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La historia desgarradora y coral de Cojimíes, un pueblo costero de la provincia de Esmeraldas, en donde los niños eran regalados a familias o personas que pudieran mantenerlos fuera de la pobreza más desvergonzada. Esta crónica no es un relato de porno miseria sino el testimonio de las vidas vividas por mujeres y hombres buenos.

 Leonardo Ceballos*

Carlos Alfredo dice que hace 35 años en Esmeraldas regalaban un negrito por un racimo de plátano. Pero eso era hace 35 años, cuenta, ahora ya no, al menos no se ha enterado.

Carlos tiene 32 años, una hija de cinco y cuatro hijastros que no pasan de diez y él es uno de esos negritos, de los que regalaban.

Trabaja como pescador en Cojimíes, un pueblo de la costa de Manabí. Carlos es flaco, cara pequeña y facciones toscas, la frente con tres profundos surcos, los ojos grandes, vivaces y negros, la nariz un tanto ancha, los labios grandes y gruesos, y los pómulos pronunciados que resaltan aún más por la poca carne que los cubre y que además parece estar seca, pegada al hueso.

Carlos cuenta que su hija, la única suya, vive en Colombia. Su primera esposa es de allá. Él la visita cada que puede, o a veces le manda dinero. No quiere que la niña viva lo que él vivió.

-Los niños no deben pasar por eso, no hay que abandonarlos ni regalarlos -dice Carlos con la mirada al suelo, la cabeza también.

Hace 32 años lo abandonaron en Muisne, isla ubicada en la provincia de Esmeraldas. Allí el 44 por ciento de la población es de raza negra, y un 40 por ciento, mestiza; también hay blancos, cholos y montuvios, pero el porcentaje es menor.

Carlos era el mendigo, el negrito que pedía comida en la calle.

Apenas tenía dos años cuando un pescador al que llama “Papá Guido” lo encontró. Preguntó si tenía familia y en el pueblo le dijeron que llevaba más de un mes deambulando. Entonces lo subió a su canoa para llevarlo a Cojimíes.

Carlos Alfredo cree que, si “Papá Guido” no lo hubiera hallado, tal vez sería ladrón o asesino, o tal vez no. Pero “Papá Guido” lo encontró y por eso tiene un apellido, hijos y familia.  Él le dio eso. Él es todo eso.

-Han pasado 32 años y aquí estoy, criado en tierra ajena, como muchos que llegaron a este pueblo luego de ser abandonados, porque como yo hay muchos -dice Carlos Alfredo, la sonrisa fácil, la mirada evasiva, al suelo, siempre al suelo.

El inicio

Esta historia empieza acá, en Cojimíes. Es el límite de la provincia de Manabí, y al otro lado, a media hora en lancha, se encuentra Esmeraldas, que hace 40 años era una de las provincias más pobres del país -y aún lo sigue siendo, con una pobreza urbana que va entre el 35 y 56 por ciento, según el Instituto de Censos del Ecuador-.

Pero su historia de pobreza se remonta a hace 46 años.

Desde 1972 hasta 1982 Ecuador pasó por el “boom petrolero”. Ingresaba mucho dinero, pero los gobiernos de turno no mejoraron las condiciones de vida de la población.

Se endeudaron con la banca internacional, y luego el precio del petróleo cayó. El país quedó con una deuda externa de tres mil millones de dólares, según un análisis de Walter Spurrier, experto en temas económicos.

La pobreza aumentó. Fue así que desde 1982 hasta 1999, año en que ocurrió el feriado bancario, Ecuador vivió una de sus peores crisis cayendo en pobreza extrema. Había miseria y migración. Casi un millón de ecuatorianos salieron del país.  Por esos años empezó a escucharse esa frase de que si ibas a Esmeraldas te regalaban un “negrito por un racimo de verde”. Sí, allá la gente empobreció tanto, que entregaban a los niños a otras familias para que no pasaran hambre, y algunos tomaban una lancha y navegaban hasta Manabí para abandonarlos en Cojimíes, un pueblo menos pobre, donde al menos iban a comer.

