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Por Rubén Darío Buitrón*

El auto ya no estaba en el lugar que le dejé parqueado. ¿Me equivoqué de calle? No. Era la misma calle secundaria donde lo estacioné, pero ya no aparecía.

Recordé la calle porque en la esquina contraria al lugar donde estacioné había un taller mecánico con un árbol navideño demasiado grande, descomunal, absurdo.

¿Un árbol de navidad a la entrada de una mecánica?

Me atemorizó la idea de que por fin se haya cumplido mi pesadilla recurrente: cada dos o tres noches, desde hace

años, despertaba asustado porque imaginaba que me robaban el carro y que jamás volvería a encontrarlo. Quizás

esos malos sueños eran el reflejo de la ciudad violenta, insegura, cruel, donde cada uno desconfiaba del otro.

Intenté calmarme.

Tragué saliva. Un extraño individuo, que llevaba sobre los ojos unos enormes lentes de plástico transparente, con la

mirada perdida y que hablaba de una manera casi incomprensible, logró darme una pista, pero equivocada: alguien

había abierto la puerta y se había llevado el auto.

Perdí la serenidad. Debo haberle hecho decenas de preguntas. Cómo. A qué hora. Quién fue. Qué rumbo tomó. Él

solamente me decía que no, que no sabía nada más, que “siempre pasan cosas en esa esquina”.

Me di cuenta de que era inútil seguir con el interrogatorio, aunque por un momento se me cruzó la idea de que él era

cómplice cuando recordé que al dejar el auto y empezar a caminar rumbo al laboratorio donde me haría los

exámenes de sangre, él estaba ahí, en la esquina del frente.

De repente, a su lado apareció un hombre negro, grande, musculoso. Estaba con el cabello y el rostro lleno de grasa,

como si hubiera salido de la parte inferior de un automóvil, arreglándolo quizás, o robando algunas piezas o

haciendo algo que yo sospechaba pero no alcanzaba a comprender debido a mi ignorancia respecto de

qué tipo de componentes mecánicos existen allí abajo.

Se miraron. No eran aún ni las nueve de la mañana y yo me sentía un estúpido, culpable de haber dejado el vehículo

en un lugar poco transitado y donde no apareció ningún empleado del Municipio que me diera la certeza de que a

cambio de 40 centavos de dólar él me entregaría un comprobante o un recibo y que así todo quedaba seguro.

“Cinco”, dijo el hombre negro. El otro, el extraño, también pronunció algo como “cinco”. ¿Cinco qué?

Repitieron cuatro veces la palabra, que incluso empezó a parecerme absurda. Me dije “cinco” y me repetí y la cifra

perdió su sentido. Se volvió un término bobo, misterioso, raro.

Cinco, cinco, cinco, cinco, cinco. Yo miraba a la esquina donde dejé el auto con la estúpida esperanza de que

reapareciera, como si en realidad todo eso no estuviera sucediendo.

Vi de nuevo a los dos hombres, una pareja insólita: el discapacitado, que lo era en realidad o fingía, y el hombre

negro, que talvez llevaba toda esa grasa plomiza, gruesa, para evitar que lo identificara.

“¡Cinco mil, hijo de puta!”. Esta vez el hombre oscuro fue explícito. ¿Estaba pidiéndome cinco mil dólares a cambio

de devolverme el carro? Era lo más probable. En diciembre la gente que tiene trabajo anda con plata en los bolsillos.

Le pagan el salario mensual adelantado. Le dan otro sueldo, llamado décimo tercero, o sea una suerte de

bonificación del mismo monto de su sueldo si ha trabajado todo el año.

Los gastos son demenciales. Se endeudan con tarjetas de crédito. Compran cosas inútiles. Abarrotan los centros

comerciales con brutalidad compulsiva.

Pero yo no recibía ese bono ni me adelantaban el salario. Mi trabajo era contra factura y el pago, aunque fuera

diciembre, me lo hacían en la última semana o en la primera del siguiente mes. Tampoco me interesaba entrar en la

vorágine de comprar por comprar. De ser parte de una masa informe que vacía sus carteras para quedar bien o

complacer o fingir cariño o sentir placer.

El riesgo y la soledad me abrumaron. Volví a otra reflexión estúpida: ¿por qué a mí? Y fue en ese momento en el que

el extraño de las gafas de plástico me espetó algo incomprensible pero con un gesto contundente: un puñal que

acercó a mi estómago mientras el hombre negro lo cubría en caso de que alguien nos  estuviera observando.

