disculparlo, ya que,

convertido en hiena, te llevara con sus dientes y te destripase a su antojo, sin gota de culpa, porque a los animales de cuello blanco

siempre les va bien.

Pasabas de celebración en celebración. Aparecías solo en casa de los abuelitos para que mami te prestara vestidos, te facilitara la poca

ropa que habías dejado en Pedernales. Hablabas lo mínimo, evadías mayores detalles de tu vida, eras el dolor andante, el sufrimiento que

danzaba a tu alrededor para evitar pedir ayuda.

Adolecías de autonomía, Xavier te la había coartado por celos, esa eterna inseguridad que lo acongojaba, lo minimizaba como hombre.

Fuiste a la primera y única reunión sin él, quizá como un milagro, pero siempre lo percibí como el inicio de tu desgracia.

Tres hombres que no conocías y eran parte del jolgorio, confundieron el deseo y lo transformaron en estupro. Xavier era un cobarde, solo

pudo echarte la culpa. “Te di la libertad una vez y terminaste violada”. Los denunciaste, quisiste revelarte, pero, ya sabes, la justicia lleva

una venda en los ojos.

La última fiesta fue en el departamento que compartías con Xavier. Los vecinos conocían de los altercados, los gritos, los golpes y hasta las

cámaras del hotel habían grabado un par de cachetadas que, según Xavier, te habías merecido porque lo provocabas. ¿Cuántas veces

tuviste que tolerarlo por amor? Cuentan que los tragos iban y venían mientras ustedes se sofocaban discutiendo frente a los amigos que

hacían de espectadores y no te protegían. Mamá recibió un último whatsapp de ti a las tres de la tarde de ese domingo, luego intentó

comunicarse una vez más, pero ya no respondiste. Xavier dice que abrió la puerta de tu habitación a las cinco de la tarde y

te encontró desmadejada frente al televisor con un nudo en el cuello.

Ha pasado un mes desde que mamá hizo la denuncia. Ha recorrido la Fiscalía, la Policía, despachos de abogados, canales de televisión,

prensa escrita y medios digitales clamando que se cumpla la ley.

Nosotras haremos todo por vengarte, ñañita. El duelo es un monstruo peligroso que no descansará hasta que el asesino entre en la

caverna y viva por siempre en las tinieblas.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Tiene un libro de cuentos, «La última pasión”, publicado a fines del 2021. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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