Amanece en Cojimíes y Carlos Alfredo tiene prisa por ir a pescar. Dice que sale en menos de media hora, son las ocho, y quiere preguntas rápidas.

Ahora todos en el pueblo lo llaman Carlitos Alfredo o Carlitos Anchundia, el apellido que le dio “Papá Guido”.

En Cojimíes es el más conocido de todos los niños que abandonaron en Esmeraldas desde la década de los 80.

No veía a Carlos Alfredo desde hacía cuatro años. La última vez que hablamos se subía en una lancha.

Ahora ya no vive con “Papá Guido”. Trabaja pescando, “cachueleando”, dándole duro a la vida, dice.

-Al final, ¿algún día supiste quiénes eran tus padres? -pregunto, y enseguida contesta que solo sabe que lo sacaron de una isla, de un barrio llamado El Pampón.

-Ese es el único lugar del que sé que vine. De allí no sé más. No tengo idea de dónde voy a buscar a mis papás, ni tampoco quiero encontrarlos -expresa con un gesto de dureza que contrasta con su voz apacible.

-Pero, ¿nunca los buscaste?

-No, el único padre que tuve fue Papá Guido, y con él es suficiente -señala,  luego recuerda que hace cinco años llegó una familia a buscar a un hijo que habían regalado cuando era un bebé. Él estaba en la playa. Sintió ganas de preguntar, de decir que tal vez podría ser él, pero, ¿para qué hacerse daño? Ya a su edad es mejor dejar las cosas como están y seguir, solo seguir.

….El pueblo del abandono….

Cojimíes son seis calles de arena, dos de las cuales se inundan cuando sube la marea. En el centro hay casas de cemento y madera. Nada de arquitectura suntuosa, pocos lujos, colores en las paredes corroídos por la salinidad del mar. A los lados, por los manglares, solo hay casas de madera y caña, construidas sobre horcones para no inundarse cuando hay aguajes. No hay calles asfaltadas, todas son de arena. Incluso, hasta hace 15 años la única carretera que conectaba al pueblo con la red vial del país era una playa enorme donde decenas de carros se atascaban en la arena y se perdían en el mar.

Cojimíes es un lugar con una tranquilidad de pueblo lejano y una vida nocturna que apenas está despegando.

Tiene dos escuelas, un colegio, cientos de pescadores, un manglar, 20 hoteles, 15 pozos de agua dulce y tres o cuatro historias de desgracias con suerte.

Hasta 1998 fue uno de los sectores camaroneros más importantes del país. Y se dice que “fue” porque ese año apareció la mancha blanca, una plaga que mataba el camarón y dejó en la ruina a decenas de familias: la primera desgracia. Ahora el pueblo de 13 mil habitantes ha tomado un segundo respiro. La plaga ha sido eliminada y el camarón está generando dinero nuevamente.

-Después de la mancha blanca la pobreza aumentó. No había qué comer, y por esa pobreza era que había tantos niños en la calle. Mi papá llegó a criar a varios de ellos; unos se los regalaron, otros llegaron solitos -dice Robert Vilela, contando no solo su historia, sino también la de su padre.

Ellos tenían un restaurante, uno de los más grandes del pueblo. Quedaba en una casa alta de madera, con horcones altos donde cabía un niño de ocho años de pie. Allí comían los trabajadores de las camaroneras que al mediodía armaban un hervidero de botas y ropa mojada. Un bullicio de gallera, pero sin gallos, porque solo eran obreros hambrientos: mulatos y negros fornidos con el hambre retrasada.

A la puerta de la cocina o del mismo restaurante llegaban niños de tres, cinco o diez años, y miraban a los trabajadores mientras comían. Ponían su cara más triste, Robert los recuerda bien porque eran el rostro del hambre, dice, de la pobreza.

