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Este es un relato real autobiográfico con estructura de poema, a través del cual el narrador y poeta cuenta los días finales de su abuela, cuando la pandemia por Covid-19 arrasaba en el Ecuador y el mundo. En esta crónica la intimidad logra simbolizar la tragedia colectiva de un país entero.

 

Juan Carlos Astudillo Sarmiento*

 

0

Mi bisabuela murió en el sueño y sobre la cama que dividía, mitad a mitad, la habitación. Con la puerta y el closet, abiertos; las manos cruzadas en su rosario enredado y tibio.

Tenía 103 años.

La vi esa misma mañana: arrugadita, pálida, silenciosa la habitación que parecía de adobe, con un foco y una lámpara amarillentos, encendidos.

1

Algunos años después mi abuela ingresó al ancianato.

No la visité demasiado… poco, diría. Visitas breves, austeras, complejas. La vejez es un tesoro difícil de apreciar cuando la vida es una vorágine que apenas se entiende y el tiempo una pausa ajena.

El lugar era amplio, con patios llenos de árboles, flores y rostros perdidos; mi abuela, entre ellos, chispeaba.

No tardó en organizar los días y se volvió, de repente, la voz que limpiaba lo mustio de los años.

Algunas veces pensé que así debería envejecerse, como ganándole espacio a la apatía.

2

La abuela nunca se quejó y, así, lo hacía.

Siempre tenía algo bello que decir aunque a veces, no lo hacía.

Creo que dejó varias palabras sujetas en el temblor…

y que me hubiera gustado escucharlas.

3

Cuando la pandemia estalló las puertas del ancianato se clausuraron.

Durante las siguientes semanas/meses escuché las llamadas diarias de mi ma a su ma para hablar cosas de abuelas y, extrañamente, me sentí en derecho de no llamar.

Una noche, sin embargo, mi esposa dijo: “sería lindo que le llames a la Tete (todas las abuelas tienen sobrenombres tiernos, ¿verdad?); tu ma se alegraría”.

Llamé enseguida… fue bello, fue triste, fue tarde en la noche.

Me dijo que tenía trancazo, o gripe, o algo. No se sentía bien.

Le hice un par de chistes, le hablé de mis hijas, de la vida, de Dios o lo que creo es Dios; de dormir, de descansar, de confiar.

Ella se despidió.

 

 

4

Un par de días después entré a la cocina de casa y le vi a mi ma sostenida en un hilo que jamás vi, implorando perdón al techo, al cielo, a Dios, a sí misma, a su mami (es raro escuchar a tu mamá decir “mami”, ¿verdad?).

Lloraba con hilos invisibles sosteniéndose desde una esquina invisible de la pared lisa y mi papá con la mirada perdida, a su lado, me miraba, mientras también la sostenía.

Me acerqué con un abrazo pero mi pa me pidió agua.

Regresé con el vaso en un gemido largo de mi ma, sentada ahora, sin estarlo.

Mi pa dijo: “salió positivo”. Mi ma gritó.

Horas después la abuela dejaba el ancianato para ir al hospital.

Tenemos una foto de ella, en silla de ruedas, a 30 metros del nieto que la tomó, bendiciéndolo.

Nadie, nunca, la volvió a ver.

5

(Yo solo podía pensar que estaba sola, que no reconocería ninguna voz porque todas eran lejanas.

Nunca lo dije, pero lo pensé y para callarme, recé)

6

La familia, que es amplia, empezó a reunirse todos los días, muchas horas cada día, para el rosario.

La fe es un asunto infinito y, a veces, fluctuante.

Unos rezaban para que se curara, otros, para que no sufriera, otros por cualquiera de las dos y otros, me atrevo a sospecharlo, sin saber bien para qué…

Lloramos largas horas, juntos. Nos reímos otras, menos largas.

7

Un día sonó el teléfono de casa, yo contesté:

–          ¿Qué relación tiene Ud. con…?

–          Es mi abuela.

–          Le hemos dado el alta, pueden venir al mediodía por ella…

–          Pero ayer nos dijeron que agonizaba, ¿está seguro?

–          Sí, ¿puede venir al mediodía?

Entré, a tientas, al zoom (sabía que estaban ahí, como cada día a cada hora); di la noticia: gritos, histeria, alabanzas…

Alguien preguntó:

– ¿Te dijo los dos apellidos?

