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Rosa, “La Rosa Burbano”, ha perdido el asco por amor a sus hijos. Ella recoge y vende lavaza. Alimenta los chanchos del sitio San Juan con restos de comida que le dan en casas y restaurantes. 

Por Leonardo Ceballos*

“La Rosa” no le hace cara fea a la porquería. Levanta con fuerza de hombre un tanque de plástico lleno de lavaza y le mete mano para cambiarla de recipiente.
-Yo trabajo todos los días, no hay descanso, hasta los domingos -dice y su mano derecha empuja los restos de comida  en medio de un líquido gris, grasiento y chorreado. -Lo bueno es que los chanchos están bien alimentados-.
“La Rosa”, como la conocen en el barrio Miraflores, es una persona de tez morena, de contextura gruesa, brazos anchos, cabello rizado y corto, de un hablar jocoso y bullicioso. Todo un personaje.
-Dígame la verdad, usted es periodista o qué, porque la otra vez vino un man haciéndose pasar por hermanito y casi se me lleva el celular -pregunta con desconfianza y ojos inquisidores.
No es fácil convencer a Rosa de que uno le dice la verdad, porque te bombardea con preguntas directas y escudriña tus expresiones.
-Si usted vino aquí es porque alguien le dijo que aquí vivo, dígame quién fue, no le voy a decir nada a ese chismoso-
Evado la pregunta, ¿ustedes creen que no le dirá nada al que me dio su dirección? “La Rosa” es cosa seria.
Ya en confianza y luego de un par de bromas, Rosa cuenta que tiene 50 años y que es madre de cuatro hijos: una menor y tres mayores de edad que ya no quieren vender lavaza porque crecieron y pasaron de “niños a niñotes”, expresa.
Ella los crió sola porque su marido murió hace ocho años de un paro cardíaco. Dice que no ha vuelto a buscar marido para que sus hijos no se sientan mal y porque además no quiere  que les digan entenados ni nada parecido.
“Oe Rosa, yo soy tu marido”, le grita un hombre desde el otro lado de la calle, bromeando, obviamente.  “Cállate, a ti no te funciona”, le contesta Rosa y los vecinos ríen a carcajadas. Ella no bromea.
Rosa Burbano nació en Cojimíes, una parroquia del cantón Pedernales. Tuvo 11 hermanos y se casó por primera vez a los 13 años, pero se separó a los 18 porque le daban mala vida.
Luego se unió a los 20 con otro hombre, padre de sus hijos.
Su infancia no fue fácil.  Su madre era drástica y a su padre no lo conoció sino hasta que tuvo 30 años.
-Era bien jodida mi mamá, mire que ni siquiera me estudió, yo en cambio sí estudié a los míos, tres son bachilleres y una está en segundo año de colegio, y  todos a punta de lavaza- expresa.
El ruido de una motocicleta interrumpe el diálogo. Un muchacho de al menos 20 años parquea el vehículo  frente a Rosa. Es su hijo, ella le pide que reciba una lavaza que acaba de llegar en una camioneta. Rosa no termina de decir la frase y el joven hace “roncar” la moto nuevamente y se aleja a velocidad.
Rosa lo observa sorprendida y exclama “Pero mire, ese es mi hijo, lo crié con este trabajo y cuando le digo anda recibe esa lavaza se va”.  Esta de más decir que la frase va acompañada de una mentada de ella misma.
Pero madre es madre y Rosa se resigna a entender que ya crecieron sus muchachos y que ella debe seguir trabajando para ayudarlos.
-¿Qué le hubiera gustado que estudiaran en la universidad?
-¡Ay, qué linda pregunta, me dio en el clavo! -contesta gesticulando, levantando los brazos
-Hubiera querido que estudiara una carrera, cualquiera, pero mis tres hijos varones me salieron malos para el estudio, mi esperanza está en la menor, ojalá Dios me permita verla graduada de profesional, porque incluso la madrina es doctora y ella le ha dicho que  quiere que estudie-.  Y para eso trabaja “La Rosa”.
***********************************
San Juan, donde Rosa vende su lavaza, es un sector de unos dos mil habitantes y tres mil chanchos.
Un pueblo de calles polvorientas y desérticas, donde la gente es reservada y pasa en sus casas con las puertas cerradas y una que otra ventana abierta.
Allá va “La Rosa Burbano” a vender lavaza para terminar de criar a sus muchachos. Llega todos los días a las seis de la tarde en una camioneta chevrolet del 90, azul, un tanto abollada, pero útil.