Se apoyaban en la puerta con la mirada desmayada y extendían la mano para pedir comida. A veces se quedaban durmiendo bajo el suelo de la casa.

-¿Cómo pollos bajo el gallinero?

-Sí, como pollos bajo el gallinero -dice Robert y enseguida le habla la memoria.

-Antonio, el que más recuerdo se llamaba Antonio Villa. Tenía siete años, era un negrito barrigoncito, andaba desnudo. Se metía debajo de la casa y yo le pasaba comida que sacaba de la cocina -recuerda Robert, quien en ese entonces tenía nueve años.

Antonio siempre andaba en la calle, su familia era muy pobre. Robert dice que un día le propuso a su madre dejarlo en la casa, adoptarlo, y su mamá dijo que primero debía preguntar si se lo querían entregar.

Y así fue: la mamá de Robert pidió que se lo regalaran, y la mamá de Antonio aceptó, pero él solo era el primero.

-Luego vino Duque. Tenía once años más o menos. Su familia era de un pueblo de Esmeraldas, y llegó al restaurante a pedir comida, hasta que un día se quedó viviendo.

-¿Y la familia? ¿los padres?

-Ellos se fueron, él quedó solo. En ese tiempo eso era muy común -cuenta Robert, y ríe porque era tan común quedarse con un niño, que por tener un restaurante llegaban muchos y su padre crio a seis.

-¡Seis!

-Sí, mi padre siempre ha sido un hombre bueno.

Su padre es José Pepino Vilela, pescador de 83 años, moreno, de baja estatura -un metro 60 más o menos-, mirada cansada y memoria privilegiada, porque recuerda muchos detalles. Hace un esfuerzo por sacudir su memoria y se nota en su rostro, pero siempre halla los detalles que quiere.

-Todos estuvieron aquí hasta que se hicieron mayores. Antonio se fue a los 22 años, Duque se fue a los 26 y Tiburcio, otro que me llegó como de 14 años, se fue a los 25 más o menos. Solo me quedé con los ocho muchachos que sí eran míos, mis hijos de sangre -narra José con la exactitud de un (UNA) partida de nacimiento para decir las edades de las personas. Se pone de pie, cojea levemente de la pierna izquierda y camina despacio, lento, como turnándose entre él y su sombra para dar los pasos. Va a bajarle el volumen al radio. Hay mucha bulla, dice.

-¿Por qué recibía a los niños en su casa? ¿No se le hacía difícil teniendo ya ocho? -le pregunto; ya está de vuelta.

-Eran pequeños y algunos no tenían a nadie, daban pena- contesta sentándose nuevamente en un banco, en el portal de su casa. Adentro en el cuarto, su esposa lucha contra un cáncer; afuera, en el banco, él lucha por que su memoria sea lo más exacta posible.

-¿Y cómo hacía para darles de comer a todos? -le digo, y él se ríe y responde con contundencia.

-No dejaban ni el cocolón en la olla, ja-ja-ja-ja-.

Esos recuerdos son lo que su memoria le desempolva y no para de reír. Las risas ahora reemplazan la bulla que hacía el radio.

… TRES VECES REGALADO…

(Segunda parte)

Cojimíes fue por más de 100 años solo un pueblo pesquero. Lo fue hasta el 2003. Apenas había dos hoteles, pero desde hace ocho años empezaron a llegar los bares y más sitios de hospedaje, y el pueblo perdió su tranquilidad nocturna para darles paso a los trasnochados que los fines de semana amanecen durmiendo en las playas, algunos noqueados por alcohol, y a cientos de turistas que buscan sus (SU) mar y una isla llamada Corazón.

Es uno de esos fines de semana, tres días de feriado para todo el país.  Hay turistas de la Sierra, gordos unos, flacos la mayoria, de piernas delgadas y cuerpos pálidos que caminan por las calles en calzoncillos de baño, pantalonetas, trikinis, bikinis; algunos, los más rescatados, usan pareos para cubrirse, incluso colchas. Sus cuerpos escuálidos contrastan con las panzas cerveceras y la contextura gruesa de los pobladores de Cojimíes.