No entendí. Se abrió un silencio. Alguien llamó. Colgó. Todos en la pantalla expectantes, con el corazón más frágil que la conexión:

-“Se equivocaron”, dijo sin ver a la pantalla o, mejor, viéndola sin dirección, demasiado cerca, dejando ver el temblor en sus sienes.

8

Minutos más tarde suena el teléfono en casa. Contesta mi ma, tiembla.

Le escuchamos decir: “no pueden hacer eso, ¿saben lo cruel? ¡no pueden!”

Termina la llamada agradeciendo, bendiciendo, expiando…

De vuelta al rezo y, sin embargo, algo cambió entre esas tres llamadas, para siempre.

9

Pasaron varios días, como 15.

Demasiado días,

demasiado largos,

demasiado llenos de nada, de noticias vagas, de esperas al teléfono, de la agonía anunciada, compartida, del entrar al coma, de salir, de no hacerlo, de mis hijas de 3 y 6 años jugando en la sala solas, preguntándose por qué llora la abuela y respondiéndose que por el coronavirus, que le mató a la Tete.

“La vida”, pienso al verles a dos metros del estudio de mi pa, en donde estamos, pendientes de ese hilo que nunca encontramos.

10

Una tarde mi esposa, desde la grada y hacia arriba, dice: “vida, baja a verle a tu mami…”. Su voz me urge, lo más suavito posible.

Todas las gradas de los 3 pisos son un hipo por el que caigo.

Nos abrazamos. No necesito llorar, ella lo hace.

Tiemblo, temblamos.

Le escucho.

Mi pa está al lado, estoico y destrozado (ahora sé que eso es posible, y noble).

Lloramos más; ahora sí me lo permito.

Mi hija nos espía. Me siento desnudo.

Me sonríe y se va.

11

La resignación es más compleja en la virtualidad, en el abrazo caído, en el velorio transmitido y la conexión inestable que congela los pasos y los devuelve en la urna; en las palabras de dolor o aliento que se entrecortan y te obligan a pensar y completarlas.

12

A media mañana llegó mi tío. En una bolsa grande, en las manos, me dejó a la abuela.

Pensé que la caja sería más pequeña. Nunca ponderé en cuánta ceniza resultamos.

En la entrada de la casa me descubro limpiando con alcohol la caja de cenizas de mi abuela y al hacerlo me doy cuenta de lo que estoy haciendo.

13

En casa preparamos un altar. Llevo la caja y en la grada me espera mi ma. Tengo que entregarle a su ma. Algo se achica en mi corazón. Lloramos, sin decir nada, en la grada.

No sé cuanto duró, pero fueron tantas noches, en la grada.

Subimos al altar. Estoy cansado de verle llorar a mi mami, porque nunca lo hace.

Lloramos.

Me pide que le deje y, mientras me voy, le dejo bien claro que nunca lo haré.

14

 Tres días lloramos, temblamos, regresamos a la infancia.

 15

Mi abuela murió a los 87 años, con Covid, lejos de todos los que la amamos.

Nadie vio sus manos ni el rosario ni la pared y el closet se quedó en el ancianato.

Nunca vimos la habitación en donde exhaló, ni sabemos si dormía.

 _____________________________________________

*Nadie vio sus manos obtuvo la Mención de honor en el II Concurso Nacional de Crónica, organizado por loscronistas.net

* Juan Carlos Astudillo nació en Cuenca. Es comunicador Social y Guía de Turismo Ha publicado 14 libros, entre poesía, fotografía, periodismo e investigación; 6 guías didácticas y varios artículos científicos y divulgativos. Ha sido incluido en antologías de poesía ecuatoriana en Argentina, El Salvador, Venezuela, México y España, y su fotografía se han incluido en revistas especializadas en Argentina, Costa Rica, EE.UU. y España. Miembro del Grupo de Investigación en Educación decolonial y Epistemologías del Sur; Docente en la Universidad de Cuenca.

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Comment (1)

  1. CARLOS GUALPA

    31 Jul 2024

    Excelente crónica, lo leí en la publicación «Rocinante» me sacó alguna lágrima, el COVID dejó tanto dolor, tanta tristeza por aquellas separaciones que duelen hasta el alma.
    He comentado acerca del porqué actualmente en las instituciones educativas AHUYENTAN a los jóvenes de la lectura. No sé si depende del maestro escoger los libros que leerán los estudiantes durante el año lectivo, o esto ya está establecido en el pénsum académico fijado por el Ministerio de Educación, digo, que para iniciar a un niño, a un joven, en la lectura crónicas de este tipo considero son las indicadas
    Felicitaciones sinceras

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