Era obvio que estaban pidiéndome cinco mil dólares para devolverme el auto. ¿O no? Por un momento se me ocurrió

que unos robaron mi carro y otros (estos) me asaltaban.

El hombre negro me explicó rápido lo que querían. Que fuéramos al banco que estaba en la avenida principal, que

sacara cinco mil dólares y que me devolverían el auto.

Demasiado claro. Y el hombre extraño dejó de ser extraño. Se sacó las gafas, empezó a hablar con soltura y

normalidad y me advirtió que si yo tratara de hacer algo (gritar, denunciarlos, escapar, no sé) él tenía el puñal y su

compañero una pistola.

Me miró, hizo un gesto con los ojos en dirección a su cómplice. Le seguí la mirada, el hombre negro sacó la pistola

del bolsillo de su mameluco sucio y se la guardó.

Les expliqué: no tengo esa cantidad. No soy de los que reciben sueldos extras y ni siquiera el salario adelantado.

Simplemente, no tengo.

********

Desperté en una cama de hospital. Un poco atontado, confundido, como si me hubieran dado sedantes para dormir

un año. Me dolían la pierna derecha y el estómago.

Muchos minutos después vinieron una enfermera y un médico. Me preguntaron si yo era el señor Jorge Washington

Mendieta Pérez, ambateño, 44 años, y les dije que sí.

Me explicaron que no podría caminar con la pierna izquierda por “un largo tiempo, quizás el resto de mi vida”, pese a

que me habían extraído la bala apenas llegué al centro médico, “aunque todo depende de que siga con disciplina la

terapia”. No les creí. Ya estaba muy despierto y no sentía la pierna.

Dijeron también que la puñalada en el estómago era profunda, aunque ya me habían operado y cerrado la herida.

Que también tendría problemas digestivos “durante un tiempo” y que era probable que me hubieran asaltado, pues

solo quedé yo en el piso y, a mi lado, la cédula.

Entró una monja a la que solo se le veía el rostro. Llevaba toca sobre la cabeza y unos velos de color celeste le cubrían

el cuerpo de la cabeza a los pies. Me pidió que rezáramos juntos, me dijo que mi familia vendría mañana a visitarme

porque esta noche era la última del año y que esperaron muchas horas a que despertara, pero que no fue

posible y se fueron. Seguro estarán cenando y rezando por ti, hijo mío, dijo con una frase hueca.

¿Qué familia? Le pregunté a la monja. Yo no tengo familia. Me está mintiendo.

“Soy la hermana Concepción y las madres no mentimos, hijo mío”, dijo, tratando de atenuar mi molestia. Le

pregunté: “Señora, ¿usted vino a darme la extremaunción? No la necesito. Yo no creo en Dios y, peor, en sus

presuntos enviados”.

La monja rio con un gesto compasivo. “No, hijo. Las hermanas de la Caridad no damos la extremaunción, solo los

sacerdotes. Además, no te vas a morir. La Providencia te ha concedido el don de que te quede una pierna sana y los

órganos en buen estado, excepto el estómago, que requerirá un largo tratamiento, un poco complicado.

Pudiste morir, pero los médicos te salvaron”, me dijo con impostada ternura de abuela. Recordé a los

delincuentes. Sus rostros. Sus gestos. Nunca los olvidaría. Su estratagema para chantajearme y robarme. Su

agresividad.

Hasta me reproché no haber tenido aquellos cinco mil dólares en el banco para darles, recuperar el auto y que todo

volviera a la normalidad.

Pero, después, lo pensé bien. Yo, Jorge Washington Mendieta Pérez, me prometí que los encontraría donde fuera y

que, en adelante, dedicaría cada día de mi vida a buscarlos. Que compraría una pistola y aprendería a disparar a

quemarropa. Que me haría experto en usar el puñal. Y que en la próxima navidad ambos estarían muertos.

_______________________

*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es director-fundador de los cronistas.net  Tiene diez libros publicados, ocho como autor y dos como coautor. Ha ganado dos premios nacionales de periodismo. Dirige el programa La otra mirada, por srradio, y es columnista de la revista digital Plan V. Próximamente aparecerán dos nuevos libros, uno de poemas y otro de historias.

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