-Últimamente llegan muchos serranos -dice Cecilia, 45 años, cabello rizado, madre de cinco hijos y esposa de un pescador llamado Ángel, quien es la persona que me ha ayudado a buscar los personajes para esta historia. Ambos están criando a dos nietos de 6 y 8 años, hijos de un hijo suyo que ahora trabaja en otra ciudad.

-El año pasado llegaron a pedirme al mayorcito. Vino un serrano y me preguntó si no se lo regalaba, porque él es muy atento y trabajador y les hizo de guía, les consiguió pescado barato y todo lo demás.

Cecilia le dijo que no. Porque ese muchachito no era suyo y ella no puede entregar algo que no es suyo.

-Hay gente que aún cree que aquí todavía se pueden conseguir niños así por así -expresa- Eso pasaba hace años.

Cecilia cuenta que algunos de esos niños no solo se quedaban viviendo allí, sino también que se los llevaban a otras ciudades, a Santo Domingo, Pedernales, Jama, Manta, al campo, quién sabe dónde mismo.

José Manuel vive en Manta, pero nació en Santo Domingo a dos horas  de Cojimíes. Allí también llegaron algunos niños. Allí empezó su historia.

-Nadie le entrega su hijo a un extraño para que le dé un paseo a las seis de la tarde. Eso me dijo mi mamá, “vamos a un paseo”, y me vistió para llevarme al parque. Me entregó a una señora que yo no conocía. Ya tenía cuatro años, sabía que me estaba regalando por tercera vez.

José Manuel no guarda rencor, pero no quiere ver a su madre. Los primeros días, luego de haberlo entregado por tercera vez a una familia, la encontró en la calle, pero se escondió tras las piernas de la mujer a la que lo habían entregado, alguien llamada Emperatriz que murió hace dos años y a la que considera su madre y su abuela.

-No sentí nada, porque no me explicaba por qué lo había hecho, tampoco por qué en ese momento me quería acariciar como un hijo.

Fueron dos o tres encuentros de esos, luego ya no la ha vuelto a ver. Y siente que no lo necesita.

José Manuel vivía en Monterrey, un pueblo ubicado en el cantón La Concordia de Santo Domingo. Su familia era muy pobre, su madre tenía 11 hijos que criaba sola porque su padre huyó, y fue cuando empezó la historia de José Manuel.

Dicen que todo inició con la muerte de su abuelo. Y digo “dicen” porque a José Manuel no le consta que haya sido así, pero esa es la historia que le contaron.

Una noche, cuando él apenas tenía meses de nacido, tal vez unos seis, su abuelo llegó borracho a golpear la puerta de su casa con un machete. Quería ingresar, había discutido con su padre. Desde adentro el hombre soltó un disparo y lo mató. Luego huyó de Monterrey.

Pasaron meses y su madre empezó a regalar al niño. Apenas tenía un año. Una familia lo acogió, pero meses después lo devolvió.

-No me querían porque había niños más grandes que yo y ellos me pegaban, y yo no me dejaba y les pegaba aún más. Me regresaron y luego me volvió a regalar por segunda vez, a los dos años, y otra vez me devolvieron por peleón, así me contaron que pasó -dice José Manuel, sonriendo, contando su vida como si hablara de otro y no de sí mismo.

Luego llegó aquel día, en el parque, en una banca, el engaño de un paseo. Le dijeron que daría una vuelta con una señora, la dueña de una finca donde trabajó su mamá. Se llamaba Emperatriz y nunca más volvió a sentir el rechazo. Esa señora lo acogió como un hijo más. Le dio, dice, lo que tal vez nunca hubiera tenido en su casa.

Emperatriz falleció hace dos años y José Manuel se fue a vivir  con la hija de ella, a quien también quiere como una madre.

