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El escritor, ¿un espía?

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¿En qué se parece el escritor al espía? ¿En que los dos hurgan en vidas ajenas para incidir en su plano de realidad? ¿El uno en la real y el otro en la ficción? Ambos son seres que, en cualquier caso, necesitan de los gestos mínimos de existencias ajenas para que su mundo sobreviva. ¿La literatura y el espionaje se parecen en que los dos siempre envuelven la realidad?

Por Guillermo Gomezjurado Quezada*

 Entre las múltiples figuras utilizadas para dar cuenta de la labor del novelista, aun goza de cierta difusión y simpatía la del espía. Escritores como Paul Auster, Javier Marías o Javier Vásconez la han utilizado desde hace algún tiempo para reflexionar en torno a su oficio o han escrito, de plano, ficciones con personajes que se mueven en el mundo del espionaje y que evidencian, de alguna manera, la estrecha relación entre la vigilia, la mirada, la experiencia vicaria, la especulación y la vida interior del que observa y está al acecho.

Si se considera que “aquel que espía el mundo en secreto, hurgando por sus posibles sentidos, busca esconderse, tras personajes, espacios, tiempos, temas, diálogos, para relacionarse con los otros” (Borja 2007, 90), resulta más que justificada tal comparación, si bien parece ideada para dar cuenta ante todo de un tipo de narrador, o de una de sus más evidentes tareas o situaciones: la de crear personajes; la de seguirlos tozuda, casi religiosamente, con la finalidad de dotarles de vida literaria, o de descubrir qué son o pueden llegar a ser aquellas criaturas de ficción, a veces elaboradas a partir de los datos o imágenes más simples o insospechadas (otras labores del narrador, sobre todo del novelista, suelen ser explicadas a través de la figura del arquitecto, del orfebre, del corredor, etc.).

Aparte de interesante, sin embargo, la idea de que “el escritor y el detective son intercambiables” (Auster 2012, 19) no deja de parecerme interesada. Y es que, al acercar la figura del escritor a la del espía, o a otras como la del detective, el cazador o el rastreador –y no, por ejemplo, a una tan poco heroica como la del cura, que espía también, tras la mirilla del confesionario, aunque para mayor gloria de dios–, parece que se intentara dar cierto aire inquietante y sugerente al practicante de una ocupación tan secreta y poco seductora como lo puede parecer el escritor.

De hecho, todas estas figuras –la del espía, el detective, pero también la del jugador– están hermanadas por el riesgo. Constantemente al acecho, estos personajes viven en la intemperie, practican el arte de la sutileza y de la captación rápida. Son, para decirlo de una vez, seres que juegan sus cartas en la tarea de ver, interpretar, suponer, sin que el objeto del deseo se percate de sus movimientos… Los clásicos fotogramas del espía moviéndose en el claroscuro de la calle o la del rostro del jugador abocado al delirio de la ruleta, son, en ese sentido, decidores: nos entregan imágenes fascinantes de individuos solitarios, puestos al límite, endulzados en la tarea o vicio propios.

No así la imagen del escritor, cuyo estereotipo no deja de coincidir desde hace algún tiempo con la fotografía de un ser excéntrico y descarriado, algo huraño y bastante excesivo, pero en líneas generales gris, pese a que sean numerosos los casos de escritores que hayan evidenciado que su oficio puede ser igual o más solitario, delirante y excesivo que el del espía, y hayan definido no solo con su obra, sino incluso con su vida, imágenes de escritores aventureros o misteriosos o fascinantes.

¿No se ha visto ya en la figura marginal y justiciera de Bolaño una de las últimas tentativas de darle al escritor una imagen heroica –un poco a lo Edmund Dantes– que conecta muy bien con el gran público? Y, en ese contexto, ¿no puede verse en la del espía una figura bastante apropiada para proporcionarle un aura ciertamente enigmática al escritor, un tipo que también se mueve en los márgenes, y al que no parece no venirle mal una cierta pátina de misterio?

Más interesante que todo esto, en cualquier caso, es notar que tanto la figura del escritor como la del espía permiten una reflexión sobre las capacidades de la mirada, sobre las fascinantes transacciones del ojo y del espíritu. A riesgo de señalar obviedades debo señalar, sin embargo, que aquí encuentro también divergencias. Y es que el narrador, a diferencia de algunos espías, no sigue a alguien obligado por razones laborales ni siente “la pasión constante, casi despótica, de intervenir y de manipular hasta la obscenidad la vida de los otros” (Vásconez 2005, 85) con los que comparte un mismo nivel de realidad.

El narrador, o al menos eso creo, no pretende utilizar las vidas de los otros de forma directa, traicionera o descarada para incidir en el mismo entorno que le rodea, ante todo porque aquello que aprehende no tiene tanto que ver con el desciframiento malsano de las intimidades de las otras personas, sino con aquellos pequeños gestos, posturas, o incluso anécdotas capaces de ser utilizados para echar luz sobre aquellos personajes ficticios a los que, en el mundo de la ficción, sí espía y acecha.

Más cercano entonces del narrador de “Un hombre muerto a puntapiés”, de Pablo Palacio, que del espía-prototipo, el novelista, “al no hallar en el mundo ni acciones que anotar ni acontecimientos que analizar [para deducir una información secreto o comerciar con ella] [sabe que se le torna inevitable] inventar, [… lo que lo] sume en un estatismo que lo lleva siempre de vuelta a su propia vida, a su propia interioridad fragmentada y que vagamente se va retratando en su relación imposible con los otros” (Borja 2007, 86).

No en vano, el lector de Palacio es claramente un freak que, a partir de una crónica roja, leída en el Diario de la tarde, juega a especular no solo sobre las razones que motivaron el asesinato sobre el que ha leído, sino que también se divierte suponiendo y comentando algunas características físicas del muerto, o esbozando ciertos pormenores imaginarios de la escena del crimen, de una forma que bien podría ser vista como encantadora, irónica y corrosiva, pero nunca objetiva y certera. Así, por ejemplo, dice el narrador de este cuento, viendo una fotografía del hombre muerto a puntapiés: “El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez ([dado que] un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera)” (Palacio 2004, 14).

Así pues, de una forma extraña, o más bien lateral, al escribir sobre otro, o desde otro, el narrador nos informaría más bien de sí mismo, aunque no de su vida sino más bien de sus capacidades de observación, de sus habilidades al intentar salir de sí y poner en escena su tentativa de ser, durante la escritura, otro. Esto, por lo demás, no es nuevo. El lector lo encontrará mejor tratado –dicho con mayor claridad, precisión, y numerosos argumentos– en los muchos trabajos que los propios novelistas y teóricos de la ficción han escrito sobre el tema. A mí, únicamente me ha interesado señalar aquí la no total sintonía entre las figuras del espía y del escritor. Finalmente, nunca se puede prever cuándo a un vecino, amigo o colega se le puede ocurrir la idea de que uno escribe; luego, de que se le espía.

Fuentes de consulta:

 Auster, Paul. Trilogía de Nueva York. Bogotá: Seix Barral, 2012.

Borja, Margarita. “La literatura del espía”. Apuesta. Los juegos de Vásconez. Quito: Taurus, 2007.

Palacio, Pablo. “Un hombre muerto a puntapiés”. Obras escogidas. Quito: Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, 2004.

Vásconez, Javier. El retorno de las moscas. Quito: Alfaguara, 2005.

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*Guillermo Gomezjurado Quezada. Nació en Cuenca. Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Cuenca, y Literatura comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha cursado, además, la maestría en Literatura Latinoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar.

*Fotograma de la película El tercer hombre

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