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«Raúl, el aprendiz», una crónica de Freddy Solórzano

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Raúl Aguilar quedó ciego a los ocho años de edad por un accidente en bicicleta. Hace dos años, el autor conversó con él, pues entonces apenas había llegado a Manta para estudiar en la Universidad Eloy Alfaro, mientras aprendía a valerse por sí mismo sin la ayuda de sus padres.

Por Freddy Solórzano*

 En el departamento de Raúl hay un baño donde sólo cabe él.

Así es toda la habitación. Está hecha para que viva una sola persona. Es un cuarto típico de los que se arriendan a los estudiantes universitarios. Dos personas se tropiezan. Se chocan. Se molestan. Se estorban. Pero donde entra uno entran dos, dice el dicho, y en ese departamento Raúl vivió tres semanas con su mamá.

La habitación está en un segundo piso. Hay una cocineta de cuatro hornillas, una nevera de oficina, el televisor, la computadora sobre el escritorio, el sofá y una cama de dos plazas junto a la ventana que da a la calle.

Quince días antes de llegar a Manta a vivir a ese cuarto, Raúl Aguilar aprendió a cocinar. Cristina, su hermana, le enseñó a preparar arroz, sopa de fideo y seco de pollo.

Eran comidas básicas para que no pasara hambre en su estreno como estudiante universitario, lejos de su familia de Guaranda, provincia de Bolívar.

La decisión de Raúl de venir a Manta no gustó por igual en su casa. Su padre lo apoyó, aunque su madre tuvo sus peros porque su hijo de 18 años, ciego desde hace 10, iba a estar a nueve horas de distancia de ellos, sin nadie conocido que lo pudiera auxiliar en caso de una emergencia. De un temblor, de una enfermedad, de lo que sea.

Raúl no dio marcha atrás. Si quería cumplir sus sueños, tenía que estudiar en la Universidad Eloy Alfaro la carrera de Educación Especial, porque no encontró cupo en Cuenca. Se sentía capaz de valerse por su cuenta. Si no era ahora, no era nunca, se decía.

El joven llegó con sus padres y encontraron un departamento que se alquilaba en 140 dólares mensuales a cuadra y media de la universidad. Una ubicación privilegiada.

Y luego, tres días antes de que empezaran las clases, en octubre, toda la familia, los padres y los tres hijos, vacacionaron en Manta. Al final del viaje el padre y los dos hermanos se marcharon; solo quedó Marcia, la madre, para seguir con las clases de cocina, ayudarlo a subir y bajar los 16 escalones de la escalera, abrir las tres puertas del edificio y acompañarlo hasta la facultad en una caminata de 10 minutos.

Cuando se cumplieron las tres semanas, Marcia le dio la bendición a su hijo y lo dejó recomendado con los dueños del edificio y con los compañeros del aula. Había llegado la hora de soltarle las amarras a su Raúl. Los padres vendrían cada 21 días a proveerlo de víveres. El celular sería su nexo para estar comunicados.

Esa noche, sin nadie que lo cuidara, Raúl dudó. En ese cuarto de a uno, sintió la inmensidad de la soledad. Se preguntó si la decisión de vivir solo era la mejor, porque ya no tendría el brazo de su madre que lo ayude a cruzar la calle o que le advierta cuando hay peligro.

Era un invidente en una ciudad extraña donde los registros oficiales dicen que hay 1.042 personas ciegas. La diferencia entre Raúl y los mil y pico restantes es que ellos tienen a mano a algún pariente o amigo, y él no. Ellos están habituados a Manta, él no. Raúl apenas durmió pensando en lo que sería su vida lejos de los suyos.

Junto a su cama estaba el que iba a ser ahora su compañero inseparable. La prolongación de su cuerpo. Ese bastón que casi nunca necesitó cuando tuvo a su familia cerca.

Sin su madre, el bastón guiaría sus pasos. Lo alertaría sobre el tipo de superficie por la que camina. El contacto del puntero con el suelo le remite unas vibraciones que son más intensas cuanto más dura es la superficie sobre la que se encuentra.

Raúl es un muchacho flaco aún con cara de niño. Mide 1,62 y tiene una cicatriz en el costado izquierdo de la cabeza. Es la herida que lo tuvo al borde de la muerte, la que le provocó la ceguera.

Ocurrió a los ocho años, cuando era un niño inquieto y travieso y paseaba en una bicicleta y bajó una cuesta empinada. Había dos opciones al final de la calle: girar a la derecha o la izquierda. El niño no pudo controlar la bicicleta y fue a dar de frente contra una pared. El golpe cambió su vida para siempre. Permaneció tres días en coma. Cuando despertó lo esperaba la oscuridad, el dolor, la impotencia, la depresión. Luego la verdad: nunca más podría ver. Con el tiempo, la resignación.

–La gente me pregunta qué veo. No veo nada. Si tengo que definirlo, diré que es un color nada. Cuando era niño, antes del accidente, cerraba los ojos y veía sombritas frente al sol; ahora, nada.

Desde que su madre se fue de Manta, Emanuel, un amigo, lo acompaña a clases, y a la hora de la salida, un grupo de compañeros lo lleva al edificio. Raúl dice estar listo para ir solo a la universidad. Ya llegará el momento de hacerlo. Por lo pronto, en una ocasión tomó el bus hasta Guayaquil, y luego otro para llegar a Guaranda.

Raúl espera que en alguna ocasión –aún no es el momento– llegue toda su familia a Manta y pueda sorprenderla con una comida especial que preparará él mismo. Nada de arroz, sopa de fideo y seco de pollo, porque eso lo prepara cualquier aprendiz.

_________________________________________

*Freddy Solórzano (51 años) es un periodista mantense que desde hace 13 años dirige el diario La Marea, de Manta. Durante un fue año editor del diario El Ambateño de Ambato. Ha participado de seminarios de periodismo en Argentina, Perú, Panamá y El Salvador. Para Freddy “hay que salir de las redacciones y gastar la suela de los zapatos en las calles, donde están las historias. Creo en el periodismo que vive con el pulso de la ciudad, sus calles y sus barrios”.

 *En la fotografía aparece Raúl Aguilar caminando por las calles de Manta.

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