En el balde lleva diez tanques de plástico con desechos de los restaurantes y casas vecinas: arroz, plátano, yuca, frijoles y  cocolón, mucho cocolón.
Rosa dice que un chancho que come lavaza tiene una carne de mejor sabor. En cambio los que se crían con balanceado saben a marisco.
Eso tiene algo de cierto, pues según el zootecnista Jorge Moreira, los restos de comida le dan un mejor sabor a la carne, pero la vuelve grasosa.
Un cerdo necesita unas 3 mil calorías por día, pero la lavaza le da cinco mil. Mientras que el balanceado le da solo lo necesario, aunque el sabor es otro debido a la harina de pescado que lleva el alimento.
Eso sí, conseguir lavaza ya no es tan fácil.  El producto se ha vuelto un negocio. “Ahora ya nadie entrega lavaza así nomás. Los restaurantes la venden y a los amigos hay que entregarles dos o tres libras de chancho para fin de año”, expresa.
Carlos Iza tiene cuatro cerdos. Y por ellos sale a recoger lavaza por las tardes. El jueves fue uno de esos días.
Carlos se sube a su camioneta, una Toyota del 78, cajón de madera, un tanto destartalada, pero manejable.
Le pido que me lleve y acepta. En el camino sin asfalto del barrio donde vive,  el Nuevo Manta,  ubicado cerca del basurero municipal, al carro le suenan los tornillos y la carrocería.
-Hay gente que me dice que lo arregle, pero en estos días si uno pone bonito su carro se lo roban- dice y se detiene en el semáforo en rojo de la vía Circunvalación.
-Póngase el cinturón que después nos para un agente- agrega y hala una tira amarrada  con piolas en la base, en lugar del seguro. Pensé: “Carlos debe amar mucho a su carro”.
Carlos también es de aquellos que creen que la lavaza es mejor que el balanceado y por eso día por medio la recoge en unas casas del barrio Santa Martha y el centro de Manta. Llega a las cuatro de la tarde con sus tachos de 50 litros y los saca a la mitad.
La primera parada es una vivienda donde la dueña de casa se ha ido, pero le dejó la lavaza en la puerta. Hay poco de todo, un poco de arroz, un poco de pollo y pescado y unas cáscaras de plátano.
Arranca su Toyota y dice que su “carrito” tiene ocho años en sus manos, pero que dos años no lo usó, luego de que se separó de su mujer. Y un carro cuando no lo usan se destruye, indica. Puede ser verdad, el motor del vehículo suena como si fuera a 80 o 100, pero el velocímetro no pasa de 50.
El segundo lugar es un restaurante donde por las noches venden carne asada. Carlos saluda al dueño, un amigo  de la familia, y pasa directamente a la cocina, donde un recipiente lo espera rebosante. Carlos lo pasa a otro balde y lo saca hasta su camioneta. Las moscas lo siguen.
Allí hay tres recipientes que terminarán llenos en unos minutos. Con eso alimentará a sus tres chanchos.  Dice que ahora recogerá lavaza en otro barrio donde no lo puedo acompañar.
Enciende su carro y se despide. Dice que le pondrá  unos guardafangos nuevos para que se vea mejor, cero kilómetros, papelito. Solo hay que esperar que venda uno de sus chanchitos.
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“La Rosa Burbano” es muy conocida en el sitio San Juan. Otros le dicen la señora de la lavaza o la negrita de la lavaza. Ella vende cada balde de 20 litros en un dólar con 50 centavos. Ya tiene clientes fijos, porque en San Juan es probable que en cada casa haya un chiquero.
La Rosa es una madre abnegada.  No la ha tenido nada fácil y eso está claro. Tiene fortaleza y aguante, pero también un corazón noble. Dice que ya tiene terreno en un cementerio para que la vayan a “botar” allá el día en que muera. No le quiere dar problemas a nadie
“Yo soy una madre cojuda”, dice con ironía y sonriendo. “Porque no voy a una fiesta, no me compro las mejores ropas por estudiar a mis hijos en los mejores colegios, en los pagados. Si ellos me dicen ‘mamá quiero una moto’, tome yo los apoyo, si me dicen ‘mamá quiero lo otro’, ahí estoy para ayudarlos”. Esa frase resume a La Rosa. Una madre que se considera cojuda por meter la mano en  hasta la «porquería» por ayudar a sus hijos.
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*Leonardo Ceballos es periodista, nacido en Manta, provincia de Manabí. Redactor y cronista por once años en el diario La Marea, de su ciudad natal. Agradecemos mucho a Leonardo por su colaboración para loscronistas.net
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