A los 17 años le permitieron viajar a Manta, a cincos horas de La Concordia. Allí vive con una nieta de Emperatriz, una hermana para él.

-Quiero estudiar algo en la universidad, pero como que no encuentro lo que me gusta, creo que elegiré Mecánica Automotriz, me llama la atención -expresa pensativo, ahora totalmente alejado de su pasado. A José Manuel no le afecta. Y vuelve a recordar.

A los 12 años, cuando aún estaba en Monterrey, conoció a su padre. Estaba en un restaurante, y un familiar de su madre le dijo que ese hombre, ese que estaba allí de pie, era su padre. Ambos se acercaron. El hombre lo abrazó y le preguntó cómo estaba.

José respondió que bien, pero no sintió nada en ese abrazo, recuerda.

-Fue como si te encontraras con cualquier persona en la calle, un extraño.

Luego el hombre sacó su billetera y le regaló 10 dólares.

-Diez dólares, después de 12 años me regala solo diez dólares -cuestiona-. Eso yo me lo hacía trabajando en la finca de mi abuelo (el esposo de Emperatriz); cualquiera me da 100 dólares -expresa y sonríe-. Eso me decepcionó más -agrega y no para de reír. En serio, a José Manuel no le afecta su pasado.

En la orilla de la playa, donde acoderan las lanchas y bajan la pesca, vive Jhony Párraga, un pescador muy conocido en el pueblo, de buena plática y aspecto amable.

-De esas historias que usted busca, de esas de los niños que llegaban aquí por comida y se quedaban viviendo, conozco mucho. Yo crie a siete -se jacta Jhony, con la sonrisa de alguien que tiene lo que otro no.

-Yo tengo botes y negocio con la pesca y el camarón. Antes había más plata. Aquí me llegaban niños de ocho o nueve años, la mayoría de Esmeraldas, otros nacidos acá, y yo les enseñaba a trabajar. Los criaba como hijos míos.

Jhony tiene dos hijas con su actual esposa y una hija de su primer matrimonio. Dice que acogió a los niños no por falta de hijos, sino porque sus familias eran muy pobres y daban pena, pasaban mucha hambre. Después dirá que no tenía hijos varones y que quería uno, o al menos sentir que cuidó a uno.

Algunos trabajaban toda la semana y se iban unos días a su casa, llevando comida y dinero. Otros simplemente nunca regresaban. Vivían con Jhony hasta los 18 o 20 años, o hasta que se comprometían y se iban.

-Me emocionaba criarlos porque yo no tengo hijos varones y para mí esos niños eran como mis hijos. Algunos aún me visitan porque viven cerca de aquí, los otros casi no vienen. Recuerdo a Jorge, por ejemplo. A él se lo regalaron a mi mamá en Santo Domingo y mi mamá me lo dio a mí. Tenía siete años, la mamá acababa de fallecer; su familia, la poca que tenía, era demasiado pobre, y me lo traje a Cojimíes, aquí vivió conmigo hasta que se casó. Todos se van cuando se casan- expresa Jhony resignado; hijos suyos o no, todos se van cuando se casan.

La casa de Jhony es de madera, y él está sentado en medio de una sala sin paredes. Una especie de portal grande, pero es la sala, porque allí está la mesa de la familia, las sillas. Allí almuerza y descansa, al fondo se ve la cocina; alrededor, los cuartos.

A su espalda tres obreros mezclan cemento, arena y piedra para una construcción. Uno de esos obreros es Juan Vélez, de 27 años, mulato, de contextura gruesa, uno de los niños que crió Jhony.

Juan cuenta que llegó a los nueve años a Cojimíes. Vivía con su madre, su familia era demasiado pobre y él salía a buscar trabajo para ayudar en casa. Eran cuatro hermanos sin padre, solo madre, nada más.

Juan empezó cargando combustible para las lanchas de Jhony, luego balanceado, alimento para los camarones. Dormía en la casa de Jhony, comía allí y a veces regresaba a su casa solo a dejarle dinero a su madre. Vivió con él hasta los 18 años, cuando se casó, porque su suegro le regaló una lancha y entonces empezó a laborar de forma independiente.

Ahora está empleado en construcción porque no hay mucha pesca, la plata está escasa.

-Esto es así, a veces hay trabajo, a veces no. Yo aprendí a pescar con don Jhony. A veces me pongo a pensar qué hubiera sido de mi familia o de mí si no hubiera trabajado desde niño; qué mismo sería ahora -expresa Juan.

….EL MILAGRO DE SANDRO…

(Tercera parte)

Hubo en Cojimíes una profesora muy conocida y recordada por haber hecho un “milagro”. El milagro de cambiarle la vida a un niño de la calle.

Fue la única maestra de kínder que tuvo el pueblo por más de 30 años, Mercedes Jaramillo, le dicen la profesora Meche, una mujer muy querida, fácil de conocer sin llegar a verla en persona. Su foto está en casi todas las casas de Cojimíes: en las salas, al lado del televisor o en una mesita.

Está ella con su uniforme pulcro, el alumno y el padre del alumno. Es la foto de fin de año escolar.

Mercedes trabajó en Cojimíes como docente de kínder (jardín de infantes, como le decían hace 30 años).

Ella es una mujer de carácter fuerte, guapa a pesar de sus 65 años, delgada, de facciones bien definidas, como de maniquí, voz dulce y apagada ahora que está un poco enferma, pero muy cordial.

Y con esa misma cordialidad fue clara en decir que no le gustaba eso de las entrevistas. Lo dijo su hermana, Cecilia Jaramillo, a través de una llamada.

-Pero si usted quiere contáctese con Sandro, él le puede contar la historia -expresó la mujer.

Sandro es el niño que Mercedes rescató de la calle cuando apenas tenía tres años. Un negrito que vagaba por Cojimíes pidiendo comida y robando legumbres en los mercados para alimentarse. Sandro es el milagro de la profesora Meche.

Estudia Ingeniería Ambiental en Jipijapa.

-Pregunte por él, todos lo conocen, es un negrito de ojos verdes, él único que tiene ese color de ojos, creo que es fácil de encontrar.

Y es verdad. Con esa descripción, es fácil saber que estudia en tal o cual aula, pero Sandro no ha llegado y toca esperar 40 minutos más o menos.

Alumnos van y vienen con sus celulares en la mano y la mirada en la pantalla.

-Hola, ¿conoces a Sandro Prado? ¿lo has visto?

-No lo conozco -dice una muchacha flaca, lentes grandes, un tanto tímida.

-Es un chico negrito y tiene los ojos verdes -le explico.

-Ahh, sí, a él sí lo conozco, ya está llegando -contesta.

Sandro sube corriendo las escaleras del edificio universitario. Ha llegado atrasado a clases, tenía un examen a las dos de la tarde y son las dos y cuarenta.

-No creo que el profesor me deje entrar -dice, abre la puerta del aula, se asoma y el maestro le lanza una mirada fulminante. Para qué más.

-Vamos a la biblioteca a conversar -señala.

-Qué es lo que sabes de tu historia -le pregunto.

-Lo sé todo, con detalles, todo absolutamente -responde y empieza a narrar como si se tratara de un libro que lleva grabado en la memoria.

-Mi mamá murió cuando tenía un año. Viví con mis abuelos hasta los tres años, pero tuve una vida desordenada. Viví en la calle, dormía en la calle. Era un niño de tres años durmiendo en los parques, arropado con cartones -dice.

Yo esperaba que me hablara desde los cinco años en adelante, pero Sandro se acuerda de todo lo que le sucedió desde que tenía tres años. Eso es una virtud, asegura.

Dice que siempre llevaba un cuchillo, dormía con ese cuchillo para protegerse porque no confiaba en la gente. Bueno, no en todos, porque conoció a Lizardo, un hombre que trabajaba en una volqueta recolectando basura y le daba de comer, y ahora es su padrino y lo quiere mucho.

También recuerda a un señor llamado Favio Cedeño, muy conocido en Cojimíes por tener unas de las primeras casas de dos plantas en el pueblo. Lo llevaba a almorzar con su familia, en la mesa de la sala, no en la cocina, dice Sandro.

-Porque algunos me daban de comer pero en la cocina, como con vergüenza. Don Favio me hizo sentir como si fuera de su familia.

Un día, mientras recogía la basura con Lizardo, la profesora Meche lo vio. Preguntó quién era y don Lizardo le contó la historia.

Desde entonces la profesora lo bañaba, le daba de comer, le compraba ropa, y nació un cariño grande entre ambos.

Antes de que cumpliera cuatro años, Mercedes fue a la casa de la abuela de Sandro. En realidad no era una casa. Vivían en bodega, de esas que almacenaban camarón y motores, vivían allí más de cinco personas: la abuela, los tíos y otros nietos.

-Por eso yo no quería estar allí y prefería la calle. dormía en la calle porque me sentía incómodo en el garaje, no había espacio -cuenta Sandro.

Mercedes pidió que se lo entregaran y la abuela no lo dudó. Le dijo que se lo llevara, porque no tenía para darle de comer.

Así empezó la nueva vida de Sandro.

La profesora Mercedes, a quien llama tía, porque en el kínder todos los niños le decían así, le cambió la vida.

-Muchos me querían en Cojimíes, pero nadie hizo lo que mi tía hizo. Había gente que la cuestionaba por criar a un chico de la calle, pero ella no se fijó en eso, por eso la amo como a una madre.

Mercedes trabajaba en Cojimíes, pero su familia vive en Portoviejo, la capital de Manabí. Ella actualmente está allá con su hermana, pues nunca se casó ni tuvo hijos. Sandro es su regalo más grande.

-¿Has vuelto a ver a tu abuela?

-No, los psicólogos me dijeron que eso me haría daño, pero antes de que me lo dijeran yo mismo decidí olvidar mi pasado, porque anduve en la calle no porque quise. Un bebé de tres años no anda en la calle con un cuchillo porque quiere, sino por necesidad; tuve que robar tomates por hambre y cuando mi tía me adoptó me dije que iba a disfrutar mi infancia y olvidar todo.

Sandro estudia Ingeniería Ambiental, pero su sueño es ser médico. Quiere hacer el mismo trabajo que hacía su tía cuando fue parte de un grupo de salud de Cojimíes. El asunto es que obtuvo un puntaje de 800 y necesitaba 900 como mínimo para ingresar a esa carrera. Eso lo dicen las reglas de Educación Superior en Ecuador.

Aun así, no se ha quedado con los brazos cruzados. Ya ha realizado cuatro cursos vinculados a la medicina: uno de enfermería, dos de rescate y uno de paramédico.

Porque a Sandro le gusta aquello de salvar vidas, ya sea como médico o bombero. Es como una recompensa a la vida, a su tía Meche, por haber salvado la suya.

-Si ella no me hubiera sacado de la calle, tal vez sería un delincuente, o tal vez ya no estaría vivo. Por eso siempre le agradezco a Dios por haberme puesto en su camino. Porque yo tuve suerte, pero otros niños no, y quién sabe qué fue de ellos- dice Sandro. Le digo que es verdad, que él tuvo suerte, y empiezo a contarle la historia de Carlos Alfredo.

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*Los hijos del hambre obtuvo el Primer lugar en el II Concurso Nacional de Crónica organizado por el portal loscronistas.net

 *Leonardo Ceballos nació en Manta. Es periodista, cronista, seguidor de buenas historias. Trabaja desde hace 13 años en diario La Marea. Considera a Gabriel García Márquez como una fuente de inspiración.

 *En la fotografía aparece Carlos Alfredo, uno de los personajes de la crónica ganadora.

 

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